«Yo me quedo callado:
¿de quién podía hablar?»-Intermitencias del oeste (2), Octavio Paz
Hay solo una certeza en nuestra vida: su naturaleza incierta. Es, en realidad, un principio ancestral; lo venimos cargando desde hace varias décadas—quizá, desde el alba de la humanidad—. En cada ocasión, cual camaleón, se presenta con nuevos detalles. Un mismo color que va cambiando; por más que se preserve, ha de esclarecerse u opacarse. Sigue, sin embargo, siendo el mismo rojo o azul de un principio. Lo impredecible permanece a nuestro lado como ángel de la guarda o demonio embrujado. Escaparnos de él es difícil—imposible, inclusive. A nuestra especie, aún cuando se manifieste de formas alternas, la incertidumbre sigue pegándole. No podremos amaestrarla; el entenderla es un tanto más probable.
Lo que sigue es justo eso: un intento por comprender la incertidumbre y, al hacerlo, esclarecer la naturaleza humana. Aunque, para lograrlo, me veo limitado en vehículos. Puedo hablar, de manera escasa, de los tiempos en que vivo, aquellos pocos que me preceden y a sus gentes conozco, así como lo abstracto a lo que inevitablemente caeré. Pero, si tengo interés en este tema, nace del presente y no del pretérito; de una creencia sincera que las incertidumbres dominan hoy más que nunca y antes entender el pasado nos guiaba al presente, hoy el presente esclarece el pasado. Si hay un sendero hacia lo incierto, inevitablemente desemboca en mi generación. La generación de la zozobra, donde todo aflige y en sus pesares hemos de definirnos.
Aunque los tiempos de antaño suelen ver a los de ahora con desdén, no les guardo rencor alguno. Inclusive, dedicaré gran parte de este ensayo a entenderlos con el mismo afán con que busco entenderme a mí y a mis contemporáneos. Sigo un orden escasamente cronológico, mas no por ello de lógica. Pues, si algo veo con sinceridad, es que la genealogía de la incertidumbre, así como los árboles en que familias solemos representar, dependerá más de las hojas del ahora que de los troncos del ayer. De tenerme paciencia el lector, verá que hoy la incertidumbre—que siempre ha sido norma—se ha vuelto rey. El pasado ha sido tan cruel con los tiempos de ahora, que no hace más que criticar nuestras conductas. Algo cínico, como espero se demuestre. Lo único que hace mi generación de cristal es forjarse con los mismos fuegos de lo incierto.
Entonces, a modo de advertencia, diré que esto no es un tratado filosófico, aunque tendrá algo de filosofía. Tampoco es un ensayo de historia, aunque bastante de ella viene incluida. Son meras observaciones del ayer en esperas de entender las aflicciones que nos causa el ahora. Si requiere de definición, es una descripción de la incertidumbre con un motivo claro: escapar de sus garras y darle, por lo menos un aire de certeza. Pues puede que nunca controlemos el caos, pero al menos podremos entender su existencia. De así hacerlo, estaremos más cerca de entender a la generación que pertenezco y las que me son aledañas—generación x, millennials, generación z—. En ello, espero, veamos nuestras similitudes con el pasado y reconozcamos, con sinceridad, los escasos puntos de nuestras diferencias (tanto nosotros con ellos, como ellos con nosotros). Somos un árbol genealógico, y, para llegar a sus hojas, son muchos los pesos que hemos heredado y cargamos con nosotros.
No es necesario, en primera instancia, decir nombres para afirmar que la vida se basa en incertidumbres—aunque a los nombres, y a la genealogía, pronto llegaré—. Si hemos de nombrar algo, que sea el concepto mismo. El primer error de la filosofía es hablar como si todos tuviéramos el mismo objeto. Terrible fundamento para una disciplina. ¡Cuán crueles son las palabras y en cuantos engaños, por ellas, nos metemos! Si hoy digo «perro», por ejemplo, uno de ustedes pensará en un schnauzer, otro en un pastor alemán; yo, a mi vez, en una cocker spaniel que tuve de pequeño y, en mi mente lozana, puse «Manchas» de nombre. Lo mismo pasa con todas las palabras; muy certeramente con conceptos abstractos como lo «incierto». Para evitar confusiones, hemos de definirlo con términos concretos.
