Su tarea era muy simple: empujar una silla.
Nunca había pensado que un trabajo pudiera ser tan sencillo. Su experiencia de vida lo había llevado por todos los géneros laborales posibles: desde niño había vendido chicles, trabajado en el campo; se había marchado a la ciudad a cuidar automóviles, a trabajar en pesadas construcciones, a cargar mercadería en supermercados…
Aun de niño, ya estaba acostumbrado a trabajar al menos 12 horas seguidas y llegar a casa —o donde fuera que se estuviera quedando—, completamente rendido, con los pies llenos de ampollas y tan cansado que no sentía apenas el hambre o el dolor por el maltrato de la jornada. Simplemente se desnudaba, se tiraba en su cama improvisada con trapos y se quedaba profundamente dormido.
Nunca se planteó la posibilidad de estudiar. Ninguno de sus amigos del barrio lo había hecho, ni su padre, ni su abuelo. A veces se preguntaba —un tanto mortificado, cuando estaba en la construcción— si de haber estudiado habría logrado conseguir un elegante puesto como el que tenían los ejecutivos de los altos edificios que él ayudaba a construir.
En las noches en que llegaba tan cansado que no podía dormir bien, se consolaba pensando en que esos ejecutivos habían llegado a donde estaban no por destacar en sus estudios, sino por ser hijos de “alguien importante” o por tener “buenos contactos”. Sin duda, era por las influencias que habían ascendido a los pisos superiores de esas empresas, de las que él solo construía los cimientos.
Tampoco se preguntó nunca si podría llegar a tener un carro tan lujoso como los que a veces solía lavar por unos pocos míseros quetzales mientras hacía su turno de cuidarlos. Eran “extras” que a él no le caían nada mal y a los dueños de los autos nada les costaba, con todos los billetes que se cargaban en sus bolsas. Pero sí se preguntó aquella vez si, de haber tenido un auto como ese, él hubiera sido igual de desalmado como aquel joven que, después de atropellarlo a él y a su padre, se dio a la fuga en su lujoso y flamante Ferrari rojo sin mirar hacia atrás ni una vez siquiera.
Ya no recordaba quién los había socorrido de la orilla de la calle donde quedaron hechos un triste conjunto escultórico de dolor, sangre y confusión. Sólo recordaba, con mucho costo, su propio nombre. Se reconocía en el espejo, pero no estaba seguro de que aquel rostro tan miserable, adusto y reflexivo fuera realmente el suyo. No sabía por qué había cruzado con su padre a toda velocidad por la carretera, a lo que daban las fuerzas del viejo... ¡Ah, sí! Ya lo recordaba. Después de haber estado mucho tiempo ahorrando fichas –lo suficiente para poder comprar los pasajes–, habían corrido esa tarde para que no los dejara el último autobús del día, para poder llegar en la tarde a su ciudad natal, Xela, y así visitar de sorpresa a su pobre abuela que no sabía de ellos desde hacía varios años.
Los médicos le dijeron que era normal que tuviera periodos de amnesia y también que debía dejar de trabajar en lo que solía porque el golpe en la cabeza lo había incapacitado. Su pobre padre era el que había sobrellevado las peores heridas del accidente: para contener las hemorragias, habían debido amputarle la pierna derecha y de la otra, el pie izquierdo; una mano le había quedado inservible y había perdido la facultad de hablar bien. Sus balbuceos y su cuerpo mutilado lo hacían verse aún más pequeño, como un niño. Y él debía cuidarlo
Se cansó de esperar una pensión de invalidez que tramitó, pero nunca llegó. Se desesperó al ver que realmente no podía trabajar porque olvidaba lo que estaba haciendo y más cuando el hambre y la miseria comenzaron a amenazarlos, rodeándolos por todas partes. Se decidió a no hacer el viaje de regreso nunca a Xela. Ya no podría hacerlo con su padre así, por lo que le pidió a un viejo conocido que encontró un día por el hospital de la capital que le contara lo sucedido a su abuela sin muchos detalles.
Un par de años después se enteró, por ese mismo vecino, de que su abuela había muerto a las pocas semanas de saber lo sucedido, pero no le supo explicar si había sido de tristeza, de soledad o, simplemente, por su edad. La noticia le dolió en el alma.
En todo caso, no podía echarse a morir por lo que les había pasado, fuera culpa de ellos o del joven dueño del Ferrari rojo: su padre aún estaba vivo y él debía luchar por él.
Ahora su trabajo era más sencillo: solo debía empujar una silla. Una silla de ruedas, una silla destartalada, la que logró conseguir prestada para su padre. Ahora solo empujaba al viejo entre las filas de los autos que esperaban unos segundos entre semáforos o cuando había mucho tráfico y no podían avanzar. Su padre extendía su mano buena como un pequeño cuenco y ahí, de vez en vez, alguien sentía lástima o repulsión y premiaba el triste espectáculo con una moneda.
