I
No había en el paisaje un sólo detalle que no fuera parte de un folleto promocional en papel encerado: las montañas a lo lejos, rodeando Itaka como un gigante dormido; las arenas como manchas de leche regadas sobre el verde del rough; incluso los destellos del lago tras al cajero automático del club, titilando sobre la superficie y reflejando la imponencia del sol de mediodía. Todo, incluso Robinson Miller, demasiado bien vestido para un domingo de campo y acostado con la boca entreabierta bajo los aspersores del hoyo cinco.
En lo alto, un helicóptero diminuto dibujaba una circunferencia en el cielo. Robinson lo vio pasar con ambas manos sobre su ombligo. Entre sus jadeos, se escuchaba el débil ritmo de unos tambores en la distancia. Debían ser las aspas del helicóptero —pensó—. O tal vez el chasquido del aspersor. Las gotitas lo envolvían en un tenue arcoíris; el agua helada se llevaba poco a poco el efecto del licor. Debía pararse cuanto antes y continuar con su camino. Si llegaba al otro lado —se dijo Robinson—, todo estaría bien de nuevo.
II
Esa misma mañana, Robinson yacía envuelto en una agradable nube de vapor tibio. Observaba a los viejos echados en la banca superior, totalmente desnudos a excepción de una toalla húmeda sobre el rostro. Algunos lucían brazaletes y cadenas de oro sobre su piel flácida y, con cada respiración, las luces del techo se reflejaban en sus joyas, cortando por instantes fugaces el grueso manto de vapor. Robinson abrió la puerta esmerilada del baño turco, ajustó las solapas de su bata blanca y, al salir, concluyó que aquellos socios eran como momias antiguas, enterradas junto a sus tesoros de guerra.
Afuera, sus chanclas hacían un ruido de besos contra el piso. Dejó el gin and tonic con cuidado sobre la banca del vestier y comenzó a desvestirse. Era domingo y el Club de Itaka estaba casi vacío; cualquier socio que valiera la pena seguía aún entre las sábanas, rogándole a sus hijos: «Vamos, al menos una mañana, por favor, ¿no ven que anoche papaíto bebió un poco más de la cuenta?». Mientras tanto, Robinson se untaba crema de avellana en las piernas peludas y escuchaba, en los parlantes del techo, el cover en versión soft jazz de una canción pop de los años ochenta. Sorbía, tranquilo y desnudo, pequeños tragos de su ginebra helada, con una rodaja larga de pepino que no aportaba nada al sabor, más allá de las apariencias.
Robinson era de esos hombres delgados en todo el cuerpo, menos en la barriga. Infló el pecho y se miró en el espejo; estiró sus sienes con el dedo anular. Hace un par de años habría podido interpretar a un héroe de acción. Él lo sabía. Pero ¿qué importaba ahora? Su barriga volvió a caer sobre la línea de la cintura y su pene se balanceó despacio, como el péndulo de un reloj.
Mientras se ponía sus mocasines de cuero rojo, notó que el ayudante retiraba el vaso de ginebra sin preguntarle nada. Era —como la mayoría de la gente en la región— un moreno fornido, con el pelo negro peinado hacia atrás. Robinson lo miró de reojo. Pensó en quejarse…
—¿Puedo ofrecerle algo más, don Miyer? Tal vez tengamos que…
—Estoy perfecto —respondió Robinson, cerrando su casillero de un golpe vigoroso.
Se alisó el cuello de la camisa por fuera del saco de cachemir. Mientras tanto, el ayudante sostenía el vaso en silencio. Robinson notó cómo acariciaba el borde con el pulgar.
—Así estoy perfecto.
En la recepción, dos mujeres hablaban por teléfono con el tono falsamente comprensivo de las líneas de atención al cliente. Sus uñas plásticas repiqueteaban sobre el teclado y una de ellas tenía rayitos rubios sobre el pelo castaño.
