Pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Lo sintió vibrar en el bolsillo trasero del pantalón. Consultó su reloj de pulsera moviendo la muñeca para evitar el reflejo del sol que se colaba por la ventana. Casi al mismo tiempo sonaron las siete campanadas de la iglesia. Perfecto, dijo en voz alta y siguió juntando el polvo, como cada día desde que habían empezado a cambiar el empedrado en Via Castello. Se pasaría el verano luchando con la tierra. Después encendió la cafetera, cambió el barril de la Moretti, lustró el bronce de las canillas de cerveza, contó el dinero de la caja registradora y finalmente anotó el monto en la libretita que guardaba en la gaveta lateral. A las ocho en punto dio vuelta el cartel de “cerrado”, giró la llave de la puerta y abrió.
El padre Paolo y Salvatore, el empleado del Comune, llegaron los primeros.
—Buen día, Giuseppe.
Se sentaron en una de las mesas de la terraza techada y encendieron sus cigarrillos, escrutándolo sin disimulo. Él les sirvió el desayuno como siempre; no se dio por aludido. Después llegaron los muchachos que trabajaban en la obra. Poco a poco, el bar se llenó de hombres y conversaciones en dialecto: el calor, la cosecha, los jabalíes que habían destrozado los cultivos de Mazzini. Lo más preocupante eran los incendios. Si las temperaturas no bajaban, el fuego llegaría hasta los bosques del Aspromonte. Lamentablemente, las previsiones anunciaban picos de 39 a 42 grados y fuertes vientos del sur. Entonces todos pensaron, pero nadie dijo que el cuerpo estaría muy descompuesto para cuando la policía lo encontrara.
En cuanto la gente se fue a trabajar, Giuseppe sintonizó la radio en busca de noticias. Después revisó su teléfono, no fuera que una coincidencia desafortunada complicara sus planes. No. Efectivamente, la llamada perdida era la de Nito. Había durado siete segundos, no había mensaje. Todo como debía ser. El muchacho se las arreglaba, era callado, ejecutivo, obediente; sin duda, en el futuro ocuparía un rol más destacado en la famiglia. Por otra parte, la prueba estaba en camino, él pagaría lo convenido y entonces todo habría terminado.
De pronto el olor del romero inundó el ambiente y se acordó de la focaccia. Apagó el horno, sacó la bandeja y la apoyó con cuidado sobre la mesa de cocina para que se enfriara. Justo entonces oyó la camioneta de DHL que estacionaba sobre la plaza. Todo el mundo usaba su bar como receptoría. Se sacó el delantal y salió a recibir los paquetes. El cartero creyó adivinar una urgencia extraordinaria en los gestos de Giuseppe Carotenuto y con su acento del norte le preguntó si esperaba algo especial.
—Un regalo para mi sobrina —contestó él, brusco.
Entró haciendo equilibrio con la torre de cajas y las apoyó en el suelo junto al mostrador. Volvió a salir para firmar el remito y se quedó parado en la vereda hasta que la camioneta arrancó y desapareció. El calor era agobiante, a esa hora la calle estaba desierta. A lo lejos se oían el martillo eléctrico y la amoladora. Sonaron nueve campanadas fuertes y enseguida tres más suaves. Tenía un rato de calma hasta el espresso de media mañana.
Identificó la caja sin dificultad. En un gesto instintivo acercó la nariz para olerla. Luego la abrió con cuidado, cortando las cintas adhesivas con una trincheta. Inspeccionó el contenido y, sin saber por qué, recordó el día en que Giovanni y él habían llegado al pueblo de la mano de su padre y habían visto por primera vez el local. En letras rojas sobre fondo blanco, el cartel decía: MITO BAR - DE LOS HERMANOS CAROTENUTO. Un día todo esto será de ustedes, les había explicado su padre. Era el primer y único bar de Feroleto Antico; ¿quién otro hubiera apostado siquiera diez mil liras por un pueblo colgado de la montaña, perdido en el corazón de Calabria, tan lejos de un mar como del otro? Poco más había allí: la farmacia, la Poste, el mercadito de Luana. Para el resto, es decir, para todo, tendrían que agarrar el auto y bajar a Pianopoli o a Lamezia. Su padre lo había elegido para irradiar desde allí su poder, ellos continuarían su legado. De ahora en más, se dijo Giuseppe con amargura, la responsabilidad es toda mía. Pero nada de tristeza.