Afortunadamente, no hay mucho que temer en este caso. Aquel presentimiento que nos viene al ver sus tres sílabas tiene algo de correcto. No hemos de variar tanto como en razas caninas; estamos lidiando con un sentimiento. Así que seamos breves, como nos sugiere la intuición. Lo incierto es aquello que yace fuera de nuestro control. Aquello que no podemos predecir, aún si quisiéramos hacerlo. Va, en contraste directo, con lo cierto, sin llegar a ser antónimos. Y esto último importa de más. Lo cierto no es solo lo que conocemos; es también lo que es. Aquellas cosas que existen y de su existencia tenemos un gran nivel de confianza. Mas lo incierto, por su parte, no es aquello que «no es»: a eso es lo que llamamos «falso» o, quizá a un nivel más esotérico, lo «inexistente». Nuestro concepto es más complicado. Lo incierto sí existe, pero está fuera de nuestro control. No lo podemos decir con confianza y, por ello, le damos otro nombre a la cuestión.
Si imitamos a los filósofos de antaño, podemos imaginar lo incierto como el estado primerizo de la vida. Nuestra genealogía, entonces, inicia con una gente teórica; el Adán y la Eva de nuestro cuento. La existencia de lo incierto, para ellos, es evidente e inevitable. Todo lo que se van encontrando les es incierto. No podía ser de otra forma. Lo incierto viene precargado en nuestras mentes. Es una categoría con la que entendemos, por vez primera, el mundo en que nos vemos arrojados—robándole frases a existencialistas hace mucho muertos; o a matemáticos austriacos que nadie lee—.
Dejemos a la filosofía a un lado. ¡Veamos andar a nuestros ancestros! Observemos como se encuentran con lo incierto. Asustados de los colores, andan por vibrantes jardines prehistóricos; temerosos del frío o calor, descubren cómo abraza esa extensión suya que hoy llamamos «piel». Las gentes primeras, salidas de un útero sin tiempo, llegan con mentes vacías. Todo en sus jardines edénicos les es desconocido. Por ende, su constancia, les es incierta. No saben si las hojas verdes serán así siempre o si el sol radiante saldrá después de haberse desvanecido. Todo les es un misterio. La vida misma les es incierta, en ese principio, carecen de formas para hacer certeza.
En pocas horas, sin embargo, ese estado de la naturaleza se irá desvaneciendo. Lo incierto irá muriendo; algo vendrá que sea certero. A esos puntos blancos sobre el negro infinito llaman «estrellas» y saben que saldrán cada noche al irse la luz del día. A aquello que nuestra boca produce sin cesar, llamarán «saliva» y su ausencia indica problemas. Así, lentamente, el conocimiento entero de esos seres primerizos se irá caracterizando en dos grupos: aquel que tenemos por certero y el que nos evade por incierto. Van haciendo leyes que rigen, en su mente, el mundo que los rodea. Van matando lentamente, la incertidumbre abrumadora que llegaba a consumirlos.
Con los siglos, que suceden a los meses que, a su vez, sucedieron a los días, vendrá más de aquello que llamamos sabiduría. Podremos predecir los tiempos para una buena cosecha e, inclusive, usaremos los vientos para aventurarnos a tierras distantes—nunca realmente nuevas—. Lo incierto, que antes dominaba, se irá recluyendo en castillos asediados por la curiosidad humana. Pero, por más que derrotarlos queramos, nos han de repeler con sus muros eternos.[1]
No se va la incertidumbre; sigue siempre presente. Mientras más logran nuestros ancestros hipotéticos amaestrar lo predecible, es aquello indeterminado que consume sus mentes. De encontrar paz con ello, es solo en una tregua para reconocer su existencia o con la osadía de proponer una explicación. Eso hacemos al enfrentarnos con los muros de sus castillos inciertos: o los dejamos tranquilos o entramos sin invitación.
Quizá sea preciso dar un ejemplo que ha de ir y venir en lo que sigue de este ensayo. El concepto que más nos elude y con cuyos muros inmensos siempre peleamos. Es la muerte, claro. Y en ella vemos el ejemplo de todo lo que la incertidumbre nos significa.
