Este ensayo fue escrito por Sebastián Del Canto.
“El cuento de Navidad de Auggie Wren” ocupa un lugar especial dentro de la prolífica obra de Paul Auster, quien escribió ensayos, novelas, poemas, hasta guiones cinematográficos, pero donde escasean los cuentos. De hecho, este es su único cuento publicado. Apareció el 25 de diciembre de 1990, en The New York Times, y como el propio Auster relata, es el resultado de un encargo: le pidieron que escriba una historia navideña.
Está entre mis cuentos favoritos. Primero, porque está narrado de forma ligera, sin ornamentos, evita esa impostura postmoderna de autores necesitados a cada frase de llenarse de citas o demostrar lo mucho que leyeron. Me gusta la gran literatura que se disfraza de pequeña literatura. El camuflaje del arte menor, que parece estar escrita al voleo, a las apuradas, excusándose a sí misma, y en su simplicidad encierra cuestiones humanas irresolubles.
En segundo lugar, tiene un nivel metaliterario que lo enriquece. También disimulado, pensado a través de otro, escondido en la reflexión no de un curador de un museo ni un gran artista, sino en los pensamientos de un vendedor de cigarrillos. Concentra muchas preguntas vinculadas a la literatura, al arte, a su significado, su razón de ser, su función. Es un cuento extremadamente filosófico, aunque encapsulado dentro de un tono simple e ingenuo. Para terminar, tiene además un sutil sentido del humor, un gran manejo de la ironía. Como si en lugar de final tuviera remate, como en un chiste. Nos deja una sonrisa, la misma que se lleva el escritor-protagonista.
Ricardo Piglia, dentro de su célebre Tesis sobre el cuento, se hace una pregunta que creo que es la base de todos los problemas narrativos. Uno podría resumirla como el quid de toda narrativa, e incluso lo que termina siendo la clave de la buena literatura. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Toda gran obra responde satisfactoriamente a ese interrogante. Valoramos las buenas obras por su capacidad de multiplicarse, de entregar siempre algo más. Lo contrario de las obras que se agotan a sí mismas con la primera lectura, que no cuentan más que lo que dicen, como las malas películas comerciales, que despliegan una historia plana, cuyo único objetivo es concentrar la atención del espectador por noventa minutos y luego extinguirse, desaparecer sin dejar rastro, como si no hubieran existido.
El cuento de Auster tiene la estructura del relato enmarcado. Es una técnica más vieja que la literatura misma: Las mil y una noches, El Conde Lucanor, Los cuentos de Canterbury, por citar algunos clásicos. Tenemos una “historia-madre” que sirve de marco, y luego una o varias historias-hijas, “enmarcadas” dentro del relato principal. La historia marco no tiene sustancia en sí misma, sino que termina siendo la excusa para presentar la historia enmarcada/s, que son lo más importante de la obra. Pero siempre que aparece una historia dentro de otra historia cumple una función. Recordemos el ejemplo de Hamlet. La representación de la propia obra dentro de la obra tiene resonancias que afectan todos los niveles.
En la literatura moderna, el estatuto del relato enmarcado obedece a otros fines, diferentes de lo que sucedía en la época antigua, que heredaba todavía la tradición oral. La historia secundaria y la principal dialogan, tienen mutuas correlaciones y ecos. El corazón de las tinieblas, de Conrad, me parece un ejemplo cabal. El relato marco es el de un narrador sin nombre que pasa la noche junto a otros desconocidos navegando por el Támesis, y es oyente de otro narrador: Marlow, el verdadero protagonista, que ha vivido el horror en África e intenta transmitirlo.
Las dos historias transcurren en un río, el pasado y el presente se reflejan como en la superficie del agua, la noche londinense encuentra su doble y su antítesis en la selva congoleña. Los dos relatos resuenan entre sí, y la historia-marco no es mera excusa para la historia enmarcada. El presente enunciativo de Marlow le permite a Conrad introducir reflexiones sobre la literatura misma. En varios pasajes de la novela, detiene su narración, se enfrenta al silencio y se vuelve hacia sus oyentes en el barco (hacia nosotros, los lectores), para filosofar sobre el mismo arte narrativo, tal vez para decirnos que hay cosas que no entran en el lenguaje (en uno de estos pasajes aparece la melancólica sentencia “vivimos como soñamos: solos”).