«…Desafortunadamente, está por fuera de nuestro campo de…» «Por supuesto que las autoridades están informadas…» «Sí, consideraremos esta y cualquier solución propuesta con el mayor de…» «No, lo sentimos.» «No, no puedo decirle si alguno de nuestros miembros es militar y podría tomar las riendas del…».
Hace un tiempo, el staff no lo habría dejado marcharse sin una gran despedida. A Robinson le resultaba fácil imaginarse acercándose a la recepción, quitándole con galantería el teléfono del oído a esa “rubia” tan agradable y mirándola luego, con sus ojos verdes y confiados, contando esos segundos previos a que lo reconocieran. A pesar de todo, Robinson aún era famoso entre los trabajadores. Y ¿cómo sabrían ellas que esta no era su última oportunidad de verlo cruzar las puertas del club?
Afuera sólo quedaba su camioneta Pathfinder en el parqueadero. El cielo límpido se reflejaba en la pintura blanca, aunque junto a la manija de la puerta se veía un cúmulo de nubes a lo lejos. Robinson pasó su mano sobre el baúl, como si le acariciara el trasero. Ana debía estar en casa. Y el chico regresaría hoy o mañana. No había ninguna prisa. Se imaginó a su muchacho corriendo para abrazarlo antes de que cruzara la reja del jardín, como si el muchacho aún fuera un niño y Robinson un galán de telenovela. Respiró hondo. Sus pulmones se inflaban con el calor de la mañana, mezclándolo en su interior con la intensidad burbujeante de algo que estaba por suceder.
Era un día perfecto y Robinson Miller entendió que todavía tenía el mundo por delante. Se imaginó su foto cruzando el club con un titular de revista paparazzi: «EL GRAN ROBINSON MILLER SIGUE VIGENTE». Pensó que caminar entre sus amigos, hombres y mujeres afortunados, con sus mocasines rojos y despampanantes hundiéndose en el campo perfumado, lo haría sentirse de nuevo el protagonista de su vida. Al fin y al cabo, ¿quién, si no una verdadera celebridad, podía atravesar el club de Itaka a pie y ser bien recibido en cada parada?
III
Robinson caminó sobre el césped a pasos confiados, casi corriendo. A su derecha brillaba el ladrillo de las canchas de tenis como un óxido marciano, contrastando con la reja verde y el letrero blanco de «FUERA DE SERVICIO». Se deslizó por un corredor que separaba las canchas de las gradas del público. El suelo estaba lleno de pedazos de concreto, pelotas de tenis y botellas con la etiqueta descolorida: «POWERADE, ¿ESTÁ EN TI?». Salió de las gradas y subió por una colina de cipreses italianos, de la misma altura y plantados a la misma distancia entre sí. Escuchó risas y el sonido de copas juntándose a lo lejos. Apoyó su mano sobre la cerca que dividía la propiedad de los Alcínoo y saltó. El pasto del otro lado era mucho más largo y Robinson miró sus mocasines entre las hebras. A duras penas se distinguían.
Al acercarse, lo primero que notó fueron los muebles de la sala en el jardín, alineados hacia las escaleras de la entrada. Había cajas de cartón y bolsas de domicilio regadas sobre el césped. Los sofás habían sido dispuestos uno al lado del otro, formando una especie de puente que desembocaba en una mesa de cristal. El pasto acariciaba la pantalla del televisor prendido en el suelo; un presentador de noticias señalaba una toma aérea de camiones de carga y de gente protestando. El cable del televisor desembocaba en un enredo de extensiones hacia la casa, pasando entre los pies descalzos de actores inmóviles y en posiciones extrañisimas, como estatuas de cera en un museo bajo el sol.
—¡Miller! —exclamó Alcínoo— ¡Qué sorpresa! He tratado de llamarte, pero… ¿Cambiaste de número? Sírvete una copa, ¡vamos!
Germán Alcínoo le dio una palmada en la espalda y fue llevándolo a una de las mesas para servirle una copa.
—¿Y Ana? Nosotros adorábamos a Ana, ¿sabías?
