Cuando entré a la habitación que habían preparado para nuestra entrevista, Gustavo Rodríguez abandonó el libro que le acompañaba y se levantó de inmediato—pero sin señas de premura—. Me dio la mano con una sonrisa y, con un gesto sencillo, me ofreció la silla donde estaba sentado.
Confieso que me tomó desprevenido.
Por lo que entiendo, llevaba rato en ese cuarto. El suficiente para que la silla se sintiera propia y el sofá de a un costado, se entendiera cómo el de “visitas”—o el de los entrevistadores que nos formábamos para hacerle preguntas—. Rodríguez, no lo entendía así. Me ofreció lo suyo sin conocerme más que de las notas que le habrán pasado antes y uno que otro comentario del equipo editorial.
Lo negué, por supuesto. Fui al sofá; Rodriguez se quedó en su silla.
En ese gesto, ahora entiendo, está una parte de su persona. La de Rodríguez es una generosidad que va desde el asiento hasta la oración. El de platicar con un escritor más joven sin refrenarse en la verbosidad ni en las ideas.
Porque sí, es un titán. El autor peruano se ha ido cimentando en el espacio contemporáneo de América Latina. Lleva más de una decena de novelas publicadas. La más reciente, Mamita (Alfaguara, 2025), de la que hablamos brevemente, acaba de llegar a librerías.
La más famosa, probablemente, es Cien cuyes, con la que se hizo con el premio Alfaguara. Es un libro serio y cómico a la vez, sobre una mujer convertida en sicaria para adultos mayores—lo que es, a su vez, una alegoría a la eutanasia que, hasta hace poco, era ilegal en toda América Latina—.
Hablamos por un espacio breve, pero el suficiente para salir con muchas reflexiones. Rodríguez habla con una voz baja, como el que sabe sus ideas importan más que el tono. Es agradable. Me escuchaba con atención.
No recuerdo si, al entrar, le dije mi nombre, pero lo recordó desde el principio.
Esta es una versión resumida de nuestra conversación. En los próximos días, haremos pública la grabación completa.
JL: ¿Cómo te trata la ciudad de México estos días?
GR: Siempre me trata muy bien, así sea de trabajo. Tanto así que siempre me dan ganas de volver.
JL: ¿Mejor que Lima?
GR: Eh, últimamente sí.
JL: Pregunto esto por algo que he notado y me parece muy esencial en tu novela. Quiero hablar de la personificación de la ciudad. Pienso sobre todo en Lima, que es donde tú escribes. Me encantaría hablar un poco más de este tema, preguntarte cómo tú ves el espacio dentro de la novela, sobre todo en la tradición como la latinoamericana. ¿Cómo piensas tú en las ciudades?
GR: En realidad, es verdad que toda ciudad descrita por alguien tiene mucho de fantasía, obviamente, porque que también entra tratar cómo se le imagina quien escucha. Pero en el caso específico de mi escritura, yo hace un tiempo decidí conscientemente escribir sobre el lugar que mejor conozco en el mundo, para tratar de ser lo más auténtico posible con mis recuerdos.Y por eso es que elegí Lima, como escenario, digamos, principal de mis obras.
JL: Y sin embargo, Lima es muy distinta para una persona de clase alta que para una persona de clase baja. ¿Cómo lidias tú con ello?
GR: Es verdad, hay varias Limas dentro de la ciudad, así como hay varias Ciudades de México también. Y yo trato de resolver eso colocando personajes de distintos puntos de la ciudad siempre. Siempre ocurre en mis novelas eso. No solamente dialogan los pitucos o fresas entre sí como o las clases trabajadoras o periféricas, solamente entre ellas, sino que las hago dialogar entre entre ellas.
JL: Hiciste una entrevista con la BBC y hablabas sobre este acto de empatía, que es la literatura, poder ponerte en posiciones de otros. Y eso es lo que suena que estás describiendo. También es una forma de empatía ver la ciudad con otros ojos.
GR: Totalmente. Sí.
JL: Tengo una frase usada que seguro has escuchado hasta el cansancio de Abraham Valdelomar sobre Lima y quisiera tener tu opinión. Decía que “el Perú es Lima. Lima es el Girón de la Unión. El Girón de la Unión es la Unión del Palais Concert y el Palais Concert, soy yo.” ¿Tú qué opinas de eso, de estas reducciones grandes? ¿Hay un lugar que tú dirías, “Esto para mí es Lima”?
GR: En realidad, Abraham Valdelomar pudo haber sido un gran publicista, obviamente. Y fue un gran publicista de sí mismo, de hecho. Pero si hay un lugar de Lima que a mí me resuena mucho mucho, es la bahía que tiene. Sí. Es algo que lo hace único. Porque digamos, cuando tú ves desde el aire a Lima, podrías estar viendo el Cairo también; una gran una mega ciudad emplazada sobre una gran planicie desértica con valles ocasionales que cruzan este desierto. Pero cuando te paras en el Malecón; en cualquier punto del largo de la larga bahía de Lima y ves estos acantilados sobre el océano Pacífico y las edificaciones sobre esos acantilados y el mar del color del cielo según el día que te parece ahí, digo, “Esto sí es único, esto no lo he visto en ningún otro lugar del mundo.”
