Ganadores del concurso de cuentos
Edición 2025-26
El día 31 del mes de enero del año en curso, un jurado compuesto por tres editores y el editor general de la revista otorgaron el primer premio del concurso de cuentos de Perpetuo a “La cabaña de los enanos” del escritor cubano Pedro Sosa Tabio y el segundo premio a “Talacha de Tapachula” del escritor mexicano Pedro González Moctezuma. Sosa Tabio aplicó con el seudónimo Past; González Moctezuma lo hizo con el seudónimo Nicanor Iturrino.
Como parte del galardón, hemos dedicado el texto estelar de esta semana a estos cuentos: la primera vez que Perpetuo dedica su espacio insignia a escritos de ficción.
A modo de introducción
Palabras de JL Sabau, Editor General de Perpetuo
Sé que, para muchos, el entusiasmo de leer a los ganadores es un imperativo. Para mí, como juez, fue una espera eterna la de llegar a la deliberación y, estos últimos días, la de aguantarme las ganas de compartir a los ganadores. Por ello, me limitaré a tan solo un par de comentarios sobre lo que fue este premio y lo que destacó en los textos que se llevaron el triunfo. Prometo dejarlos muy pronto en mano de los cuentos (que superarán, siempre, las palabras de un editor).
Lanzamos el concurso de cuentos a finales del 2025 esperando un puñado de aplicaciones. En su lugar, recibimos cientos de cuentos de, prácticamente, todos los rincones donde se habla el idioma y unos cuantos lugares donde, tos intuición, sugeriría lo contrario (un saludo a la persona que envió una ficción desde Corea del Sur).
Existe, en Perpetuo, un ethos de crisis que mueve mucho de lo que hacemos. Pensamos que el español está en un momento crítico y que, de no hacer nada para detenerlo, perderemos toda posibilidad de tener premios Nobel en nuestro idioma. Este concurso hizo todo por desafiar esa afirmación. Nos demostró la calidad tan grande de los escritores que habitan este siglo naciente. La habilidad y talento de los escritores fue tal que, en el jurado, pasamos el doble del tiempo debatiendo los textos. Más que eso, destacaré un hecho concreto. Los jueces podían nominar tres cuentos cada uno a una lista preliminar. Esperaba que hubiera algo de consenso entre los cuentos. En su lugar, solo un cuento se repitió en las listas de los jueces; nadie discutió los méritos de los 11 textos que llegaron a la consideración final. Si algo, nos quedamos cortos. En las secuelas de la discusión hicimos una lista de los cuentos que nos gustaría publicar en Perpetuo de entre todos los que aplicaron. El resultado fue casi la mitad de todos los que aplicaron.
Así que, el español está en buen estado. Lo demuestran este museo de cuentos donde tuvimos que escoger a un puñado; como si, al costar el Louvre, pudieras ver solo a la Mona Lisa.
Los ganadores llegaron por su capacidad de adentrarse en la mente del jurado y superar la tenacidad del recuerdo. Talacha de Tapachula persistió desde la primera lectura entre los jueces como una narrativa astuta y sagaz que se presta para una infinidad de discusiones. La cabaña de los enanos, con las relecturas, se hacía de más valor, como pasa con los vinos con los años.
Representan, también, dos caras de la identidad hispana. Talacha de Tapachula nos presenta una historia real pero disparatada como para pensar en el Quijote haciendo estragos en la mancha o anotar que el realismo mágico es presa de la imaginación pero también de lo concreto; no es solo mariposas amarillas. La cabaña de los enanos, por su parte, es de una tradición surreal que recuerda a Cortázar y nos muestra que la realidad, quizá, solo puede entenderse por medio de la ficción. Ambos usan el idioma para expresar las complejidades de la identidad humana, desde en temas de orgullo o de duelo; de nacionalismos o de pesares.
Por esas y otras taras razones, otorgamos el galardón a los cuentos que incluimos a continuación sin antes recordar el gran hallazgo de este concurso. En tiempos donde abunda el pensamiento de crisis, el español está en buen estado.