Robinson asintió, concentrado en el licor en las manos de Alcínoo.
—¡Robinson! ¿Pero qué haces tú aquí? Lo siento tanto… —Margarita conservaba el tono nasal del tipo Dama-en-peligro-¡Auxilio! que la había catapultado en telenovelas como “Pasión en la sala de juntas” o la célebre “Hombres… y las mujeres que les creen”.
—Déjalo, Margarita. El señor Miller vino a pasarla bien, ¿no es así? —Alcínoo sirvió la copa— Es de loto amazónico. Se lo compramos a unos indígenas. Es lo último. Casi no da resaca; uno puede beber y beber…
El trago era blanco, tenía grumos grisáceos y era tan espeso que se demoraba en salir de la botella.
Margarita estaba sentada en el pasto con un vestido holgado y ligero, como si el verdadero refinamiento exigiera un poco de comodidad. Levantó la copa con una elegancia cansada y se paró cerca de Robinson. Sonrío, pero tenía los dientes cubiertos por una capa blancuzca. Sus ojos azules languidecían y Robinson la miró de vuelta, tratando de disimular lo mucho que le incomodaba ver envejecer a una mujer atractiva.
—¿Quieres jugar? —preguntó ella.
Robinson se quedó callado. Antes de que Alcínoo pudiera pasarle la copa, un hombre atravesó el patio a toda velocidad. Saltó encima de los sofás y se lanzó hacia la mesa. Sosteniendo el control remoto en el aire, gritó: «¡Pausa!». El televisor se apagó y Margarita quedó congelada, sonriendo con la copa en la mano y los codos plegados en una posición mecánica, aunque curiosamente adecuada para este tipo de jardín.
—¡Excelente! —gritó Alcínoo, sonriendo—. Bebe, Robinson, vamos. Te lo juro, no vas a querer parar.
Alcínoo y los demás invitados también tenían los dientes teñidos de un blanco brillante. Alcínoo fue por el control remoto en la mano del hombre y Robinson bebió su copa de mala gana. Sospechaba de la moda de tomar bebidas “ancestrales”... ¿No era la receta del viejo whisky de cebada igual de antigua que cualquier licor fermentado en una barraca amazónica? Alcínoo dejó el control sobre la mesa y preguntó quién era el siguiente.
—Cuidado con los cables —murmuró alguien entre la multitud.
Robinson tuvo que inclinar la copa hasta que logró verter la última gota en su lengua, aunque no le gustó mucho el sabor. El jardín estaba cubierto de risas y cuchicheos, y una mujer le preguntaba a otra si él aún era miembro del club después de todo lo que había sucedido.
Al cruzar las escaleras, tuvo que pasar de puntillas para no tumbar a Marón Camargo, actor de melodramas matutinos y ganador de dos Indias Catalinas a “Mejor interpretación de una víctima del conflicto armado”. Sostenía los brazos en flecha, como si fuera a zambullirse de clavado en una piscina. Robinson siguió subiendo, tambaleándose. Trató de saludar a Marón, pero también estaba petrificado.
Antes del auge del streaming, Marón había sido el protagonista de una de las telenovelas más provocadoras del horario estelar: El Mundo Sigue Girando, una tragicomedia sobre un periodista que sin querer dice una grosería en vivo y los editores deciden taparla con un bip en posproducción. A medida que avanza la serie, el periodista comienza a emitir el bip dentro y fuera del aire, lo que dificulta de manera entretenida y aparatosa tanto su vida privada como su trabajo, porque –y esto era el elemento más sugestivo– El Mundo Sigue Girando era también el nombre del segmento del noticiero donde el personaje de Marón debía dar cuenta de los sucesos políticos más terribles de la realidad nacional.
Era una buena telenovela; a Robinson le gustaba verla con Ana en el sofá y, aunque él se reía de los chistes más obvios (cuando el bip censuraba una palabra de doble sentido), ella le aseguraba que la historia era una reflexión sobre la censura en regímenes democráticos, que tenía algo inteligente y que, por eso, era diferente al resto del prime-time habitual.
