i.
—Oiga, ¿usted está muerto?
Teófilo bajó la mirada hacia sus manos. Eran largas y huesudas, enrojecidas por tantos años bajo el sol. No parecían las manos de un hombre sano, pero estaba seguro de que eran carne viva. Engurruñó los dedos como si apretara un par de frutas invisibles. El dolor pasó rápido por cada una de sus falanges, lanzando una punzada que lo sacó de toda duda.
—No.
—Es que se supone que los muertos ya llegaron, pero no he visto a ninguno.
—¿Cómo sabe si son muertos o no?
—Supongo que están más pálidos que uno. Más flacos o descompuestos.
—¿Tan mal me veo?
—No, no. La verdad ni sé cómo se ve un muerto.
El hombre era ancho, de cabello ensortijado que se le desvanecía en las sienes y rumbo a la punta del coco. Le faltaban varios dientes, y sus ojos eran de un azul lechoso que, a la poca luz de la cantina, se podía confundir con el gris. Tal vez este sí está muerto y no lo sabe, pensó Teófilo, pero abandonó esa idea de inmediato. Se veía demasiado ansioso para ser difunto. Y más aún para ser difunto de este pueblo al que sus muertos llegaban a celebrar.
—Oiga, ando buscando a una mujer –dijo Teófilo.
—¿Ah sí?
—Sí. Es chaparrita, de hombros gruesos y cadera ancha. Debe traer el pelo muy corto, casi como una gorra que se le pega a la cabeza. Una gorra negra, con rayas de gris.
—Yo también ando buscando a alguien, pero…
Los ojos del hombre se desviaron hacia el lado opuesto de la cantina. Se puso de pie, dejando a Teófilo sentado en la barra. Teófilo lo vio acomodarse en una mesa junto con otros hombres, de los que distinguía sólo la curvatura de sus espaldas, la orilla de sus sombreros y el destello de sus vasos contra finas franjas de neón. La cantina estaba prácticamente vacía. Sólo había unas cuantas mesas ocupadas por cuerpos encorvados y a medio iluminar. Teófilo le dio un último trago a su vaso y salió.
Apenas eran las dos de la tarde, pero el sol ya apuraba su camino al horizonte, irradiando una luz mortecina que afilaba las sombras y cubría las casas, los caminos y los polvos del pueblo con un manto cenizo.
Teófilo llevaba más de seis años sin poner pie en San Tristán de Xólotl. Cumplidos los veinte, agarró un morral, trepó a la cajuela de una camioneta y se dejó llevar al otro lado, donde encontró trabajo, independencia y ratillos de diversión. Había vuelto a San Tristán en la mañana del 1 de noviembre, horas antes de que arrancara la Kermés de los Fieles Difuntos.
La Kermés era un evento relativamente nuevo, pero el municipio había invertido mucho en los últimos tres años para promoverlo como uno de los atractivos turísticos más cautivadores de la temporada. La tarde del día primero, antes de que el sol diera paso a los vientos fríos del monte, los muertos regresaban, tan visibles y tangibles como cualquier vivo, para comer, beber y bailar entre propios y extraños. La fiesta se extendía toda la noche y hasta las primeras luces del día dos. Era un milagro único de San Tristán, hasta donde se sabía; un favor concedido por la Muerte, sin razón conocida, a los difuntos de este pueblucho levantado sobre los polvos secos del norte de México.
Teófilo caminó cinco cuadras de la cantina hacia la plaza principal, donde encontró mucho más movimiento que en el resto del pueblo. Había gente colgando metros y metros de papel picado, colocando macetas con flores de cempasúchil en las orillas de la plaza y llenando mesas largas con veladoras, piezas de pan de muerto, calaveras de azúcar y chocolate, dulces de camote y de caña, más papel picado, más flores de cempasúchil y botella tras botella tras botella de tequila, mezcal, cerveza y vino. Habría sido una ofrenda deslumbrante, pero el sol de esa tarde hacía que todo palideciera bajo su luz. El cempasúchil, cuyo color es un complemento exquisito de cualquier atardecer, emanaba un amarillo de tono enfermizo. Los dulces parecían cubiertos de un polvo gris. Hasta las botellas, que suelen aparentar frutas de joyería fina, daban la impresión de haber sido rescatadas del escombro.
Una mujer alta y muy delgada, con una libreta en la mano, apareció a un costado de Teófilo. No cabía duda de que se trataba de una trabajadora municipal. Ella lo examinó de pies a cabeza, acomodando sus lentes, como quien busca una mancha o una señal.
