Desde que Öz asistía a la escuela, su mayor sueño siempre fue el de convertirse en un gran pintor, tan importante como aquellos con cuadros en el Louvre o en el MET que sus padres lo llevaban a ver algún que otro verano. Al salir del colegio, y después de quemarse la cabeza pensando en qué hacer con su vida, decidió que el camino que quería tomar sería el de las Artes Plásticas, siguiendo aquel anhelo de niño.
Y así, tan rápido como un parpadeo, su sueño se hizo realidad. Con tan solo 24 años, Öz ya había creado dos grandes obras. La primera era un paisaje con expresiones corporales, colores vibrantes y figuras surrealistas que causaban intriga y recordaban a El Jardín de las Delicias; la segunda retrataba a una mujer postrada en un valle de flores, cargada de blancas perlas y telas brillantes que cubrían su cuerpo, posando en un suelo verde lleno de vegetación, como salido de la misma Biblia.
Öz había conseguido todo lo que había soñado: fama, talento y fortuna; pero lo que menos pasaba por su mente era que su carrera, que tantos frutos le había traído, iba a quedarse estancada de un momento a otro. Cuando cumplió los 27 años, Öz ya no encontraba inspiración en la vida como la hacía tan solo unos años atrás; dejó de ver aquella belleza que siempre resaltaba a su alrededor: ahora solo pensaba en pintar, vender su cuadro al mejor postor y vivir una vida de lujo. Y hasta cierto punto lo lograba; plasmaba en el cuadro algún sinsentido y lo vendía como arte abstracto, cuando siquiera él entendía qué había hecho. Y claro, nunca falta aquel que pretende ser interesante y lo compra sin pensar.
Un día, mientras Öz caminaba a comprar más pinturas, vio sentada en el borde de la acera a una joven de cabello negro que llamó su atención: iba vestida con ropas manchadas de un verde musgo y sostenía lo que parecía ser un pequeño cuadro envuelto en papel satinado. Curioso por lo que podía ser eso que tenía en las manos, paró frente a ella y le preguntó por él: «¿Qué tenés ahí? ¿Es un cuadro?». La joven levantó su pálida cara y sonrió levemente: «¿Lo querés?». Poniendo sus ojos en blanco, pero sin dejar de ver el marco de madera que sobresalía de una de las esquinas del reflectivo envoltorio, insistió: «Te dije que qué tenés ahí, no que si me lo vendés o regalás». Sin decir palabra alguna, la muchacha apartó el pelo de su cara y, quitando el envoltorio, le mostró lo que sostenía: era una pintura.
Cuando él la vio, notó que se trataba de un autorretrato de Antonio Gisbert en su estudio, un cuadro que estudió en uno de sus cursos de la universidad y que significaba mucho para él. Era muy similar a la copia que él tuvo en su momento, solo que este se veía más detallado; parecía ser el original, así que decidió comprárselo a la chica.
Después de regatear el precio por unos minutos, le dio desinteresadamente unas cuantas monedas a la joven, quien murmuró unas palabras que lo dejaron extrañado: «Nos vemos muy pronto, pinturita», y salió dando brincos por la calle. Él no entendió a qué se refería y no pretendía hacerlo, pero sí decidió cuidar ese cuadro con su vida. Al fin y al cabo, le había costado parte de su dinero.
Así, una vez compradas las pinturas, volvió a su aparta-estudio, donde empezó a revisar con mayor detalle aquel cuadro de la misteriosa chica: primero, notó que pesaba más de lo que él imaginaba y eso le sorprendió, pues este parecía tener el peso de uno de dimensiones el triple de grandes; después, pasó su dedo índice por el intrincado marco de madera, un trabajo tallado con increíble dedicación que en la parte trasera poseía un trozo de tela que cubría el reverso de la pintura. Al moverlo, se percató de que sonaba como si hubiese algo bajo ese decolorado tejido y que su peso variaba de un lado a otro al hacerlo, así que decidió romperlo cuidadosamente con una pequeña navaja.
Dentro, Öz encontró un folio amarillento donde, al desdoblarlo, halló escrito lo que parecían ser instrucciones para crear una pintura. Al principio estaba confundido, no entendía qué podía hacer aquel documento allí escondido, pero sabía que ese papel era lo suficientemente antiguo como para venderlo como una obra inédita de algún artista conocido o, incluso, para intentar él mismo realizar aquella obra descrita, que fue lo que decidió hacer al final.
La hoja no presentaba ni el más mínimo rastro de su autor y, a pesar de estar llena de texto por ambos lados, su descripción era tan rica que no debía resultar complejo plasmar lo que decían. O al menos eso pensaba Öz.
Al tener todo listo en su estudio, se sentó frente al lienzo y comenzó a leer en voz alta lo que decían aquellas páginas: «Esta es la forma verdadera de pintar un cuadro. Quien ose pintar lo que aquí se lee alcanzará la fama, la grandeza, la fortuna, la iluminación espectral y no tendrá nada que envidiarles a los cuadros de esos llamados “sus iguales”, pues el suyo será digno de una monumental alabanza. Empero, todo pintor que esté dispuesto a retratar lo aquí dicho debe saber que su mente no deberá cegarse por el miedo, la indecisión o por lo que puedan apuñalar las lenguas ajenas. Desprenderse de su alma y dejarla libre es esencial, permitir que ésta entre al cuadro y se una a él. Debe olvidar lo mundano de las gentes y aceptar la majestuosidad que se merece».
Al leer estas líneas, Öz entendió que debía inspirarse y dejar de pensar, solo eso. Solo debía considerar su futuro: se vio lleno de riquezas, viviendo una fama inimaginable y gozando de la buena vida en uno de esos lujosos estudios que se alzan en lo más alto de los edificios.
Sin pensarlo más, aceptó en su mente las condiciones que decía el documento, como si hiciese un pacto de sangre, y siguió leyendo, listo para comenzar: «La pintura debe mostrar a un artista en su taller, acompañado únicamente de su lienzo y su paleta de pinturas, apenas iluminado por un pequeño farol que emana una tenue pero cálida luz, pintando casi en penumbra. Las grandes ventanas de su cámara apenas dejan entrar un poco de la luz de la ciudad que se encuentra a sus pies, así como un suave y gélido reflejo de la luna que se escabulle por las grises nubes del cielo, dándole aires divinos a la noche. ¿Su aposento? Desordenado, oscuro, apenas visible gracias a la luz amarillenta, con paisajes y retratos inconclusos colgando de las paredes y tirados en el suelo junto a sus prendas, demostrando la poca acción de su mente para crear algo sublime y conmovedor».
A medida que Öz leía, su mente volaba; podía imaginar cada aspecto de lo que decía aquel texto: las luces, las sombras, las formas; hasta el más mínimo detalle. Sus manos se movían a una velocidad increíble; sus pinceladas eran claras, decisivas, y apenas necesitaba ver el lienzo para entender qué estaba pintando. Sin más, siguió leyendo: «El pintor debe estar sentado, con su lienzo frente a él, de perfil, en postura firme mas no rígida, prestando cuidadosa atención a cada detalle de su pintura, mordiendo, pensativo, la fina punta de madera del pincel que tiene en su mano derecha y sosteniendo la paleta de óleos con la izquierda. Su semblante muestra maravilla, agotamiento, confusión, así como todas las ideas que transcurren por su mente mientras crea, como si desease expresarlas todas a la vez. Sus ropas no importan, se encuentra vestido con el mismo atuendo con el que salió esta tarde a comprar sus pigmentos y algo de vino, objetos utilizados más tarde para dar vida a lo que ha sido encontrado».
Al terminar de pintar, Öz se sorprendió, sintió como si despertara de un trance. El texto revelaba justo lo que le había pasado ese día, a excepción de la compra del cuadro a la chica de la calle; sin embargo, a pesar del breve sobresalto, lo vio como una casualidad y lo dejó pasar.
Antes de continuar, limpió su frente, ya algo sudada, con la parte trasera de su mano derecha y, al levantar su cara, notó que su estudio estaba más oscuro que cuando empezó a pintar; solo la lámpara del techo brillaba. En ese momento, se percató de que era de noche y de que el resto de luz en el cuarto provenía de la luna y de la ciudad. Una vez más, le restó importancia a la situación y continuó leyendo: «Su lienzo debe exponer un autorretrato: se pinta a sí mismo. Parecerá que reina la oscuridad en aquel cuadro, que utiliza pigmentos oscuros y fríos: negros, grises, azules y apenas unos cálidos y vibrantes para reflejar la luz del farol que le ilumina. Se plasma en su taller, pintando, pero su faz expresa terror, preocupación, tristeza, abatimiento, como un caballero en batalla a quien no le queda más que empuñar su espada contra el corazón de su hermano para coronarse triunfador».
Al concluir con estos pasos, por alguna razón, Öz tuvo la sensación de que alguien lo vigilaba, así que se giró rápidamente para asegurarse de que estaba solo… Se quedó sin palabras. Igual que en su obra, todo se encontraba sumido en penumbras; tenía sus cuadros incompletos colgando en las paredes y tirados en el suelo con la ropa que dejó allí esa tarde. Sintió miedo. Veía que las paredes, las ventanas e incluso la luz de la luna y la ciudad tenían una clase de textura, como si fuesen las pinceladas del cuadro, pinceladas que, además, notaba sobre su cuerpo.
Y fue justo en ese instante en donde lo entendió: ¡claro! Se estaba pintando a él mismo. La única forma de alcanzar la grandeza era renunciando a su vida; aquello de “liberar el alma” no era en el sentido figurado de darlo todo, no: era vender su alma. Literalmente. Pero, ¿a quién? ¿A quién había vendido el alma, al diablo? ¿A algún ser cósmico? ¿Alguna divinidad? No lo sabía; sin embargo, a pesar del miedo que crecía dentro suyo, cada vez más convencido de que era peligroso continuar, no dejó de creer que terminar el cuadro era la única forma de ser alguien en la vida, de recuperar su valor y de alcanzar lo que siempre había soñado. Estaba seguro de que aquel papel no pudo haber llegado a sus manos por pura casualidad, debía tener un propósito.
Volvió a ver de nuevo su lienzo, inseguro, sin saber qué hacer. Al ojear las últimas líneas de aquella oscura descripción, Öz dio cuenta de que solo le faltaban unas cuantas pinceladas más para terminar su pintura. Temía realizar los trazos finales, no sabía qué iba a pasar: aquellas líneas podían ser su fin.
Después de unos minutos, tomó un respiro y decidió seguir pintando, no le quedaba otra opción. Leyó de nuevo el último tramo del folio: «Finalmente, en la esquina de su autorretrato, a la cual el sujeto da la espalda, el pintor debe detallar una figura alta de silueta casi humana, apenas visible, sombría, con ojos tan brillantes como el sol de la mañana, teñidos de un sanguíneo escarlata, difuso entre las sombras del taller, de extremidades tan extensas como la noche, mirando fijamente a aquel afligido pintor como si estuviese listo para abalanzarse sobre él. Con esto, estimado creador, y esperando que cada procedimiento fuese realizado de manera certera, la pintura habrá sido completada».
Abatido, como si hubiese corrido por días sin descanso alguno, Öz levantó su pincel y dio por terminada su pintura. Sin saber que hacer, se sentó firme, congelado por el horror que sentía en el momento. Cerró los ojos, aceptando al destino y dejando que la oscuridad se lo llevase con ella. Sabía que no estaba solo. Sintió algo frío deslizándose por su cuello, y tras escuchar un susurro al oído, el mundo desapareció.
Desde que Fabrizio asistía a la escuela, su mayor sueño siempre fue el de convertirse en un gran pintor, tan importante como aquellos con cuadros en el Louvre o en el MET que sus padres lo llevaban a ver algún que otro verano. Al salir del colegio, y después de quemarse la cabeza pensando en qué hacer con su vida, decidió que el camino que quería tomar sería el de las Artes Plásticas, siguiendo aquel anhelo de niño .
Y así, tan rápido como un parpadeo, su sueño se hizo realidad. Con tan solo 24 años, Fabrizio ya había creado dos grandes obras. La primera era un paisaje con expresiones corporales, colores vibrantes y figuras surrealistas que causaban intriga y recordaban a El Jardín de las Delicias; la segunda retrataba a una mujer postrada en un valle de flores, cargada de blancas perlas y telas brillantes que cubrían su cuerpo, posando en un suelo verde lleno de vegetación, como salido de la misma Biblia
Fabrizio había conseguido todo lo que había soñado: fama, talento y fortuna; pero lo que menos pasaba por su mente era que su carrera, que tantos frutos le había traído, iba a quedarse estancada de un momento a otro. Cuando cumplió los 27 años, Fabrizio ya no encontraba inspiración en la vida como la hacía tan solo unos años atrás; dejó de ver aquella belleza que siempre resaltaba a su alrededor: ahora solo pensaba en pintar, vender su cuadro al mejor postor y vivir una vida de lujo. Y hasta cierto punto lo lograba; plasmaba en el cuadro algún sinsentido y lo vendía como arte abstracto, cuando siquiera él entendía qué había hecho. Y claro, nunca falta aquel que pretende ser interesante y lo compra sin pensar.
En una visita a un museo en su ciudad, no pudo evitar que le llamase la atención un cuadro que se encontraba algo alejado de los demás. Notó que las personas iban a verlo y quedaban maravilladas, extasiadas incluso. Al dirigirse a él, vio que se trataba de un retrato y pensó que en verdad era bello. Mostraba, a primera vista, a un pintor en su estudio haciendo un autorretrato; pero había algo oscuro en aquella pintura que le atraía, algo oculto en las penumbras. Decidió quedarse algunos minutos más contemplando cada aspecto, cada detalle.
Al salir del museo, vio sentada en el borde de la acera a una joven de cabello negro, vestida con ropas manchadas de un verde musgo, que sostenía lo que parecía ser un pequeño cuadro envuelto en papel satinado…
Warren Alpízar es bachiller en Filología Española por la Universidad de Costa Rica. Reside en Grecia, cantón de la provincia de Alajuela en Costa Rica. Desde su adolescencia ha mostrado gran interés en el ámbito editorial, la escritura, la lingüística y el análisis literario. Ha colaborado en diversos proyectos de revisión editorial y en la creación de un manual de citación y referenciación para el Consejo Editorial del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericanas (CIICLA) de la Universidad de Costa Rica.



