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La campaña del incendio

Patagonia en llamas

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jul 13, 2026
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Esta crónica fue escrita por Mailen Zarate. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.


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Es jueves por la noche y decido salir de casa. Doy dos pasos hacia la Plaza Congreso para fumar un tabaco. Hay mugre; dispersión acompañada por las huellas sonoras de camiones hidrantes, balas de goma y gritos de hartazgo e indignación. Lo peor ya pasó y la policía no dejó a nadie al borde de la muerte, como sucedió el año anterior con el fotoperiodista Pablo Grillo aquí en una marcha de jubilados.

Por años, la mirada del país se ha enfocado en esta plaza, tan cerca de mi casa. Cada miércoles, grupos de manifestantes se congregan afuera del Congreso Argentino para pedir pensiones dignas; más ahora, cuando la administración de Javier Milei se ha hecho con la misión de recortar el gasto fiscal a como dé lugar e, incluso, ha vetado leyes aprobadas en el Senado para aumentar las pensiones nacionales. Así han sido los años de Milei: años de debates a un costado de mi casa. Política hecha en Buenos Aires.

Pero no quiero hablar de esto ahora. Yo no nací acá, entre todo el bochinche: soy una migrante interna, vine desde la meseta hostil de la Patagonia Sur a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Bien sé cómo este pedacito de territorio acapara toda la atención del país y las afueras. «Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires». Aunque pasen los años, siempre es cierta esa frase; buenos colegios, buenos hospitales, calles limpias y asfaltadas, la Capital Federal es realmente una ciudad avanzada si la comparamos. Claramente, a costa del resto del país.

Pero, ¿cómo contarte lo que quiero cuando hay tanto ruido alrededor? Cuando quedan los vestigios de esta lucha capitalina…

Debo volver.

Al entrar a casa, comienzo a hacer unas respiraciones con los ojos cerrados para que se me vaya un poco la migraña. Le presto atención a la subida y bajada de mis pulmones.

La oscuridad me lleva a la imagen de un árbol antiguo ardiendo. Sólo el tronco encendido, un paisaje chispeando por la noche que no puede descansar. Es un diálogo con árboles reales, esta noche. Una imagen que vi en la prensa—en un medio de difusión cualquiera—sin querer buscarla. La tierra que me vio crecer bajo fuego; el mundo al sur que es mi mundo, en llamas y la mirada nacional está a unos metros de mi casa de ahora (tan lejos de mi casa de antes). Nuestra Patagonia se enciende y sólo puedo decir en mis adentros: newentuleymi. Ten fuerza, en mapuzungun. Es una palabra que aprendí de la cantora Nawelwenu, en una canción que lleva ese nombre y sirve de mantra para atravesar dolores psicoterritoriales.


Desde octubre del 2025 hasta marzo del 2026, todos los días, sin dejar pasar uno, un fuego colosal consumió árboles y casas del sur argentino. Seis meses de destrucción; medio año. Es una emergencia ecológica que el gobierno nacional de turno no asiste y censura en los medios, o algo así debe suceder porque uno pensaría que la situación es digna de una cobertura diaria, o al menos semanal. Pero no. La pauta televisiva está orientada casi exclusivamente al fenómeno de las agrupaciones therian en Buenos Aires y al que sea que sea el tema en voz de la capital.

No es nuevo. El sur ha tenido que tomar riendas del asunto con una fuerza proporcional a la que tendría el Estado Nacional: así lo hacen, gestionando todas las herramientas necesarias para el combate del fuego. Si bien los incendios en la Patagonia argentina datan de hace décadas, se han hecho cada vez más fuertes desde 1996. Entre 2001 y 2024, se estima que los incendios arrasaron con 121,547 hectáreas de bosque; un promedio de 5,284 hectáreas por año. Los incendios de 2025-2026 se llevaron 60,845 hectáreas forestales. En un año, la pérdida anual brincó a diez veces la magnitud de años pasados.

Este último tiempo, se afianzó una vitalidad comunitaria gestada a lo largo de todos los veranos en llamas. Ya no tiene partido político sino únicamente el objetivo de salvar la salud de la tierra, los hogares y la soberanía nacional. Newentuleymi, pienso de nuevo, «tienes la fuerza para sobrellevar este momento».

Todos los días, cuando me levanto, lo primero que hago es chequear las novedades de la Red Virtual Patagonia, una página en redes donde dan actualizaciones de los incendios y, en estos días, se ha hecho un espacio intangible donde participamos todas las personas que estamos lejos y queremos estar cerca. También converso con quienes están allá para tener un punto de vista más sincero, en primera persona, con el cuerpo atravesado por la emergencia.

Fue en los inicios de diciembre del 2025 cuando iniciaron diversos y potentes focos de incendios en los bosques de la Patagonia argentina tras meses de llamas latentes. El primero y más grave de todos, fechado el día cinco de ese mes, sucedió en el Parque Nacional Los Alerces. El segundo foco arrancó en la localidad de Puerto Patriada, jurisdicción El Hoyo, provincia del Chubut; siguió hacia las zonas de Epuyén y El Pedregoso, localidades que ya venían combatiendo fuegos desde al menos el 17 de noviembre.

El fuego arrasó con casi 61,000 hectáreas (610 km²) de bosques nativos, lo que sería, a modo ilustrativo, 40% de la Ciudad de México (1,494 km² aproximadamente) y tres veces la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (205 km²; a esto me refiero con «pedacito» de territorio).

En la mayoría de los medios populares, se realiza esta misma comparación con canchas de fútbol profesionales: imagina más de 56,000 de estas prendidas fuego. Estamos hablando de una extensión inmensa de tierra. Esto es un verdadero ecocidio.


La primera semana llamé a Vel, una persona querida instalada en El Pedregoso, donde los incendios vieron parte de su apogeo. Ella tuvo que evacuar su casa; podía ver el fuego desde su ventana. Vel es una persona con una sensibilidad artística sin igual. Nacida en Buenos Aires, decidió construir su vida entre las montañas sagradas de la provincia del Chubut. Esto no era nuevo. La chacra donde vivía se incendió ya una vez en el año 2015. No tenía tiempo que perder: el fuego había alcanzado el valle de Rincón de Lobos, Puerto Patriada y a su guardián ancestral, el gigantesco cerro Pirque. Una vez que empieza no se puede detener, sólo queda estimar cuánto tarda en llegar.

Acá me pregunto. ¿Qué salvarías de tu casa si cada una de tus pertenencias pudiera estar a punto de convertirse en cenizas? Si vieras las llamas de lejos y aún pudieras actuar. Un día antes de su partida, Vel tuvo que negociar consigo misma sobre qué sí y qué no. ¿Qué puedes llevarte de una vida? Tomó tres libros, electrónica y cosas de valor sentimental en una valija y una mochila.

«El aire se vuelve irrespirable», me dijo. «Es posible oler el fogón gigante a todo momento». Ya no distinguía si es el calor del clima o el incendio; es como una fogata a la que te acercas y sientes en el rostro—o, más bien, una fogata que se te aproxima sin que la busques—. «El calor del primer día se emanaba [sic] de una fuente muy cercana, era como algo que me estaba por tocar la cara y alcanzaba toda mi piel».

El humo esparciéndose en todo lugar, corriendo hacia el sur, llegó incluso hasta la ciudad de Bariloche—conocido destino de esquí—; llegó como una bruma oscura sellando la angustia del ambiente.

Ver desaparecer tu territorio alrededor produce una sensación de pesadez sin igual. Es posible escuchar a los animales del bosque gritar entre las llamas antes de morir en su intento de escape. No es una imagen poética para elevar la gravedad del asunto, sino lo que me cuentan las personas de la zona. Al cerrar los ojos, ¿podés oírlos?


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