La mejor política
Hoy en día, se escucha a la política como mala palabra. Ese conjunto de letras suenan y se oye un “sh”, “hablemos de otro tema”, “cállate”, entre otros.
En vistas de continuar el hilo de la nota anterior “Esbozos de sumario del Papa Francisco”, escribo este pequeño ensayo (y lo hago ahora, recordando a Francisco cuando el mundo está en duelo).
Para continuar dándole voz al pontificado argento y discutir ese primer párrafo, el de la política.
En plena pandemia, Francisco I escribió la encíclica “Fratelli Tutti: sobre la fraternidad y el amor social” . En su capítulo quinto habla del amor político. ¡Qué palabras que casi nunca vemos juntas!
La política se necesita, nos dice Francisco… pero hay una política que se necesita… es la sana política.
Una “capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e inercias viciosas” (Fratelli Tutti, número 161).
Y cómo le cuesta a la política apostar a eso. Acostumbrados a las urgencias, la inmediatez, los resultados, los éxitos rápidos… la transformación y la reforma lleva tiempo. Es volver a los principios de la nota anterior: el tiempo es superior al espacio (iniciar procesos es más importante que ocupar espacios).
“Hay cosas que deben ser cambiadas con replanteos de fondo y transformaciones importantes. Sólo una sana política podría liderarlo, convocando a los más diversos sectores y a los saberes más variados. De esa manera, una economía integrada en un proyecto político, social, cultural y popular que busque el bien común puede «abrir camino a oportunidades diferentes, que no implican detener la creatividad humana y su sueño de progreso, sino orientar esa energía con cauces nuevos» (164)”.
La política trata de eso, de transformar realidades ¿sino para qué hacemos política? La sana política apuesta a cambiar la realidad, motivada por la caridad política como lo dice Francisco I:
“Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en «el campo de la más amplia caridad, la caridad política» (165)”.
Ahí queda claro qué es la política. Es el decidir vivir juntos y a través de eso, generar procesos de fraternidad y de justicia que solo pueden realizarse viviendo junto a otros. Por eso no es un concepto alejado del “pueblo” sino que está intrínsecamente atada al “pueblo” porque es decidida por ellos. La política solitaria no debería existir (y si existe no es sana). La política es una actividad humana social (de los seres humanos, juntos).
¿Por qué no animarnos a encontrar el “amor” en relaciones más abstractas que las interpersonales? Ahí, Francisco, también tuvo algo que decir: “el amor no sólo se expresa en relaciones íntimas y cercanas, sino también en «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas» (170).
Ahora bien, con cuidado. Como dijo una vez el papa “La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.” El Cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân lo dijo así en su escrito Bienaventuranzas del Político: “Bienaventurado el político que tiene un elevado conocimiento y una profunda conciencia de su papel”.
Este pequeño ensayo de la política y de Francisco I buscan ilustrar que existe un camino alternativo para pensar una vida juntos. Una de esas condiciones es una sana política con una mirada y personas (dirigentes) sanos.
Este texto fue escrito por Valentín Olavarria para Perpetuo.



