Este ensayo fue escrito por Isabel Segovia. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
«Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro, alzo hoy la voz a la mitad del foro, a la manera del tenor que imita la gutural modulación del bajo para cortar a la epopeya un gajo». -Suave Patria, Ramón López Velarde
Hace unos meses, formaba parte del equipo que atendía La Casa del Poeta Ramón López Velarde. Ahora, tras el anuncio de que la casa será hecha en un cabaret por parte de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, he dejado de ser parte del equipo. Me quedan sólo los recuerdos de mi tiempo en ella y esos últimos días que marcaron su final; de la epopeya que fueron mis meses en el museo.
Si hoy las escribo, es porque, entre las muchas voces que han surgido en el debate, no he visto esas que hablen del sitio como tal. La casa se ha envuelto en una discusión más grande sobre la poesía y su espacio en la cultura del México de hoy. Falta, en ellas, una vista de adentro; de cómo ese espacio en sí mantenía un encanto que pronto habrá de desvanecerse.
¿Qué decir de la casa? ¿Por dónde empezar? Está en el corazón de la colonia Roma Norte. Es, en estrictos términos, el lugar donde el poeta Ramón López Velarde pasó los últimos años de su vida. Por años, sirvió como museo y como espacio para los literatos. Era, también, mucho más que los hechos. Era un lugar tan lleno de vida; todo tipo de gente nos visitaba; donde corrían frases tan recurrentes que parecían ya formar parte de los poemarios de Ramón:
—¡Hola! ¿Viene al museo? El museo tiene un costo de diez pesos por persona y se lo cobraría mi compañero en la parte de arriba.
A veces sólo nos contestaban con sonrisas y miradas, otras veces se tardaban en formar respuesta. Las más entretenidas eran con turistas extranjeros. Con ellos, construíamos puentes en los cuales su idioma y el nuestro se encontraban.
—¿Gusta una visita guiada o prefiere recorrerlo libremente?
Eran tantas las visitas, que desarrollamos una especie de sexto sentido. Sabíamos cómo serían las visitas; quién tomaría la visita guiada y quién quería guiarse para conseguir perderse. Era un lugar de rumores; mismos que, debo aclarar, eran todos ciertos. Era un sitio donde las parejas despertaban la tentación de un beso en el pasillo; también un sitio donde, en la sección de opiniones, los adolescentes nos dejaban sus confesiones más dramáticas y los soñadores, dibujos populares o retratos. Les decíamos «libritos» y jamás los tiramos; cada uno de ellos tenía nuestro más inmenso cariño.
Sabíamos distinguir entre los apasionados de lo estético, que venían por unas buenas fotos y los más bohemios, quienes nos llenaban de preguntas sobre el museo que ni nosotros habíamos considerado. Nunca nos sentimos ofendidos por los visitantes que desconocían a la estrella de nuestro equipo, el amigo de todos, Ramón López Velarde. Al fin y al cabo, nos encantaba hablar de él y todo lo que su obra representa para México.
Hablar por ejemplo de sus versos románticos; de su mancha púrpura y el son del corazón. Disfrutábamos contar de su amor por el país—de su Suave Patria—y cómo el país, por generaciones, lo quiso tanto de vuelta que su cumpleaños es ahora el día del poeta.
Nuestro querido Ramón en verdad formaba parte de nuestro equipo. Muchos visitantes nos aseguraban ver sombras y escuchar voces; juraban que alguien les tocaba el hombro o acariciaba su pelo.
—¡Es obvio que es Ramón!— repetíamos tanto en burla, así como aferrándonos a su memoria la cual nunca moriría.
Cada mañana, era hábito avisarle a Ramón que ya habíamos llegado o que ya nos íbamos, ¿por qué no lo haríamos, si estábamos en su casa? Él realmente no había muerto; su obra seguía presente en cada rincón de la casa. Nuestro amigo recibía muchas visitas, escritores, locutores, camarógrafos, extranjeros, locales, músicos, y a veces hasta mascotas.
Tristemente un día, recibimos a unos visitantes que no pudimos encasillar en esas jerarquías que dictaba la costumbre. Pronto nos arrepentiríamos de mostrarles cada rincón donde se escondía la magia del sitio. No tardamos en darnos cuenta de sus intenciones, en qué clase de personas teníamos enfrente. No estaban interesadas en la literatura o la historia de la misma. Ellas hacían evidente, con comentarios de mal gusto y su vestimenta provocativa, de dónde venían al igual que su verdadera vocación.
Los siguientes días, hicimos chistes sobre en lo que se convertiría la casa; que Ramón sería el más feliz recordando sus noches en burdeles, chistes donde escondíamos el pavor de una realidad muy posible: la de una casa despojada de nuestro amigo.
Un día llegó una carta donde sentenciaron a todo y a todos. La casa ya no llevaría el nombre de Ramón; tampoco el título de poesía. Sería ahora la «Casa de las Palabras», con oficinas gubernamentales, una librería del Fondo de Cultura y un cabaret. Nadie decía nada porque el silencio, junto con las lágrimas que aprisionábamos en las pestañas, ya lo decía todo. La orden fue muy clara, aunque tal vez intentaron decorarla con palabreo, nosotros tan ensamblados de literatura, entendimos todo: nos ordenaron destruir cualquier evidencia que despertara el recuerdo de la magia; que evocara que esa, por años, fue la casa de los versos. Nunca entendimos el porqué pasaba esto, no podían hacerle esto a Ramón.
Los últimos días nos mirábamos con empatía; con sonrisas quebradas, consolábamos ese llanto que juramos ser un secreto. Vaciamos la casa entera, menos el museo porque quienes lo ocuparían habían dado su palabra que seguiría en pie e intacto. Ahora, nos dirigíamos a Ramón pidiéndole que asustara a estas personas; no importaba si creíamos en los espíritus, todos teníamos la esperanza de que algo nos escuchara. Que ese algo fuera alguien, ese alguien fuera Ramón.
Estábamos seguros de algo: nuestro amado amigo realmente no estaría feliz con su nueva compañía, sino que nos extrañaría tanto como nosotros a él.
Finalmente se confirmó el último rumor. Los hechos eran ciertos. La casa sería despojada de lo que representó para generaciones de escritores.
Jamás debió haberse hecho realidad. Me impresiona cómo pretenden humillar a los ídolos que construyen la leyenda que es México. Como literata me vienen muchas frases a la mente, muchas figuras importantes que han hablado de esto. Hay una de Ray Bradbury que pesa más que nunca: «No hace falta quemar los libros. Basta con que la gente deje de leerlos». Al final todos conocemos el desenlace de sembrar el veneno que condena a la cultura. El terror me invade, todos deberíamos entrar en pánico. Si esto le pasó a Ramón López Velarde, al poeta nacional—a nuestro amigo—, deben intuir lo obvio ¡nadie está a salvo!
Isabel Segovia Núñez (Ciudad de México, México). Es una poeta, cuentista e ilustradora mexicana. Trabajó en el museo Casa del Poeta Ramón López Velarde




