Serafina quería un arma grande, aunque al disparar ella tuviera que sostenerla con ambas manos, aunque el retroceso levantara la boca del cañón, aunque la detonación fuese ensordecedora, aunque la bala, al entrar en el pecho de la víctima, le abriera un boquete en la espalda. Todos estos defectos quedaban compensados, en opinión de Serafina, con la seguridad que una arma de esta índole le daba de que el “ajusticiado”, ya herido, no iba a ir caminando hacia ella, con la mirada de loco y los brazos abiertos, como si quisiera darle un abrazo.
-Jorge Ibargüengoitia, Las muertas
La violencia es un camino sin retorno. Consideremos que iniciar una discusión sobre la identidad abre las puertas a infinidad de maneras para expresar individualismos. Estos rara vez tienen algo de original; justifican la repulsión hacia ciertas costumbres, aunque también dan pie a sólidos colectivismos que no tardan en llegar a nacionalismos, patriotismos, fascismos, americanismo (yo le voy al América); enfermizos ismos que nos acuerpan acaso ilusoriamente en la experiencia social-humana como abrigos otorgados por un propio Dios-padre-que-todo-lo-ve-y-de-todo-nos-protege, con gruesas capas de piel social capaces de dotarnos de armas de alto calibre para sobrevivir en la jungla y el concreto, en el llano, la montaña, el pueblo chico infierno grande, el espacio imaginario y frágil como burbuja que se alimenta circularmente con la concepción y expresión de nuestra propia “identidad”.
Entonces, antes de preguntar sobre la identidad podríamos cuestionar “¿Quién eres?”, “¿Quién soy?”, “¿Qué es lo que me hace ser aquello?”, y después de perder el suficiente tiempo intentando responder, podemos dejarnos caer en la desesperación de que no hay respuesta y seguramente no habría de haberla. Algunos secretos merecen la individualidad invisible, verdaderamente invisible, esa que no sale a colación en conversaciones ni posturas, menos en ensayos ni obras; es una trotamundos lumpen que te dice “me di cuenta de que me queda algo por aprender”, pero no te dice qué ni cuánto le falta sino que el cuerpo es una prisión y el azúcar bloquea tus receptores.
Hubo un tiempo en mi vida, etapa romántica e intermitente, donde la Ciudad de México fue un rasgo definitorio de cómo me percibía: un espacio salvaje lleno de locos y fantasmas donde me llegué a sentir inmortal. Es difícil de explicar, pero así fue, aunque lo peor era que la gran urbe donde yo miraba ratas o coche o atardeceres melancólicos era una que nunca había vivido; una época irrescatable en el tiempo pero sí en las letras y las películas y mi memoria poética nublada por amores y pérdidas. La identidad también es vivir en donde no se vive, una colonia abandonada con zapatos en el cableado, un retiro esquizoide y paciente que es refugio, como en un templo o centro de rehabilitación.
Bolaño describe esta doctrina que también es forma de mirar al cielo en este texto con dedicatoria a Efraín Huerta:
******** **** ***** ** ** No sé, Efraín, qué paisajes decir ahora que estoy pensando en ti. No sólo tu bondad me ayudó; también esa suerte de honradez hierática, tu sencillez al apoyarte en la ventana de tu departamento para contemplar, en camiseta, el crepúsculo mexicano, mientras a tus espaldas los poetas bebían tequila y hablaban en voz baja.
¿Entendido? Mi identidad también es tomar tequila a espaldas de Efraín Huerta; perdido o perdiendo la cabeza en calles laberínticas que reflejan una sombra triste, lejana, como pensando de más una broma que se tomó muy en serio o no lo suficiente. ¿Qué pecados paga el poeta y el trovador después de juntarse para pedir monedas a los comensales de una acaudalada avenida, antes coliseo de pérdidas y negocios truculentos en nombre de la Literatura? Pregunta Amadeo Salvatierra a los jóvenes Arturo y Ulises: “¿qué es lo que han sacado en limpio de este poema?, muchachos, yo llevo más de cuarenta años mirándolo y nunca he entendido una chingada. Ésa es la verdad. Para qué voy a mentirles. Y ellos dijeron: es una broma, Amadeo, el poema es una broma que encubre algo muy serio.” Esto es en serio, ¿se entiende?
Suena como tomarse la vida, la navegación, a manera de broma muy en serio, pensar lo que sea pero hacerlo en tono de acción; sin embargo, ¿cuál sería si no la condición del Ser libre? Ni los carros ni las cadenas o los kilómetros recorridos serían buenos parámetros para comprender la identidad. Aclaro: no es que yo sugiera mejores indicadores, más bien dejo entendido que no hay buenos o malos. Habrá quien se identifique como un mexicano orgulloso, quien sea mujeriego y a mucha honra, un obrero de oficio y corazón; he conocido, incluso, en las aulas de la Universidad Desconocida, autonombrados (con vehemencia) cineastas que han visto enciclopedias enteras de cine universal sin dejarse penetrar por la película, el poema; y aún así alardean (sospechan [sí, ellos mismos] que son viles charlatanes) con sus historias autocomplacientes y de redención que sobresalen violentamente por una total falta de sensibilidad y exceso de chaquetas psico-intelectuales-afectivas.
