El trabajo, especialmente el trabajo del conocimiento (o trabajo de cuello blanco, como le dicen en Estados Unidos), requería antes —no hace tanto— del uso de nuestros cerebros. La IA está cambiando esto y nos obligará a replantear fundamentalmente nuestra relación con nuestras mentes, ahora ociosas.
Tomándome ciertas libertades históricas y narrativas, me atrevo a argumentar que esto no es tan distinto a cómo la revolución industrial cambió nuestra relación con nuestros cuerpo; cuando también se transformó la manera en que los usábamos para trabajar.
Los seres humanos —o al menos, los más privilegiados— pasaron de arar campos a sentarse frente a escritorios; de cortar leña a asistir a reuniones. Para la mayor parte del mundo desarrollado, el trabajo de oficina se convirtió en el modo de empleo por excelencia y las ocho horas sentados frente a un escritorio, se hicieron en el estilo de vida por defecto. Pasamos de usar el cuerpo para subsistir a usar principalmente el cerebro. El cuerpo, en cierta medida, dejó de ser una herramienta.
Así surgió el concepto moderno del ejercicio: una forma de compensar la falta de movimiento natural en nuestras vidas modernas. Dejamos de cazar nuestra próxima comida, de labrar la tierra, de acarrear agua del pozo. El esfuerzo físico —y el acondicionamiento físico que habilitaba— dejó de ser inherente a la vida humana. En su lugar, ese esfuerzo tuvo que delimitarse en nuestras agendas a través del “ejercicio”: un esfuerzo manufacturado. Nuestros cuerpos se convirtieron en vestigios de una época anterior a las máquinas, a los autos y los elevadores. El cuerpo dejó de ser una certeza y adquirió un carácter frágil.
Nuestros cuerpos necesitaban atención, mantenimiento.
No es casualidad que el Jazzercise, los aeróbicos encabezados por Jane Fonda y el athleisure se popularizaran en los años ochenta, justo cuando el trabajo de oficina llegó a representar dos tercios del empleo total en Estados Unidos (frente a menos de un tercio a principios del siglo XX) y los yuppies boomers se adueñaban de ciudades estadounidenses. Los millennials tuvieron su propia versión con los fanáticos del HIIT paleo y las girl bosses de las clases de spinning. Las “pilates girlies” y los “gym bros” de la generación Z son simplemente la versión más reciente de este fenómeno compensatorio.
Aunque debo señalar, con cierta picardía, lo absurdo que resulta que un homo sapiens se enfunde en spandex y se plante frente a un televisor para hacer elevaciones de cadera coreografiadas o pague cuarenta dólares para tenderse en un reformer y empuje muelles comprimidos hacia adelante y hacia atrás, no estoy abogando en modo alguno por un retorno al arduo trabajo físico de la época preindustrial. Estoy, en cambio, admirando el éxito que hemos tenido a la hora de crear industrias, identidades y comunidades en torno a sudar en un mundo corporativo que ha hecho del movimiento algo opcional.
Me parece lógico que una tendencia similar emerja para el cerebro, a medida que dependamos cada vez menos de sus capacidades para realizar nuestro trabajo.
Un abogado que lee con detenimiento un contrato, un diseñador gráfico que afina los detalles de una campaña, un banquero que se asegura de que un balance sea correcto (o lo que sea que hacen exactamente los banqueros): todas estas tareas requerían de la concentración profunda y el compromiso pleno del cerebro. Ahora pueden realizarse con un prompt bien redactado y un clic.
A medida que aumentemos nuestra adopción de la inteligencia artificial y convirtamos nuestros cerebros, antes activos, en unos sedentarios empedernidos, ¿cómo ejercitaremos nuestras mentes?
Espero que la respuesta sea la lectura, la escritura y un renovado interés por la cultura. Espero que recurramos a los clubes de lectura del mismo modo en que hemos recurrido a los de correr: como una manera de construir comunidad en torno al “ejercicio”. Espero que hagamos de los museos nuestros nuevos gimnasios y empecemos a ver las páginas de un diario o los crucigramas de la misma manera en que vemos los pasos diarios a tomar.
Tengo la esperanza de que podamos llegar a ver los algoritmos —y pronto también el contenido generado y potenciado por IA— como comida chatarra: excesiva en calorías y carente de nutrición. Tengo la esperanza de que, al poder delegar los propósitos prácticos de leer y escribir documentos a los grandes modelos de lenguaje, veamos un renovado interés en su propósito más etéreo: la expresión humana. Incluso tengo la esperanza de que esto nos lleve a ejercitar tanto la mente como el alma.
Para mí, lo más aterrador que podría hacer la inteligencia artificial es hacer del pensamiento algo opcional —y bien podría lograrlo—. Pero espero que como sociedad podamos reconocer que el estado de nuestras mentes, al igual que el de nuestros cuerpos, se volverá frágil. Requerirá atención y cuidado. Espero que podamos construir tanto andamiaje social alrededor de la vida intelectual como el que tan exitosamente hemos construido alrededor de la vida física.
Mia Penfold (San Francisco). Nació en Caracas pero vive en California. Es Product Manager en DataBricks.





