Este cuento fue publicado en el volumen IV de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
No le aplauden, como al resto de los guitarristas, cuando sus botas de suela rajada pisan el escenario. ¡Mediocre!, le grita un greñudo desde abajo. Un barbón de arete en el lóbulo le extiende una botella de cerveza, a sabiendas de que la repudia. Le chiflan para que se apure. Es su turno. El Zurdo ajusta sus tapones auditivos; el cable al amplificador. En cuclillas, abre el estuche y saca una reliquia que enmudece al recinto: madera de aliso con acabado de poliéster, pau ferro en el diapasón; una Fender Stratocaster de 1954: blanca, satinada y, según la leyenda, intocable.
Antes de comprarla, el luthier se lo advirtió: docenas de valientes talentos habían sido destruidos por La Blanca. En un principio, resultaba una pareja maravillosa: los dedos de cualquiera se deslizaban sobre su brazo con una facilidad inusitada, piezas que requerían un alto grado de ejecución se volvían sencillas y bastaba con practicarlas una sesión para dominarlas. Su tono, belleza y resonancia apabullaban al resto de liras, sin importar que fueran vintage, modernas o sui generis. Luego venía la cruda. Al tocarla en vivo, algunos concertistas padecían inesperadas sensaciones: principios de artritis, pánico escénico, zanjas profundas en la memoria; otros sufrían accidentes, como caídas y descargas eléctricas. Nunca volvían a ser los mismos: enfermaban, naufragaban en drogas, perdían habilidad musical; se divorciaban, se suicidaban.
El Zurdo, desde luego, conocía la leyenda. La conocían todos los participantes y asistentes al Jam de Guitarra. Y pese al miedo, desembolsó todos sus ahorros en ese taller humilde y viejo. Al por qué del luthier, el Zurdo argumentó que no le lastimaban el desprecio ni las humillaciones de colegas y espectadores; le dolía, en el fondo, saber que tenían razón. La Blanca era su antídoto contra el fracaso, un recurso último, un mero salto al vacío. Sobre las posibles secuelas, el comprador cargaba con un dejo de optimismo: esa guitarra no había sido poseída aún por ninguna mano izquierda. Le pidió al artesano —de canas y patillas largas— que se la adecuara para esa condición y a la semana volvió para llevársela.
Se cuelga el instrumento y abre con un requinto salido de Hendrix. Se despega por un instante de la realidad: roza otro plano, flota. Ya no es el Zurdo, muchacho de bandana en la frente, abstemio y musculoso, cuyos deseos de fama superan sus aptitudes. La audiencia, antes enemiga, es un manojo de curiosidad y entusiasmo; un retrato de facciones llenas de asombro. Hasta que se apagan las luces y con ello la música. Hay desconcierto, susurros, rechiflas. En diez ediciones del Jam no había ocurrido jamás un apagón. El asombro regresa a su hostilidad previa: una garganta anónima aprovecha la oscuridad para gestar una plasta de saliva y mucosa. El ruido del escupitajo provoca risotadas.
La flema verdosa, espesa y teñida de amarillo, colisiona en el borde de la tarima. Al fondo, otra garganta avisa que se botó una pastilla de la instalación eléctrica y es cuestión de levantarla. En un instante reviven las luminarias del escenario, mientras los focos en el resto del lugar se han fundido. Es todo opacidad, a excepción del haz de luz rojiza que recae sobre el Zurdo.
El músico retoma su performance. Toca y suda: gesticula como si tuviera múltiples orgasmos. Toca y domina: su maestría hace que a un espectador se le escape una involuntaria ronda de aplausos. Toca y se arrodilla: es uno con su instrumento y de esa fusión salen chispas, destellos, hasta que los bulbos del amplificador se sofocan y el sonido se extingue. Surgen abucheos y vuelven los insultos: ¡Pinche salado!; ¡Novato de mierda!; ¡Perdedor!
El Zurdo maldice decepcionado y seca el sudor con una toalla. Se acerca al aparato para inspeccionarlo: le brotan una estela de humo y un olor a quemado; la bocina emite un ronquido. El amplificador ha dejado de funcionar. Una figura delgada, alta y de sombrero sube a la tarima. Su mano derecha —adornada con esclavas de oro— ofrece un Marshall en buenas condiciones. La ofrenda pertenece a un vieja guardia, tres veces ganador del Jam. Le apodan El Santana y su aprobación significa también la de la tribu. Pero al momento él se ha limitado a expresar pestes del Zurdo a sus espaldas… Conéctate aquí, carnal, le propone; Quiero seguir escuchándola. En varios años de conocerse, esta es su primera interacción.
