La dualidad entre la pesadilla y el anhelo erótico
Dos cosas me llenan de un hastío siempre repetido: el delirio en el fondo de mi corazón y la noche oscura sobre mi cabeza.
Jean-Baptise Botul
Por alguna razón, Eugenia se había mudado a mi departamento y nunca se fue. Llevaba tanto tiempo que ya no sabía cuánto cargaba en la mochila al salir: si empacaba para no volver o vaciaba hasta la última basura de lápiz para regresar con novedades de la calle. Para colmo, Retana, otra ex, tenía el departamento contiguo y no dejaba pasar un sólo momento para cogerse a cuánto invitado—hombre o mujer—trajera yo al mío: esperaba a que los despidiera y cerrara mi puerta para entonces abrir la suya, soltarles un piropo, “yo le sé a las espadas y tú cargas buen sable” o “para ver pitones no hay que ir a la selva”, o “no me interesan los montes de Tapachula, pero esos montes tuyos, chula…”, y jalarlos del cuello a su interior.
(Claro que yo no les avisaba antes, ni de Retana ni de Eugenia: ¿por qué habría de hacerlo?; ¿quién en su sano juicio vive entre exes?… Lo sé, existen mil ejemplos, mil lecciones woke sobre la deconstrucción y las nuevas dinámicas de relación sentimental; pero, ¿para qué mentir?, ¿para qué mentirme? Mi situación era tóxica. Además, me concibieron panistas y eso no se quita fácilmente por más baños con jabón a la izquierda y cabello lavado con champú progresista).
“Perdón, bro, no tenía idea”, me decían todos, sin falta, al sorprenderles por la mañana siguiente. Era inevitable: la muy cabrona los mandaba fuera a la misma hora que solía irme al trabajo o a por mi café los fines de semana. Nunca volvía a llamarles y me fui quedando sin amigos.
En realidad, es a Retana a quien hubiera querido sacar de mi vida, mas los altos costos del colonialismo moderno—con sus nómadas especulaciones de oferta y demanda sobre la vivienda mexicana— me lo hacían imposible, por lo cual estaba condenado a esos noventa metros cuadrados en la colonia Juárez que me acompañaban desde tiempos universitarios. También puede que mi mal genio, mis ganas de huir, fuera más una consecuencia de la frustración sexual que padecía por el hecho de vivir con tres exes, pues, de igual forma, en ese círculo de convivencia se encontraba Inés, que si bien aún no era ex, estaba en vías de serlo.
Tal vez quien con sus ojos asimila estas líneas se pregunta por qué la frustración sexual en semejante escenario tiene que ser exactamente eso, frustrante: ¿acaso no sería un lujo vivir con tres amores distintos (llámese pasado lejano, cercano pasado y presente sin futuro), tres cuerpos cuyos fluidos tienen como común denominador el roce de mi lengua y sexo? No, no es así. Soy un tipo pasional y no puedo con más de una relación a la vez, lo cual me vuelve un bicho raro en una ciudad poliamorosa. Eugenia no habría tenido problema, eso me quedaba claro; bien se empeñaba en expresarlo (fueron por lo menos cinco propuestas para hacer un trio con Inés y conmigo, planteamientos que llegaron a mis oídos tras algunas noches de peda y mucho ruido en la sala que me obligaban a mantener el ojo despierto, esperando el agotamiento de su energía para luego dejarla dormida en el sillón, con la ventana abierta y cubierta por dos sábanas como si se tratara de mi hija—“mi hija, mi ex”, pensaba, y me decía a mí mismo que eso sonaba muy mal—; y sólo me lo proponía a mí, a pesar de que sin Inés no me deseaba; “ay, Paco, imagínate enamorarte de nuevo, qué joda”, replicó ante una única insinuación que le hiciera yo tras una breve ruptura con Inés; y sólo me lo proponía a mí, pues estaba enterada de que Inés abrazaba con fervor los ideales que la habían parido sin renegar un ápice de ellos, ideales que a lo largo de los primeros tres meses de nuestra relación confinaron al ejercicio del placer solitario a mi miembro caliente, pues así lo dictaban los mandamientos de la “gente bien”, o séase panistas de hueso colorado—como mis padres; y también sabía que no le gustaba, con infinitos argumentos facturados al silencio del discreto reproche y aguardando el fallo del Centro Nacional de Prevención de Desastres para hacer erupción, mi situación de vivienda. Aun así, Eugenia parecía tener fe cruzazulina en mis deficientes habilidades de disuasión, a pesar de conocer la negativa no una, sino dos veces: sí, así es, yo, don Pendejo, no uno, sino dos días de calentura le compré el chiste e hice la propuesta a Inés, por lo cual desde entonces, en vísperas de cumplir el mes, vivo sexualmente frustrado y cumpliendo la pena de desplumarme en solitario con la mano derecha. Y todo por una calentura con efecto de virus pandémico).
