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Hombre oso

Un fotógrafo de naturaleza colombiano lleva más de siete años documentando las vidas de los osos andinos a las afueras de Bogotá.

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mar 09, 2026
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Esta crónica fue escrita por Santiago Wills. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.

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Fotografía cortesía Sebastián Di Doménico

—¡Ese, ese de ahí es el Estrello!

Desde el asiento del copiloto, Sebastián Di Doménico —fotógrafo de naturaleza, embajador de Sony para Latinoamérica y aficionado a escuchar música de videojuegos en los viajes— señaló una valla al lado de la carretera. Acomodó sus gafas de transición y una bandana con la imagen de un jaguar sobre su cabello antes de aplastar su rostro contra el vidrio. La imagen carbón de un oso andino pasó rápidamente a la derecha de la camioneta.

—Antes le decían Estrella porque pensaban que era una hembra— dijo Di Doménico conforme avanzábamos hacia el pantano.

El Estrello tenía entre 20 y 30 años, hocico crema y las marcas blanquecinas en forma de espejuelos que le dan el otro nombre común a su especie: oso de anteojos. Esas mismas manchas son en parte responsables de su nombre científico, Tremarctos ornatus, del griego trema (hoyo) y arctos (oso), y el latín ornatus (decorado). En la frente, sobre pupilas cobrizas, una mancha nubosa con silueta de diamante permitía reconocerlo de inmediato. Parches de canas iluminaban su rostro en las últimas imágenes que le tomaron.

—Desde el año pasado no volvió a aparecer—añadió Di Doménico, bajando la voz— Probablemente, está muerto.

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Era una madrugada de noviembre de 2025 y ascendíamos por una vía sinuosa hacia el Parque Natural Regional Vista Hermosa Monquentiva, un área protegida a un par de horas de Bogotá. El Estrello y otros osos solían caminar por esa zona, antiguamente conocida como el Pantano de Martos, llamada así por un ciudadano holandés, quien, según la leyenda local, drenó a mediados del siglo veinte una laguna en busca de oro indígena. El terreno se convirtió en un hogar de paso de la única especie de oso que aún sobrevive en Sudamérica. Di Doménico acaba de publicar un libro dedicado a este animal con Villegas Editores. Allí había tomado muchas de las fotos.

Conozco a Di Doménico desde hace poco más de dos años, cuando me acompañó en una asignación para escribir una crónica sobre el viento. Durante alguno de los trayectos por la costa colombiana, me mostró algunas de sus fotos de osos andinos. Desde entonces le insistí que me dejara acompañarlo en uno de sus viajes. Ese día de noviembre finalmente lo logramos.


Fotografía cortesía Sebastián Di Doménico.

Tenía la esperanza de poder conocer algunos de los osos que había visto en sus fotos, aunque me había avisado que no me hiciese ilusiones.

En la carretera, pasamos junto al Bar Restaurante Miosito y otros negocios alusivos al animal. Di Doménico, a quien sus amigos conocen como Dido o Itadori, por un personaje del manga Jujutsu Kaisen, anunciaba algunos de los puntos donde se había cruzado con osos en la vía.

—Por acá aparece Pocillo— dijo sonriendo. Le dicen así porque le falta una oreja. Es conocido porque ataca sin aparente causa a las personas, algo extraño en la especie. En una ocasión, a un guía amigo suyo se le acercó corriendo, lo abrazó y lo arrojó al piso. No le hizo daño, pero el susto fue mayúsculo.

Los machos en la zona pueden medir casi un metro y medio y pesar casi 160 kg, aunque en otro lugares —la especie se encuentra en páramos, valles y bosques húmedos y nubosos en franjas de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina— hay registros de osos de casi 250 kilos, unas tres veces el peso de un gran danés. No se sabe el tamaño exacto de Pocillo, pero nadie recomienda lidiar con él.

Di Doménico extendió los brazos hacia adelante dentro del auto, imitó el ataque del oso y rio. Está acostumbrado a los encuentros con osos andinos. Contabilizó 87 encuentros en 2024 y 82 en 2025. Antes no llevaba esos registros, pero calcula que en total ha tenido cerca de 400 avistamientos en los más de siete años que lleva persiguiendo a esta especie. Se trata de una rareza, pues son animales esquivos que desconfían con razón de las personas.