JL: ¿Cuál es tu primer recuerdo de la ciudad?
GR: Mi primer recuerdo de la ciudad es un es un recuerdo implantado. Me he dado cuenta que es un recuerdo implantado. Es… yo dentro del auto de mi padre pasando debajo de un bypass, un cruce a desnivel, que es el primero que hubo en Lima entre la avenida Javier Prado y la avenida Arequipa. Y mi madre diciéndome, “Agacha tu cabeza, agacha tu cabeza para no golpeártela.” Pero claro, es implantado. Lo que yo recuerdo es lo que me figuré en mi cabeza cuando mi mamá me contaba esa anécdota. Sí, es un recuerdo implantado.
JL: Hay una última frase que te quiero decir de la película Bardo de Alejandro González Iñárritu. Es una oda a la ciudad de México en cierta forma. Hay un momento donde los personajes están viendo un balcón y dicen, “Qué bonita es esta pinche ciudad tan fea.” Y me pregunto si opinas algo similar de Lima.
GR: Lima, yo no te voy a decir que Sea una ciudad o hermosa o horrible, solamente te voy a decir que es una ciudad fascinante. Con todas las implicaciones que trae el término. Los abismos nos pueden fascinar, también. Entonces, es una ciudad donde se concentra toda la riqueza cultural del país. Es una ciudad de inmigrantes internos.
JL: De nuevo, el Perú es Lima.
GR: Nuevamente eso. Eso sí, eso sí es verdad. Digamos que ahí se concentran toda la cultura peruana que ha emigrado a su capital, siendo el Perú un país demasiado centralista. No es casualidad que Lima sea una meca gastronómica en en América; que haya mucho turismo gastronómico a hacia Lima. Digamos que es una expresión de esto que estoy diciendo. Y además tiene una geografía muy particular, como ya lo dije. Está emplazada en un desierto; en un territorio semidesértico bañado por algunos ríos puntuales, como primer peldaño de una cordillera andina. Tú puedes partir de Lima muy temprano en la madrugada, tomar una comida en la mañana o empezando en la tarde en donde ha habido nieve y dormir en la selva amazónica. Entonces, Lima está muy conectada a través de la carretera con toda esta vasta geografía y tiene un mar frío que la hace techada, prácticamente, gran parte del año, lo que le da un halo de misterio. Siempre parece que va a llover y no termina por diluviar. Entonces, ¿qué te digo? es una ciudad que fascina.
JL: Unos amigos míos peruanos decían que el verano el año pasado en Lima cayó un
GR: [Risas] Es una exageración, pero sí.
JL: Ahora quiero tratar de entenderte mejor; tratar de entender a la personas detrás de los libros. Una pregunta que me encanta hacer a los autores es si hay algún momento donde decidiste que quieras escribir.
GR: Eh, no. No tengo un momento epifánico tipo película hollywoodense, donde ves hacia dónde va tu vida. Yo creo que terminé haciéndome escritor porque algún tipo de mecanismo me fue llevando sin darme cuenta. Ya que mi última novela se llama Mamita y mediante la escritura trato de saldar deudas o de ser lo más auténtico posible. Yo tengo que confesar que mi primer recuerdo relacionado a la escritura tiene que ver con mi mano escribiendo con su letra de niño un mensaje de petición de perdón a mi abuela. Y creo que ahí está concentrado todo lo que he escrito después. Es decir, yo ya desde pequeñito sabía que me era más fácil abrirme sentimentalmente a través de la escritura que oralmente. Creo que esa necesidad se ha ido abriendo camino en un momento.
JL: Jon Fosse quién ganó el Nobel hace un par de años decía que él escribía justo porque nunca encontraba las palabras cuando hablaba con la gente.
GR: Pues sí. Eso me pasó también.
JL: ¿Tú sientes que ya has recibido el perdón a través de la escritura?
GR: Sí, yo sí me siento redimido. Yo siento que todo aquel que escribe y escribe y escribe se procesa, se procesa y se procesa. Yo creo que a través de este larguísimo ejercicio que vengo teniendo, yo me he hecho ya la suficiente cantidad de preguntas como para poder poner en perspectiva muchas cosas. Deben haber muy pocos oficios en el mundo que impliquen preguntarse tantas cosas mientras los ejerces. Porque quien martilla, quien hace carpintería, quien no sé, quien lidera un ejército—bueno, no sé; no soy militar—,pero creo que muy pocos oficios se parecen al de la construcción de una novela, porque cuando uno construye una novela se pregunta cien mil, doscientas, trescientas mil cosas. Desde las más nimias como si árbol lleva tilde hasta algunas más trascendentales. Entonces, yo creo que es a través de tantos años de escribir que he podido ya responderme a algunas cosas que eran importantes. Y por lo tanto también, perdonarme algunas.
