A partir de 1970, los arquitectos, Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León, fueron levantando dieciséis edificios de once pisos cada uno al sur de la ciudad. Esta obra que decoraría el Periférico del entonces Distrito Federal sería bautizada como “Las Torres de Mixcoac”.
Se dice que la gente empezó a habitar en masa este complejo habitacional a partir de 1972 y que los primeros meses de muchas familias fueron realmente duros: vivían experiencias paranormales, las cuales perduraron y se convirtieron en leyendas.
El interés que encontré en este lugar es debido a una de estas historias: Santiago, un buen amigo, me contó que él creció en una de esas torres. Era muy pequeño y no recuerda nada, pero su madre le cuenta que por las noches, dentro del mismo complejo, si uno salía a caminar por los pasillos arbolados, podía escuchar gritos de desesperación y de ayuda. En esta misma época, ella dice que había un vecino que todas las noches escuchaba el sonido de cadenas y que cada noche que pasaba, se sentían más cercanas.
Pero, ¿a qué se debía que múltiples familias se quejaran del mismo fenómeno o presencia paranormal?La respuesta es sencilla: los terrenos en los que se levantaron esas dieciséis torres fueron, en tiempos pasados, el Manicomio General La Castañeda.
Seguramente, si le preguntarás a algún adulto mayor sobre este lugar, te respondería que La Castañeda fue un lugar terrible, de encierro, de exclusión, de abandono. El clásico manicomio olvidado representado muchas veces en el cine hollywoodense.
Por muchos años, La Castañeda ha sido objeto de muchas historias, rumores y mitos, que, por supuesto, vienen de verdades que se dieron con el tiempo. El Hospital general La Castañeda, formó parte de las múltiples edificaciones que el dictador Porfirio Díaz, en 1910, inauguró con el pretexto de los 100 años de Independencia de México: el ángel de la Independencia, el monumento a Cuauhtémoc, el recién empezado Palacio de Bellas Artes, el nunca concluido Palacio Legislativo, y por supuesto, el recién inaugurado Hospital La Castañeda.
Todas estas obras, por su significado y su estética, representaba la absoluta modernidad en la que creía el dictador Díaz, pero la Castañeda se diferenciaba por su propia razón de ser: un instituto psiquiátrico, el más grande de los países latinoamericanos, el avance de la ciencia y de los estudios del comportamiento humano: el símbolo máximo del México moderno.
Para esto, el ingeniero al mando, Salvador Echegaray y el sobrino del dictador, el ingeniero Porfirio Díaz Ortega, tomaron como referencia el hospital psiquiátrico Charenton, localizado en Francia, que constaba con tres características importantes para la mejora de los pacientes: El hospital tenía que estar conformado por tres hileras de edificios; debía ser construido a las afueras de la ciudad, preferiblemente en una montaña para que los internos tuvieran una vista agradable y así evitar la sensación de encierro, y los pacientes tenían que estar clasificados según sus diagnósticos.
Para construir el nuevo Manicomio General fueron elegidos los terrenos de la antigua hacienda La Castañeda, terrenos de un amigo de Díaz, que estaban en el límite de la ciudad con los cerros. A las afueras del edificio se plantaron jardínes muy vastos, jardines afrancesados, para darle una apariencia más pulcra al lugar. Frente a los jardines, el visitante se encontraba con la imponente fachada del Pabellón de Servicios Generales, de clara influencia francesa.
Este hospital tenía una capacidad de hasta mil personas y recibió a hombres y mujeres que eran atendidos en los sanatorios de San Hipólito y del Divino Salvador, este último particularmente de mujeres.
