Gracias por 2025
(y prepárense para 2026)
De parte del equipo editorial de Perpetuo, queremos agradecer todo su apoyo este año. Ya son más de 2,200 suscriptores a esta revista que, semana con semana, reciben nuestras crónicas, poemas y ensayos. También son más de 200 textos publicados en los menos de cuatro meses desde que arrancamos cubriendo, practicamente, todos los países donde se habla español.
Para cerrar el año, quisimos cambiar la costumbre. En lugar de una crónica, pedimos que nuestros editores escribieran unas palabras sobre lo que Perpetuo significa para ellos y, a nuestro editor general, que contara un poco más de la historia y misión de Perpetuo. Lo que sigue es esa carta larga de nuestro editor general y las de gratitud de nuestros editores acto seguido.
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Gracias por tanto. Le dejamos la palabra a nuestros editores.
Veo el fin del invierno
Notas de JL Sabau, Editor General
Queridos lectores,
Puedo ver el final del invierno. Esa es la frase a la que he llegado como resumen de lo vivido; de las muchas lecciones que me llevo de estos meses de haber lanzado Perpetuo. Esa estación desabrida de heladas y ventiscas, llegará a su fin. El invierno del español, terminará. Y si hoy tengo esa certeza, se la debo a ustedes—con toda la gratitud que eso conlleva—.
Para explicarme, necesito hacerlo en dos partes que aluden a la frase. Primero, al sujeto: el invierno del español. Porque mi convicción es que vivimos, todavía, en una etapa cruel y frígida en la historia de nuestro idioma.
Por ya varios años he tenido la sospecha que ese árbol del que hablaba Octavio Paz—el árbol de la lengua española—no logra darnos frutos como antes hacía; que, de él, quedaban apenas un par de ramas donde las flores, una a una, se iban cayendo.
Parte, reconozco, es una predilección por lo antiguo y por autores muertos; porque no me he topado con novelas como Cien años de soledad ha mucho tiempo y las Ficciones de Borges siguen sin rivales.
Pero parte, también, es bastante más objetiva. En el siglo pasado, la literatura hispana era tan importante como la anglosajona o la francesa. García Márquez estaba en el mismo calibre que Faulkner; Neruda es un punto y aparte en la poesía. En este siglo, nos hemos ido desvaneciendo. Me baso, en primera instancia, en los premios que los ganamos cada vez menos. Ya no quedan Nobeles hispanos con vida. El último de ellos, Vargas Llosa, fallecido este año, lo ganó ya muy tarde en la vida, cuando todos los demás de su generación habían muerto. En los premios más recientes tampoco nos lucimos. El español no ha ganado el Booker Internacional; tampoco, salvo Eduardo Mendoza, nos hemos hecho del Kafka. En la psique global, no figuramos como lo hacíamos y eso es algo deleznable.
Me baso, también, en algo mucho menos tangible: las decenas de conversaciones que tengo con lectores cada semana y la frustración que sienten ante las publicaciones en nuestro idioma. Mientras más hablo, más noto el patrón. El español no se siente como se sentía hace años. Aún si hay libros que leer, no hay fenómenos como un Rayuela o la Muerte de Artemio Cruz por los cuales la gente hace filas eternas en librerías. El español, en una época donde todos cantan Bad Bunny o escuchan a Rosalía, no figura en la literatura global.
Y lo que es más preocupante. No es solo que nuestro idioma ya no tenga pesos pesados; tampoco tenemos los medios para crearlos. Esta, a mi parecer, es la ventisca más preocupante de todas. Ya no nos quedan espacios para remediar el camino y publicar a los siguientes grandes autores del español.
Ha mucho que murieron las revistas de vanguardia. Casa de las Américas, Vuelta y El Sur ya no son más que partes de colecciones bibliotecarias. Sus herederas—Nexos, Letras Libres, Gatopardo—han dejado de hablarle a las nuevas generaciones y si publican textos creativos, lo hacen en mucha menor proporción que ensayos de interés general. En muchos casos, incluso, han dejado de lado las voces de nuevas generaciones. Y no puedo expresar cuán riesgoso es esto para nuestro idioma. No tenemos una manera de crear autores nuevos más que rezando a los dioses de redes sociales o a los patronos de revistas arcaicas.
¿Qué pasa? Nuestro idioma se hace en un idioma de viejos. De viejos que no publican, además, cuentos o poesía o ensayos creativos o todo lo que necesitamos para sentirnos que esta vida vale la pena de ser vivida.
Los autores contados que sí destacan lo han hecho bastante más tarde en sus carreras tras crear instituciones alrededor suyo. Gobiernan los autores arriba de 40 o 50. Los de 60 y 70 ya, finalmente, pueden vivir de sus letras. Lo que es impensable es que un autor joven pueda vivir de la literatura. Es imposible que un poeta hispano de 25 años pudiera hacerse de la fama que tuvo Mistral con sus Sonetos de la muerte. Menos aún como Rubén Darío, publicando Azul a los 20.
El español, antes de vanguardia, se ha hecho un idioma de retaguardia. Vive un invierno despiadado.
Pero acá es dónde puedo explicar la segunda parte de mi frase; el verbo: terminará.
Perpetuo surgió como un intento desesperado por remediar el camino de nuestro idioma. Esa desesperación es esencial para entender el proyecto.
Para ser precioso, fue una decisión iracunda después de tratar de iniciar mi carrera como escritor en una de esas revistas tradicionales—cuyo nombre no diré porque bien pudo ser en cualquiera—. Fui a un evento con sus editores e, ilusionado, les pregunté qué buscaban de los autores que publican. El editor me dijo, entonces, que querían dos cosas. Primero, autores con una larga trayectoria editorial; algo que demostrara que ya tenían talento. Segundo, de preferencia, autores que ellos ya hubieran publicado antes en la revista.
Es decir, para publicar un ensayo, tienes que haber publicado otros ensayos. Para publicar en las revistas establecidas, tienes que haber publicado en las revistas establecidas.
Mientras tanto, los autores se nos van a Estados Unidos o Europa y escriben en inglés, francés o demás. El español se queda sin espacios y el siguiente Nobel se nos va.
Esa noche, enojado, me plantee crear Perpetuo sin saber si, siquiera, habría interés o si otros verían con la misma premura la crisis. Si el invierno terminaría en mi vida o si, como a los hispanos después del Quijote, les esperaban un par de siglos en el ocaso.
La respuesta fue abrumadora. Hay un interés enorme por cambiar el rumbo; por terminar, de una vez y por todas, el invierno.
Lanzamos nuestra primera historia a finales de agosto. En los cuatro meses desde entonces, hemos generado más de 700,000 impresiones y promediamos 20,500 lectores al mes. Eso sin gastar un peso en publicidad—todo nuestro dinero se va a pagar a nuestros autores—.
La gente le apuesta a Perpetuo recurrentemente. Tenemos más de 2,200 suscriptores que, semana con semana, reciben nuestro contenido directo a sus correos. Lo que es más, los suscriptores están esparcidos por el mundo entero. Tenemos lectores de Perpetuo en todos los países donde se habla español—y eso lo escribo con mucha honra—. Desde la Patagonia hasta Nueva York; desde Bolivia hasta Guinea Ecuatorial. Cuba, España, Chile, Ecuador. Esta carta ahora navega a las bandejas electrónicas de todos esos países y, por ello, no tengo más que gratitud.
Y no solo es que la gente quiere leer—que está hambrienta por leer—encontramos la misma desesperación en la escritura. Más de 2,000 personas han aplicado para escribir con Perpetuo desde que arrancamos. Hemos publicado ya más de 200 textos que van de poesía al ensayo; de la crónica al cuento. Lo hemos hecho colaborando con decenas de artistas en cada rincón donde se habla este vasto idioma. Muchos de ellos publican, por primera vez, con Perpetuo—esperamos que primeras de muchas en el camino al Nobel—.