Entonces, ¿estas personas violentan con su identidad, o más bien con su indiferencia ante lo que se adjudican como profesión? Porque ni la Literatura ni el cine son inocentes, esto cualquiera que se fije lo sabe; y la labor de quien empuñe una cámara es buscar y no conformarse con nada menos que toda la belleza del mundo; para quien blande una pluma, hacerlo como quien carga la espada o el fusil.
Ya vociferaba, como perro aullando a las voces del desierto, el poeta de la jeta de santo en su manifiesto infrarrealista:
IMPUGNAR EL ARTE / IMPUGNAR LA VIDA COTIDIANA (DUCHAMP) EN UN TIEMPO QUE APARECE CASI ABSOLUTAMENTE BLOQUEADO PARA LOS OPTIMISTAS PROFESIONALES TRANSFORMAR EL ARTE / TRANSFORMAR LA VIDA COTIDIANA (NOSOTROS) CREATIVIDAD / VIDA DESALINEADA A TODA COSTA (MOVERLE LAS CADERAS AL PRESENTE CON LOS OJOS PESTAÑEANDO DESDE LOS AEROPUERTOS DEL FUTURO) EN UN TIEMPO EN QUE LOS ASESINATOS LOS HAN ESTADO DISFRAZANDO DE SUICIDIOS EL ARTE EN ESTE PAÍS NO HA IDO MÁS ALLÁ DE UN CURSILLO TÉCNICO PARA EJERCER LA MEDIOCRIDAD DECORATIVAMENTE $$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$ “SOLAMENTE HOMBRES LIBRES DE TODA ATADURA PODRÁN LLEVAR EL FUEGO LO BASTANTE LEJOS” ANDRÉ BRETON.
Hay quien violenta con la propia existencia (por más apacible), por su condición de prostituta/ pordiosero/ negro/ pobre/ homosexual (es verdad, hombres que les enfurece el fenómeno de otros hombres tocando con placer los penes de otros hombres —¿miedo, envidia, mexicanos homofóbicos con tanto apetito por el chile?—); empleadores que señalan de violentos a empleados que exigen derechos laborales; aves de rapiña, militares, halcones que se encargaron de defender a quien vio sus ambiciones violentadas por estudiantes que eligieron ¡hacer!, no padecer ni reblandecer, sino ¡mover!, inconformes, hambrientos.
Hay ocasiones en que la identidad se basa en ser sur para no ser norte, izquierda para no ser derecha, víctima para no ser opresor, pueblo para no ser ciudad, apolítico para no ser político, resistencia para no ser hegemonía; ya se imaginarán. Es decir, también somos lo que no somos. Las casas vacías alguna vez ocupadas tienen la facultad de habitarse nuevamente, no hay raza pura ni un esencialismo.
Para ejemplificar el punto anterior existe Jonas Mekas, cineasta Lituano que a los 22 años emigró de su país para terminar en Nueva York, donde empezó a construir una comunidad de artistas que cambiaría la forma en la que se percibe el cine, la poesía, y su indivisible nexo fílmico llamado vida. Luego inició la revolucionaria revista Film Culture, que representó un espacio de discusión para jóvenes cineastas y escritores. Mekas, después de intentar confusamente hacer una casa de la cultura (siempre móvil, a veces despiadada, para nada aprehensible), decidió que su país sería el cine, sin dejar de lado que un exilio no tiene hogar, y esto lo obligaba a partirse en siete, o en cien, dependiendo de la edad y la experiencia para unir lo que es nuestro aunque divague por varias partes del mundo.
Esta búsqueda difusa tal vez terminé con la trascendencia de la muerte (solo entonces podremos hablar con verdad de espiritualidad) o tal vez se postergue día tras día como enviar una carta o hacer una cita con el médico. Tal vez la identidad es llevar una bandera borrosa, rasgada, y ondearla con orgullo; es ejercer una fuerza de forma violenta “contra el modo natural de proceder” —en palabras electrónicas de la Real Academia Española de la lengua—; tal vez (definitivamente) incomodar es la esencia de la protesta y dudar es la facultad de una ligera certeza, la suficiente para sobrellevar —lo cual es muy parecido a navegar— la terriblemente sublime condición humana de buscar el salto primero. Constante lucha y resistencia. ¿Violencia? Para algunos. Ese riesgo de vivir la elección del amor aunque sea capricho, pasión obsesionada que nos entretiene mientras llega el final, el inicio del camino hacia la larga y aburrida eternidad.
Alejandro Acuña Sevilla es director, productor y súbdito del cine, por llamarlo de alguna manera. Es cofundador de Cinedevaqueros, un colectivo nacido en Ciudad de México que apuesta por la poesía como motor de la cámara.



