Futuro Jalisco
Anatomía de una apuesta (y de una derrota) sobre lo público
Esta crónica fue escrita por Jéssica Roldán Rivas para Perpetuo.
Agradecimientos
Este ensayo no habría sido posible sin la generosidad de Pedro Kumamoto, Susana de la Rosa y Juan Pablo Martínez, quienes me abrieron la puerta a sus recuerdos y compartieron, con honestidad y cercanía, las experiencias que dieron vida a Futuro. En cada entrevista hubo algo más que datos o reflexiones: estuvieron también sus sueños, sus lágrimas y las huellas de sus luchas. Agradezco profundamente su confianza depositada, porque, aunque me permitieron cuestionar las tensiones, críticas y desafíos que enfrentó el proyecto, en sus voces no solo contaron la historia de un partido político, sino también la de un grupo de personas que creyó que era posible hacer las cosas de manera distinta.
Contextualizando el futuro
Existen esfuerzos colectivos que funcionan como plataformas donde las personas depositan sus causas, sus sueños y sus miedos; espacios para disputar poder y habitar instituciones que, por diseño o por costumbre, parecían ajenas. En esos lugares cabe la posibilidad de construir y el atrevimiento de soñar, aunque el sueño generalmente sea un terreno peligroso. En Jalisco, hasta hace poco, ese vehículo se llamó Futuro.
Fue una apuesta local por acercar a personas y causas a una forma distinta de hacer política, a contracorriente de la lógica de los partidos tradicionales, pero aceptando—aunque para muchas personas resultara incómodo—que la vía partidista era la condición de posibilidad para incidir en la estructura ya existente.
Futuro no nació siendo partido. Durante casi una década, un conjunto de activistas, académicas, estudiantes y vecinas confluyeron—o miraron con atención—en una experiencia que, desde el discurso, buscó abrir grietas en la inercia institucional: candidaturas independientes, campañas austeras, redes de voluntariado, pequeñas victorias normativas, una estética política que hablaba de comunidad, transparencia, feminismo y medio ambiente.
El nombre que terminó consolidándose como emblema fue Futuro, pero su genealogía es más larga: recoge sensibilidades juveniles de la década de 2010, la energía del #YoSoy132 y el laboratorio organizativo que conocimos como Wikipolítica.
La promesa era simple y enormemente exigente: demostrar que sí se puede competir—y a ratos gobernar—sin renunciar a principios. Aun si, al final, se terminaron corrompiendo.
Rueda de la fortuna
Hay escenas que condensan años de acumulación política. En abril de 2024, durante un foro universitario en el ITESO—una universidad jesuita de Jalisco; siendo este uno de los estados más importantes de México—, se volvió visible un quiebre que venía gestándose. El encuentro se anunciaba como un espacio de discusión de propuestas rumbo a las elecciones locales. Asistían candidaturas a la presidencia municipal de Zapopan, Jalisco.
No era un escenario menor. Zapopan es el segundo municipio más poblado del estado de Jalisco, al poniente de México y motor del Área Metropolitana de Guadalajara—una de las tres más grandes del país—. Es, en otras palabras, una concentración de empleo, universidades y corredores de inversión. Lo que se decide ahí marca la brújula metropolitana en seguridad, agua, movilidad y suelo; lo que es más, envía señales al resto del estado. Por eso, discutir propuestas rumbo a su presidencia municipal no sólo tocaba un cargo: definía el tono de la gobernanza metropolitana para los próximos años.
Era una elección de tres frentes.
Primero, Oscar Eduardo Santos Rizo, candidato de la coalición “Fuerza y Corazón por Jalisco” del Partido Acción Nacional (PAN), el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Segundo, Juan José Frangie Saade, candidato del partido Movimiento Ciudadano (MC); el presidente municipal en turno que volvía a contender con el afán de continuar gobernando el municipio tapatío durante tres años más. Y por último, José Pedro Kumamoto Aguilar, quien, tras años de pelear por una política independiente, se presentaba como miembro de una coalición. Junto a los partidos estatales Futuro y Hagamos, estaban los nombres más establecidos: Movimiento Regeneración Nacional (Morena), el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM).
Para Kumamoto, el evento era un retorno. Quizá, incluso, uno triunfal.
Su vínculo con el ITESO es fundacional: ahí se formó, cursando la Licenciatura en Gestión Cultural; fue líder estudiantil, presidiendo la USAI —la unión de sociedades de alumnos de todas las carreras del instituto—, y dio sus primeros pasos organizativos. En los años posteriores a su titulación, Kumamoto lograría lo impensable: convertirse en el primer ciudadano en ganar una diputación local sin el respaldo de un partido político; convirtiéndose en el primer “independiente”. Más tarde participaría en la creación de su propio partido, Futuro. Pero todo inició ahí, en el ITESO. En términos simbólicos, fue el vivero donde su política cívica tomó forma y desde el cual se proyectó a la esfera pública.
