Esta reseña fue escrita por Tomás Lemus para Perpetuo. La revista agradece a Queltehue Ediciones por brindarnos el poemario para su reseña.
«Un incendio se disputa el mar». Un verso que acecha, calcula, ataca y muerde al lector. Poema en su propio derecho. Le sigue una página en blanco: calma, silencio, nada. Y de nuevo ataca al lector, al ritmo de dos a la vez. Tocar el Agua (Queltehue Ediciones, 2025), de Catalina Tamar, es un poemario que urge, que inventa y que demanda ser inmediato. La de Tamar es una poesía que no discrimina recursos para crear esta urgencia: espacio, forma y fondo se mezclan y se decantan para hilar un poema.
Los precursores de Tamar se anuncian y nos preparan para su obra. Mistral (y quizás todos los chilenos, y todos los vanguardistas) entregan a Tamar una forma que sabe explorar de manera madura. Pero, igualmente, encuentro al leer a Tamar una inquietud metafísica (y marina), un diálogo y una casi obsesión con la dualidad que me produce un eco de Machado: «Todo hombre tiene dos batallas que pelear:/ en sueños lucha con Dios;/ y cuando despierta, con el mar», o de Gorostiza: «cuando todo —por fin— lo que anda o repta/y todo lo que vuela o nada, todo,/se encoge en un crujir de mariposas,/regresa a sus orígenes.»
Y es que Tocar el agua es, sobre todo, una conversación metafísica que fluye en dos sentidos, que parece separarse para ir a encontrarse en los extremos.
El agua —elemento predilecto de Tamar, y el que mejor domina— mana, fluye y corre. No se puede asir, mas se puede contener: en un vaso, en un mar, en las hojas de Tamar. Pero el agua también se evapora, se condensa, se escurre, se resbala. Esa actitud parece dotar a sus palabras, que nadan por la página, encontrando su posición a cada instante, dialogando con el lector, quien siente que si no las lee a tiempo pueden escapársele, reconfigurarse o resbalársele de la página.
La primera parte es origen, es no-dualidad, la eternidad del mar, la ubicuidad del agua, el abismo de lo inconsciente, de lo sumergido. Y contrario al agua, el pájaro, el otro sujeto de Tamar, no está ligado a la tierra, al fondo, a lo profundo. No tiene ligaduras y es a la vez el viento y el cielo: es libertad, es espacio insondable, es lo más alto. Este autor pierde mucho sueño pensando en la conjunción de dos elementos aparentemente irreconciliables que se da con la mítica figura de Quetzalcóatl. El pájaro vuela por los cielos, la serpiente repta sobre el suelo, sobre lo terrenal. La mezcla de ambos es una dualidad capaz de contener todo el espectro humano, y esto, me parece, es a lo que Catalina Tamar aspira.
En el primer poema, Tamar juega con sustantivos ligados y figuras poéticas cuyo significado muta a cada línea. Este poema alcanza su madurez cuando el agua mana del origen hasta cristalizarse en el cuerpo humano: «pies de agua/ vientre de agua/ ojos de agua». Un cuerpo que Tamar rescata del fuego. Y siete son las partes del humano de agua, número que Tamar repite en la urdimbre de sus versos: «eres/siete veces agua/siete veces tiempo».
El segundo poema, a su vez, inicia dentro del primero, cuando ya se avista el pájaro que levantará al lector de los abismos. Brilla por la soltura y madurez de su experimentación. El estilo de Tamar es libre, semánticamente críptico y desinhibido. ¿Cuántas ideas puede evocar la palabra “pájara”? Todas, parece pensar Tamar: un ejercicio quizás excesivo, pero satisfactorio. El pájaro es el sujeto masculino, es aquello que puede volar, pero debe venir a encontrar al agua. Y este pájaro es precisamente ese sujeto que, aun teniendo alas, divaga por aquí y por allá buscando el origen: se le pierde el norte, no encuentra el agua. Así alcanza su clímax el poema, en el encuentro de ambos, en un encuentro amargo, confuso, incompleto, pero quizás eterno.
«Se quema el pájaro sin saber que llegó a la mar».
La maestría de Tamar se encuentra en la apertura del poema. Y es que todo su poema me parece un inicio, un prajnaparamita, una cápsula de iluminación repentina. Y en sus mejores páginas, su poesía es pulcra, preservando lo necesario, optando por menos. