A través del cristal solía contemplar el ir y venir de las muñecas.
Pequeñas figuras de porcelana,
engranes pintados a mano
de la maquinaria sempiterna citadina.
Un hombre de edad avanzada revisa su correo
en un cuarto vacío, salvo por sus propias obras de arte.
A un lado, los niños acostumbran sus manos al pincel
mientras su vecina, la alquimista, prende su cafetera.
En la esquina, el cartero desafía las leyes de la física
amasando, entre sus dedos, pan digno de un rey.
Y un perro miniatura corre al lado de una bicicleta
mientras la costurera escribe la novela del siglo.
Ahora, sobre el bulevar,
la sinfonía de cláxones ha sido reemplazada
por golondrinas cantadoras.
Ahora, en los jardines,
las estatuas bailan al son de la orquesta
de los instrumentos olvidados.
Los maniquíes salen a desfilar
en vestidos de alta costura
y las flores despiertan
de su largo sueño invernal.
Las puertas de la casa de muñecas se cerraron,
pero sus habitantes por fin abrieron las ventanas.
Detrás de las cortinas se asoman, curiosos, a admirar el cambio de escena.
Los árboles se robaron el papel protagónico,
las paredes de madera son ahora de cristal.
Y el sol, cual hijo pródigo, por fin regresa.
Este poema fue escrito por Mariana Anaya para Perpetuo