Al llegar junto a la puerta, Robinson se volvió hacia el jardín. Los invitados reían sin motivo, abriendo demasiado la boca con esa mirada vacía que tienen algunos tipos de bovinos y los hombres mayores cuando beben demasiado y nadie los manda a dormir. Robinson eructó, se quitó un grumo de los labios y descubrió que todos en el patio de Alcínoo habían ganado un premio India Catalina excepto él. Robinson ignoraba por completo que el galardón llevaba el nombre de la primera aborigen en colaborar y casarse con un conquistador. Para él, el trofeo seguía siendo el sueño dorado de su generación: la prueba de haber sido famoso en los tiempos en que todavía había una audiencia del otro lado de la pantalla.
Margarita sostenía petrificada su copa. Una de las tirantas de su vestido se había deslizado por su hombro, revelando un seno pálido y algo caído, pero con un todavía rosado pezón.
—¿Quién sigue? —preguntó Alcínoo.
—¿Alguien podría decirle a ese hombre que tenga más cuidado con los cables?
IV
Al entrar a la casa de Alcínoo, Robinson descubrió una sala sin muebles, llena de bolsas de domicilio desgarradas. Se sirvió otro loto en la barra. No había nada más. Como suele suceder cuando uno está en la mitad de una casa vacía en la que compartió momentos felices, Robinson se impresionó con todo el espacio sobrante y con la opresiva nostalgia que dibujaban las manchas rectangulares en la madera donde solían estar los muebles.
Una de las bolsas se arremolinó contra sus mocasines y le recordó el comercial que había hecho para Rappido, la agencia de domicilios más importante del país. Era un comercial muy simple: un plano americano de Robinson sentado en un sofá de modo que el espectador —seguramente también sentado en un sofá— tenía la ilusión de verse reflejado en el personaje principal. Por eso, el desafío dramático de Robinson en su última aparición televisada consistió en transmitir,sin nada más que su mirada y presencia actoral, el malestar borroso y a veces elusivo que envuelve a los consumidores modernos a mitad de la noche: esa sensación ominosa que puede sufrir alguien acomodado cuando no le hace falta nada en la vida, excepto las ganas de pararse a cocinar.
Robinson trató de tragar saliva. Los grumos se quedaban pegados a sus encías y no podía recordar muy bien que había pasado después de grabar el comercial. Lo cual era extraño: justo en ese momento habían comenzado los problemas del chico y él le había prometido a Ana dejar de beber. Salió de la casa y vio a sus antiguos colegas. Alcínoo era el único que aún se movía. Arrancaba el pasto con las manos y tenía el control remoto sobre su pantorrilla. Tomaba sorbos del líquido blanco y veía el televisor apagado, como si algo todavía pudiera suceder.
V
Tratando de espabilarse después de ese último loto, Robinson se despercudió los hombros apenas llegó a la cima de la colina del hoyo cinco. Apresuró el paso. El sol alcanzaba su punto más alto y la cabeza le ardía en la zona donde ya no tenía pelo. Con cada zancada, sentía el latido sordo de sus pies dentro de los mocasines. Estaba cansado, sí —y un poco ebrio, desde luego—, pero al final había salido de su primera parada socialmente limpio. La buenaventura lo sabía y lo recompensaba con el paisaje que tenía enfrente. Todo miembro de un club lo sabe: los campos de golf son una especie de Edén: un paraíso donde la naturaleza ha sido podada y reorganizada para que el Hombre se pasee libre con su deseo, esa pelotita blanca que va surcando el aire sólo para terminar rebotando contra la tierra.
Robinson escuchó, a lo lejos, el murmullo rítmico de unos tambores. A su derecha, junto al lago, estaba el cajero automático donde los chicos solían emborracharse y darse besos por primera vez. Nadie —y mucho menos Robinson— recordaba que, durante la construcción, habían encontrado una serie de estatuillas vendadas. De hecho, los socios parecían más bien complacidos de que sus hijos decidieran explorar los primeros brotes de sus cuerpos adolescentes en la seguridad de un cajero automático.
