Este cuento fue publicado en el volumen IX de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Anoche soñé contigo, Marisol. Marisopla vagarosa. Mari de mi adolescencia tardía. Tan vívido te soñé… Estábamos en los primeros semestres de universidad y me contabas de tus hijos con tu olor característico a crema dermatológica medicada, a base barata, a maquillaje con bloqueador solar para que tu piel tan blanca no se arruinase con la canícula del mediodía bogotano y sobre tus ojos había sendos charcos de un mar antiguo que contenía la impotencia de evitar la operación de tu hijo varón, ese con el líquido desbordado en la capa más interna del cerebro y al que hubo que drenar con la instalación de una válvula, esa maldita válvula que le dejaría una cicatriz hedionda, notable a todas luces, para siempre.
Recuerdo tus facciones, el tono en tu voz; recuerdo tus preguntas: que si me acordaba de tu embarazo y tu apetito por nuestro amigo en común, Juan Pablo. Me decías que harías todo por volver a esas épocas, por volver a él; lo decías como una adolescente que recuerda todo menos la tarea, con todo y que ensayamos tres mil veces el diálogo modelo, aquel entre dos niños de la misma edad o parecida que sumían al lector en el letargo de los juegos y la anécdota; ese que pareciera que no pasaba nada pero pasaba todo, del que sabíamos el final y, sin embargo, llorábamos al enterarnos de su desaparición forzada por descuido de sus madres y por astucia del lobo feroz.
Decías tantas cosas, Marisol…
Algo más recuerdo que me platicaste; giraba en torno a términos y conceptos que se harían famosos en algunos años, porque en este país machista, decías, en este país de colonia maltrecha, de invasores europeos, no había alternativa alguna al fracaso, al hogar nostálgico de derecha absurda, de ultras de ultramar, allende los mares como nos gustaba burlarnos y que era prerrequisito para pasar por los talleres de guión que tanto anhelabas y te llamaban la atención, aunque nunca ibas a coger una cámara y filmar más que a tus hijos y no ibas a poder hacer un guión vendible o lograr un cortometraje filmado con los monitores de la biblioteca. Necesitábamos obtener buena nota, decías, porque de lo contrario no podrías disfrutar de la beca, esa que los curas de tu parroquia daban con tanto esfuerzo del culo de tu madre y de los rosarios que las señoras del voluntariado proponían para los viernes para poder llegar el domingo con la perversión olvidada y el perdón listo a obtenerse por vía del monseñor que manejaba los caudales de interés social que la comunidad religiosa aportaba generosamente para eludir impuestos y comprar conciencias y poder salvar de los arrebatos y descuidos a sus pastores más aventados que se echaban las lujurias con los más hermosos ejemplares del coro, niños y niñas, pederastas de oficio, malnacidos siempre.
Y mientras todo esto salía a tema, tu relato continuaba: debías dejar el semestre en limpio para que tu madre pudiera reverenciar al obispo y este a su vez calcular los descuentos en avemarías y padrenuestros y pedir por fin el permiso de edificar una catedral como la de Colonia y así, después, los muchachos que te rodeaban en el barrio, Giovanni y Gabriel, te acompañarían a inscribirte a biología, que era la profesión que de veras querías estudiar, sí, eso era lo que más querías en la vida y te llamaban la atención los estudiantes que no se parecían a aquellos de medicina o de administración o leyes, ni a los profesores con que solías bailar hasta el amanecer cuando eras una niña juiciosa de casa y estabas aún en el Colegio de la Santísima Pureza de María la Virgen, virgen siempre virgen y casta que nunca engendró un hijo por hombre sino por partenogénesis y esos fenómenos que estudiabas con el investigador de la Universidad Nacional Americana que iba contigo a las selvas y te llevaba por diversión y afecto y que te enseñaba todo lo que aprendía en los libros y con sus hipótesis alternas y neutras y los objetivos de los proyectos de investigación que la vicerrectora patrocinaba con un presupuesto muy grande asignado para que ustedes durmieran en carpas y luego pasaran cuentas de miles de millones con los materiales de laboratorio que costaban un montón y que aún así se iba todo a un banco en otra ciudad o en otro país y él no te dejaba ni oler los billetes y por eso quisiste hacerlo por tu cuenta.
Tu primera idea, decías, fue estudiar lo mismo y, sabiendo la técnica, decidiste que podías ganarte tú ese dinero, sin intermediarios, pero no salías a colectar los especímenes ni a hacer muestreos estratificados compuesto por parcela ni aplicar el chi cuadrado ni las estadísticas estandarizadas y los cuadros MANOVA o las pruebas genéticas y fenotípicas para identificar patrones y nuevas especies, pues tú preferías descansar al costado de ese hombre de investigaciones y tuviste que cambiarte a una carrera más liviana y decirme que tus hijos se perdieron a diferentes tiempos, uno primero, el niño, y luego la otra, la adoptada, que no importaba ya, que ya nada en la vida volvería a importar, Marijuli de mi corazón, Marisol, María de las praderas calientes, praderas donde tu sol pega bien fuerte y tus ojos ya no esconden la tristeza inobjetable de llorona de pueblo que camina preguntando por su estirpe mientras tu hija va de flor en flor y mientras tú, Marisol, Mariluna, MariLina, me explicas que en un descuido puede estar la diferencia y por ahí, por ese sifón, se va la vida y no hay marcha atrás.