Ahora bien, el meollo del asunto que compete al presente relato es más reciente y tiene lugar entre ayer y ahora mismo.
Todo empezó cuando salí a dar una vuelta en bicicleta e, inadvertidamente, dejándome llevar por las calles, ciclovías e inconscientes ganas de ver perros en adopción, llegué al Parque México, en la colonia Hipódromo. Estacioné la bici y encaminé mis pasos a las múltiples jaulas abiertas con lomitos güeros, cafés, negros, bicolores y tricolores también; la mayoría cachorros o nomás enanos; por lo menos cuatro sin alguna pata; varios flacos, malnutridos, temblorosos y desconfiados; otros gordos, la mayoría machos, resignados al orfanato, tumbados panza abajo como cualquier otro perro, sin hacer nada especial, pensando quizás en el hijo de puta que les rebanó los huevos y las ganas de montar a otros, de sentir la adrenalina procreadora sin desvelo alguno por mantener a posibles críos, de revelar a los cuatro vientos y a su concubina o concubino la verga rosada y puntiaguda aguardando escondida en el peludo prepucio colgando entre su patas traseras, o igual y nada pensaban, resignados a existir por existir, ladrar por ladrar… Siempre me han gustado los perros: en mi natal Península aún están ese par de diminutas bestias encomendadas al refugio y compañía de mis padres y hermana; sin embargo, aquí en la capital las complicaciones para mantener a uno tienen su punto de partida en mi ausencia constante y en mi justificada codera (el salario es limitado, sin expectativas de crecimiento). Luego de varios minutos, cercana la media hora, abandoné a las futuras mascotas de alguien más (o ingrediente secreto de algún avaro taquero) y me senté a leer a Roberto Arlt en uno de los pasillos laterales del Foro Lindbergh, repasando las palabras argentinas totalmente ajenas a mi dialecto: que si otario, que si escolaza, que si requechar… Y entonces, mientras reflexionaba sobre mi finito lenguaje y en todas las dificultades para tener una vida sustentada por la escritura, un eco de voces conocidas penetró en mis oídos. Levanté el libro abierto y me cubrí el rostro con él, asomando los ojos como un soldado en trinchera, en busca de su objetivo, hasta verificar el origen de aquellas voces (en realidad risas, asimismo acreedoras de ritmos, tonos y duraciones con sello particular). A mi derecha, justo sobre la explanada del foro, caminaban en grupo Retana, Eugenia y, para mi sorpresa, Inés.
Un trovador a mis espaldas canturreaba Yo no vendo, yo no compro, así como yo no me compraba aquella puesta en escena de una tarde en Cedemequis. ¿Qué chingados hacían juntas? Cielo, tierra e infierno convergiendo en una mala novela, en un mal chiste, en un mal sueño… ¿Ahora eran amigas? ¿Acaso siempre lo habían sido? ¿No serían más bien cómplices? ¿Planeaban algo? ¿Qué planeaban? ¿Armar un complot en mi contra? ¿Exponer mis secretos? O acaso…
Las respuestas me daban altibajos de terror y de placer: las más ansiadas fantasías versus los más abismales temores, muchos de ellos patéticos, reducidos a inventos de machote con poca sapiencia y mucha industria televisiva, y que no obstante no quitaban misterio a la trama, sobre todo por Inés, sobre todo por ella, pues dejando a un lado que era mi novia, pues… pues le cagaban, ¿no? O para qué tanto pinche reclamo a que yo viviera con mujeres de mi pasado; a qué tantas caras y tantas revanchas y tanto silencio y tanta distancia y…
De pronto mi coraje se detuvo: ¿sería posible…? Nel, no creo, sería demasiado bueno… nunca se sabe, las personas pueden cambiar, pueden reconsiderar propuestas, pensé, y fue que recordé: ¿habría por fin contemplado el mudarnos juntos? Después de año y poco más, a nuestros veintiséis, ambos con trabajo e ingreso suficiente, ¿por qué no? Chance ella había tomado postura frente a tal idea, misma que le presentara yo poco antes de comentarle lo del trío, y chance por eso la pasividad del último mes. Tal vez el motivo para hablar con Eugenia y Retana fuera expresarles: “nos mudamos juntos, ahora podemos intentar ser amigas”, algo que en el caso de mi entonces roomie no habría sido problema, al contrario, me parecía agradable (siempre sentí cierta camaradería, incluso tras nuestra relación, quizás hasta con algo de sobredosis, si bien de eso apenas doy cuenta); pero el conflicto era Retana: ¿cómo habrían logrado entablar unas risas? No daba crédito más allá de una inocente aunque probable conjetura: Inés estaba marcando territorio. Como sea, me tranquilicé, cerré el libro y haciéndome al desentendido, sin ser visto, me fui.
Camino a casa, rememoré otra cosa que más tarde adiviné importante: antes de salir a dar mi vuelta, le había dicho a Eugenia que no regresaría esa noche, pues unos parientes me invitaron a cenar y, al vivir lejos, en una de esas me quedaba a dormir con ellos; sin embargo, poco rato después me cancelaron y nada le avisé… Quizás por eso le aceptó la plática a Inés, concluí. No di más vueltas al asunto.
Llegué al departamento, hice un té. Me eché al sofá a hojear una revista de cómics sobre la legalización de la marihuana que me regaló un grifo al cruzar con la bici por la Estela de Luz. Las delirantes aventuras del Dr. Pachecho y su fiel Bachamigo resultaron entretenidas hasta la séptima viñeta: luego se volvió demasiado técnico el lenguaje (el autor era abogado) y la dejé. Narraban los pasos a seguir para sacar un amparo. Yo ya tenía uno, o bueno, mi hermana, con quien solía vivir y quien dejó el cuarto libre a Eugenia para regresarse a la Península, pues había cortado con el novio y necesitaba el abrigo de nuestros viejos. En realidad, no sé si su amparo cuente para mí. Heredado o no, a lado de una ventana en la sala se mantiene viva una planta de cannabis que no da flor. Probablemente sea infértil, pensé, mientras esperaba la llegada de Eugenia para preguntarle por la curiosa reunión de la cual fui testigo en el Parque México: por más esquivo que intentara ser al respecto, me sentía intrigado.
Caí dormido. No pude precisar el momento. Ya era tarde, pasada la medianoche, cuando escuché el sonido de las llaves abriendo la puerta de entrada. Me hallaba a oscuras y aproveché para avivarme frotándome el rostro y regalando unas palmadas a las mejillas. La cerradura suele tener truco, no obstante cinco minutos solían ser un tiempo más que suficiente. Pasado el tiempo límite, parecía estársele complicando a mi roomie. La imaginé borracha. Decidí acudir a su auxilio. Prendí una lámpara, me levanté, caminé hacia la entrada…
A lo largo de mi escasa vida he presenciado muchos desconciertos, situaciones disruptivas al orden de lo cotidiano. Lo cotidiano de uno, claro; una cotidianidad peligrosa para cualquiera que se ha perdido en las corrientes de la monotonía, en la miseria del instante, en la cíclica brevedad. La imagen que a mis ojos se presentó al abrir la puerta sin duda removió la calma chicha, la tranquilidad de mis aburridas aguas, pues al abrir la condenada puerta vislumbre los labios de Eugenia acompañados de besos-mordiscos por otros símiles y muy conocidos para los míos; unos labios delgados, rosas, ya no tan panistas: era Inés. Así es: mi exnovia teniendo un momento de pasión con mi novia. Y en primera fila: yo.
La posteridad de los hechos fue mucho menos dramática de lo que podría parecer o pudiera haber sido, si bien concluiría con mi partida del departamento. Lo admito, probablemente me explayé demasiado en el cuento como para llegar a un final tan simple. Qué va. Sucedió de la siguiente manera: me vieron, se separaron, “no es lo que parece… o sea, sí, pero…”, y tras unos segundos de perplejidad, me cruzó por la mente una pregunta con aras de salvaguardar mi orgullo: ¿se habrían puesto de acuerdo para un trío?; empero, la interrogante nunca brotó, pues se resolvió por sí sola: sí, habían acordado un trío, Eugenia logró convencer a Inés, incursionarla a un mundo de experimentación sexual completamente desconocido, hasta entonces impensado para ella, como coger con otra mujer. El único gran detalle era que yo no estaba contemplado para formar parte de la dinámica: como emulación a una perfecta sincronía de nado chino, Retana entró a cuadro semidesnuda, con un tapón anal en una mano y en la otra un enorme dildo que sin duda me sobrepasaba. Luego segundos de silencio… Y reí. Reí por nervios, por enojo, por locura. Reí por reír: ¿qué más podía hacer? Sólo una cosa supe: mi relación con Inés había terminado.
Y así, sin dar muchos más detalles, llego al ahora, a este caluroso momento en una noche de abril, desnudo en la silla frente al escritorio del cuarto de visitas en casa de un primo con quien hace años no hablaba, escribiendo para desquitar o para contar, o nomás por escribir. Mañana buscaré nuevo departamento. Tal vez renuncie a la chamba y me regrese a la Península. Estoy confundido. Algo excitado. Asustado por mi obscena descripción de la intimidad de un perro. Por el ruedo de mis ansias también.
Este cuento fue escrito por Alonso Millet para Perpetuo