A lo lejos, Robinson vió un pequeño helicóptero sobrevolando las afueras del club. Se rascó detrás de una oreja y tragó saliva con esfuerzo. El sudor le corría por el cuello como un hilo pegajoso y, por primera vez en su viaje, pensó en detenerse. Se arrodilló frente a los aspersores de agua y se frotó la calva ardiendo. Después, se tendió bajo la lluvia fría con los ojos cerrados. Era justo lo que necesitaba: el agua le bajaba por todo el cuerpo, bautizándolo por segunda vez.
Después de unos minutos en el aspersor, el saco empezó a apretarle. Se lo quitó, y el elástico de sus calzoncillos de cuadritos se asomó por encima del cinturón. Si no hubiese tenido un par de paradas más en su travesía, Robinson se habría desnudado ahí mismo. Pensó que eso era algo que los invitados de Alcínoo nunca entenderían: no bastaba con llevar sus comodidades al jardín y vivir a punta de domicilios sin ningún problema en la vida. Un verdadero aventurero debía prescindir de cualquier cosa que no fuese fundamental a la consecución de su destino. Arrojó el saco junto al fairway y se desabrochó un par de botones de la camisa. Ana seguramente lo vería empapado y entendería que las cosas tampoco habían sido fáciles para él.
Robinson se vió en el medio de un pequeño sendero bordeado por un par de cauchos sabaneros, grandes y tupidos. Trataba de continuar, pero, poco a poco, podía sentir la tierra húmeda a través de sus mocasines (comprados en su único viaje a Europa y en una tienda que cualquiera de los locales habría preferido evitar). Vio a lo lejos la mansión de Circe, su manager y amigo. Parecía más pequeña, casi contraída. Mientras subía por la terraza de maderas podridas, Robinson se frotó el antebrazo y pensó que tal vez le haría falta su saco. El aire iba tornándose más y más frío.
En la mansión de Circe también habían retirado los muebles del pasillo. Dentro se oían copas y pasos suaves. Últimamente, Robinson había visto a muchos miembros del club deshacerse de su mobiliario, pero no recordaba por qué. Caminó despacio por el corredor, viendo las primeras siluetas asomarse bajo los candelabros del techo y las manchas pálidas que habían dejado los cuadros en la pared. No había música. Robinson no quiso anunciarse e interrumpir el silencio.
Verónica Anil sostenía una copa con una marca de labial carmesí. Los mocasines de Robinson dejaban un rastro de lodo sobre la alfombra de rombitos. Lucinda Biola —productora de documentales ambientalistas y de happenings artísticos como “Besatón en la plaza, ¿Cómo frenar una guerra?”—, lo vio de reojo. En la sala, una única mesa estaba llena de retratos de Circe y rosas blancas.
—Que nadie diga lo contrario: en este club sigue habiendo de todo—, dijo Lucinda.
Robinson preguntó si podría tomarse una copa.
—Como quieras —contestó Verónica—, de todas maneras no parecen importarte mucho las invitaciones.
Verónica seguía teniendo la espalda más atractiva del cine independiente y usaba un vestido de seda abierto que mostraba lo mucho que lo sabía. Robinson, ebrio, se quedó mirándola. Atrás suyo, la cocina mantenía los mismos adoquines de ajedrez y el afiche sobre el minibar con dos obreros compartiendo un martillo y la inscripción: EL VODKA ES EL ENEMIGO DEL PUEBLO. Robinson se imaginó a Verónica Anil con el vestido subido hasta la cintura y las manos contra el lavavajillas. Terminó sirviendose dos copas de coñac. ¿Dónde estaría su amigo?
—Increíble, ¿no? Fue de la noche a la mañana… No sé ahora de qué viven. Conmigo apareció borracho un domingo y nos pidió dinero. Sí, para lo del chico.