Y, por supuesto, he encontrado a otros desquiciados que quisieron, conmigo, hacer lo posible por darle un nuevo aire al español. Acá agradezco, primero que nada, a nuestros editores. A Mariana que escucho la idea de Perpetuo antes que nadie; a Alonso que, desde hace ya meses, es la persona que más le escribo y más me aguanta—y a la que más le agradezco—. A Tomás que tiene una ambición más grande que la mía; a Marta que tiene una fe inquebrantable en que hay que dedicarse a las letras. También a mentores tan queridos como Jaime Abello Banfi, Alejandro Jiménez, Miguel Silva, R.B. Brenner y Luis Enriquez que nos han aconsejado en el camino. Y, por supuesto, al equipo de OSV que hicieron posible estos primeros meses con su apoyo (Jim, Atman, Rohan, Cami y tanta, tanta gente que decidió apostarle a Perpetuo); así como, más recientemente, al equipo de Emergent Ventures y Tyler Cowen.
Es abrumadora esta respuesta en todos los sentidos. Lo es al ver como, cada semana, nos leen más; lo es al ver los correos que nos llegan y no podemos darnos abasto en un día (jl@perpetuo.lat para los que quieran contribuir); lo es con los mensajes de crítica de lo que publicamos y los de apoyo; sobre todo, lo es al ver cuánta gente cree que Perpetuo cumple un papel que necesitaba el español.
No soy iluso como para decir que el invierno ha acabado—menos aún escribiendo en los finales de diciembre—. Pero sí puedo decir que el final se acerca y que puedo ver, en los troncos fríos de nuestra lengua, los inicios de una que otra flor.
Todo lo que he visto en Perpetuo me indica que los hispanohablantes quieren más de lo que hacemos. Quieren más escritura en su idioma de calidad; quieren menos revistas que le hablen a viejos. Quieren que el español vuelva a figurar a nivel global y quieren sentirse orgullosos de su idioma. Perpetuo es solo un conducto para lograrlo.
Por algo la metáfora. El invierno sigue; sigue tan frío como otros. Pero ahora, por primera vez, lo veo como parte del tiempo mismo; de los meses que pasan en una letanía predecible y que auguran, al final, la llegada de la primavera.
Acá estaremos, en Perpetuo, para vivirla. Para darle hogar al siguiente Nobel de nuestro idioma y para que vuelvan los grandes autores a empujarnos a las fronteras del español.
Puedo verlo, ese final del invierno. Espero lo vean, ustedes, también.
Perpetuamente,
JL Sabau
Notas de nuestros editores
Mariana Anaya - Poesía
Perpetuo llegó a mi vida como un viejo amigo al que perdí la pista, pero, en el reencuentro, se siente como si la despedida hubiera sido ayer. Me gusta pensar en nuestra comunidad como un jardín en el que mis palabras, como la de nuestros autores, han encontrado refugio y brotado de sus raíces. Poco a poco se construye una casa en ese jardín, con cada publicación creando una puerta hacia un sinfín de historias. Cada crónica, poema y cuento nos abre una ventana al mundo de cada autor.
Perpetuo me ha ayudado a navegar la infinidad abrumadora de noticias y creaciones literarias, disponibles en la palma de nuestra mano, como un un guía que hace el viaje más ameno. Espero que ustedes, fieles lectores, sientan lo mismo y podamos seguir construyendo nuestro hogar de ideas. Deseo un 2026 con muchas más puertas y ventanas abiertas, muchas historias para acompañar el café matutino, y , sobre todo, que sigamos acompañándonos en el proceso.
-Mariana Anaya
Alonso Millet - Cuentos
Soy Alonso Millet, editor en esta su revista de confianza —la mejor del español—, Perpetuo. Le dedico principalmente mis lecturas a cuentos, aunque algunos otros textos han pasado por el capricho de mis ojos. También escribo: con orgullo presumo una tercia de cuentos y un par de ensayos en este portal. Aún más, presumo trabajar historias maravillosas con autores y autoras dispuestos a intercambiar estilos, gustos y, sobre todo, calidad. Me emociona lo que ha sido este camino en construcción.
