Me acordé de ti, de cuando éramos niños. Siempre hay sol, pero en la tarde llovizna y el agua levanta todo el calor del suelo. Tú sabes que si eso pasa me quedo dormida. Cuando la humedad me alcanzó sentí que cientos de pequeños dientes me mordían los pies y por eso me puse a soñar con la vez que mi abuelo trajo a los conejos a la casa. No sé si todavía lo recuerdes porque éramos muy chicos, pero fue un domingo. Lo sé porque nos dijo que se los compró a una gitana afuera de la iglesia y después la abuela dijo que no merecíamos nada. Estaba enojada porque, como casi todos los domingos, no quisimos levantarnos de la cama para ir a misa.
Pero él no nos regañó, nunca lo hacía. Al contrario, siempre regresaba de sus mandados con dulces o juguetes para nosotros. Ese día fueron conejos, uno para cada quien. No nos dio a elegir como otras veces; desde el primer instante te entregó el macho blanco a ti mientras que a la hembra gris la puso entre mis manos. En otra situación habría llorado hasta que nos los cambiara sólo para probar mi condición de favorita, pero aquella vez fue distinto. Al mirarme tan fijo, el tuyo me hizo sentir algo que solo ahora puedo nombrar con claridad: un miedo que no conocí hasta esa mañana.
Acuérdate, no nos dijo nada. Por mucho tiempo pensé que sí y estoy segura de que tú también. Creímos que nos había dicho: cuiden a su conejo, así sabré a cuál de los dos querer más. No lo dijo, pero como si lo hubiera hecho. Hoy pienso que nos lo hizo saber telepáticamente. Piénsalo de ese modo porque tendría sentido, sabemos cómo era, pero aun así lo adorábamos porque nos hacía cosquillas con su barba y nos dejaba comer dulces antes del desayuno.
No nos acusó con la abuela cuando te abrí la cabeza con un frasco de vidrio, o cuando me disparaste con tu pistola de balines en la panza y me dejaste un moretón que duró días. Le daba risa ver cómo nos peleábamos por él, cómo gritabas que eras el consentido por ser el único hombre y el mayor de los dos mientras yo te decía al oído que me quería más a mí por preferir quedarme a jugar cartas en vez de salir a corretear a los perros del vecindario contigo y los otros niños. Los odiaba. Odiaba que les diera igual manchar sus pantalones, raspar sus rodillas. Comencé a odiarte a ti también cuando me di cuenta de que amabas a tu conejo: ese macho me causaba insomnio y me miraba por las noches desde su jaula al otro lado del cuarto, con los ojos terriblemente rojos, espantándome el sueño.
Él, mi abuelo y tú empezaron a pasar más tiempo juntos, tanto que ya ni siquiera mostrabas interés en pelear conmigo. Cuando estaban cerca intentaba querer a mi mascota impuesta, le decía palabras cursis y la llenaba de besos.
Una vez me diste la idea de ponerle un moño rosa en el cuello, pero en la mesa me regañaste frente a todos: “la estás ahorcando”, y se lo quitaste heroicamente para hacerme quedar como una tonta. No sé si esas fueron las palabras exactas, no puedo hacer memoria de cómo hablabas en ese entonces, pero tal vez lo fueron.
Acuérdate, eras un mal niño; lo decían los vecinos, los maestros, los perros de la cuadra. Después del incidente del listón dejé de fingir cualquier vínculo con esa bola gris de pelo y comencé a fingir estornudos, comezón en la garganta y picazón en los ojos. No sé si me creyeron, me gusta creer que sí porque pronto se la regalaron a otra niña y yo volví a usar mis vestidos blancos sin miedo a que se llenaran de huellas y a poner moños de colores en mi cabeza y no en pequeños cuellos propensos a la asfixia.
Me convencí de que todo había vuelto a ser bueno y normal hasta que una vez, mientras mi abuelo me enseñaba a jugar conquián, escuchamos los ladridos feroces de los perros que te gustaba perseguir. Nos asomamos por la ventana y ahí estabas tú, con tu mascota en los brazos, rodeado por caninos salivantes. Él salió a ahuyentarlos y te advirtió que si querías sacar a pasear al conejo debías hacerlo lejos de la casa. “Los carnívoros no olvidan”. Eso dijo antes de tomarte de la mano para llevarte al parque a que se te quitara el susto y dejarme ahí, con las cartas mojándose con el sudor de mis dedos.
Los ojos, los ojos. A lo largo de mi vida he visto muchos otros conejos con las pupilas así de rojas, pero en aquellos tiempos todo parecía más rojo porque éramos niños y nos odiábamos. No te hagas el loco, cuando estábamos en la calle fingías no conocerme y caminabas siempre delante de mí diciendo que las faldas me hacían ir muy lento y que, con el sol, mis suéteres se veían estúpidos.
En las noches me quedaba despierta; solo dormía en las tardes, si la lluvia levantaba el calor del suelo. Más o menos por esos años comenzaron a asomarse las ojeras que todavía no me he podido quitar. Recuérdalo así como yo recuerdo cuando, mientras cepillabas al conejo me dijiste (y estas palabras las sé con exactitud): “mi abuelo ya no te quiere”.
Tu certeza al afirmar eso fue tan fuerte como la sensación de que debía hacer algo para volver a pasar las tardes aprendiendo a hacer trampa y conociendo historias que tú no tenías interés en oír, como la del niño que nació de un huevo o la de los duendes que les tapan los ojos a los conductores que chocan en la carretera, o la del señor que perdió su casa jugando dominó, o la de las… Etcétera. No podrías entenderlas ni sentir las cosas que sentí cuando las escuché por primera vez.
Debo aprender a soltar. Piénsalo. Debemos aprender a soltar. Así que no quiero que te enojes por lo que voy a contarte ahora, porque ha pasado mucho tiempo y siempre has sido una criatura difícil.
Era de noche. Había llovido igual que hoy y, aunque el aire estaba igual de húmedo, no podía cerrar los ojos. No sé qué hora era cuando me decidí a abrir la jaula. Ahora podría decir que de madrugada. Cuando uno es chico cualquier momento oscuro puede serlo. Pensé que te ibas a despertar cuando comenzó a azotarse contra la jaula al sentir mis dedos sobre él. Nada. Tuve que apartarme de la piel el miedo que me producían sus ojos en la oscuridad y la forma en la que intentaba liberarse de mis manos de niña. Pronto estuvimos afuera, donde los perros del callejón gruñían reclamando a su presa. Míralo como un sacrificio necesario. Abrí la reja y solté al conejo en el piso. No quise ver nada pero me quedé ahí para escuchar los ladridos, el movimiento, algún crujido. Luego regresé a la cama.
Te confieso que esa noche yo también pude dormir.
Amaneció y ya no estabas ahí. Te buscaron por todas partes, en los armarios y debajo de todos los muebles. Incluso dentro de la cisterna, en los huecos de la azotea, en las casas del vecindario. Pensé que habías huido porque eras cobarde y tenías miedo de perder el amor que mi abuelo empezaba a darte. No agarraste la pistola de balines. Todos los zapatos seguían en su sitio. Se llevaron a los perros de la cuadra y los abrieron. Estoy segura de que te habría gustado esa escena, así era tu crueldad con ellos. Nada. Al principio siempre había policías, pero fueron marchándose poco a poco, igual que los reporteros, los médiums y los voluntarios.
Mientras iba creciendo, me gustaba decir que algún robachicos te había llevado lejos (era una buena forma de romper el hielo con los desconocidos). En eso te convertiste, en una anécdota que me gustaba contarle a los extraños.
Debo decírtelo ahora. No porque te extrañe, aunque tal vez si estuvieras aquí no estaría así de sola y esta casa no me quedaría tan grande. Debo decírtelo antes de dormirme con la llovizna y el bochorno, porque a mi abuelo le hubiera gustado que supieras que tenías razón: eras su favorito. Ni mis vestidos blancos ni mis ganas de jugar cartas podían competir con tu condición de varón primogénito. Sí, él habría querido que supieras todo eso y también que, aún en la eventual certeza de la muerte, nunca dejó de buscarte.
Antía Alfonso, oaxaqueña, es guionista por el Centro de Capacitación Cinematográfica y miembro de la cuarta generación de la residencia artística: Consultorio de Dramaturgia CENART-CASA. Es también guionista investigadora en Canal Once y columnista con perspectiva de género en el Periódico Noticias: Voz e Imagen de Oaxaca.





Me encantó.
Muchas gracias por publicarlo!