El edificio de Servicios Generales era el más grande del complejo: allí se estaba la administración, salones de clase para estudiantes de medicina, bodegas, el salón para lavar y desinfectar ropa, botica, laboratorio, cocina y el salón de eventos. En la planta alta estaban la biblioteca, el archivo y los cuartos para la gente del trabajo diario. Detrás de los Servicios Generales estaba el Pabellón de Enfermería y Electroterapia. Allí también había dormitorios para hombres y otro para mujeres, cada uno con veinticuatro camas y con los aparatos transformadores necesarios para la terapia eléctrica. Posterior a éste se encontraba el Pabellón de Imbéciles - si, así se definía medicamente - , el cual tenía una sala para imbéciles distinguidos, que eran los que pagaban la estancia y recibían mejor trato, mejor cama y mejor comida, y en medio del edificio había un comedor, un taller y un espacio para el gimnasio. Los pabellones laterales eran los de Alcohólicos, Tranquilos, Infecciosos y Peligrosos—divididos en de acuerdo a la categoría de indigentes o pensionistas—.
Los hombres y mujeres siempre estaban en pabellones aparte, con excepción del último, el de los peligrosos, ya que en ese únicamente había hombres. Las prostitutas y los homosexuales también eran recluidos dentro del hospital, considerados enfermos mentales e infecciosos.
Inaugurado el Manicomio en 1910, estalló la Revolución y llegó, de manera paralela, la inestabilidad política, económica y administrativa del edificio. Durante los diez años de la Revolución, la decadencia se estaba apoderando cada vez más del hospital que ya se quedaba sin presupuesto y que, debido a la dinámica revolucionaria, fue llenándose cada vez más de los enemigos de uno y de otro.
Al iniciar la década de 1920 aparecieron informes sobre el mal estado de las instalaciones del Manicomio: ausencia de colchones y sábanas, ventanas con los vidrios rotos, plagas de ratas, falta de personal, una farmacia raquítica y no parece que la situación mejorará con el tiempo.
El desorden provocó que al interior de La Castañeda se viviera una especie de anarquía absoluta en donde el abandono y la pobreza se mezclaron y donde se cometieron innumerables delitos, violaciones y homicidios.
Los médicos de la Castañeda, particularmente en los 30’s y 40’s, se fascinaron por tratamientos como el hipnotismo, la sugestión, el magnetismo, la electroterapia, la hidroterapia y los efectos de la sedación. Hay que pensar que hoy ya sabemos lo que puede causar una electroterapia en un paciente, pero en aquella época era visto como un método innovador y es por eso que en la Castañeda se practicaba religiosamente. Por supuesto que esto generó un ambiente mucho más caótico dentro del hospital, además de que muchos internos no tenían diagnósticos fijos y más bien eran personas en situación de calle o gente abandonada por sus familiares.
Por otro lado, gracias a que tenemos testimonios de gente que trabajó dentro de la institución, sabemos de primera mano que estas prácticas no generaban solución al diagnóstico, si no que producían un trauma severo en el paciente. Un ejemplo claro es el del testimonio de la enfermera Margarita Torres Mora, quien trabajó en La Castañeda en la década de los cuarenta. Margarita relata cómo los doctores decidían arbitrariamente practicar ciertos métodos en los pacientes, como es el caso de los baños de agua hirviendo:
“Un médico ordenó unos baños... Eran unos baños de agua casi hirviendo, muy caliente… La enferma llevaba bolsas de hielo en la cabeza después del tratamiento. Pero hubo dos casos en que murieron las enfermas cuando se les aplicó este tratamiento”.
Para los años cincuenta y sesenta, el morbo que se fue generando alrededor de este complejo alcanzó a varios artistas, como Jose Luis Cuevas, quien hizo una serie de dibujos sobre su visita al hospital en 1952. También existen múltiples fotografías del interior del lugar provenientes de las colecciones de la Fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia y del Archivo Manuel Ramos, que nos dejan ver los rostros, las actividades, pero también el abandono y el descuido.
Finalmente, el edificio se demolió en 1969 para después convertirse en el complejo habitacional que conocemos hoy. Las Puertas del Infierno, como se le conocía a la Castañeda, pasaron a ser Las Torres de Mixcoac.
Este ensayo fue escrito por Iñaki Pérez.