JL: ¿Hay alguna que aún te sorprenda no tener respuesta?
GR: Todavía no sé, me lo llevo de tarea, no lo sé.
JL: Cuando vuelvas a México lo hablamos.
GR: Ya. [risas]
JL: Hay dos campos que he anotado en la literatura. El primero es un refrán, que dice “el mejor libro es el libro que no se ha escrito”. El otro es de Javier Marías, cuando dio su discurso de ascenso a la RAE, decía que el mejor libro es el primero porque es el más distante al presente y el que se recuerda con más afecto. Me pregunto dónde entras tú en este espectro entre la idea y lo ya concreto, ¿qué es lo que más disfrutas tú?
GR: Lo que más disfruto yo es la corrección de un texto y creo que tiene que ver con que en ese ejercicio está involucrada la ilusión de que vas a alcanzar la perfección. Esa es la parte que más disfruto.
JL: ¿Tú relees estos textos?
GR: Después de los años no. Los releo en el proceso de escritura. No mucho más, porque sino entraría en trompo. Yo hasta cinco veces reviso un manuscrito. Fuera de eso ya. Cinco es lo máximo. Con cinco revisiones y correcciones ya debería haberle sacado todo el pulimento que podría a la perilla. Pero después de años no vuelvo a revisar mis mis textos. De hecho, cuando algún editor quiere volver a sacar un texto, una novela mía y me pregunta, “¿Quieres hacerle revisiones, quiere hacer las correcciones?” Yo me niego porque quiero seguir siéndole fiel al escritor que fui en ese momento y en ese momento específico, Con las fallas y los aciertos que pueda haber encontrado aquella vez.
JL: Y eso fue una pregunta con maña, ya acercándonos al final de nuestra conversación, porque quiero hacerte una pregunta sobre Cien Cuyes. En primer lugar me imagino que es el libro del que más te preguntan, no si estás harto de que te hagan preguntas de Cien cuyes.
GR: No, no.
JL: Estamos en un momento muy importante para la historia de América Latina. Escribiste este libro de diatriba sobre la muerte, sobre la eutanasia y ya hace unas semanas Uruguay se volvió en el primer primer país de América Latina en legalizar la eutanasia. Me pregunto si tú, ahora, dos años después de publicado, pero muchos años después de la primera idea de Cien cuyes, lo lees distinto.
GR: ¿Si leo distinto cien cuyes?
JL: Sí, sobre todo con esta América Latina que parece cambiar, con un Uruguay que legaliza la eutanasia. ¿hay como una parte toda que dice, “tenía razón”?
GR: Es que siempre supe que tenía razón mientras escribía cien cuyes. [risas] Porque a mí me parece una aberración negarle al ser humano la capacidad de decidir cómo quiere morir. Lo dije alguna vez, creo, en alguna entrevista, en sociedades como la nuestra tu calidad de vida prácticamente va a depender de la lotería de en qué casa naciste. Si naciste rico, lo más probable es que tus nietos sigan siendo ricos, si naciste pobre lo más probable es que tus nietos sigan siendo pobres. Hay escasa movilidad social en nuestros países. Entonces, si no puedes controlar las condiciones de tu nacimiento, ¿no sería consolador pensar que al menos puedes controlar las condiciones de cómo vas a morir? Me parece una aberración que no tengamos ese ese albedrío.
JL: Y al menos la sociedad latinoamericana parece estar percatándose de ello.
GR: Yo creo que sí. La sociedad latinoamericana suele ser liberal en muchos aspectos, pero conservadora con respecto a nociones ligadas a postulados de la iglesia. Pero yo creo que poco a poco, vamos a terminar modernizando ese pensamiento.
JL: Para cerrar la última pregunta y la que hago a todas las personas con las que tengo la oportunidad de hablar, ¿qué tres libros dirías que todas las personas deberían leer?
GR: Tres libros que todas las deberían leer…
JL: Usualmente decía uno, pero siempre llegábamos a tres o a cinco.
GR: Ya… El Quijote debería ser uno (que poco original). La Biblia debería ser otro. Y creo yo que Pedro Páramo.
JL: Ah, bueno, cerrando con algo de México.
GR: Yo me quedo pasmado. Además, te han antepuesto dos catedrales en tamaño, pero con esto quiero decirte que a veces hay momentos en la historia en la historia de la literatura en la cuando una pequeña obra puede cambiar totalmente la visión de un mundo y entregarte un mundo también.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. Puedes escribirle una carta presionando el siguiente botón:




