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Cuando Jacob y Wilhelm Grimm publicaron la primera edición de Kinder-und Hausmärchen (Cuentos de la infancia y del hogar) en 1812, estaban haciendo un trabajo casi etnográfico: registrar historias de la tradición oral alemana tal como las escuchaban. En las versiones recopiladas, varias villanas no eran las madrastras, como acabaron consagradas: eran madres biológicas. En Blancanieves, quien envidiaba la belleza de la hija era su madre. En Hansel y Gretel, era la madre quien convencía al padre de abandonar a los hijos en el bosque. Y así sucedía en muchos otros cuentos relatados por los hermanos Grimm.
El libro fue pensado inicialmente como una obra erudita, pero se convirtió en pieza de lectura en los hogares alemanes de principios del siglo XIX. No era exactamente apropiado leer relatos tan terribles sobre las madres en un territorio donde la maternidad era un valor sagrado. Las ediciones siguientes empezaron a traer cambios y las madrastras se hicieron en villanas. Eso se ajustaba a la realidad de la época, porque era grande el número de fallecimientos en el parto. Las madrastras entraban en la familia y comenzaba una disputa por el afecto y, en muchos casos, por los bienes del padre, convirtiéndolas en la fuente ficticia de los males del mundo.
Flávio Bolsonaro, el principal candidato de la oposición a la presidencia de la República de Brasil —en las próximas elecciones de octubre—, posiblemente se haya acordado de las madrastras malvadas de los cuentos de Grimm el día del partido entre Brasil y Escocia por la Copa del Mundo. Michelle Bolsonaro, tercera esposa de Jair Bolsonaro —expresidente, padre y aval de la candidatura de Flávio—, puso en práctica algo minuciosamente preparado.
Durante los días de partido de la selección nacional, Brasil se detiene. Literalmente, se detiene. Los servicios públicos se interrumpen, los comercios cierran sus puertas, los empleados son liberados del trabajo; el Congreso no vota nada, los anuncios gubernamentales se posponen. Se forma una especie de vacío en la vida de las personas: la atención está concentrada en el juego. Hay un hueco que debe llenarse con hechos; esos sucesos, pueden ser inesperados.
Como arquetípica madrastra de los cuentos de hadas, Michelle planeó todos los detalles. Aprovechó la ausencia de noticias para, el 25 de junio de 2026, soltar un explosivo video contra Flávio. Los motivos nunca quedaron claros. En su desahogo de casi media hora, citó un caso menor: una pelea por candidaturas en Ceará, estado del noreste brasileño, donde sus propuestas no fueron respetadas y se optó por una supuesta alianza con Ciro Gomes, un gran crítico del expresidente Jair Bolsonaro.
Las frases contra Flavio eran duras: «Fui tratada como una idiota», «Él fue muy áspero, me faltó al respeto y me maltrató por teléfono» y, en la más fuerte de todas, afirmó haber sido «apuñalada» —metafóricamente, claro—. Michelle no usó un tono de víctima, sino de indignación. Habló como mujer menospreciada. Es decir, le habló al electorado femenino, justo donde Flávio encuentra más resistencias.
La escena estaba llena de mensajes. Evangélica, Michelle vestía una blusa con palabras tomadas del libro de Gálatas: dominio propio, mansedumbre, amor, alegría. A su lado, en una sala repleta de libros, había una escultura de una mano haciendo el gesto que, en lengua de señas, significa «te amo». También se veía una estrella de David, símbolo del judaísmo, y un mapa que mostraba su control sobre el «PL Mulher», ala femenina del partido de la familia Bolsonaro, el Partido Liberal brasileño que dirigen el expresidente Jair Bolsonaro y sus cuatro hijos.
Sorprendido, Flávio respondió con una transmisión en vivo. Apareció con una máscara de Neymar, jugador cuestionado por gran parte de la afición brasileña. Sonriente, declaró: «Hoy es día de partido, nada ni nadie me molesta».
Las justificaciones presentadas por Michelle tuvieron poco crédito. ¿Todo ese ruido por unas candidaturas en Ceará? Había algo más, algo no dicho.
Casada con Jair Bolsonaro desde 2007, Michelle ganó popularidad como primera dama y llegó a ser señalada como una candidata más competitiva que su hijastro en la disputa por la presidencia. Luego de asumir el mando del PL Mulher, empezó a recorrer el país dando discursos ante miles de mujeres. Creció políticamente. Flávio no tomó en cuenta esa fuerza; no la buscó, no la escuchó, no le dio importancia. Despreció a la madrastra. Esas que, enseñan los hermanos Grimm, pueden ser bastante vengativas.
Surgieron muchas preguntas: ¿cuál era la motivación detrás de los ataques de Michelle contra su hijastro? ¿Pretendía ser candidata en su lugar? Y Jair, jefe del clan, preso en su casa, condenado por intento de golpe de Estado, ¿sabía del anuncio? ¿Lo aprobó? Los hermanos, ¿qué pensaron?
Hubo una única certeza: el video le haría daño a la popularidad de Flávio. Y lo hizo. Las encuestas más recientes colocan al actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, con ventaja en una eventual segunda vuelta. No son datos definitivos, ciertamente, pero, hasta el episodio de la grabación, los dos aparecían empatados y no era raro que Flávio estuviera numéricamente adelante. Ahora, Lula llega a estar cinco o seis puntos arriba, dependiendo del sondeo.
A Flávio lo acechan otros problemas, como su relación con un banquero preso bajo acusación de un fraude multimillonario. El caso rasgó su imagen y provocó un primer sacudón en el electorado. Por eso, la mancha que dejó el video de Michelle necesitaba ser contenida: exponía una fractura en la familia, algo impensable para quien defiende la posición de «Dios, familia y libertad».
Después de intentar minimizar el asunto, Flávio salió a pedir disculpas públicas a su madrastra el 23 de julio de 2026. Unas horas más tarde, ella publicó un video, aceptando el arrepentimiento. ¿Arrepentimiento de qué?
Solo los aliados creyeron esa puesta en escena. Hay electores que, tal vez aún influenciados por los cuentos de hadas, creen entender cómo actúan algunas madrastras. Conviene recordar que los hermanos Grimm modificaron el papel de las madres, pero mantuvieron intactos otros horrores. A pesar de las semejanzas, Michelle Bolsonaro no es una madrastra de cuento. Madre buena o madre mala, sigue escondiendo las motivaciones que la llevaron a grabar el ya infame video.
Antonio Carlos Leite (Brasil) es periodista hace 39 años. Ha trabajado con algunas de las redes de comunicación más importantes de Brasil como Globo, SBT y Band. Además de dirigir redacciones, ha sido articulista en periódicos impresos, publicaciones web, presentador en programas de TV y radio.