En cine también es un recurso habitual. “Drive my car”, la multipremiada película de Ryusuke Hamaguchi, es un ejemplo reciente, donde se nos reproducen extensos pasajes de “Tío Vania”, de Chéjov (obra que va a ser adaptada en Hiroshima, al japonés, por el protagonista de la película). Casi como un diálogo del arte con el arte, la historia que cuenta el texto de Chéjov y la propia historia narrada por la película resuenan en paralelo. Somos nosotros, los espectadores, quienes tenemos que captar y hasta crear esos ecos, asociar las correlaciones de ambas historias, descubrir por qué y en qué punto resuenan.
A pesar de su brevedad, “El cuento de Navidad…” tiene al menos tres historias entrelazadas, unas dentro de otras: la historia del Paul-escritor que no puede encontrar motivación literaria; la historia de Auggie y su proyecto fotográfico; la historia de Navidad propiamente dicha, que se disfraza de la historia de la cámara fotográfica. Cada una sirve de marco a la anterior. En el primer nivel, el narrador cuenta que se comprometió a escribir un cuento de Navidad y no sabe cómo hacerlo, a partir de esta historia se nos introduce a Auggie Wren y el relato de su proyecto fotográfico, y luego a través de Auggie llegamos a la historia de Navidad. Creo que la técnica del relato enmarcado le sirve a Auster para tomar distancia de la historia navideña de la cual reniega, o esconderla al menos bajo varias capas.
Porque la misma historia de Navidad emerge como el problema central en el primer nivel narrativo. Auster, como hijo de su tiempo, apela al gesto postmoderno: se vuelve sobre sí mismo y nos presenta un narrador-escritor que en primera persona se refiere al cuento mismo que está escribiendo. El problema de la creatividad literaria tematizado dentro del propio relato. Un cuento de Navidad que trata sobre la imposibilidad de escribir un cuento de Navidad.
“La sola frase «cuento de Navidad» me traía asociaciones desagradables, evocaba espantosas efusiones de sensiblería y sentimentalismo hipócrita. Incluso en sus mejores versiones, los cuentos de Navidad no eran más que sueños en los que los deseos se hacen realidad, cuentos de hadas para adultos, y yo nunca me hubiera permitido escribir ese tipo de cosas”.
Auster se da cuenta que no puede escribir un clásico cuento de Navidad. Pero tampoco puede escribir un cuento insensible, porque no sería un cuento navideño: “Era lo mismo que imaginarse un caballo de carreras sin patas, un gorrión sin alas.” El dilema que se le presenta es el de evitar el lugar común sentimental y cursi, pero al mismo tiempo mantenerse dentro del subgénero, que necesita que haya sentimentalismo.
El cuento se vuelve muchas veces sobre sí mismo, porque más allá de la historia navideña, hay una historia sobre el arte, sobre la construcción misma de ficciones, sobre la magia literaria: las dudas sobre lo narrado, el evasivo estatuto de “verdad” dentro de una obra, la veracidad del narrador. En muchos pasajes pareciera que la historia navideña es la excusa para reflexionar sobre el arte y en otros sucede a la inversa: pareciera que la reflexión sobre el arte es la excusa para matizar la historia navideña y quitarle sentimentalismo. En realidad, no hay forma de saber cuál es la figura y cuál el fondo, como en toda buena narración, la ambigüedad no se resuelve. El cuento juega a dos puntas, en todos sus niveles narrativos, y está repleto de ambigüedades irresolubles: un artista que no es artista, un escritor que no puede escribir, un ladrón que no es ladrón, un nieto que no es un nieto. Repite una estructura de ni-ni, donde ningún personaje puede ser fácilmente encasillado.