La Blanca resurge al compás de su dueño. La melodía es compleja, hermosa y dificilísima, colmada de un virtuosismo que el Zurdo Fraga miles de veces soñó despierto, en soledad y llanto, con ampollas explotando en las yemas de sus dedos tras cuatro horas diarias de práctica. Una destreza que sólo presumían los dotados de habilidad innata, de oído absoluto, o los niños ricos con libertad suficiente para estudiar en escuelas de música y que no estaban sometidos —como él— a entregar paquetes a domicilio. Lo del Zurdo era un camino que le robó novias y celebraciones de cumpleaños, que le provocó una tendinitis de muñeca y un desbalance metabólico por saltarse la cena con tal de mejorar, y lo orilló a ingerir somníferos mientras repudiaba, madrugadas enteras, su decisión de transformarse en guitarrista. Una grandeza que —tanto sacrificio de por medio— nunca alcanzó. Hasta este momento.
En donde había dedos ahora hay bendings, legatos y pull ups que rozan la perfección. El Zurdo improvisa, evoca a sus influencias, logra que La Blanca hable mediante un alarido sostenido que sube y baja en el espectro de agudos y graves. Es como si pasara del quejido de un bebé al soundtrack de un superhéroe… Hasta que una cuerda revienta.
La tira de acero se estremece, todavía sujeta al clavijero. Lo normal ante este hecho es detenerse, pero los dedos no paran: siguen moviéndose con furia, escalando de arriba abajo los trastes como una araña hambrienta. Una segunda cuerda truena y sale volando hacia el público. De pronto una nota suena entrecortada, como si fuera a descarrilarse, pero de inmediato se recompone y vuelve a la escala. El volumen de La Blanca sube sin que nadie mueva ninguna perilla. Cuando se rompe otra cuerda más, El Santana ha tenido suficiente: se dirige hacia el fondo del bar y aborda la consola de audio. La examina buscando un cable extra, un canal manipulado, algo que termine con el misterio; sin embargo, sólo encuentra botones, volúmenes y líneas trabajando con normalidad. Encara al ingeniero y lo acusa de haberse vendido: Esto es trampa, carnal, a mí no me haces pendejo. El ingeniero apenas le hace caso: absorto por La Blanca y su discurso, reniega sin desviar la atención del escenario.
El Zurdo pisa la flema, reseca pero densa, con su bota desgastada. Su maestría —al maniobrar un instrumento incompleto— afloja quijadas, expande retinas. En la audiencia aparecen los aullidos y las ovaciones y, al fin, el reconocimiento. La presentación termina y luce insuperable. El ganador es indiscutible, sin importar quién falte por concursar…
Una fracción de segundo después de las palmas, irrumpe el eco de un grito. El enunciado no se aprecia con certeza, aunque se distingue una sílaba: la A.
Hay cejas arqueadas, uñas rascándose la mollera o escarbando el tímpano, lenguas topándose contra dentaduras, chasquidos. El zumbido de las bocinas no ayuda a relajar el ambiente ni a despejar las dudas.
El Santana viene corriendo desde la consola, con su sombrero en la mano y la acusación brotando de sus cuerdas vocales: ¡Este puto usó playback!
El greñudo lanza su púa y aterriza sobre La Blanca, que aún permanece colgada en el hombro del Zurdo.
No tardan en llover sobre el escenario una docena de púas. Luego caen botellas acompañadas de gargajos, monedas y colillas de cigarro. Le siguen los litros de alcohol, los llaveros, los encendedores y el itinerario del evento hecho bolita y arrojado como piedra.
El barbón de arete en el lóbulo inicia la estampida, es el primero en subirse. Lo imita una turba de rockeros, cuya edad va de los diecisiete a los cuarenta y cinco años. Hay algunas mujeres también, igual de enardecidas. No le dan oportunidad al Zurdo de siquiera quitarse la guitarra: lo derriban y su figura queda enterrada bajo la masa salvaje de pantalones de mezclilla, cadenas y camisetas negras con logos estampados de distintas bandas.
En su intento de acercarse al escenario, la seguridad del recinto —que consiste en dos elementos gordos— es interceptada por un quinteto armado con picos de botella. Ahora son los gordos quienes necesitan el apoyo verdadero de seguridad.
La música se ha transformado en insultos, griterío y amenazas de muerte. En el PA todavía suena La Blanca conectada, haciendo ruidos gangosos, golpeteos con reverberación, feedback. El lugar se impregna de una peste a humedad y orines.
Es todo opacidad, a excepción de la estela de luz rojiza que ilumina el cuerpo inmóvil del Zurdo, bocabajo, sumergido en un charco de cerveza mezclado con las hebras de sangre que le escurren de los tímpanos.
El Santana se planta en medio de la bola: empuja, forcejea, se esfuerza por detener la masacre y lo consigue. Hay calma y un silencio que permite apreciar los jadeos de los asistentes y participantes del Jam; un coro terrorífico, desafinado y a destiempo.
La mano, dice El Santana con la serenidad de quien anuncia una balada; Creo que es la mano.
Iván Herrera (Monterrey, Nuevo León) Estudió una licenciatura en Comercio Internacional que nunca pudo terminar. Ha trabajado en medios de comunicación y agencias de marketing. Le gusta la música y escribe canciones que a veces canta en público.