Ninguno sabe, con certeza, lo que depara a nuestro ser cuando cierre los ojos por vez postrera y se adentre a una vida alterna—o a la falta de ella; o a su nuevo comienzo—. Mas, en la ausencia de certeza, viene una obsesión inquebrantable. Pasamos tiempos interminables, ponderando en aquello que no sabemos. De ahí habrán nacido las religiones primerizas: para explicar la muerte tan incierta y abrazarnos ante el prospecto mortífero que se nos viene. Son nuestra manera de entrar a la fortaleza enemiga y plantar un árbol falso de certidumbre en tierras de lo incierto. Platón, en voz de su maestro, ya sabía que esa incertidumbre era insoportable. Al crear su república soñada—la monstruosa Kallípolis— tuvo que inventar, para la estabilidad de todos, un mito de inframundos que nos hiciese creer en la justicia. Lo mismo, podemos pensar, hizo Dante con su Divina Comedia al darnos un mapa conciso de la vida que nos sigue. Un sentimiento similar veo en Voltaire con su famoso aforismo: «si no existiese Dios, sería necesario inventarlo». Eso aplicado al inframundo. Es tal la presión que la muerte nos causa, que de no haber un cielo, hemos de inventárnoslo.
La alternativa ante la muerte es Montaigne, que reconoce el camino no recorrido. En lugar de adentrarnos en la ciudadela protegida, nos pide dejarla de lado. Reconocer que lo incierto es certeramente incierto y seguirnos moviendo como si nada hubiera pasado. Pues, «pensar en la muerte es ilógico, ya que estando vivos no estamos muertos y estando muertos, ya lo estamos». Nada importa la muerte si podemos hacer la paz con el hecho de su incómodo misterio. Como dirían los españoles: «A tomar por culo».
Independientemente de la estrategia que usemos, prevalece la naturaleza incierta de la muerte como algo incómodo, contra el cual nos definimos. Para dar citas nuevamente, aunque tal vez poco agreguen, fue Heidegger el que nos lo puso claro al decir que el humano es un «ser-hacia-la-muerte»; nuestro andar hacia eso que es incierto nos hace ser nosotros mismos.[2] Es, quizá, la incertidumbre de la que nunca logremos escapar. Los demás muros tienen grietas, mas el de la muerte no lo podemos penetrar. Importa poco el camino que recorramos; lo importante es que tomamos un camino.
Dejemos, ahora, lo que es abstracto para adentrarnos en lo real. Ya tenemos claro que nos pesa la incertidumbre, ahora veamos cómo se ha de manifestar en el tiempo que nos es aledaño, esperando llegar al presente que prometí examinar. Cada generación batalla con una incertidumbre propia. Y, por muchos de los siglos, es precisamente la muerte la que más nos llega a pesar. Pero, como estamos en temas de incertidumbres, no puedo hablar con precisión de aquello que no conozco. Ya es suficiente con haberme adentrado en mundos de teoría como para hablar de incertidumbres del pasado que ni siquiera tengo por cierto que fueran inciertas. Esto no es una historia de la incertidumbre, después de todo. Es una genealogía escasa de la emoción que nos evoca.
Así que iniciaré con el tiempo más remoto que tengo disponible: el de mis abuelos y las historias que me solían contar. Pronto veremos que ellos, a su vez, son un arquetipo para el pasado distante. Hablo, por generalizar, del principio del siglo XX; tirándole más a los años 20 que a otra cosa. Los eventos definitorios en sus vidas fueron tres y de ellos emana la incertidumbre de su generación. Primero, la Gran Guerra que conmocionó a Europa tras la muerte del Archiduque austrohúngaro en Sarajevo. Segundo, el periodo de quietud inestable que siguió al tratado de Versalles, cuando las heridas de la guerra seguían sangrando y el miedo a otro enfrentamiento permanecía latente sobre sus conciencias. Por último, la desgraciada conmoción de una Segunda Guerra Mundial de mayor escala e indescriptible destrucción.
Mis abuelos, así como los humanos teóricos en nuestro mundo edénico, tenían la misma incertidumbre sobre la muerte. Seguían sin saber cuándo iban a morir o el cómo que precedería a su fin. Pero, la guerra como presencia latente les dio una certeza mayor a cambio de una incertidumbre enorme. Al darse la bala fatídica de Gavrilo Princip, o las órdenes megalomaníacas de Hitler, el continente Europeo entero—y grandes partes del mundo—cayó presa de la guerra. Sabían que miles habrían de morir; que quizá ellos morirían. Pero, a su vez, perdían toda estabilidad que el futuro prometía. La certeza de un empleo bien pagado o de que la escuela seguiría dando clases desapareció por completo. Existía un mañana, pero el contenido de ese futuro era desconocido. Podrían llegar, de la nada, tanques enemigos al pueblo propio o, de los cielos, caer bombas bélicas que la vida nos arrebataran. Para ellos, la incertidumbre se manifestó como un miedo bélico constante. Al terminar las guerras europeas—con ciudades destrozadas y cicatrices en la memoria—vino el especular sobre una tercera. El recuerdo de tanques punzaba las paredes del pensar haciendo tensiones para el presente. ¿Caerá de nuevo Alemania? ¿Lloverán más bombas sobre el mundo? Aún en paz, se vivía el temor a la guerra.