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Fotografía cortesía Sebastián Di Doménico.

Como los osos pardos (Ursus arctos arctos) en Europa y Asia, la historia de los osos andinos se entrelaza con la de las personas. Su relación no es tan antigua como aquella en el Viejo Continente —hay restos de un neandertal enterrado al lado de un oso hace cerca de 80 mil años en la cueva de Le Regourdou, en el este de Francia—, pero es igualmente rica. La cultura Mayo-Chinchipe-Marañón en Ecuador y Perú modeló pequeñas efigies realistas del animal, a quien, al parecer, ya se reconocían por su rol como jardinero y escultor del bosque.

Los osos andinos son omnívoros, aunque se alimentan principalmente de plantas en casi todo su rango. En los páramos cerca de Bogotá, por ejemplo, comen sobre todo especies del género Puya, enormes bromelias con hojas de hasta un metro de largo que recuerdan al agave, así como frailejones (Espeletia), icónicas plantas de ese ecosistema con tronco grueso y hojas suculentas en forma de capote por el que reciben su nombre. Devoran el centro de las puyas deshojándolas, como si fueran alcachofas, o abren el interior de los frailejones, como si fuesen palmitos. De esa manera, regulan la cantidad de esas plantas en el páramo.

En bosques de otros países, pueden esperar días frente a árboles cargados hasta que sus frutos estén lo suficientemente maduros para cosecharlos y engullirlos. Luego dispersan las semillas mientras recorren territorios que abarcan decenas o cientos de kilómetros cuadrados (Pocillo, por ejemplo, ha sido visto en Siecha, una población a 150 km de Guatavita, el municipio donde se encuentra el Pantano de Martos). Son vehículos de migración para las plantas, intermediarios entre el piedemonte amazónico y los páramos andinos.

A veces también comen basura o carroña y cazan lagartijas o pequeños mamíferos como ratones y cuyes. No son cazadores elegantes. Uno de sus métodos preferidos es pararse en dos patas frente a su presa y dejarse caer encima para aplastarla, como si fuesen luchadores mexicanos, de acuerdo con Di Doménico. En casos excepcionales, se los ha visto depredando vacas u ovejas, debido a la ausencia de plantas o frutos o a la invasión indiscriminada de su territorio. No son sus presas naturales, pero tienen la fuerza y un par de garras del tamaño de navajas para matarlas.

Varios pueblos sudamericanas ansiaron sus rasgos. La cultura moche esculpía figuras de hombres oso, seres con fuerza descomunal y poderes divinos. En Perú, persisten historias sobre ukukus: hijos de osos y mujeres humanas raptadas por los animales; una fusión de mitos locales con leyendas importadas durante la Conquista. Como cuenta el historiador francés Michel Pastoureau en The Bear: History of a Fallen King, los osos fueron unas de las principales divinidades de los pueblos de Europa hasta que la Iglesia católica impulsó su caza indiscriminada en un esfuerzo por eliminar cualquier rezago del paganismo.

Fotografía cortesía Sebastián Di Doménico.

En Sudamérica, los europeos también impulsaron de una u otra forma la cacería del oso andino. Para el siglo diecinueve, era un ritual de iniciación en la aristocracia criolla, como muestra una escena de María, la novela colombiana de autor Jorge Isaacs. En este país, en Ecuador y Perú, jóvenes que buscaban imitar las tradiciones europeas irremediablemente dirigían sus armas contra el único oso disponible a su alrededor.

Hoy se estima que la especie ha perdido al menos la mitad de su rango histórico. Se encuentra clasificada como vulnerable en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y sus números descendieron de poco más de 18 mil , en 1998, a entre 2.500 y 10 mil en la actualidad.

—Evitan a los humanos— dijo Di Doménico, aunque cada vez es más difícil por la destrucción de su hábitat y la terca expansión de la frontera agrícola.

En todos los países, hay conflictos entre los osos y la gente, que los acusa de matar su ganado, en poquísimos casos con razón. La caza sigue por ese problema y los osos no son tontos: saben que es mejor huir cuando aparece una persona.

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