Pero los años desde que dejó el ITESO eran muchos. Lo que es más, estaban llenos de cicatrices que no tardaron en manifestarse.
En segundos, el auditorio se cargó de símbolos cuando Kumamoto tomó la palabra. Entre mofas y abucheos, un hueso de peluche voló al escenario—haciendo alusión al “hueso” que en la jerga política mexicana se refiere al cargo público y sus privilegios (sueldo, poder o acceso)—; como diciéndole “toma perro, tu hueso”. Con esa crueldad lúdica de los memes cuando se vuelven materia, quedó insinuado que la apuesta ética había cedido al cálculo.
Kumamoto siguió su discurso, intentando recuperar el hilo, pero la atmósfera había cambiado.
Lo que antes era un espacio de afecto se transformó en una sala incómoda, cargada de silencios y miradas cruzadas. Hubo un temblor de incomodidad que no provenía de la burla sino de la desilusión. En cuestión de minutos, el auditorio que lo había visto formarse como líder cívico se convirtió en un espejo que devolvía la pregunta más difícil: ¿en qué momento el proyecto perdió su diferencia?
Su casa se le tornó hostil. Ese instante condensó la pérdida de inocencia política de toda una generación que había apostado por él. Lo que ocurrió fue más que un incidente: fue el anuncio de que el vínculo emocional entre el líder y su base se había quebrado. Así, pronto, pasaría en el resto del estado.
La anécdota importa menos por el morbo y más por lo que revela: esas pocas imágenes marcaron un antes y un después en la relación de sectores estudiantiles y activistas con un liderazgo que hasta entonces había gozado de prestigio moral.
No se trató, únicamente, de una reacción de “fans” decepcionados; fue la expresión pública de un desacuerdo político con una decisión estratégica: la incorporación de Futuro a una coalición electoral con Morena, PT y PVEM—y con el ahora difunto partido local, Hagamos—para competir contra Movimiento Ciudadano, que controlaba la gubernatura y las alcaldías centrales del Área Metropolitana de Guadalajara. En un ecosistema saturado de lealtades cruzadas, el instante del hueso—más allá de la legitimidad de este acto—instaló un dilema: ¿cuánto de lo que nos da identidad es negociable para competir con la posibilidad real de ganar?
El foro dejó expuestas otras tensiones. Las intervenciones de Pedro Kumamoto se esforzaron por explicar que la coalición no era una renuncia programática sino un medio para impedir la continuidad del proyecto emecista en Jalisco—como se le dice, en México, a los gobiernos de Movimiento Ciudadano—.
Hubo argumentos de política pública—seguridad, movilidad, agua, suelo, corrupción—, pero la conversación pública se fue a otro lado: al terreno de las coherencias y de la memoria. Cuando la gente se pregunta “¿qué cambió?”, no exige una tesis doctoral; busca un relato que haga sentido con lo que se había defendido antes.
La rueda de la fortuna había girado con vértigo, y una parte relevante de la audiencia no quiso subirse. Quizá, incluso, le decían a Kumamoto que era momento de bajarse.
Ese día, con la inmediatez de las redes y la reproducción automática de videos cortos, se consumó una ruptura emocional que meses después se traduciría en votos insuficientes para mantener el registro del partido. No porque una escena “explique” por sí misma un desenlace electoral—los resultados siempre son multicausales—, sino porque mostró que en política el capital reputacional se devalúa muy rápido cuando no se “explica” cada giro con el mismo cuidado con el que se construyeron las lealtades.
En ese sentido, el hueso no fue un accesorio humorístico: fue una alegoría de la desconfianza.
De la utopía a las calles
A principios de la década de 2010, México parecía entrar en una etapa de madurez democrática, pero también de profundo desencanto. En ese terreno ambiguo—entre la esperanza y el hartazgo—emergió una generación que decidió no resignarse. Eran jóvenes que habían crecido en un país con alternancia—la primera generación que pensaba en el PRI como un partido de antaño y no como el hegemónico que gobernó al país por décadas—. Esos que ya no temían a la política, pero sí a su repetición; al retorno de la autocracia. En las universidades, en las calles, en las redes, se respiraba una mezcla de indignación y posibilidad. Había hambre de transparencia, de participación sin intermediarios, de hablar con voz propia.
La efervescencia era real: colectivos feministas, ambientales, culturales y estudiantiles se multiplicaban. Se organizaban brigadas, asambleas y debates con la convicción de que la política no debía ser patrimonio de los partidos. Futuro, años después, heredaría exactamente esa pulsión: la certeza de que lo público podía ser decente y, sobre todo, compartido.
Quizá, acá cabe algo de contexto. Esa generación era la primera donde la autocracia era, tan solo, un pasado distante. Crecieron con la victoria de Vicente Fox—primer presidente de alternancia en México—; vieron la elección tan controversial entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador—lo que es más, vieron las protestas masivas que siguieron—. Era una generación dispuesta a pedir más. A pedirle a la democracia que cumpliera su promesa.
De esa generación, surgió #YoSoy132—de los movimientos más grandes de sus tiempos—. Fue, en resumidas cuentas, un movimiento estudiantil que en 2012 denunció la concentración mediática y la opacidad política; más que partido, fue escuela: enseñó a organizarse con asambleas, activismo en línea, verificación colectiva y coordinación en red.
El movimiento surgió en la elección federal cuando el entonces candidato presidencial y exgobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto visitó la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México en su intento por revivir el PRI. Decenas de alumnos protestaron afuera del auditorio principal de la escuela; otros tantos, dentro, criticaron al candidato. La conmoción fue tal que Peña Nieto tuvo que salir de la universidad rodeado por seguridad.
En fechas subsecuentes, el PRI minimizaría el rol de la sociedad estudiantil e, incluso, postularía la hipótesis que, en verdad, fueron infiltrados políticos en busca de dañar la imagen del candidato. Poco después, el alumnado de la universidad contestó con un video de 131 estudiantes afirmando ser parte de las protestas y mostrando sus identificaciones escolares con números de cédula. En los días subsecuentes, se viralizó el #YoSoy132, señal de que, a esos 131 estudiantes, se sumaba un descontento generalizado.
De ese caldo surgió Wikipolítica, una plataforma ciudadana localista que convirtió esas destrezas en método: transparencia como bandera, trabajo territorial, financiamiento colectivo, voluntariado y campañas de contacto directo.
Wikipolítica fue la primera traducción práctica de ese ánimo. No era un partido, ni siquiera una organización con jerarquías formales: era una red ciudadana que aprendía haciendo. Sus integrantes, en su mayoría jóvenes sin trayectoria partidista, se propusieron experimentar con la participación directa. Organizaron asambleas abiertas en colonias, documentaron cada gasto, publicaron actas, abrieron los procesos internos al escrutinio público. Su apuesta era radical: que la transparencia y la horizontalidad fueran la base de la confianza.
También reinventaron la comunicación política. Sustituyeron los jingles por talleres, las lonas por foros, el clientelismo por voluntariado. Su lema tácito era que la campaña debía parecerse al futuro que se quería construir.
De esta manera—y adelantándonos unos años— para cuando Futuro se hiciera partido, heredaría una mezcla de la ética de la rendición de cuentas y la estética de comunidad de #YoSoy132, junto con la traducción organizativa de Wikipolítica para competir en lo institucional sin perder el pulso de calle. Ahí está su relevancia: ambos movimientos fueron el prototipo (cultural y operativo) que hizo posible que un experimento ciudadano se atreviera a disputar reglas, puestos y presupuesto.
En 2015, esa lógica demostró su potencia con una victoria inédita: Pedro Kumamoto, un candidato sin partido, afiliado a Wikipolítica, ganó una diputación local con tan solo 25 años. Fue una fractura simbólica con la política tradicional: un joven de perfil ciudadano, apoyado por redes de voluntariado y una narrativa ética, derrotó a los aparatos partidistas que durante décadas habían monopolizado recursos y puestos. La victoria fue interpretada como una prueba de que la movilización autónoma—es decir, la política hecha desde la calle y la comunidad—podía traducirse en representación formal
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Para muchos, aquella elección no fue un accidente: fue la evidencia de que la democracia local podía renovarse desde abajo. Pero la pregunta subsecuente fue inevitable: cómo sostener ese impulso sin las plataformas organizativas que dan continuidad a las carreras políticas.
Gracias a la victoria de Kumamoto se rompió un muro que parecía infranqueable. Por primera vez, una candidatura sin partido, sin estructura ni financiamiento mayoritario, derrotó a las maquinarias tradicionales. El mensaje fue claro: el piso no era parejo, pero tampoco era inamovible. La campaña demostró que con una red de voluntarios, una narrativa ética y propuestas concretas, se podía competir contra los aparatos de siempre y ganar. Fue la prueba empírica de que la ciudadanía podía irrumpir en la política sin pedir permiso.
Esta victoria no sólo trastocó el tablero electoral; también abrió una etapa de reflexión sobre lo que significaba ejercer poder desde una lógica distinta. Los meses posteriores a la elección fueron un laboratorio político: hubo que aprender a legislar con recursos limitados, traducir causas en iniciativas y sostener una identidad ciudadana dentro de un Congreso diseñado para los partidos. La bancada de un solo diputado independiente—la de Kumamoto—se convirtió en un espacio simbólico donde se puso a prueba si la ética del origen podía convivir con la rutina institucional. En ese proceso, el equipo de Kumamoto comprendió que la innovación política no se agotaba en ganar una elección, sino en demostrar que podía gobernarse sin reproducir las inercias que se habían criticado.
Dos años después, aquel triunfo repercutió más allá de las urnas: el mismo ecosistema ciudadano impulsó una reforma normativa que terminaría por convertirse en emblema de la época. La llamada “Ley sin voto no hay dinero” ató el financiamiento público de los partidos a su desempeño electoral efectivo: reducir los recursos a quienes no alcanzaran un umbral de representación. Más allá de debates técnicos sobre fórmula y porcentajes, la reforma buscó alinear incentivos hacia la representación real y cortar prácticas en las que la existencia legal de un partido se financiaba sin corresponder a apoyos electorales tangibles. El efecto político fue inmediato: esa norma legitimó, en tono institucional, la idea de que la política debía responder a votaciones y no únicamente a estructuras clientelares.
Y con ello, más allá de los aspectos técnicos, lo relevante fue el sentido de época: no se trataba sólo de una pelea por cargos sino de una demanda por otra manera de entender la política. Aquella generación reclamó reglas de juego distintas—transparencia, rendición real de cuentas, participación directa—y no aceptó que la política fuera únicamente una trastienda de intereses. La reforma simbolizó que la energía ciudadana había logrado traducirse en normas; su fuerza política no radicaba sólo en candidaturas exitosas sino en haber reescrito—aunque de manera parcial—los incentivos que organizan al sistema partidista.
Tras el ciclo del 2015 al 2018, la estrategia viró. Las candidaturas independientes habían mostrado sus límites: resultaba muy difícil sostener equipos, profesionalizar cuadros y construir estructuras sin una forma de permanencia organizativa. La respuesta fue pragmática y coherente con el diagnóstico: si queríamos incidir en políticas públicas más allá de casos aislados, había que construir un partido local. Así nació Futuro.
El proceso de registro fue, además de una prueba de resistencia burocrática, un ejercicio de tejido social: asambleas en decenas de municipios, afiliaciones, reglamentos internos, documentación de procesos, construcción de identidad visual y narrativa. La épica de “lo nuevo” se transformó en el tono cuidadoso de “lo institucional”.
Las primeras elecciones como partido confirmaron la lectura ambivalente. En 2021, Futuro obtuvo un ayuntamiento y una diputación plurinominal en un estado con 38 diputados locales y 135 municipios. Aunque no alcanzaron resultados masivos, esos triunfos validaron la existencia de un proyecto concreto: una organización política local nacida de redes ciudadanas que pretendía profesionalizar la acción pública sin renunciar a prácticas de transparencia, feminismo, trabajo territorial y cuidado ambiental. Era, en suma, la tentativa de transformar una ética de movimiento en una máquina institucional capaz de gobernar.
Esa presencia institucional no fue decorativa: permitió que las causas que habían sostenido al movimiento encontraran cauce legislativo. En el Congreso, Susana de la Rosa—primera diputada local de Futuro—convirtió banderas en normas y debates en derechos. Bajo su gestión, el matrimonio igualitario dejó de ser promesa para volverse ley en el estado; se reconocieron jurídicamente las identidades de las personas trans y se prohibieron y sancionaron los ECOSIG (Esfuerzos para Corregir o Cambiar la Orientación Sexual y la Identidad de Género)—o también llamados “terapias de conversión”—, prácticas que por años se toleraron como si fueran opinión y no violencia. Aquellas reformas no fueron gestos simbólicos: representaron un cambio verificable en la vida cotidiana y en el estándar de dignidad del estado.
Pero aún con todos estos avances se asomó una pregunta central: ¿con quién construir mayorías sin diluir la identidad? Alegar que “todos los partidos son iguales” es una salida fácil e injusta, pero también lo es su opuesto: pensar que cualquier alianza es justificable si el fin es noble. Entre esos extremos se jugó el destino de Futuro.
El inicio del fin
El desenlace de Futuro no se explica únicamente en las urnas; fue el resultado de un proceso largo de desgaste—acumulado entre decepciones, contradicciones y apuestas—que, con el tiempo, se volvieron demasiado costosas.