He aquí la primera incertidumbre generacional: saber la causa probable de una muerte pero perder, en el intento, la certidumbre qué vendrá hasta que la guerra termine, Una incertidumbre temporal, pues las guerras terminan. Aunque, claro está, sobrevive como ese sentimiento de desconfianza que perdura entre ellos. El pensar que todo puede cambiar de un día para otro aún si el final es certero. Una generación de la melancolía; soñando lo perdido y sabiendo que nunca volvería la certeza de un mundo en paz.
Por ello, el arte postguerra adquiere un tono depresivo. Los dadas e infinitos ismos. Buscaban, en la creación, reflejar la conmoción de su época y dar esperanza de algo mejor. Ahí me vienen recuerdos de Beckett y su infame Waiting for Godot, donde todo es confuso; nada tiene sentido. Mas se sabe, con certeza, que los personajes esperan a un tal Godot, aún si Godot no llega nunca.
El tiempo, sin embargo, sigue moviéndose. Lo que a unos fue incierto, para los que sigue ha de ser certero. Es justo de los últimos días de esas guerras que se forjaría una nueva generación de dudas. Entonces, mientras el mundo cubría sus heridas con vendas de polarización, vinieron nuestros padres a nacer. Y, con ellos, vino un invento que el mundo entero llegaría a conmocionar: las bombas fatídicas sobre Nagasaki e Hiroshima que armarían un conflicto eterno. Los soviéticos, sin perder tiempo, comenzaron sus armamentos nucleares para dejar sin monopolio a los Estados Unidos. Siguen los británicos, franceses y chinos. El mundo en miedos de guerra se cubre con ojivas; los mares con submarinos. La destrucción se vuelve el pan de cada día y, para evitarlo, dedicamos infinitos padres nuestros.
A nuestros padres les toca una incertidumbre inversa a la de nuestros abuelos. Regresa la certidumbre de que mañana habrá clases; ningún enemigo destrozaría supermercados o palacios de gobierno. Pero, en su lugar, la muerte adquiere una nueva faceta. Pues no basta con pensar que vendrá en el futuro y tener esa escasa certeza. Mañana, los líderes del mundo, podrían destrozar. Con un solo botón, todo el planeta. Mientras no pase, la vida sigue su rumbo; de llegar a pasar, se acabó el juego. Su incertidumbre no era la de desgracias militares; era la destrucción asegurada.
Nuestros padres vivieron un tiempo donde todo podía acabar de un día al otro. Perdieron la certeza de empujar la muerte al mañana; o al día pasado. Lo inmediato era lo único certero. De ese sentimiento de lo presente, se fue definiendo su tiempo. Nacieron los hippies; las protestas contra el gobierno pidiendo eliminar armamentos. Había un sentimiento de lo inmediato y la necesidad de hacer valer derechos. La incertidumbre adquirida de una crisis segura los hizo cambiar, por completo, la perspectiva de sus padres. Disfrutar el ahora, ya que el mañana puede no llegar; pelear, a su vez, porque ese mañana llegase. Su generación fue la de lo inmediato y la esperanza; la rebeldía. El querer hacer y promover un cambio. Batallar porque las cosas se lograrán dando rostro a la incertidumbre.
El tiempo siguió su paso. Sus miedos, uno a uno, se fueron atenuando. Nacimos nosotros cuando a la Guerra Fría le llegó la primavera del fin. La incertidumbre de antes, que el mundo acabaría de un día a otro, desapareció presa del mismo pasar de los años. Después de la crisis en Cuba, y las décadas sin que lo nuclear fuese bravo, le perdimos el miedo a que mañana no hubiese vida. Las bombas ya no nos asustaban como a nuestros padres. Al mismo tiempo, el progreso desenfrenado que les aseguraba el mañana seguro—de tan solo llegar—siguió dando frutos para la humanidad. Fuimos creciendo y perdiendo el miedo a la muerte segura. Ganábamos aquello que a nuestros padres nos fue quitado. Nuestra incertidumbre, de inmediato, era la misma sobre la muerte que atacaba al humano hipotético. Pareceríamos una generación destinada a la felicidad del progreso y de ahí se escribieron los primeros versos de nuestra elegía.
