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Gestar a un hijo ajeno

Sobre los embarazos subrogados en mujeres colombianas

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Perpetuo y Alonso Millet
jun 29, 2026
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Esta crónica fue escrita por Catalina Gallo Rojas. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.


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Después de que los médicos sacaran al bebé de su útero, Gisell Sánchez no lo vio ni lo cargó. Se lo llevaron. No fue porque estuviera enfermo o porque ella no lo amara, sino porque ese recién nacido no era suyo; no le pertenecía. Se había gestado en su vientre con un embrión formado por el óvulo de otra mujer y el espermatozoide de otro hombre diferente a su esposo. El bebé se lo entregaron directamente a los padres biológicos quienes lloraron de emoción.

A ella la llevaron a una habitación privada para su recuperación.

Le dieron medicamento para frenar la lactancia y luego los padres le preguntaron si quería conocer al niño. Ella aceptó y lo cargó. Hoy tiene en su oficina fotos que la pareja le manda de su hijo y una carta en el que la tía le agradece por haber gestado a su sobrino.

En eso no está sola.

Recientemente, Colombia se ha colocado como uno de los países más buscados por extranjeros para realizar embarazos por gestación subrogada. Es decir, una pareja extranjera que renta un útero ajeno para gestar su embrión. Madres y padres extranjeros; colombianas que llevan el embarazo.

Mauricio Lucena, CEO de Lucena Cecolfes, una de las clínicas pioneras en reproducción asistida en Colombia y en América Latina, explica que en Colombia hubo aproximadamente 1,200 procesos de gestación subrogada el año pasado, un número que considera alto y que, explica, se debe en parte a que no está prohibida en el país y, como se dice coloquialmente, al no estar prohibida, está permitida, pero lo cierto es que no está regulada. Esto ha generado un debate que ha llevado varios proyectos de ley al Congreso y un debate ético sobre el uso del cuerpo de las mujeres para una transacción inhumana y económica.

Gisell conoció a los padres en una reunión virtual organizada por la clínica de reproducción asistida. Llegó a ella porque quería participar en un programa de gestación subrogada que, en un lenguaje más popular, se conoce como alquilar el vientre. La reunión fue virtual porque ella vive en Bogotá y la pareja en Cali, dos ciudades de Colombia.

En aquella reunión también participó una psicóloga de la clínica y entre todos decidieron crear un grupo de WhatsApp para comunicarse. En el grupo estaban el padre y la madre de intención—como se les llama en estos procesos—el esposo de Gisell y la psicóloga. “Para mí era importante poderles informar en tiempo real” dijo Gisell cuando hablamos “para que ellos vivieran el embarazo a distancia”.

El parto fue hace cuatro años. En ese momento ella tenía 31 años y dos hijos. Recibió durante el embarazo una mensualidad de US$354 y una compensación final de US$9,957 al cambio de hoy. Sin embargo, ella explica que no alquiló su vientre por la plata, “lo vi como una oportunidad para servir, porque a mí me encanta hacerlo y ayudar a conformar una familia me pareció muy lindo”.

Gisell estudió negocios internacionales, lleva el pelo largo, viste a la moda, maquilla su cara con esmero y está muy delgada después de haberse subido 30 kilos en el embarazo. Es vanidosa, pero dice que los cambios en su cuerpo no le preocuparon frente a lo que representó ayudar a otros.

Cuenta que lo que le pagaron no le alcanzó para mucho y que ahora las madres gestantes reciben cantidades superiores. Ha trabajado para que esto sea posible. Después de dar a luz a este niño se enamoró del proceso y decidió crear su propia agencia para contactar a mujeres con las clínicas de reproducción asistida y a padres con las mujeres que llevarán a su hijo en el vientre. Su mayor interés es apoyar a estas madres gestantes desde el inicio hasta el final.


Amelia es una de las mujeres que llegó a la agencia de Gisell hace cerca de dos años. Tiene 30 y tres hijas de nueve, once y trece años. Su primer embarazo lo tuvo a los 17; ahora está separada y vive desde hace dos años con una nueva pareja. Es bachiller, sin estudios universitarios y ha “hecho de todo”, como dice ella, para trabajar; ha vendido de manera informal incienso en el Transmilenio—el sistema de transporte público de Bogotá—,ha hecho el aseo en casas de familia, en un restaurante de comida rápida y su más reciente empleo fue administrar una cafetería-papelería donde ganaba el salario mínimo del año pasado que en Colombia: unos US$443. En Colombia, las viviendas están clasificadas en estratos socioeconómicos. Las más costosas pertenecen al estrato seis y las menos, en el estrato uno. Por lo general, las personas con menos recursos viven en los estratos más bajos. Así pasa con Amelia; vive en un barrio de estrato dos en Bogotá. Su casa, por la que paga un arriendo de US$164, es un segundo piso con dos espacios: uno es la habitación matrimonial y en el otro están el comedor, una cama y la cocina; aparte están el baño y el espacio para secar la ropa.

Para llegar a su casa es necesario caminar por una calle empinada no muy larga que, a ella, con 37 semanas de embarazo, le cuesta trabajo. No parece estar tan próxima a dar a luz, su barriga es pequeña y ella es menuda. Lo cierto es que está preparada para que la niña nazca en la segunda semana de marzo. Sus padres, dos hombres franceses, ya le dieron nombre: Elizabeth.

Amelia tiene claro el motivo por el cuál está gestando a esta niña: conseguir el dinero que necesita para hacerle cirugías reconstructivas a una de sus hijas quien, en un accidente, se le quemó el 30 por ciento de su cuerpo. Por considerarse una intervención estética, los procedimientos quedan fuera del sistema de salud colombiano y de las posibilidades de Amelia.

Este embarazo le ha dado duro. No tenía que serlo. Con los de sus hijas no sintió nada. “Esta vez se me olvida todo, las náuseas, el dolor de cabeza, el dolor en la parte vaginal, en la cintura, la espalda, la rabia, cambios de humor, todo me ha dado duro, pero no me arrepiento”.

Lleva el pelo recogido, sonríe fácil y ofrece limonada. Sentada en una de las sillas del comedor cuenta cómo empezó todo:

“Un día yo estaba acostada, descansando y salió en el Face (Facebook) algo sobre la maternidad subrogada, decía que uno podía ser madre gestante y ayudar a otra familia, yo no sabía qué era, leí testimonios y se me metió eso en la cabeza…. Siempre me frustraba mucho no tener el dinero para hacerle las cirugías a mi hija y usted sabe que uno como mamá hace hasta lo imposible”.

Fue un proceso largo. Cuando aplicaba, le pedían detalles de sus embarazos pasados; la citaban en clínicas para hacerle una ecografía. Dos horas para llegar con una pensión de US$6 para el transporte.

“Creo que recorrí todas las clínicas”, recordó, ya con Elizabeth a pocas semanas de nacer.

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