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Algunos meses después y tras más de 200 participantes, el Primer Concurso de Ensayos de Perpetuo llega a su fin. Si bien el veredicto se dará a conocer el lunes 3 de agosto junto con la publicación de los textos ganadores —en lugar del estelar de la semana—, los tres jueces reflexionan sobre lo que fue la lectura, en términos generales, de esta edición.
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José Luis Sabau
El ensayo es una bestia indómita a pesar de nuestros mejores intentos de amaestrarlo. Mis semanas —hechas meses— leyendo las decenas de textos para este concurso, me lo han demostrado. Entre lo que hemos considerado hay tratados filosóficos del amor o del significado de la vida a la par de diatribas sobre las minucias más irrelevantes o anécdotas personales que transcurren sin mayor encanto que las horas de una fila. He visto textos en primera persona y tercera con intermitencias de una segunda imperativa y un plural incluyente; hay textos que siguen un rigor imperdonable y otros que parecen despabilarse ante toda mención de estructura. Todos ellos entran en la categoría de ensayo. Por lo menos, todos entran dentro de la categoría colectiva que definimos como ensayo y que guió a tantas gentes con ideas tan dispares a enviar sus textos a este concurso.
Una parte mía lamenta esa naturaleza indómita. Muchos de los textos que leí son ensayos en el sentido más propio de la palabra: fueron un intento de amaestrar un concepto o de expresar una idea. Se quedaron en el ensayo; no llegaron a la resolución. La mayoría de mi lectura fue desilusionante. La mitad de mi frustración fue por ensayos que no tenían idea de su camino y que, aún si tenían un par de frases acertadas, no llevaban a más que ellas. Una obra, al final, requiere que cada oración colabore; no pueden ser solo un par las que sean dignas de leerse. Vi mucho intento fatuo; muchos textos que son ideas sin gestar—y mejor hubiera sido que se quedaran en lo hipotético—.
La otra mitad de mi pesar fue por ensayos con una estructura tan rígida que se negaban a nada más y que pudieron resumirse en silogismos —mismos que no deben gastar palabras; solo decirse y probarse—. Esos vi otros tantos. Los llamaré ensayos académicos por ser la moneda de cambio en la academia moderna. Esa estructura inquebrantable de introducción, desarrollo y conclusión que es tan divertida como ver girar un plato de comida que detestas en el microondas. Ese intento de domesticación sobre el ensayo mata por completo su esencia atrevida; su paralelo con la mente humana y su predisposición a meterse en los resquicios más improbables. Si el ensayo es un intento exitoso por entender, tiene que haber batalla en ese acto. Las estructuras forjadas son como los ponis miserables en circos inmundos, dando vueltas hasta el cansancio para que niños se tomen fotos. Será parecido a un caballo, pero no está ni cerca. Una pena.
Aún así, siento un enorme optimismo tras este esfuerzo. Sí, el ensayo es difícil y sí, es confuso —harto confuso—, pero en estas decenas de textos que leí, noté que permanece candente la llama de la ambición que da sentido al ensayo como género. Seguimos intentando. Cada que leía a un autor tratar de definir el motivo de la vida o las peripecias del amor —aún si todos y cada uno de ellos fracasó en el intento—; cada que me encontraba con una ambición desmedida por explorar un concepto que hemos explorado hasta el cansancio, no podía más que sonreír. Aún si muchos —la mayoría— me parecieron malos, me llenó de alivio encontrar tanto deseo de explicación ante un mundo que se niega a ser explicado. A quinientos años de la creación del ensayo, seguimos con generaciones dispuestas a intentar explicar el mundo entero. Seguimos ensayando y ensayando para esta gran obra que bautizamos literatura y que, en verdad, se llama existencia.
Seguimos sin domesticar el ensayo. ¿Y saben? Creo que es algo bueno. Seguimos con un reto grande en la literatura y los ganadores de este concurso se han acercado.
Alonso Millet
El criterio de un juez se endurece para que, al momento de tomar una decisión y dictar cualquier sentencia, se haga justicia. Surge, sin embargo, un gran problema cuando las pruebas son insuficientes; cuando, entre los testimonios, apenas relucen algunas certezas. Ese es el amargo sabor que aún intento quitarme de entre las encías, a sabiendas de que casi todas las ideas presentadas a este concurso son buenas, pero insuficientes en su ejecución.