Perpetuo, quizás no muchos lo sepan, se lanzó en dos etapas: una primera en marzo, con un Wordpress, y una segunda a finales de agosto, con el formato actual de Substack. Aunque mi participación activa ha ido incrementando poco a poco, he visto crecer el proyecto desde que era una prueba positiva de embarazo. Con los retos que implica cualquier gestación, en poco más de cuatro meses se ha vuelto una pasión capaz de apasionar a otros. Y aunque esta breve carta pueda tener tildes pro-vida —al menos un chiste implícito al respecto—, su propósito no es otro distinto al del agradecimiento. Hacia JL, quien me invitó a participar desde un principio; al equipo: Mariana, también desde el inicio; y Tomás y Marta, que han adoptado a este pequeño gran crío que es Perpetuo. Gracias infinitas, también, a ustedes lectores: por su confianza, su exigencia y sus ganas de leer nuevas historias, de escuchar nuevas voces. Cerraré con un cliché que es, asimismo, una creencia a flor de piel: esto apenas comienza.
-Alonso Millet
Tomás Lemus - Poesía & foto ensayos
Los momentos culturales necesitan un espacio. Un lugar y un medio que acompañe la época y sus manifestaciones. Que marque la pauta, que destile sus pulsos y emociones; que ofrezca inspiración, ficciones, historias. Este año me acompañaron dos pensamientos. El primero, la certeza de que este es el momento del mundo español. Desde la música, el cine y la televisión, o la enorme producción de memes de Latinoamérica, la cultura hispana está marcando el ritmo global. Segundo, noto una urgencia de literatura en un mundo en el que la verdad se termina de desdibujar y vivimos desbordados de información. Cuando la verdad se fracciona, nos queda la reflexión y el sentido, cosas que solo nos puede dar el arte.
Y sin embargo, faltaba desde hace mucho un espacio donde se encontraran las fuerzas creativas del español para dar forma a este momento. Las nuevas generaciones ya no reconocen las revistas que alguna vez definieron el idioma. No es casualidad: muchas les fallaron, otras cerraron la puerta a nuevas voces. Pero están igualmente ansiosas de un espacio donde absorber cultura y forjar sentido. Para mí, Perpetuo es un formidable proyecto de ser ese lugar. Un sitio al que venir a destilar —y a entender— el mundo contemporáneo en lengua española, y dar forma al gran momento que atraviesa nuestra cultura. Gracias por este primer gran año. Tengo la certeza de que es apenas el comienzo.
-Tomás Lemus
Marta Muñoz-Rojas Szpilka
Queridos suscriptores:
En el año 2025 he cruzado el Océano Índico, el Océano PacÍfico y el Atlántico Norte. He sobrevolado cientos de países. He conocido a mil personas y me he despedido de mil quinientas. Parece que la única constante de este año ha sido la inconstancia.
A través del cambio las sabias palabras de mi madre me seguían—Si sumas las cifras del 2025, sumas a un nueve lo cual clasifica este año como un año 9, un año de cierre de ciclos. Lo que tenga que irse se irá, lo que tenga que llegar llegará y lo que se deba mantener se quedará—.
Yo, que siempre fui de creer en el destino, pero que con la edad me he hecho más y más escéptica me reía. Pero en los últimos meses lo dejé con mi novio, solo para reencontrarnos antes de acabar el año. Encontré trabajo en un laboratorio, solo para darme cuenta de que lo que realmente quería era adentrarme en el mundo literario. Me fui hasta Australia, solo para ver que cerca de casa se vive mejor. Finalmente, encontré a Perpetuo solo para entender que aquí es donde quería estar.
Ahora que el año llega a su fin miro atrás y comprendo el significado del año nueve. Lo que se tenía que ir, se fue. Lo que tenia que quedarse, se quedó. Perpetuo, lo que tenia que encontrar, llegó.
Quería agradeceros a vosotros, lectores y escritores, por acompañarnos estos meses. Espero terminar el año nueve con ustedes y así saber que nos quedan muchos más por delante.
-Marta Muñoz-Rojas Szpilka
Gracias por este increíble inicio. Nos vemos el viernes con el primer 3,2,1 del año y el lunes entrante con la primera crónica de 2026.