La elección de 2024 sólo condensó—en un momento visible—las tensiones que el proyecto había venido cargando desde años atrás.
Después del ciclo 2018–2021, Futuro había logrado consolidar su registro como partido local y una pequeña presencia institucional: un ayuntamiento y una diputación plurinominal.
Aquello representó un hito simbólico para una organización que, apenas unos años antes, se concebía como un experimento ciudadano. Pero también marcó el inicio de un desafío más profundo: ¿cómo conservar la identidad de movimiento mientras se aprendía a funcionar como partido?
Las tareas cotidianas del poder—presupuestos, procedimientos, alianzas, burocracias—comenzaron a consumir el entusiasmo inicial. A diferencia de la efervescencia de 2015, el horizonte se volvió más técnico y menos místico. Las y los militantes más jóvenes, acostumbrados a la adrenalina de las campañas ciudadanas, empezaron a sentir que el proyecto se volvía predecible, institucional e incluso gris.
Entre 2021 y 2022, la sensación de estancamiento se extendió. A pesar de mantener presencia legislativa, el crecimiento electoral se había detenido. En asambleas y reuniones internas comenzaron los reproches: que la narrativa se había agotado, que la dirigencia no comunicaba con claridad, que las decisiones estratégicas se tomaban desde un círculo cada vez más reducido.
La paradoja era evidente: un partido nacido para abrir la política empezaba a cerrarse sobre sí mismo. Ese desgaste silencioso preparó el terreno para crisis más visibles.
En 2022 y 2023, las fisuras se convirtieron en rupturas. Varias denuncias de acoso sexual pusieron en entredicho uno de los pilares éticos del partido: su compromiso feminista. Aunque se activaron protocolos y se iniciaron procesos disciplinarios, las respuestas institucionales fueron percibidas como tardías o insuficientes. Para muchas mujeres que habían sostenido el proyecto desde sus inicios, aquello fue un golpe moral profundo. El discurso de igualdad y de cuidado que había distinguido a Futuro parecía fracturarse justo en su base. Se instaló la sospecha de que el partido había aprendido el lenguaje de la agenda de género, pero no necesariamente sus prácticas. Esa contradicción entre discurso y realidad marcó el primer gran quiebre de confianza: el momento en que la ética del origen se volvió vulnerable.
A la crisis interna se sumó la presión electoral. Tras dos ciclos sin triunfos de gran escala y con recursos cada vez más escasos, la dirigencia enfrentaba una disyuntiva estratégica: competir sola o desaparecer—perder el 3% del voto necesario para mantener el registro—. El sistema de partidos en Jalisco había evolucionado hacia la lógica de las megacoaliciones, donde los acuerdos entre estructuras garantizaban visibilidad, recursos y viabilidad electoral.
En ese tablero desigual, Futuro era una fuerza pequeña con mucho capital simbólico, pero con poca capacidad de operación. Las encuestas internas advertían lo evidente: competir en solitario significaba quedar fuera del Congreso y de los principales ayuntamientos.
Fue en esa coyuntura, a finales de 2023, cuando comenzó a discutirse la posibilidad de una alianza. No era una decisión menor. Desde su fundación, Futuro se había definido por contrastarse con los partidos tradicionales, y cualquier coalición con ellos implicaba renunciar a una parte de esa identidad. Sin embargo, dentro del partido también había conciencia de que la pureza política podía ser, paradójicamente, el camino más corto hacia la irrelevancia.
En las discusiones internas se enfrentaron dos pulsiones: la ética del origen y el pragmatismo de la supervivencia. Ganó la segunda. La coalición con Morena, el Partido del Trabajo, el Partido Verde y el difunto Partido Hagamos fue presentada como un pacto táctico: una manera de “incidir desde dentro” y frenar la continuidad de Movimiento Ciudadano en el gobierno estatal. En los hechos, fue una apuesta desesperada por mantenerse en juego.
La decisión dividió al partido. En las redes, los debates se volvieron amargos: para una parte de la militancia, la alianza significaba pragmatismo responsable; para otra, una traición. La discusión ya no era programática, sino emocional: ¿hasta dónde es legítimo negociar los principios para seguir existiendo?
En 2024, Pedro Kumamoto —quien en 2015 había desafiado con éxito al partidismo de siempre al ganar como candidato independiente—reapareció en la boleta. Ya no lo hacía como el outsider que representaba una ruptura generacional, sino como parte de una megacoalición encabezada por Morena—el mismo partido que se había hecho con la mayoría de gubernaturas del país y que, ese año, conseguiría una mayoría aplastante en el legislativo—.