—Su nombre, por favor.
—Teófilo Olivares.
—¿Vivo o muerto?
—Vivo.
—¿Trae alguna identificación?
Teófilo entregó su INE a la mujer, que lo examinó con un par de ojillos negros que parecían encojerse con cada renglón que leía. Satisfecha, hizo una nota en su libreta y devolvió la credencial.
—Bienvenido, señor Olivares. Todavía faltan un par de horas para que comience la Kermés. Le recuerdo que hay que mantener una sana convivencia con los difuntos.
—Sí, sí… Oiga, ¿ahí anota a todos los que llegan?
—Es nuestra lista de control, sí.
—¿Sabe si ya llegó una Amapola? Amapola Olivares. Es mi hermana.
La mujer hojeó la libreta, pasando y repasando páginas.
—¿Viva o muerta?
—No sé…
Teófilo esperaba una mirada extrañada, pero no. La mujer siguió buscando entre las páginas de su libreta. Eventualmente, la cerró.
—No encuentro su nombre, lo que significa que no ha llegado.
—¿Hasta qué hora llegan los muertos?
—Ya hay algunos por aquí, aunque casi todos comienzan a llegar pasadas las seis. Tienen todo el resto de la noche y la madrugada para entrar, así que no hay prisa.
Teófilo asintió, bebiéndose la información. Sin más que decir, la mujer se despidió con un gesto de cabeza y se perdió entre la ofrenda. Mientras la veía alejarse, consideró darse una vuelta por el pueblo. Quizá me encuentre a Amapola, pensó, o a alguien que la conozca, alguien que la haya visto. Sin embargo, ver tanta botella sobre las mesas de la ofrenda le reactivó la sed.
Caminó de vuelta a la cantina. Apenas atravesó el umbral de la puerta, un par de policías municipales emergieron de entre las mesas. Llevaban a un hombre cargado de ambos brazos, las puntas de sus botas pataleando el aire a unos quince o veinte centímetros del suelo.
—¡Cálmese cabrón, o nos lo chingamos aquí mismo! –dijo uno de los policías al hombrecillo.
—¿Y qué chingados van a hacerme si ya estoy muerto?
Teófilo se hizo a un lado, dejando a los tres hombres salir de la cantina, hacia la tarde blanca. Adentro, un grupillo de personas formaba un círculo junto a una de las mesas. Teófilo se acercó, incorporándose al grupo. En medio de todos, tirado boca arriba en el suelo, había un hombre de cabello escaso y ensortijado, con ojos de un azul lechoso que parecía ser gris. Un charco de sangre salía por debajo de su cuerpo, expandiéndose hacia los zapatos a su alrededor.
—¿Qué pasó? –preguntó alguien.
—El cabrón ese que acaban de llevarse lo apuñaló. Por lo que entendí, este güey le mató a su primo y el otro vino a cobrársela.
El cadáver yacía con las piernas y los brazos bien abiertos, como preparándose para recibir el techo de la cantina con un tremendo abrazo. Había aún menos luz, por lo que era difícil distinguir las heridas en su vientre y en su pecho.
—Eh, ¿que este no estaba muerto ya?
—Capaz y sí.
—Pero los muertos no sangran, ni se mueren.
El charco de sangre continuó extendiéndose, reptando por debajo de zapatos, botas y tenis hacia las patas de las mesas y sillas alrededor. Era de un color oscurísimo que recordaba a la boca de un pozo vacío. Sobre su superficie parpadeaban hebras de fantasmagórico neón.
ii.
—Esta noche todos comemos, bebemos y bailamos por igual. Esta noche celebramos los placeres de este mundo y las glorias del siguiente. Esta noche, en San Tristán de Xólotl, da lo mismo estar vivo que estar muerto. ¡Bendita sea la Vida, y bendita sea la Muerte! ¡Injustas, malditas y cabronas las dos! ¡Que comience la Kermés de los Fieles Difuntos!
Vítores y aplausos. Luego música.
La Kermés arrancó propiamente a las ocho de la noche del día primero. El presidente municipal, rodeado de un manojo de sus funcionarios y en presencia de uno de los sub-sub-secretarios de Turismo del gobierno estatal, inauguró la fiesta desde la plaza principal de San Tristán de Xólotl, trepado en una tarima tambaleante ante una multitud de poco más de tres mil cuatrocientas almas.
Teófilo se dejó arrastrar por la multitud hacia las mesas de la ofrenda, pensando que si Amapola había llegado, estaría precisamente ahí. La ofrenda se veía mucho más radiante que bajo el sol de aquella tarde. Las flores proyectaban un fulgor propio, de flama; los dulces se notaban más coloridos y azucarados; y el alcohol brillaba en los vasos y botellas como agua diamantada. Era como si la luz de las veladoras, o la de la luna llena, o el propio manto nocturno cubriera a todo San Tristán con su barniz.
Todos comían y bebían con la misma alegría y avidez. Teófilo observó sus caras, muchas de ellas cubiertas con máscaras de calaca, diablito o animal. Vio jaguares, bueyes, perros y murciélagos; aves de rapiña e insectos de ojos múltiples. Había un hombre grueso y bien vestido, encorbatado y con una camisa blanca que remarcaba su redondez. Su cabeza era la de un cocodrilo, su hocico petrificado en una sonrisa prolongada e insaciable.
Teófilo dio varias vueltas a la ofrenda, observando los rostros tan detenidamente como pudo, examinando cuerpos y vestimentas. Pero no encontró indicio alguno de Amapola. Tal vez sigue viva, pensó, y sintió la idea como una puñalada en los interiores de su estómago.
Cansado de merodear la ofrenda, Teófilo fue a sentarse a una de las banquetas elevadas que rodeaban la plaza. El resto del pueblo quedó prácticamente abandonado. Todos –vivos y muertos– estaban acumulados en la plaza, atragantándose frente a las mesas de la ofrenda o bailando en las calles alrededor. Entre el fulgor de las veladoras y el cempasúchil, el centro de San Tristán parecía una colosal fogata que intentaba imitar a la luna, inflada y encendida en el cielo…
—¡Teófilo!
Giró la cabeza, buscando la voz por encima de su hombro. Detrás de él, recargado contra una pared, había un hombre de gorra roja y brazos de mecate seco.
—¿Don Gaspar?
—¡Milagro, chamaco! ¿Qué haces por acá? –dijo el hombre, separándose de la pared y tomando asiento junto a Teófilo–. No me digas que ya te mataron.
—No… ¿A usted sí?
—¿Parezco muerto?
Teófilo examinó el rostro de Don Gaspar. La gorra, sin embargo, le velaba los ojos, dejando ver sólo un trazo de labio reseco entre mejillas socavadas. El resto del cuerpo, incluso bajo la ropa, se marcaba como un hueso roído por el polvo y el sol.
—Pues yo lo veo igual que siempre.
Don Gaspar soltó una carcajada corta, pero que quedó colgando por varios segundos entre los tonos siniestros de las trompetas y el acordeón.
—Si no estás muerto, ¿qué haces acá?
—Ando buscando a Amapola. ¿Se acuerda de ella? De mi hermana.
—Chaparrita y caderona, ¿no? Mayor que tú.
—Sí.
—La vi el año pasado. Se me hizo raro que anduviera por aquí. Creo que hasta la saludé.
—¿En la Kermés? ¿La vio en la Kermés?
—No, no creo. Fue… ¿O sí?
A unos metros de donde estaban sentados, se abrió en la calle un círculo de personas, casi todas ellas enmascaradas. Bailaban y aplaudían. Y en medio de esa pequeña celebración estaba el hombre con cabeza de cocodrilo, zapateando la calle y haciendo trucos con un largo bastón.
—Se pone buena la fiesta, ¿no? Ni parece que estamos en San Tristán.
—¿Entonces sí la vio? ¿La vio viva?
—Se me hace que sí…Aunque en este pueblo da lo mismo, ¿no? Estar vivo que estar muerto.
—No me diga eso, don Gaspar.
—¿Y qué más te puedo decir, mijo? Por algo te saliste, ¿no? Y tu hermana también.
—Pero me dice que volvió. ¿Sabe a qué vino, a dónde fue? ¿Andaba sola? ¿La vio salir del pueblo?
Don Gaspar tenía la mirada fija en la multitud que se abalanzaba sobre la ofrenda. La luz de las veladoras le llegaba hasta el costado del rostro, escabulléndose por debajo de la gorra y encendiendo un anillo en la cavidad de sus ojos.
—Mira como comen los muertos.
—Don Gaspar.
—Uno se muere pensando que ya no sufrirá; que no habrá más hambre, que no habrá más sed.
—Don Gaspar, por favor. Necesito que me diga si vio a mi hermana.
—Pero míralos nada más.
—Se lo suplico.
—¿A poco de eso se trata morir? Sentir hambre y sed por la eternidad.
—Don Gaspar…
El hombre-lagarto había clavado su bastón en el suelo y bailaba en torno suyo al ritmo de los aplausos y pisotones de los demás. Sus escamas, filosas como escuadrones de colmillos, se encendían bajo el ojo ensangrentado de la luna.
—Ahorita vuelvo. Tengo sed.
Don Gaspar se puso de pie y atravesó la calle, rumbo a la plaza, hasta perderse entre las luces de la ofrenda. Teófilo se quedó ahí sentado otro rato, sintiendo el entramado de ramas y espinas que se había adueñado de su pecho.
En la calle, entre la multitud, el hombre-cocodrilo seguía bailando en torno a su bastón. Un cráneo de perro adornaba la punta del palo: las fauces bien abiertas, petrificado en lo que bien podía tomarse por una risotada o un aullido final.
iii.
La trabajadora municipal pasó hoja tras hoja tras hoja de su libreta. Teófilo alcanzó a ver algunos de los nombres, en columnas y a tinta negra, volar ante la luz de las veladoras.
—¿Cómo dice que se escribe?
—Pues como suena: Amapola.
—¿Seguro que no hay alguna H extraña por ahí?
En la noche, la trabajadora municipal se veía aún más alta y delgada. El vestido largo la hacía ver como una fibra de humo oscurísimo, y sus ojos, incrustados en un rostro descolorido, eran un par de piedrecillas negras que se proyectaban hacia los abismos del horizonte.
—Nop. No está.
—¿No se le habrá pasado? Hay muchas personas.
—Discúlpeme, pero yo hago muy bien mi trabajo. Todas las personas que asistieron a la Kermés, fuereñas y locales, vivas y muertas, están anotadas aquí –dijo la mujer, y picoteó las hojas de la libreta con su pluma–. Si su nombre no está en esta libreta, es porque no llegó.
Teófilo vio el reloj en su muñeca: faltaban veinte para las tres. La luna seguía radiante y agarrada a la cúspide de la noche, pero ya se sentían los vientos helados que auguran el resurgimiento del sol.
—Todavía hay chance de que llegue, ¿no?
—En teoría. Pero es raro que los muertos, y los vivos, vengan pasada la una. La comida y la bebida se acaban rápido.
—¿Y si no llega?
—Si es muerta de este pueblo, va a llegar. No le queda de otra.
La plaza del pueblo seguía atiborrada, pero mucho menos que al arranque de la Kermés. A la ofrenda le quedaban sólo unos cuantos dulces y panes pellizcados, y de las botellas no había ni rastro. La gente se había esparcido hacia el resto de San Tristán, armando bailecitos en calles y callejones, o buscando más elíxires en la cantina.
Teófilo se echó una vuelta por el pueblo. Aún tenía la esperanza de encontrar a Amapola bebiendo, bailando o deambulando entre la multitud. Recorrió las calles atentísimo al más leve resplandor de su silueta, al eco más tenue de su voz.
Vagó por poco más de una hora, pasando como nube frente a grupos que bebían y bailaban, sus rostros y máscaras barridos por la lumbre trémula de las veladoras. Sombras largas y filudas se adueñaron de las casas y caminos de San Tristán, rebanando su geometría y amenazando con lanzarse a acribillar el cielo.
Sin planearlo ni quererlo, Teófilo terminó frente a una casa de techo aplanado y portón negro. Incluso de noche, con poco alumbrado y alejada del fulgor de las veladoras, podían discernirse el rojo y amarillo en los muros de su fachada. También se notaban, más claros que cualquier color, los boquetes que quedaron en la pared que daba a la calle. Eran huellas comunes en las casas de esa cuadra.
Teófilo metió la mano en su bolsillo y sacó unas llaves. Eligió una de las varias que colgaban del llavero y la insertó en el candado del portón. Giró, pero la llave se trabó a mitad del movimiento. Probó con otra, que también se trabó. Lo mismo sucedió con una tercera, una cuarta y una quinta.
Se asomó a través de los barrotes del portón hacia una ventana. No había luces encendidas en toda la casa, pero logró atisbar los indicios de una mesa, respaldos de varias sillas y una alacena. La memoria le soltó aromas de carne ahogada en salsa de tomate y chiles rojos. Luego le llegaron ecos de una voz aguda, tierna, con picos roncos cuando gritaba, cuando reía. Amapola. Estaba casi seguro de que así sonaba. Pero un hilo de duda no lo dejaba en paz. Son muchos años, pensó. Se la están llevando poco a poco. Al rato ni el recuerdo me van a dejar.
Teófilo sintió frío y el peso del cansancio en su cabeza. Luego sed. Mucha, mucha sed. Dio media vuelta y echó a andar hacia la cantina por la calle principal del pueblo, donde el hombre con cabeza de cocodrilo daba vueltas a su bastón como a una hélice, brincando y zapateando al son de los aplausos y chiflidos del público más grande de la Kermés.
La cantina estaba a reventar. Teófilo apenas encontró un lugar en la barra, donde se sentó a beber vaso tras vaso tras vaso de mezcal. Ahí se quedó un rato, absorbiendo el plácido calor en su garganta y resignado a la pronta salida del sol.
—Teófilo.
La voz le llegó lejana, apenas un fino silbido entre el ruidazo de la cantina. Sin embargo, el sonido de su nombre volvió varias veces, con más y más claridad.
—Teófilo.
—Teófilo.
—Teófilo.
Miró por encima del hombro. Había demasiada gente, muy poca luz. Pero pudo distinguir, a cuatro o cinco pasos de donde estaba sentado, la silueta de una mujer. Chaparrita, caderona, de cabello cortísimo, casi pegado al cráneo.
—¿Amapola?
Teófilo se puso de pie y, con muy poco cuidado, se lanzó con los brazos abiertos hacia la mujer, atrapándola en un desesperadísimo abrazo.
—Amapola, hermanita, ¿eres tú? ¿Eres tú? ¿Estás viva? ¿Estás muerta? ¿Qué te pasó?
—¡Quítate, pinche borracho!
Teófilo sintió un rodillazo en el estómago y un par de manos pequeñas que lo empujaron contra la barra.
—Eh, ¿qué chingados? Lety, ¿quién es este?
El hombre emergió de entre el ruido y la gente. Era largo como un colmillo, y en su cara llevaba la jeta de un puerco enrabiado.
—No sé –respondió la mujer–. Un pinche borracho que se me echó encima.
—¿Ah sí? ¿No será uno de tus exnovios?
—No, mi amor, a mí qué chingados me van a ver con uno de estos. Anda bien estúpido ya.
Teófilo intentó enfocar la mirada en el rostro de aquella mujer, pero la borrachera le movía todas las formas de lugar. Sus ojos captaron una mancha morena que se deslizaba entre culebras de neón; nada más.
—¿Amapola?
—Eh –dijo el hombre, agarrando a Teófilo de la solapa y remachando su espalda contra la orilla de la barra–. ¿Sabes quién soy, cabrón? Varios vinieron a esta fiesta por mí. Un cañón resplandeció en la cintura de aquel hombre. Teófilo le encontró los ojos, bien hundidos en su máscara de jabalí. Eran de un amarillo fatal, como dos fogonazos de pistola.
—Mi hermana... ¿Dónde está mi hermana?
—Quién sabe, pero te doy hasta diez para que te largues de aquí. Uno… dos…
Teófilo se abalanzó hacia la entrada de la cantina. Corrió con el cuerpo encorvado y la cara demasiado cerca del suelo. Alcanzó a levantar la mirada por un instante, esperando ver una confusión de rostros y de máscaras. Pero encontró sólo ojos, una cripta a reventar de ellos, cada uno resplandeciendo como luna fusilada.
Salió. El cielo seguía oscuro, pero del horizonte ya emergían los cabellos iracundos del sol. Echó a correr hacia la calle principal del pueblo. Cuando llegó, encontró a la Kermés completa en procesión rumbo al arco que marca la entrada de San Tristán. Al frente de todos iba el hombre-cocodrilo, marcando el paso con su bastón. Las primeras luces le dieron de lleno en el hocico abierto, iluminando sus dientes ennegrecidos por el festín y lo que parecían el domo y los ojos de un cráneo que asomaba, melancólico, desde el fondo de su garganta.
Todos marcharon detrás del lagarto; se dejaron devorar por el amanecer. Teófilo se quedó a solas, abofeteado por los polvos de la mañana y mirando la salida del sol. No había un alma en las casas, ni en los caminos, ni en la cantina de San Tristán de Xólotl. Fue hasta las diez en punto que los trabajadores municipales llegaron a limpiar.
César Cantú nació en Monterrey. Es periodista de datos. Vive en Ciudad de México.