Desenrolló la gasa con cuidado: el corte era limpio, un trabajo impecable. Definitivamente Nito merecía su pago. Agarró el teléfono, marcó su número y dejó que sonara durante siete segundos. Después acomodó el envoltorio, cerró la caja y la metió en el freezer de los helados.
A las once, puntual, apareció el intendente. Se instaló en la barra y, a pesar de los treinta y cinco grados, pidió lo de siempre. Mientras hojeaba el Giornale di Calabria, preguntó si había novedades.
—Nada. Será con el noticiero del mediodía —respondió Giuseppe, agregando un chorrito de grappa al café.
A las doce llegó Chiara. Él la saludó con un abrazo largo y le susurró al oído: finito. Ella se separó, lo miró a los ojos conmovida y volvió a abrazarlo apretando su cara contra el hombro del tío. Después, con su seriedad habitual, preparó el salón comedor para el almuerzo: encendió el aire acondicionado, dispuso los manteles, cortó la focaccia en cuadrados.
El bar empezó a llenarse de nuevo. Chiara trajinaba tomando pedidos, sirviendo cervezas y platitos con aceitunas. Él la miraba hacer y sentía más cariño y admiración que nunca. Se daba cuenta de que, aunque fuera una chica fuerte y decidida, necesitaría que alguien ocupara el lugar del padre… ¿Acaso él…? Como no estaba en su naturaleza abandonarse a pensamientos abstractos, rápidamente despejó esas ideas y encendió el televisor. Las noticias habituales: el naufragio de un velero con decenas de inmigrantes en el Jónico, la sequía, el giro europeísta de Meloni.
Cuando vio el zócalo MACABRA SCOPERTA, subió el volumen. Los comensales bajaron la voz y levantaron la vista. Corrieron varias cervezas y dos o tres noticias más hasta que el periodista anunció: Presunta vendetta sacude la provincia de Catanzaro: encuentran muerto a Enzo Baiocchi, principal sospechoso del asesinato de Giovanni Carotenuto, ocurrido el pasado 21 de febrero... Durante el desarrollo de la noticia, en la sala, el silencio fue completo: El macabro hallazgo se produjo alrededor de las... el cuerpo fue encontrado por... los olivares de la fattoria Baratta, propiedad de... en la localidad de Rizzuto, junto a la ruta... el cadáver presentaba una piedra en la boca, la mano derecha amputada... Y llegado este punto ya nadie se contuvo: los hombres se palmearon la espalda, dos mujeres se abrazaron. Entonces Vincenzo, el ayudante de farmacia, propuso un brindis y todos alzaron sus vasos en dirección a Giuseppe, que se mantenía inmutable detrás de la barra, con la vista fija en el televisor y el pensamiento a unos cuantos kilómetros de allí.
Poco antes de las dos, terminó de levantar los últimos platos, despidió a Chiara y cerró el local en pleno día por primera vez en cuarenta años. Los pocos vecinos que no trabajaban ni dormían la siesta lo vieron cruzar el pueblo con una pequeña caja de cartón en las manos. Caminaba a buen ritmo, sin sombrero ni anteojos bajo el sol de finales de julio. Luana lo saludó desde la puerta de su negocio, los obreros detuvieron su trabajo para dejarlo pasar, la vieja Consolata, sentada en el sofá del living frente al ventilador, se santiguó y le gritó a través de la ventana: Evviva Maria!
Giuseppe subió por Via XXV Luglio deteniéndose cada diez metros para tomar aire. El calor era infernal. Llegó al correo con la cara y la camisa empapadas. Al verlo, Carmelo se adelantó a ofrecerle un vaso de agua y una silla y tomó la caja como si fuera de cristal. Revisó los datos del destinatario: Francesco Baiocchi. Via Roma, 5. Platania (CZ) 88040; y por costumbre la colocó sobre la balanza. Cuando vio que Giuseppe atinaba a buscar su billetera, lo detuvo con un gesto.
—Per carità, Peppe. Este envío corre por cuenta de la casa.
—Gracias, Carme—se acomodó el cuello de la camisa—. Gracias por el agua.
Salió a la calle y siguió caminando hasta el cementerio.
Julia Barandiaran (Argentina). Es docente y traductora. Escribe en Cartas desde el extranjero y Los días.