Parafraseando otro texto de Auster, podríamos subtitular el cuento de Auggie como la “Historia de su cámara fotográfica”. Narrar un acto originario. ¿En qué momento un artista se hace artista? Como si la herramienta definiera al artista, como la espada al caballero. Narrar el origen de la cámara, del pincel, de la máquina de escribir, del lápiz, es contar el origen de un oficio, de un proyecto artístico. En este sentido, la escena del baño tiene un aire fundacional. Auggie nunca en su vida había sacado una foto, nunca en su vida había robado. La pila de cámaras se le presenta como la oportunidad de cumplir una doble función: robar y, por lo tanto, volverse artista. Se le abre un mundo nuevo, que terminará irrumpiendo y modificando su mundo gris de vendedor de tabaco. Sacar una foto se emparenta así con robar. Como aquel mito que cuenta que había tribus que evitaban ser fotografiadas para no perder su alma. Con cada foto, ¿no le estamos robando algo a la realidad? ¿Auggie mismo no está intentando robarse a diario la esquina de Clinton Street con Atlantic Avenue, apropiársela para sí mismo, fijarla en un álbum?
Es como si Auster nos dijera: no hay arte sin robo. Cualquier artista en el fondo es un ladrón. Y cualquier artista en el fondo es un embaucador, un mentiroso. Uno que nos cae bien, que nos hace disfrutar al mismo tiempo que nos estafa. La sonrisa del final –donde tanto Auggie como Paul abren la posibilidad de que todo haya sido mentira– es también la sonrisa del narrador y del lector. Del que engaña y del que se sabe engañado. La escena navideña con Ethel y Auggie es una transposición de la escena de lectura: hay un pacto ficcional entre dos personas, que juegan a creerse una historia como si fuera cierta. La Navidad misma no deja de ser eso: jugamos a que la noche del 24 de diciembre es diferente a otras y la rodeamos colectivamente de representaciones, deseos, fantasías. Las historias falsas sobre Goodwin que le cuenta Auggie a Ethel le generan felicidad. Aparece la función terapéutica de la literatura: “Fingir la hacía feliz”. Nosotros los lectores jugamos a creernos lo que leemos mientras leemos, como Ethel y Auggie esa noche juegan a creerse que son abuela y nieto mientras cenan. Como en una metáfora, Auster nos cuenta la Navidad como si fuera la literatura misma (aunque también nos cuenta la literatura como si fuera una noche navideña).
Este cuento encierra todo lo complejo que mueve al mundo humano. Lo hace de un modo tan resumido, tan simple, tan poco pretencioso, tan natural. La pregunta por el arte, la pregunta por la verdad, la pregunta por el tiempo, la pregunta por el amor, la pregunta por la familia, la pregunta por la soledad. En pocas páginas logra abrir interrogantes muy profundos, sin dar respuestas contundentes sobre ninguno.
Auster finalmente logra contrabandear una historia de Navidad. Cumple el encargo, aquello que dijo aborrecer y lo que justamente pretendía no hacer: una historia sentimental navideña. Más allá de la ambigüedad, de los pliegues y rodeos que tiene, termina siendo un relato que cae dentro del género. Y al mismo tiempo no lo es, porque en los otros niveles funciona con una riqueza que lo excede. Es otro de los aspectos en los que se juega su maestría narrativa. La historia de Navidad se cuela sin que nos demos cuenta, acaso sin que el propio narrador se dé cuenta, como si se estuviera contando otra historia. Como si fuera un anti-cuento de Navidad, se invierte, se niega a sí mismo, huye, pero al final logra cumplir el objetivo. Como el destino trágico que crearon los griegos, que se cumple al intentar rehusarlo. Auster a la vez completa e incumple el encargo, nos termina dejando aquel relato paradójico, el gorrión sin alas, el caballo sin patas, animales imposibles pero concretos que solo la literatura puede darnos.
Sebastián Guido. Tiene una formación enteramente humanística: estudió comunicación, filosofía, arte, ciencia política. Reside en Buenos Aires, viaja por todos lados. Trabaja freelance como consultor publicitario. Hace más de diez años es docente universitario, da clases de redacción en la carrera de Ciencias de la Comunicación, donde intento discutir con los estudiantes muchos de los temas sobre los que escribo.