Para muchos, ese gesto simbolizó el fin de una era. Lo que había nacido para disputar la política desde otro lugar terminaba por integrarse en la lógica que antes se combatía. La imagen de aquel joven que había dicho “sí se puede hacer política distinta” se transformó en la de un político más, atrapado entre la necesidad de seguir y la imposibilidad de volver a ser lo que fue.
Para quienes habían acompañado el proyecto desde sus inicios, esa alianza no solo fue una decisión estratégica: fue una herida emocional. Significaba reconocer que la alternativa ciudadana tenía límites materiales, que la pureza no pagaba rentas ni sostenía campañas, que la ética también necesita estructura. Traicionar el sueño—aunque fuera por supervivencia—resultó doloroso porque implicó admitir que la política distinta podía, finalmente, parecerse demasiado a la de siempre. Fue la constatación de que incluso los proyectos con vocación transformadora pueden rendirse ante la lógica del sistema, y que la coherencia tiene un costo que pocos están dispuestos a pagar.
La campaña se desarrolló bajo esa tensión. Mientras Juan José Frangie buscaba reelegirse desde Movimiento Ciudadano con el respaldo del gobierno municipal, y la coalición PAN-PRI-PRD intentaba sobrevivir con un candidato poco conocido, Kumamoto representaba el último intento de Futuro por mantener relevancia. Su narrativa insistía en que la coalición era una herramienta para frenar al partido en turno y recuperar la agenda ciudadana, pero el público escuchaba otra cosa: una explicación tardía que no alcanzaba a recomponer la desilusión.
El resultado confirmó lo que muchos temían. El voto no alcanzó. La elección en Zapopan consolidó la continuidad de Frangie y dejó al experimento jalisciense sin el respaldo suficiente para conservar su registro estatal. Futuro había muerto.
A las derrotas electorales se sumó un ambiente dilatado por las presuntas irregularidades del Instituto Electoral de Jalisco: tardanzas en los cómputos distritales, actas sin publicar, rumores de bolsas con boletas no contabilizadas y amenazas al personal electoral. Aunque nada de ello modificó de manera decisiva los resultados, sí alimentó la percepción de opacidad y deterioro institucional. En ese entorno de confusión, la pérdida del registro se convirtió en símbolo: no solo del fin administrativo de un partido, sino del cierre de un ciclo de esperanza ciudadana.
En noviembre de 2024, el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del Estado de Jalisco confirmó oficialmente la pérdida del registro de Futuro. Con ello, el proyecto que había prometido ser diferente dejaba de existir en términos formales. Sin embargo, su desaparición legal no borró lo vivido: dejó tras de sí un archivo de aciertos y fallas, de promesas cumplidas y contradicciones expuestas.
El cierre, entonces, no es epitafio ni absolución. Es un balance y una advertencia: los movimientos que nacen de la ética enfrentan siempre la tentación del poder; los partidos que surgen de la calle deben aprender a no volverse instituciones indiferentes.
Futuro no fracasó solo por una elección perdida, sino por haber descuidado los tiempos internos con la misma gravedad con la que vigiló los externos.
Su historia recuerda que en política no basta con tener razón: hay que saber cuándo, cómo y con quién sostenerla.
¿Cómo se construye—o se destruye—un partido?
Angelo Panebianco explicó hace décadas que los partidos son organizaciones con memorias, incentivos y coaliciones internas cuya institucionalización depende de su capacidad para estabilizar reglas, liderazgos y recursos. Si eso es cierto, entonces el tránsito de movimiento a partido exige gestionar dos frentes a la vez: el de las causas y el de la estructura. Mientras las causas requieren flexibilidad, apertura y osadía, la estructura pide rutinas, normas y paciencia. Pero el verdadero arte consiste en que ninguna devore a la otra.
Otro lente útil es el de Katz y Mair cuando describieron la deriva hacia “partidos cártel”: organizaciones que se acostumbran a vivir de recursos públicos y tienden a cerrar barreras de entrada. La plataforma que dio origen a Futuro nació, precisamente, como crítica a esa deriva; su reputación se construyó en contraste con partidos cuya supervivencia parecía desvinculada de su desempeño frente a la ciudadanía.
Por eso la palabra “coherencia” pesa tanto en esta historia: el valor simbólico de haber empujado reformas para alinear el dinero a los votos choca con la necesidad de hacer alianzas con organizaciones que reproducen prácticas que se habían cuestionado. No hay salida perfecta, pero sí hay costos desiguales.
