Oh I’m only a small smoker, a very small smoker, I’m not in the habit of smoking two pipes one on top of the other, it makes (hand to heart, sighing) my heart go pit-a-pat. (Silence.) It’s the nicotine, one absorbs it in spite of one’s precautions. (Sighs.) You know how it is.
-Samuel Beckett, Waiting for Godot
Hay algo triste—fundamentalmente, triste—del arte. Lo descubrí hace poco, por accidente. Creo que ese cliché nunca fue dicho con tanta certeza.
Estaba en Nueva York. El motivo del viaje es irrelevante y predecible a la vez: trabajo. Lo que importa es que, tras mucho antojo, decidí darme el lujo de ver una obra de teatro en Broadway. En particular, quise ver la puesta en escena más reciente de Esperando a Godot, la obra de Becket; ahora con el protagonismo de Keanu Reeves.
Así que hice todo lo que el ritual precisa. Fui a la página web del teatro, busqué un boleto, decidí complacerme y comprar uno ligeramente más caro para no estar detrás de una columna; de ahí, fui al teatro, hice fila, pagué de más por un refresco y tomé mi asiento. En punto, inició la obra sin más escenografía que un gran círculo de mármol donde Vladimir y Estragon hablaron.
Hubieron risas. Reeves fue Estragon y Alex Winter fue Vladimir. Entre la insensatez de Godot, metieron un par de chistes sobre Bill and Ted’s Most Excellent Adventure—esa comedia que protagonizaron en los 90s—. Eso duró poco; pronto, siguieron el guión absurdo de Beckett y los dos se sentaron a esperar a Godot. Aún si Godot no llegaba.
Así en una letanía hasta el intermedio de quince minutos. Las luces se apagaron y bajó el telón. Todos aplaudieron.
Platica moderada con los vecinos de asiento; un par de personas se fueron, ajetreados, al baño—demasiado refresco, seguro—. Así los primeros quince minutos. Luego quince más. Godot estaba en pausa.
No fue hasta que pasaron unos cuarenta minutos que vino un caballero a informar que hubo un imprevisto médico y que la obra, al fin, retomaría su curso. Así como dijo, fue. Solo que antes, una voz profunda declaró en frases que ya no recuerdo con certeza ante la sorpresa:
“Por causas superiores, el rol de Estrangón será interpretado por un actor destino en la segunda mitad de la obra”.
Un suspiro profundo. Harto profundo.
Keanu Reeves había desaparecido y, frente nuestro, estaba otro Estragón sin zapatos. Vladimir le habló como si nada.
El segundo acto arranca con un “¿Tú de nuevo?” que tira Vladimir a Estragón. El público, olvidando la posible tragedia contra el actor pasado, río ante la notoria contradicción. No ayuda que la obra entera hable de la confusión de lo cotidiano y que los mismos personajes olviden si se conocen y si estuvieron en el escenario el día anterior y, siquiera, por qué están ahí, esperando a Godot.
Si algo, fue lo mejor que pudo pasar para la obra de Beckett. Se agregó un nivel de abstracción a la obra que solo se explica por una fuerza mayor—si cambiaran cada noche, sería algo predecible—. Fue una enajenación completa de la obra más allá de los actores y los nombres por los que la gente pagó de más por estar, esa noche, en un teatro apretujado de Manhattan.
Entonces quedaban solo las frases de Beckett, entregadas por un actor que no era Reeves, ante un público que no hizo más que escucharlas. Nadie, que yo notara, se fue del teatro. Para cuando acabó la obra, no escuché a persona alguna preguntar por Reeves. Todos salieron en una marea de gente que buscaba volver, lo antes, a casa.
Supongo que fue una cátedra de los fundamentos del teatro. El refrán es que, pase lo que pase, el espectáculo debe continuar. Aún si Keanu Reeves se enferma o si ha mucho que Beckett está muerto como para preguntarle lo que quiso decir.
Supongo que el arte es un acto de separación. Es el crear un texto que supera al autor y lo trasciende por años; por siglos. Que ignora a los actores o los medios; que se lee, por igual, en las hojas amarillentas de un libro usado, como en la pantalla brillante de una computadora. Que le importa poco si las líneas las dice Keanu Reeves o su actor secundario.
El arte es un acto de separación. Uno muy personal, por más contradictorio que suene. Es el crear algo que supere al autor mismo y viva fuera de él; que ya no le dependa. Si para que una obra sea relevante, importa el actor, no tenía mucho valor las palabras que esbozaba. Lo mismo, quiero creer, con los libros; con la esperanza que, si un día, olvidamos el nombre de Virginia Woolf o García Márquez, seguiríamos leyendo a la Señorita Dalloway o Cien Años de Soledad.
Me fui triste. Pero me fui hasta el final. Yo también me quedé. Tampoco pregunté por Keanu. Me fui en el metro pensando en un par de frases, habiendo consumido una obra a pesar de lo que había vivido en ella.
Al final, supongo, es que los personajes esperan a Godot. Nadie espera a Keanu. Eso es el arte. Al menos, eso supongo.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