Pero esa tarde en particular en que conducía a su padre, como de costumbre, apenas podía ver. En la mañana, había estado el cielo gris y había llovido algo fuerte; mas ahora hacía tanto calor que sus ojos estaban empañados por el sudor de su frente. Su padre balbuceaba unos quejidos que solo podían traducirse en: ¡agua, agua! Pero él no había traído agua y aún no habían recogido lo suficiente para poder comprar una botella pequeña.
Cuando el semáforo se puso en rojo por vez número 204 y él estiró los brazos para empujar a su padre, su rostro sólo era una mueca de desesperación. El calor era intolerable. El sudor humedecía todo su cuerpo, pero no lo refrescaba, sólo se adhería a su piel. Comenzó a caminar empujando la silla de su padre, junto a los autos, mientras sentía tanto calor que parecía como si fuera a derretirse.
De pronto, lo supo: ¡no era sudor lo que sentía! Eran gotas de piel, de fibras musculares, de sangre, de huesos; fragmentos difusos de sus recuerdos: de la primera chica que besó en Sololá una mágica tarde de sol; de aquella vez que lo golpearon en la tienda de la esquina por robarse un pancito cuando era niño y no podía soportar el hambre; de su madre, que un día al volver cansado del campo lo abrazó sin ningún motivo y le había sonreído unos instantes que le parecieron eternos, mirándolo tiernamente a los ojos.
¡Se estaba derritiendo! ¡Realmente se estaba derritiendo! Y no solo era él: mientras avanzaba intentando mantener la calma, en medio de aquel extraño prodigio, vio que su padre también estaba sufriendo el mismo efecto. Lo extraño del caso no era que se derritieran. Era normal, dadas las infernales condiciones de temperatura que había... ¡Lo singular radicaba en que nadie parecía notarlo! Todos los conductores permanecían impávidos, mirando al frente, ignorando al par de hombres que iban decreciendo a su lado hasta convertirse en nada.
Una chica que iba en un taxi los miró y abrió sus ojos con espanto. Ella sí lo notó, pero quitó el rostro para no lastimarse con la penosa imagen que ofrecían. El joven no le hizo caso y siguió empujando a su padre, de vuelta ahora hacia el inicio de la cola de autos, casi sin fuerzas ya, hasta llegar a la acera de un lujoso edificio de cristales. Habían dejado una desagradable estela de sí mismos a lo largo de la calle, un río de humanidad, de mísera corporalidad y de recuerdos, lo único que atesoraban.
Cuando por fin llegaron al semáforo, el joven hizo acopio de sus últimas fuerzas para intentar abrazar a su padre. Y juntos, fundidos en un último abrazo de desdicha, se derritieron finalmente.
Un joven ejecutivo, con una impecable camisa blanca nueva y un elegante traje de casimir azul, estacionaba un Ferrari rojo a pocos metros de un lujoso edificio de cristales. No pudo abrir la puerta de su automóvil de una; algo se lo impidió.
Cuando por fin pudo salir, no sin esfuerzo, su zapato se atoró en una masa rosácea, pegajosa y desagradable, algo que no supo definir y que, al parecer, se encontraba esparcido a lo largo de la calle. Se limpió la suela con asco, arrastrando el pie sobre el único tramo que estaba limpio. Mientras lo hacía, vio el objeto que había estorbado su descenso. Sin pensarlo dos veces, se aproximó y le propinó un violento puntapié, que hizo un estruendo metálico y generó algunas miradas cercanas de reprobación, pero a él no le importó.
Se ajustó la fina corbata de satén y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Mientras corría para subir a la escalera eléctrica y llegar a su oficina en el piso 16, se alegró al recordar que todo el edificio contaba con aire acondicionado. Eso era perfecto, precisamente ese día, el más caluroso en lo que llevaban del año.
Ya en la escalera, que subía con una monótona cadencia, sintiendo la brisa artificial que le refrescaba el cuello, ya un poco más sereno, se puso a reflexionar seriamente: “¿Qué clase de imbécil deja una silla de ruedas vieja tirada en media calle?”.
Nancy Mena Fallas es una joven filóloga costarricense con formación en Filología Clásica y Española, Derecho y Sociología, radicada actualmente en Guatemala. Sus escritos académicos y literarios suelen explorar de forma crítica la relación entre lenguaje, justicia e imaginarios sociales.




un lindo, y triste, texto. Me tuviste atenta a todos los giros de la historia.