Haití, la revuelta eterna
de Juan Martínez d'Aubuisson
Esta crónica fue escrita por Juan Martínez d’Aubuisson. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
Tocar campanas
En lo que fue un instituto público, cerca de Fort Nationale, en los linderos de ese diez por ciento de Puerto Príncipe que aún no ha caído en poder de los bandidos, se apiñan como pueden casi 200 familias. Han convertido aquello en un campo de refugiados.
Es 11 de marzo de 2025. Llegué hasta acá sorteando las barricadas de una ciudad crispada y con el martilleo constante e insoportable de los tiros como música de fondo. Ahí me reciben tres hombres jóvenes. Son los líderes de este campo. Salieron huyendo de diferentes lugares a finales de 2023.
Estos tres y sus familias llegaron hasta Carrefour-Feuilles; ahí se conocieron. Es un barrio obrero en el sudoeste de la ciudad y ahí se refugiaron unos meses, pero la pandilla del warlord Kaporal y su banda, los Gran Rabin—provenientes de un lugar con el mismo nombre y parte de la gran confederación de bandas Viv Ansannm—, los atacaron y les ganaron. Entonces huyeron nuevamente, se volvieron pastores de un gran rebaño de personas asustadas y terminaron en esta escuela el 17 de noviembre de 2024.
“Nosotros organizamos a la gente para vivir acá, pero más gente sigue viniendo, entonces hemos tenido que usar el techo de la escuela para que las familias hagan sus chabolas”, dice el líder de este lugar, un hombre alto y delgado de 29 años y padre de dos niños de ocho y doce. Él y sus dos lugartenientes me dan una especie de manual para huir. Me explican que debes tener al menos una olla y un poco de arroz, tus documentos y debes dormir con tus cosas valiosas puestas.
“Lo más importante es llevarte a los niños”, dice el líder y los otros dos asienten fuerte con sus cabezas. Los bandidos de la gran coalición Viv Ansannm han dejado muy claro que al llegar a un barrio no perdonan niños ni viejos. Masacran parejo; su rabia no observa años.
“Cuando llegan, si no estás listo, se pierden tus documentos y todas tus cosas, porque lo primero que hacen es prenderles fuego a las casas”, me dice el segundo al mando, de veintitrés años y padre de una niña de dos.
Doy un pequeño recorrido. Las aulas están abarrotadas y en algunas se apiñan hasta cinco familias. Cuando se abren las puertas, el olor te golpea la cara. Incluso los líderes, que viven con sus familias en aulas similares, deben cubrirse la nariz.
Luego subimos al techo.
Está lleno de carpas de plástico donde vegetan decenas de personas; algunos son ancianos o personas inválidas y, desde que los subieron acá hace meses, no han visto más que este tejado. Como es lógico, en los techos de los edificios no hay baño, así que deben usar baldes que luego vacían desde arriba, hacia la calle.
Antes de irme les pregunto a los muchachos: «¿Qué harán cuando lleguen las bandas hasta acá?» Me responden rápido, me explican que están bien organizados y que tienen diferentes comités, incluyendo el de seguridad. Me dicen que cuando las bandas lleguen cerca ya hay una persona encargada de tocar una campana.
—¿Y qué harán cuando toque la campana?—, les pregunto.
—Pues sabremos que vienen los bandidos...
Me responden.