Las organizaciones también se sostienen en narrativas compartidas. Un partido joven necesita algo más que consultoras y buenos diagnósticos: requiere un relato que explique quiénes somos, contra qué peleamos y con quiénes estamos dispuestos a construir. Ese relato, para funcionar, debe ser reconocible por dentro y por fuera. Si a la militancia se le pide resiliencia—porque las campañas son duras y los recursos son escasos—, a la dirigencia se le exige consistencia: porque las decisiones estratégicas definen el marco de sentido en el que todo lo demás cobra forma.
Cuando los hilos que sostienen ese relato común se aflojan—porque las decisiones se explican tarde, porque los liderazgos hablan un idioma y la militancia escucha otro, porque la urgencia por competir va dejando migas de coherencia en el camino—, la organización empieza a vivir una especie de desdoblamiento en el espejo: hacia afuera dice una cosa, hacia adentro siente otra, y en el trayecto pierde la música que la hacía reconocible.
Un partido no se rompe de golpe: se va desgranando en pequeñas concesiones que parecen inofensivas hasta que un día ya no sabemos dónde quedó la primera promesa.
¿Se puede evitar? Sí, pero requiere compromisos que rara vez entusiasman: tiempos lentos para discutir, mecanismos claros para decidir, rendición de cuentas que no sea una ceremonia y una pedagogía permanente que explique por qué viramos cuando viramos.
Construir es cuidar la voz que nos cuenta; destruir es olvidar que de esa voz depende que alguien quiera volver a escucharnos.
Post-mortem de un partido político: ¿seguimos teniendo Futuro?
La desaparición de Futuro obliga a preguntarse qué queda después de la derrota.
En apariencia, el desenlace es contundente: un partido que no logró sostenerse en las urnas, que se contradijo en sus alianzas y que terminó siendo recordado más por la expectativa incumplida que por los logros alcanzados. Sin embargo, reducir su historia a un fracaso electoral sería simplista.
Futuro deja tras de sí un aprendizaje profundo para la política mexicana. Mostró que sí era posible articular un partido local desde causas sociales, con participación juvenil y con una agenda progresista. También probó que la política distinta puede entusiasmar a miles de ciudadanos, aunque su permanencia dependa de traducir esas energías en votos concretos. La paradoja es que, al intentar sostenerse dentro del sistema, el partido tomó decisiones—en particular, su dirigencia—que lo alejaron de esa autenticidad inicial. El dilema entre la pureza de los ideales y la eficacia electoral terminó resolviéndose en contra de ambos.
El legado de Futuro se encuentra, quizás, en las preguntas que deja abiertas. ¿Puede un partido de nuevo cuño sobrevivir en un sistema dominado por coaliciones gigantes, partidos monopolio y recursos desiguales? ¿Es posible mantener la frescura de un movimiento ciudadano cuando se compite en el terreno de los partidos de siempre? ¿Cómo construir estructuras políticas que no se corrompan en el intento de crecer?
Para Jalisco, la experiencia representa un espejo: el electorado no está condenado a elegir entre los mismos actores de siempre, pero tampoco basta con ofrecer discursos alternativos si no se construyen estrategias de largo aliento. Y para México, el caso sirve como advertencia de lo difícil que resulta sostener proyectos innovadores sin ceder al pragmatismo.
Quizá Futuro ya no esté en las boletas, pero no es un recuerdo idealizado: es una marca en la conversación pública de Jalisco. Hubo calles, voluntariados y oficinas que aprendieron a escucharse; hubo causas que encontraron reglamentos, presupuestos y votos; y también hubo decisiones que rompieron confianzas, silencios que llegaron tarde y prisa donde hacía falta paciencia. A Futuro le faltó tiempo y otras decisiones—para sostenerse sin desfigurarse; y eso también forma parte de su anatomía—.
No todo se perdió en el intento. Quedaron aprendizajes, redes y una forma de entender la política desde la cercanía. Futuro demostró que es posible construir confianza entre personas desconocidas, que las campañas pueden hacerse con afecto y que el poder también puede ejercerse con método, no solo con carisma. En medio de los tropiezos, dejó una huella institucional y una pedagogía cívica con la que demostró que los derechos no se conquistan una vez, sino que se sostienen a diario.
El tablero sigue moviéndose. Las diputadas actuales del Congreso de Jalisco cargan ahora con una responsabilidad sin glamour: sostener lo ganado—apertura, derechos, rendición de cuentas—y corregir lo que quebró la confianza—explicaciones tardías, burocracias que comen la energía cívica—. No parten de cero: hay precedentes, expedientes y comunidades organizadas que ya aprendieron a leer dictámenes y a sentarse en la mesa. La vara ya subió; que lo asuman como piso y no como techo.
