La ciudad barroca
de Andrés López Benítez
A modo de prólogo
de Tomas Lemus
Me aventuraría a decir que López no se considera fotógrafo. Al fin y al cabo, su oficio es la historia, y lo suyo es perseguir lugares donde la historia exige contarse. La necesidad de imágenes será evidente para cualquiera después de ver la primera. El título, La ciudad barroca, lo confirma sin necesidad de explicación. Pero hay dos valores en este trabajo, y conviene distinguirlos.
El primero es el más evidente: López aporta historia a lo que, de otro modo, serían solo imágenes. Construcciones, fachadas, acabados, detalles que encontramos a diario y que han dejado de asombrarnos. Ya no producen, en cada instante, un cuestionamiento sobre su origen y su significado. En ese sentido, la creación de López estaría en el texto, en la capa de hechos históricos y conceptos que se deposita sobre una imagen que cualquiera podría encontrar al buscar en Google “San Miguel de Allende” o “Puebla.”
El segundo valor es el inverso y es el que más me interesa. No quiero ver una serie genérica de fotografías de Google Imágenes ni de ningún otro lado. Ya hay demasiadas imágenes en el mundo. Lo que quiero es ver menos y ver mejor (lo que el escritor Oliver Burkeman llama encontrar la aguja entre la pila de agujas, ya no en un pajar sino en un mundo saturado de agujas). Solo me interesan las fotografías detrás de las cuales reconozco una mirada, ya no solo que las haya tomado un humano, sino que les pueda reconocer una intención.
En las fotos de López veo ese acto, profundamente creativo y curatorial en el sentido más básico. Al hacer el trabajo activo de identificar aquellos espacios, estructuras y patrones donde se esconde un estilo y una historia, la forma se vuelve también fondo: nos aproxima a una manera de sumergirse en la textura de nuestro entorno cotidiano que quizás dábamos por sentada. Y como señala con precisión en su texto, no se trata solo de descubrir el barroco en las fachadas novohispanas, sino de penetrar en la realidad que sigue vigente detrás de lo que comunica la arquitectura, la gastronomía, la artesanía y las costumbres, el de un mundo lleno de «rarezas» cuyo valor principal es la diversidad.
La ciudad barroca
de Andrés López Benítez
El barroquismo de las ciudades novohispanas va más allá de sus impresionantes fachadas de cantera o de los brillantes retablos laminados en oro. Hablamos de comportamientos y protocolos; de formas de vestir y de converger en una misma plaza o templo.
Se manifiesta en los bordados y en las piezas asiáticas elaboradas a partir de los más exóticos materiales; también en las vastas escenas religiosas que revistieron las capillas domésticas de los palacios virreinales y las celdas de los conventos.
La ciudad barroca destaca por la curvatura de los elementos fitomorfos en las fachadas de sus hogares, pero también en esos claustros que, con mascarones de querubines y otras bestias, custodiaron a los religiosos que desarrollaban su cotidianidad en pro de sus más sinceras creencias.
Esta ciudad fue producto de su propia diversidad étnica; gentes de todas «calidades» aportaban a la artesanía, a la gastronomía y a los dichos y saberes populares. Las pinturas de las últimas décadas del siglo XVIII abogaban por esas «rarezas» que, en realidad, constituían la normalidad de un mundo asombroso para las perspectivas extranjeras.
El costumbrismo permitió relacionar la naturaleza única del continente con los vestidos y telas que permearon entre los grupos sociales, quienes transmitieron sus oficios a hijos y nietos. Basta conocer la amplísima colección de pinturas de castas o las escenas dominicales en la Ciudad de México para comprenderlo.
Hoy, la ciudad barroca asombra a quienes visitan sus casonas o ex-conventos convertidos en museos y centros culturales; enamora al que pasea por los callejones de urbes que han preservado sus trazos originales. El barroco novohispano —que no siempre fue el mismo— destaca y logra que uno nunca quede indiferente. Es tan vasto y diverso, y se moldeó de tal forma a las necesidades de sus poblaciones, que sus materiales, acabados y calidades varían tanto que uno nunca termina de conocerlo por completo.
Andrés López Benítez es profesor de historia y un ferviente admirador del patrimonio cultural que existe en México. La fotografía y la escritura forman parte de su labor, tanto en la divulgación su Instagram como en su quehacer docente y vida personal. También ha tenido la oportunidad de realizar recorridos guiados por diferentes sitios de la Ciudad de México.
Desde hace un par de años inició un proyecto personal al que tituló “HistoriAndy”. En él, busca compartir no solo cuestiones históricas sobre la sociedad y la cultura virreinales, sino también un análisis del patrimonio material que nos rodea, de los siglos XIX y XX.
Si bien hoy reside en la Ciudad de México, es originario del estado de Guerrero.






















