Este ensayo fue escrito por Paula Simón. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
Ese martes desperté sintiéndome mal; sin poder respirar, con el pecho seco de tanto toser y un dolor en la espalda—advertencia única del porvenir de una gripe—. Inmediatamente me metí a bañar, esperando que el agua caliente espantara los males. Al salir, con el vapor aún recubriendo el espejo, abrí mi computadora y busqué en internet boletos en reventa para el partido de ese día en la tarde: México contra Ecuador.
La mejor opción era en la última fila, hasta arriba, en una esquina, por poco más de 30 mil pesos (unos 1,800 dólares). Imposible. Quedé con mis amigas en el restaurante Fishers de Polanco, el segundo mejor lugar. Acepto que esta crónica sería más emocionante de escribir (y quizás leer) si el escenario de la trama fuera el mítico Estadio Azteca, pero juzgue usted.
El Mundial se celebraba en casa. La selección mexicana jugaba en el Estadio Azteca—temporalmente renombrado «Estadio Ciudad de México» por necesidad de los patrocinadores oficiales—tras lograr lo que nunca: pasar de primeros tras la fase de grupo y hacerlo sin recibir un gol en contra. En el país, se sentía un optimismo contagioso resumido por tres palabras: «¿Y si sí?» ¿Y si esta vez, al fin, llegábamos lejos; incluso, ganábamos el Mundial?
La fiebre era contagiosa. Aún si yo peleaba con un malestar físico, la emoción era tal como para salir de casa, unirme a la multitud y celebrar.
Al llegar pedí una michelada cubana, escarchada, buena para mis ánimos que, en ese momento, eran poco mundialistas. En la ciudad hacía frío —no ayudaba a mi malestar— y el partido se había retrasado una hora. Nos sentamos cuatro en la mesa, compramos unos cigarros, pedimos de tomar y platicamos a gritos los chismes de la semana, opacados por el ruido de las matracas, los tambores y el grandísimo y arrítmico cantar de «Cielito lindo» entre cientos de personas desbordando el lugar.
La esperanza era palpable.
Empezó el partido y con él los ánimos en el Fishers. Aficionados se paraban frente a la pantalla, haciendo gestos y moviendo las manos hacia arriba en desaprobación. Cada cierto tiempo estallaba una porra colectiva, algunas con insultos y albures; otras con un simple movimiento de las matracas. Bastaron 22 minutos para que llegara ese primer gol. La euforia se disparó. Nos paramos a brincos de las sillas y abrazamos al amigo, al familiar, al vecino de mesa, al que ya era compadre, primo segundo, hermano de patria, cuatedetodalavida.
Lo mismo con el minuto 32. Otro gol. Abrazos, coreadas, chelas, «¡Raúl! ¡Raúl!», hermano perdido, confidente, padrino de boda. La felicidad se tradujo en tambores, tragos de alcohol y bailes entre todos los que estábamos ahí.
Bastó la ilusión de un probable triunfo, el descontrol de un martes con sabor a viernes y la alegría de un gusanito comunal para convencerme de ir a festejar al Ángel de la Independencia. Ese lugar que se ha convertido en el reflejo de la necesidad casi desesperada de festejar algo en colectivo: habíamos derrotado a Ecuador; el primer partido de eliminación que ganábamos en décadas.
Tenía varios mensajes y llamadas perdidas de mis papás. Me pedían que no fuera a festejar a la calle, que iba a haber mucha gente: borrachos, violentos, y grupos radicales de aficionados, esos de los que se hablaba en la década de los 80, durante el último mundial en México; que se decía, provocaban peleas y disturbios en los lugares públicos. Les aseguré que me cuidaría y que estaría de regreso temprano.
Pero había que ir a celebrar.
Llegué unos 25 minutos después por la glorieta de la Diana Cazadora, con su arco en alto y, para siempre, su flecha perdida. Había miles de personas caminando sobre Paseo de la Reforma. Llevaban bocinas, trompetas, bengalas, espuma, confeti y fuegos artificiales. Esas banquetas largas y anchas actuaron como restaurante, con puestos de esquites, tamales, micheladas y gomichelas, medio amontonados entre la gente que quería pasar.
También fueron antro: bajo distintos toldos colgaban bocinas enormes desde las que sonaban corridos tumbados y reguetón. Algunas personas se paraban frente a ellos a bailar, con un trago en mano, impidiendo el paso de la gente. Si lograbas pasar, eras objeto de algún insulto o piropo que, en realidad, era acosador.
El río de gente en la capital avanzaba por ambos sentidos: unos llegaban desde Chapultepec y otros desde la Roma Norte. Personas con máscaras de luchadores, con sombreros de charro, con trompetas, con penachos de plumas y pelucas del Tri, ondeando banderas de México, cargando latas de cerveza y vasos rojos apilados. Todos de verde, blanco, rojo, negro; alguno que otro sin playera, medio desnudo, medio borracho.
Cada cierto tiempo, una figura emergía del mar de cabezas. Varias manos la impulsaban hacia el cielo y, por un breve segundo, flotaba sobre la multitud, arqueando la espalda, levantando el pecho y dejándose caer de regreso a unas manos desconocidas. Cuando por fin pisaba suelo firme, se escuchaba, entre aplausos y gritos: «¡Ya voló! ¡Ya voló!». La calle estaba empapada entre una mezcla de cervezas y agua de lluvia, con todo tipo de envolturas de plástico tiradas en el piso, montones de basura, entre comida y latas aplastadas, abandonados en las orillas de las banquetas.
Eran casi las dos de la mañana. Estábamos convencidas que entre más avanzábamos, más nos íbamos a amontonar entre la gente, así que decidimos dar la vuelta. En el camino de regreso vimos a dos personas meterse dentro de trafitambos y ser empujados por otros para pelear entre sí, como un tipo de carritos chocones; vimos un ring improvisado, con guantes, referí y espectadores; vimos a dos hombres sin camisa, borrachos, intentar pelear y fallar; vimos a personas entrar con sus motocicletas entre la multitud, a toda velocidad, esperando a que los aficionados se hicieran a un lado ante el riesgo de ser atropellados; vimos a parejas besarse, empujarse, amontonarse por un espacio angosto y hasta hacer un payaso de rodeo.
Vimos a México entero, en un solo lugar, consumido por la dicha de la celebración.
El siguiente día me desperté temprano. Procrastiné trabajar las primeras horas del día; la desvelada y la gripa me impidieron abrir mi computadora. Al mediodía vencí al demonio y entré a mi portal de noticias de confianza: cuatro personas habían muerto en los festejos del día anterior. Dos mujeres de 19 y 48 años; un hombre de 44. Murieron de asfixia. El hombre y la mujer más joven fueron hallados inconscientes entre las calles de Hamburgo y Lancaster, en la colonia Juárez, apenas a una cuadra del Ángel de la Independencia. La cuarta persona era un hombre de 30 años que ingresó más tarde al hospital por una crisis epiléptica. En Guadalajara, 48 personas fueron detenidas y dos policías lesionados. Hubo golpes, caídas, represiones, y hasta gas lacrimógeno involucrado.
En redes sociales había miles de videos de la noche anterior en escenas tipo hooliganescas; aficionados golpeándose entre ellos, rompiendo vidrios de los locales, volteando coches, atropellando gente. Pero esta vez no era la final de un Liverpool contra Manchester United, era un partido entre México y Ecuador en 16vos de final, en un país que hace de cualquier victoria una fiesta y de las calles un punto de encuentro; que se enorgullece de la calidez de su gente y presume cuidar a los suyos. En esas celebraciones había niños, bebés, personas de la tercera edad. En esas celebraciones cuatro personas perdieron la vida.
Cinco días después, el domingo 5 de julio, México volvió a jugar en el Estadio Azteca. Ahora se disputaba los 8vos de final contra Inglaterra. Un partido simbólico: acompañado por, quizás, las aficiones más grandes, ruidosas y pasionales del mundo; con una selección que cargaba con la presión de jugar el partido en casa y la de millones de mexicanos que, por primera vez en mucho tiempo, sentían que el equipo podía seguir haciendo historia. Esta vez el gobierno limitó el aforo de personas en las inmediaciones del Ángel de la Independencia: la gente no se amontonó, ningún local fue destruido, nadie se murió.
México perdió por un gol de diferencia y con eso fuimos eliminados de esta Copa del Mundo.
Paula Simón (Ciudad de México, México) es una periodista. Trabaja para el Financial Times y la estación de radio Ibero 90.9. Ha colaborado en medios como Volcánicas, Nexos y Revista Purgante.