Robinson sorbió el coñac, apresurandose, como si con eso pudiera interrumpir las voces. Qué delicia. Esto sí era un trago de verdad, pensó. Luego se rió, recordando a Circe. Era un hombre muy gordo, sin duda el manager más exitoso de Itaka, y hasta había conseguido en su juventud que Brigitte Bardot se colocará una ruana y le cantara bambucos al Frente Nacional en 1970. Pero, sobre todo, para Robinson Circe era un compañero de fiesta. Siempre que se emborrachaban juntos terminaba orinando en la chimenea prendida. Ya estaba mucho mejor: había escapado del frío de la tarde y ahora se encontraba a sí mismo flotando por la reunión, vaporosamente orgulloso de su desapego material. A diferencia del resto, Robinson era un verdadero artista. Se ocupaba de cosas hermosas y eternas, mientras que los invitados de Circe nunca paraban de hablar de sí mismos, de su propia obra, lo mucho que significaba y lo incomprendidos que eran. Preguntó a una sombra borrosa dónde estaba su amigo y se recostó confiado contra un muro. Tenía copas en cada mano y, afuera, alcanzaba a verse el final de la tarde por la ventana; pero Robinson no lo notó. Bebió más coñac y miró a Lucinda de arriba abajo.
—¿Dónde está mi amigo? —preguntó.
Pero nadie le respondía.
Robinson comenzó a aburrirse. Se miró las muñecas y descubrió que desde hacía mucho tiempo ya no tenía reloj. Terminó por beberse también la copa de Circe y, sin quererlo, tumbó uno de sus retratos sobre la mesa con flores blancas. “No puedo creer que se atreva a beber así en esta casa.” Sin darse cuenta, ya estaba en las escaleras con otra copa en la mano, llena de nuevo. Se dirigió a la habitación principal.
Podía escuchar un pequeño ruido desde el corredor. Circe había durado un par de semanas en cama… o quizás un par de meses. Robinson recordaba sentarse con él y llevarle licor a escondidas de las enfermeras. Pero esta vez, cuando entró, la cama estaba perfectamente tendida. Había un pequeño radio en la mesa de noche:
«Las vías están bloqueadas. No están dejando entrar a los domiciliarios…»
Robinson sintió la presencia de alguien más en la habitación de su amigo. Se giró, pero no había nadie. Se miró las manos. Su copa estaba vacía. De pronto, se encontraba otra vez en la cocina, con la botella de coñac enfrente. Robinson no podía parar de reír. A Circe le gustaba leer el afiche de EL VODKA ES EL ENEMIGO DEL PUEBLO y brindar diciendo: PERO EL PUEBLO NO TEME A SUS ENEMIGOS. Su risa era estruendosa y afilada. A duras penas escuchó a la gente tratando de callarlo… ¿Dónde estaría su amigo?
Tomó la botella y se marchó por la puerta de la cocina. Ahora sólo quedaba Amparo, la última parada en su travesía.
VI
Aunque fue arrojada con todas las fuerzas disponibles en ese momento, la botella de coñac vacía rebotó contra la gruesa capa de hojas marchitas que cubría el suelo. Robinson apoyó la cabeza sobre un arrayán muy grueso y antiguo. Se encontraba en un bosque oscuro, justo a las afueras de Itaka. Estaba cansado. Le fastidiaba el peso aplastante de la ropa mojada y sentía en los ojos y la garganta una presión angustiosa. Había raíces escondidas entre las hojas marchitas, y no necesitó más de un par de pasos tambaleantes para enredarse con una. Las piernas le respondían sin fuerza, como si sus músculos fueran una goma de mascar endureciéndose en la mandíbula de un niño. El bosque estaba cubierto por un leve olor a hule quemándose. Tal vez Amparo estaba preparando una barbacoa. Robinson se imaginó, friolento, extendiendo las manos sobre el asador.
Apenas puso un pie por fuera del bosque, Robinson vió un cielo gris sobre su cabeza y pensó en Amparo desnuda bajo una manta de piel. Robinson sufría las desviaciones más propias de un hombre borracho y el amor —o más bien los juegos que practicaba con Amparo debido, precisamente, a la ausencia de amor— era la única fantasía capaz de devolverle las fuerzas. Atravesó el jardín trasero con la boca abierta, jadeando, mientras recordaba cómo la embestía contra la puerta del walking closet y cómo las camisas blancas de Agustín, su esposo, se arremolinaban entre sus pies.
A pesar de que le costaba caminar e incluso enfocar los ojos, Robinson estaba seguro de que, al final, había sido un buen hombre. Se aferraba a esa verdad como un marino al mástil en una tormenta. Robinson había terminado las cosas con Amparo cuando sucedió lo del chico y Ana más lo necesitaba. Había dado la cara en el momento de la verdad y eso lo colocaba en una situación honrosa. Podía —por supuesto que podía— buscar a Amparo con la mirada descolocada; entrar tambaleando por la valla verde y palparla como una guía, tratando de disimular su cojera.
—No, Marce, aquí tampoco… las vías están bloqueadas. ¿No viste?
Escuchaba su voz a lo lejos, distorsionada por el borboteo de unos motores en la carretera. El pie le dolía. Miró hacia abajo y descubrió que había perdido uno de sus mocasines sin darse cuenta. Se reclinó sobre la valla verde y el helicóptero pasó de nuevo, mucho más cerca esta vez.
—Nadie sabe de él, Marce. Todavía deben llegarle algunas comisiones, me imagino… pero tú sabes cómo es eso. La televisión hoy es tan popular como la poesía. (Risas)
Robinson podía imaginársela hablando por celular junto a la piscina, en una bata larga, con sus cabellos color bronce ocultando unos pechos potenciados quirúrgicamente desde 1998 para robar la atención de la cámara.
—No, Marce, ella se fue… ¿El chico? Claro que me enteré. Todos se enteraron, créeme. Pero no sé, para mí no fue eso… Siempre tuvo un aire triste, ¿no crees?
—¡Amparo! —gritó Robinson, sosteniéndose de la cerca. Las nubes se arremolinaban en lo alto.
—Sí… vino pidiendo perdón, preguntando qué había sido de nosotros. Imagínate. Cuando vio a Agustín se echó para atrás y pidió que lo ayudáramos. Que nos pagaría tan pronto pudiera…
—¡Amparo! Querida… —Robinson trató de incorporarse, pero los brazos ya no le respondían igual.
—Lo último que hizo fue una obra de teatro sobre… Sí… un actor de doblaje que no puede dejar de hablar con la voz del superhéroe que interpretó años atrás en la televisión. Batman o Gokú, algo así… Sí, lo que quiere es que alguien, cualquiera, note que está pidiendo ayuda… Claro, hay una escena donde le pide perdón a su familia pero mantiene la voz del personaje. Es terrible… Muy de él, ¿sabes? Esa manía de envolver la tristeza en algo ridículo para que parezca menos doloroso. Obviamente no fue ningún éxito en taquilla… Era teatro: eso que hacen los hombres cuando ya no queda mucho más por perder. Bueno, todos lidiamos con eso, ¿no? No quiero sonar cruel, pero ¿de verdad era tan grave? Al menos FUE famoso, ¿entiendes? (Risas)
Robinson se apoyó en la cerca hasta llegar a una pequeña puerta al final del jardín. Tuvo que empujarla con la cadera para abrirla. Apenas apoyó el pie bueno en la carretera, pequeñas gotas de lluvia le cubrieron el rostro.
VIII
Se descubrió entre dos filas inacabables de enormes camiones, dando saltitos en el pavimento. No recordaba cómo había llegado ahí ni qué dirección tomar. La lluvia se confundía con las lágrimas en sus ojos. Era la primera vez que Robinson lloraba en su vida adulta, la primera vez que se sentía tan desdichado. No entendía la indiferencia de los otros miembros, ni la lejanía de Amparo, o por qué Circe ni siquiera salía de su habitación. Quería abrazar a su muchacho en la cama y luego beber una última copa. Había pasado demasiado tiempo sobre la tierra dura, se había arrastrado sobre césped largo y frondoso. El pavimento era aún peor: lo sentía contra su pie descalzo. Cansado, Robinson se apoyó sobre el capó de uno de los camiones.
La lluvia empeoró. Caía como un manto sobre su cabeza y no lo dejaba ver ni pensar. Había neumáticos en llamas, tirados al lado de la carretera. El humo negro se quedaba entre el aire, incapaz de subir con el diluvio. Un pitido estruendoso salió del capó en el que se apoyaba y Robinson se asustó. De repente, un grupo de hombres morenos atravesó las filas de camiones. Sus miradas eran feroces y tocaban tambores con pequeños mazos de madera. Los enormes vehículos bloqueaban las motos de algunos domiciliarios frustrados, con paquetes cuadrados color naranja en su espalda. Todos estaban empapados, pero a los manifestantes no parecía molestarles. Robinson se secó inútilmente los ojos. No sabía hacia dónde girar. Las aspas del helicóptero se escucharon golpeteando el agua… ¿O sería el aspersor en el hoyo cinco? Algunos hombres protestaban subidos a los techos de los camiones, gritando y agitando carteles imposibles de leer.
“¿Qué estoy haciendo?”, se dijo; pero el ruido de los motores le tapaba la voz. Las motos de los domiciliarios en la entrada no paraban de pitar. Ya debía estar cerca de su casa. La lluvia era un murmullo ensordecedor. Tal vez se había equivocado en la dirección del último tramo. Los ojos se le iban hacia arriba involuntariamente. Estaba demasiado ebrio. Ya era demasiado tarde, Robinson lo sabía. El asfalto era una espuma sucia burbujeando a sus pies. Estaba descalzo. Seguramente Ana había salido en el carro para recogerlo, preocupada. No sería la primera vez. Todavía tenían el carro, ¿verdad? Y esa era su camioneta aparcada al salir del club. Una Pathfinder, pensó. Golpeó la puerta de su casa con el puño ladeado. Sentía el humo de las llantas quemándose con cada respiración. Golpeó la puerta de nuevo. Había pasado por el pequeño camino empedrado de la entrada. ¿Dónde estaba su hijo recibiéndolo en brazos? Pateó la puerta con el pie descalzo. Ya no sentía dolor.
Nunca cerraban con llave. No importa la hora en que decidiera aparecer. O qué tan borracho estuviera. Necesitaba que lo dejaran entrar. Estaba a punto de desvanecerse. Debía ser idea de la cocinera. Ana nunca lo dejaría por fuera. Ella le diría algo. Gritó, golpeando la puerta con el hombro, pero estaba exhausto. Ella le diría antes de irse —¿verdad?—. Arrojó un par de puñetazos débiles. Sus ojos no se quedaban quietos. Había bebido demasiado. Escuchaba el golpeteo de las aspas entre la lluvia. No sabía qué era, pero podía sentirlo del otro lado. Se fue deslizando sobre el piso de madera y su cabeza resbaló contra la puerta. Rendido, recordó que desde hacía ya un buen tiempo no habían vuelto a tener cocinera.
La puerta se abrió, por fin… pero se abrió hacia afuera, y continuó abriéndose hasta chocar débilmente contra la pared exterior. Robinson se vio a sí mismo de rodillas, en la entrada de su antigua casa, completamente vacía. Hacía mucho que nadie vivía ahí dentro.
Matías Troconis (Bogotá, Colombia) estudió Economía y Filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo se mueve entre el periodismo, el análisis socioeconómico y la escritura literaria. En 2025 publicó su primer libro de cuentos, Como algunos aman, donde busca entender la desconexión social de la burguesía colombiana a través del exceso, la incomodidad y el humor.