Sin más, les dejamos los cuentos.
-JL Sabau, Editor General
Mi primer día en la cabaña duró una eternidad, como era de esperarse. Solo, en medio de un bosque, sin televisión, sin internet; con mucha comida, sí, pero lejos de cualquier indicio de civilización excepto por la cabaña.
Mis amigos me hicieron venir porque “vas a disfrutar mucho de la naturaleza y de la soledad, y hay un lago bellísimo a solo un kilómetro”, pero en verdad fue para mantenerme alejado del alcohol. Me negué al principio, por supuesto; entonces inmiscuyeron a mi familia y entre todos me obligaron.
Es cierto que a veces son solo un par de cervezas, pero otras veces un par de botellas; y que en las noches es imposible hablar conmigo, porque no se me entiende una mierda; y que vomité en la fiesta del bautizo de mi sobrina; y que caí desmayado en la primera hora de la despedida de soltero de un compañero de trabajo... Pero, ¿y Lisa qué? ¿Quién todavía piensa en Lisa, además de mí? ¿Y los enanos? ¿Qué se supone que haga con ellos?
Ese primer día no vi a los enanos. Tragué panes con salchichas como un cerdo, salí a caminar por la frontera de árboles inacabables que separa a la cabaña del mundo exterior, meé y cagué en algunos de ellos. Si tenía que ser un ermitaño salvaje, iba a hacerlo bien.
Me aburría. Todo era muy tranquilo, quizá incluso relajante. Entonces cayó la noche y quedé como testigo de la lucha desigual entre una linterna y unas pocas velas contra la oscuridad casi absoluta.
[…]
Lee el cuento completo:
Talacha de Tapachula
Treinta mil pesos por jugar fútbol un fin de semana no está nada mal, la neta. Pero si esos treinta mil varos implican viajar a las entrañas del monstruo y poner en riesgo la vida no suena como una oferta tan buena. Pero bueno, para los que nos ganamos el pan en la talacha este tipo de oportunidades se presentan cada cierto tiempo y hay que tomarlas. Además, ya no había marcha atrás, ya estábamos llegando a Tapachula.
Nos recogieron en el aeropuerto y nos llevaron a una casa de seguridad. Me sacó de onda ver a toda esa banda armada y lista para los madrazos siendo tan amable con uno. Estoy seguro que después de recibir secuestrados, sicarios y policías, que llegue un grupo de futbolistas de la Ciudad de México es una experiencia agradable para los matones. Luego luego se vio, hasta nos pidieron fotos.
En corto ya estábamos destapando las primeras chelas y abriendo las bolsas de botana cuando se asomó una niña que tenía la quijada trabada. Tenía la mandíbula tan tensa que se ve que hasta le dolía la cabeza, pero no era prognata y era muy joven como para que se le hubiera torcido por la coca. Así era su cara, namás. Tendría unos 12 años, pero se movía con más seguridad que los pistoleros y los futbolistas. Nos abordó para decirnos que el primer partido se jugaría a la mañana siguiente y que iba a haber una cena normal en una hora, que no nos llenáramos de papitas, pinches puercos. Tampoco les recomiendo emborracharse, se juegan mucho en el partido de mañana.
Nos cagamos. Normalmente en los torneos de talacha uno cobra lo que le prometieron sin importar el resultado. O sea, nosotros esos treinta varos ya los teníamos en la bolsa. Pero ahora estaba claro que el monstruo no se iba a tocar el corazón si no cumplíamos sus expectativas.
La cosa con ese monstruo tan presente entre nosotros y al mismo tiempo tan escurridizo, es que cualquier chingadera lo puede molestar y eso te cuesta la vida. Pasó con el comerciante que no tenía cambio en la esquina de mi casa o la chava que no quiso aflojar unos besos en el antro. Ambos molestaron ligeramente al monstruo y pues se los quebró. Así.
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