Soñé contigo y en el sueño soñaste también con tu hijo que te preguntaba, cual Jesús sacramentado, ¿por qué me has abandonado? Y despertaste gritando, sin ninguna voz, y era una pesadilla profunda pues no podías hablar a quien reposaba contigo, a quien llevaste a la cama una vez más, con tu cara de mimo y la soledad aplastante de quien visita la tumba de un ser querido que acaba de morir, la cara pálida del desaliento, del maquillaje blanco con doble capa de crema protectora que invita a llorar por siempre, por los otros, por los vestidos para ver un partido de fútbol en la cafetería en pleno mundial que nos dieron unas chaquetas ciclísticas blancas como uniforme, unos cortafríos delgados que eran el salvoconducto para pasar por la plaza donde los vándalos irredimibles hacían la vida imposible y de paso el paso de los transeúntes hacía el otro lado de la universidad aunque tu preferías ir por las transversales y perpendiculares de la ciudad pequeña o del pueblo grande a ir por la calle principal o la avenida y juras haber visto en uno de ellos una cicatriz en la cabeza en el mismo lugar donde recordabas que Daniel tenía la válvula y ese muchacho era un empleado de taller con su uniforme sucio, engrasado, que cuando salía de su turno paseaba con una adorable compañera hermosa que bien podría ser Nagore, la hija perdida por tu desidia, tu otro descuido prematrimonial, tu imposición perdurable, la pelea eterna con tu marido, tu mandato más odiado y podías verlos en la cancha múltiple, en las zonas verdes, en el descampado de atrás del lote donde no vuelven los novios o si vuelven llegan tres o cuatro, uno o dos más, como fantasmas deambulando, zombis de otros mundos, de otros cuentos y los viste comiendo helado de vainilla y caramelos de algodón y manzanas acarameladas y ellos muy acaramelados como si les hubieran echado encima la sustancia viscosa esa y olían a perros calientes y a refresco, a helados de azúcar del refrigerador donde tenías sus fotos de Se buscan que pegaste con cinta magnética en esa puerta de pintura blanca descascarada que daba al patio de recreo de ese lugar donde te descuidaste y perdiste por primera vez algo que no era tuyo, per se, y que tenía otros nombres porque eran tus sueños más atormentados como esos cuentos de la mexicana que intentabas imitar en clase con el ejercicio propuesto y te servia de catarsis para tu desgracia infinita, paliabas un poco el insomnio que nunca te deja soñar en paz, ni vivir en paz, ni ser feliz, ni ser la persona dulce que cantaba con esa voz prodigiosa y que iba a las funciones teatrales nocturnas y actuabas como la gringa por tu pelo rubio oxigenado que contrastaba con las cejas negras o los vellos de tus brazos, de tus axilas, tus concavidades, esos sectores íntimos de placer con la mirada de hombres que pasaron por tu cuerpo o con tu marido que te ofrecía estabilidad a posteriori y que detestaste el día que volvió tu hijo hecho ya un hombre, con tu hija y una prole inmarcesible, inconmensurable, que arrastraban cadenas de oraciones hechas, prefabricadas, y tú ya estabas bastante vieja para hacerte cargo y cansada de esperar entre este gentío, gleba irredenta, muchedumbre de perdición de un pueblo de mierda que no tiene nada que ver contigo ni tu amargura, pueblo de gente retrasada que no querías ver más porque los habías olvidado, lo decidiste hacer el día que se robaron a Daniel y que murió para ti después de esperar en vano por siglos que nunca pasaron, tiempos por venir que nunca vinieron, que nunca fueron y, por si acaso, ya no eran parte de este mundo que se fundía en los bordes horizontales, tan extraños que te parecía haberlos visto en un video musical de la onda pop o del rock industrial progresivo y enigmático de los noventas del siglo anterior, una caja fantástica de tus fantasías de niña cuando no tenias la menor idea de qué ibas a ser ni previste a dónde ibas a llegar, las mismas fantasías filmográficas que tus películas hechas en video 8 nos ofrecían y hacías de David Lynch en tu versión femenina, como gustabas etiquetarte, y veías las pelis de Bela Tarr sin dormirte y decías que eso sí que era cine de verdad y acariciabas al gato que era tu única compañía porque todos habían heredado tu abandono de tiempos inmemorables, tu desgracia, tu destino fatal de mujer enamorada, de madre indolente, desprendida, indiferente y todo por teclear ese teléfono tratando de revivir un amorío pasajero. No te percataste de que era el final: la suerte o la muerte, el ángel asesino que revela tus intenciones de conectar, por conveniencia, con todos menos conmigo y te declara, con la mayor frialdad, que tú ya estás muerta.
Y ahora prendo el televisor. Pasan una película en blanco y negro, una de detectives de TCM. No ha amanecido aún y el brillo de la pantalla me dice que debo volver al sueño, a soñar contigo, Mari de mi corazón, Mari tu nombre, Marimar, MariAmor.
José Ricardo Cobos (Colombia) escribió este cuento.