¿Y Pedro Kumamoto? Hoy trabaja desde otra trinchera. Se le encomendó la Secretaría General de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS), un lugar donde la coherencia se prueba en reglamentos, redes de protección y decisiones técnicas que significan menos caída para más personas. No es una plaza de reflectores y quizá por eso exige el doble de consistencia.
Quedan, sobre todo, quienes militaron o acompañaron: el músculo y el límite de cualquier intento. Demostraron que se puede levantar una organización con mística, datos y ternura; también que ningún entusiasmo sobrevive si la dirigencia confunde identidad con eslogan o urgencia con estrategia. Esa comunidad—más exigente y menos ingenua—no desapareció: se replegó a diversos espacios, esfuerzos, oficinas, colonias, aulas, colectivos; a ese territorio donde la política sucede aunque no haya campaña.
El saldo, entonces, no es una elegía ni un aplauso de cierre. Es una brújula con cicatrices: unir sin uniformar, decidir mejor y explicar a tiempo.
Ahí se juega el legado real de Futuro: en derechos que no retrocedan, en ideas que pueden madurar, en un estándar de transparencia que costó años y en la advertencia de que una mala secuencia puede destruir el capital moral. El registro se fue; el sentido no. Lo que venga—se llame como se llame—valdrá la pena si oprime menos a los de siempre y si trata a la ciudadanía como lo que es: autora del capítulo, no público de la función.
Futuro deja, al final, una bisagra. Un parteaguas entre lo que pudo ser y lo que sí alcanzó a ser: un recordatorio de que la política local puede escribir capítulos nacionales y que, a veces, la innovación no falla por falta de ideas sino por el orden en que se ejecutan. Lo que queda no es nostalgia: es un mapa con tachaduras y rutas alternativas. Sirve para volver a intentar, pero también para no repetir.
Para la política tapatía, el caso es un laboratorio a cielo abierto: mostró que se pueden mover agendas sin mayoría, que el barrio piensa y vota, que las redes cívicas existen más allá de un logo; también mostró el costo de descuidar la coherencia, de improvisar alianzas sin narrativa y de subestimar la paciencia como táctica. Para el país, la lección es doble: lo local no es un ensayo menor—ahí se prueban reformas, estilos y liderazgos—y la estrategia no debe ser un excel ni una épica clásica, sino la suma de tiempos, explicaciones y umbrales éticos que no se cruzan por prisa.
También hay una advertencia para la política electoral tal y como la conocemos: tres meses de campaña no reparan errores acumulados. En un ecosistema saturado de mensajes, lo que resiste no es el volumen; sino la consistencia. Explicar antes de girar, medir sin maquillajes, corregir a la vista: esa es la estrategia. Lo demás es ruido que dura un ciclo y puede desaparecer.
Poner a las personas al centro no es un mantra; es un método. Significa decidir con el tiempo de la vida cotidiana en mente—agua, transporte, vivienda, seguridad, aire—, presupuestar donde duele, abrir procesos que se puedan recorrer sin profesionales de la abogacía, y admitir cuando algo no funciona.
Quizá ese sea el saldo más útil: Futuro como espejo y como aviso. Espejo de una generación que aprendió a convertir causas en reglas y de otra que exige consistencia para creer; aviso de que sin método la esperanza se desgasta, y de que sin esperanza el método se vacía. Lo que venga—en Jalisco o en cualquier otro lugar del país—tendrá otro nombre, otros colores, otras personas que se atrevan a adentrarse en ese laberinto: complejo pero con salidas.
Futuro no fue solamente la anatomía de una promesa; fue el ejemplo perfecto de cómo hacer—y no hacer—política. Y ahí, exactamente ahí, empieza lo que sigue.
Jéssica Roldán Rivas. Servidora pública mexicana y estudiante de Derecho, con formación previa en Gestión Pública y Políticas Globales. A lo largo de su trayectoria profesional ha colaborado en instituciones de relevancia como la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Ha participado en iniciativas de fortalecimiento de la función pública en América Latina, impulsando proyectos enfocados en el servicio, la ética profesional y la integración comunitaria. Actualmente colabora en la Coordinación General Estratégica de Gestión del Territorio, donde contribuye a la toma de decisiones y al análisis institucional en temas estratégicos para el estado de Jalisco.
Fuentes adicionales
Woldenberg, J. (2008). Historia mínima de la transición democrática en México. El Colegio de México.
Magar, E. (2018). Los partidos políticos en México: entre el desencanto y la búsqueda de nuevas formas de representación. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 63(233), 37–62. https://doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2018.233.60246