Supongo que de este progreso desenfrenado es del que nacen las críticas de nuestros antepasados. Con el venirse de la tecnología—la explosión en información—pareciera que la vida nunca fue tan sencilla y la felicidad nunca había estado tan al alcance de todos. ¿Cómo pueden estar deprimidos cuando lo tienen todo resuelto? Así no era en nuestros tiempos.
Pero sus tiempos se han muerto; los nuestros son los que quedan. Y el cambio mismo ha puesto muros donde antes había prados certeros. Somos una generación afligida por un paso de crecimiento desenfrenado. Nosotros no controlamos la tecnología que todos dicen tenemos desde la cuna. Solamente a ella nos adaptamos. La certidumbre del mañana se ha ido; pues el mañana cambiará en formas que ni siquiera imaginamos. Somos la generación la cual sabe que no ha de morir al venírsenos el mes entrante, a diferencia de nuestros padres. También sabemos que en el futuro, no hay nubes de destrucción como la de nuestros abuelos. Mas, a pesar de todo ello, vivimos en una época en la que todo está en juego. El planeta mismo, por el cambio climático desenfrenado, podría desaparecer si no hacemos nada para detenerlo. Aunque ello permanece distante y fuera de nuestro control, así como el mismo progreso.
Viene tácito en todas nuestras decisiones. Los oficios de hoy de nada servirán mañana ante las presiones de la automatización. El aprender hoy día conceptos parece obsoleto ante las montañas de sabiduría que en cada instante generamos. Cada día nos ataca y ya no basta con protestas para hacer que todo se detenga. Nuestro enemigo es más fuerte que la bomba atómica y más peligroso que el gobierno; es el paso indetenible del progreso que ha llegado a la velocidad soñada que siempre ha deseado.
Nacimos en un tiempo de crecimiento, mas dondequiera que veamos nos agobia el peso de lo incierto. Ya no controlamos nuestro futuro; nos lo han robado. Somos la generación de la zozobra, donde toda decisión nuestra poco importa ante un mundo descontrolado.
Por todo esto es que nos rompemos. Porque, por vez primera en los siglos de nuestra especie, nada queda que sea certero. Tenemos que definirnos en una búsqueda constante de felicidad sin saber siquiera si eso que hoy nos hace felices mañana existirá. Imaginen la presión no de bombas nucleares ni de guerras sin terminar. Piensen en un jardín del edén restaurado donde todo cambia y nunca podrás la paz encontrar.
Aún así, con todo ello, mi generación comienza a entenderse a un grado que la humanidad jamás hubiera imaginado. Viendo la certeza como parte misma de la vida, nos hemos liberado de tensiones inmensas. Somos la época de nómadas trotamundos; la de aventuras por el momento. Estamos uno a uno con lo único que a nuestra especie es cierto: el que todo nos sea incierto.
Yo no sé que vendrá, pues ha de jugarse en los años venideros. Pero, en el partido, está la naturaleza misma del ser humano disputándose a la par con la naturaleza de los tiempos. Si logramos vivir en la zozobra, seremos indestructibles: habremos descubierto la felicidad en las condiciones más ásperas y fundamentales de lo humano. Si fallamos, la humanidad misma habrá caído presa de su naturaleza. Solo queda ver el partido y esperar, atentos, a los hijos que tendremos. Que ellos escriban sus propios ensayos y, al hacerlo, nos acerquen más a entender lo incierto como nosotros, en la zozobra, parece que hacemos.
[1] Algo de gracia tiene que el mundo occidental se base en la historia de un asedio; ese que hizo Menelao sobre Troya para recuperar el honor perdido cuando Helena fue raptada. Más interesante es que, tanto en la Odisea como en la Ilíada, nos prometen que el muro es destrozado sin mostrárnoslo más que en los recuerdos de Odiseo. Tal vez sea esa la única forma de romper el muro de lo incierto: con promesas de lograrlo mas triunfos escasos.
[2] Lo mismo, he de agregar, es parte de su definición final del humano como un ser que se proyecta hacia futuros inciertos. Nuevamente, lo que domina es lo incierto, aunque sea en otro dominio. O, para usar las palabras del alemán en concreto, «el hombre es el único ser para el cual su ser es un problema».
El ensayo es de José Luis Sabau.
La ilustración es de Nathalie Medina.