Quizá sea la poca claridad en las bases, como en aquellos puntos referentes a la extensión; quizá, la libertad para explayar sin límites sobre cualquier tema aparezca como el monstruo que hace de la escritura algo inacabado, lleno de avaricias. Una avaricia sin embargo tímida, miedosa, poco ocurrente; por ello me pregunto: ¿qué impide la autenticidad de las ideas?
Es curioso: en el concurso de cuentos de hace unos meses, leí muchos con trasfondo ensayístico. Escudados por la ficción, la deficiencia del relato terminó por hacer de esas ideas algo insípido; cavilaciones que pudieron ser —cuando menos, contar algo—, terminaron por teñirse de cobardía. Con este concurso sucede lo mismo, aunque distinto: otra ficción, la Academia, escuda y esconde el potencial de muchos textos. En estos casos, el ensayo —que debiera ser un experimento— se impone cadenas para pensar y, como un sumiso animal nacido en zoológico, permanece dentro de estructuras que lo enjaulan en un deber ser autodestructor. Hablar de una obra o un autor, por ejemplo, no supone que el autor u obra citada hable más que el autor que le cita.
“Ya todo está dicho”, es la excusa que suele implorar el quejumbroso, ignorando lo relativo que es la figura del descubridor. No hay descubrimientos, no existen: sólo hay personas que saben mirar. La exploración parte de una idea, pero cómo la expreso es lo que traza el camino. Hubo, por ejemplo, muchos ensayos sobre el amor: me niego a creer que todos sienten de la misma forma, como bien parecía.
Frente a todo, debo admitir que me entusiasman las genuinas convicciones. Hubo textos maravillosos que hacen de lo simple algo complejo. Textos cuyas ideas son historias con principio y fin, aunque siempre dispuestas a emprender un nuevo viaje —incluso si es otro quien las lleve al paseo—.
Tomás Lemus
A menudo nos tomamos el oficio de jurado demasiado literal. Como quien en una corte, observa al acusado de perfil, desde la distancia, y cree que esa distancia es cualitativa. De la misma forma interactuamos con el texto desde nuestra posición de jurado, con el mandato de categorizar, de pesarlo frente a otros y ponerlo a la luz de criterios establecidos.
Yo escojo, en su lugar, la de interlocutor, pues encuentro en este ejercicio algunas voces con las que dialogar; encuentro diversos discursos que me hablan y que hablan entre ellos.
El acto de ensayar es bastante concreto: presentar una idea, tomar —como enunciador— una posición y desplegar argumentos para respaldarla. En el ensayo literario todo se vale, pero después de la estructura, no en lugar de ella.
Este concurso de ensayos destaca por la profunda curiosidad contenida en ellos. Muchos textos dan cuenta de la voluntad de expresar en este idioma, pero pocos se desarrollan como ensayos. Encuentro, más bien, conversaciones, invitaciones abiertas a la reflexión. Y como las conversaciones, enumeran varios argumentos a la vez; divagan, dan vueltas inesperadas; más que depender de la consecución de argumentos, se apoyan del contexto acumulado y la intencionalidad declarada, pero no argumentada.
En una conversación rara vez hay un argumento concreto a discutir: se enumeran ideas y se construyen capas de intencionalidad sobre ellas. Enunciador y enunciatario reflexionan sobre sus discursos y los que reciben; no hay una conclusión, sino muchas enterradas en el espacio entre ambos. En la conversación, la forma traiciona al fondo; el contenido, fácilmente, puede verse invertido. En las conversaciones, la forma es fondo. Eso leo en estos textos. Las más veces, me sorprendo de pronto con una prosa deliciosa, que me apela directamente como lector y quiere conversar conmigo; me encuentro cambiado después de leerla, pero no recuerdo qué la origina, de dónde viene.
Me pregunto si serán los tiempos. Pienso en Neil Postman y su convicción de que dejamos atrás la era tipográfica hace quizá sesenta años. Las metáforas cambian, las formas de expresarlas sin duda han cambiado. La literatura vive, pero parece a veces un anexo al pensamiento que discurre principalmente en la conversación, y en la forma audiovisual. La pregunta que me queda no es cómo regresar a una era más ortodoxa, sino, como revista, ¿cómo acercarse a la forma en que se enuncia la literatura hoy en día? ¿Cómo asir la flecha del tiempo, canalizarla, asumir su forma? Quizás empezando por darle a los concursantes los medios correctos para expresarse en el lenguaje de su tiempo.
Recuerda que el lunes 3 de agosto anunciaremos a los galardonados de nuestro Primer Concurso de Ensayos en lugar del estelar de la semana. Para recibirlos en tu correo, suscríbete a Perpetuo.






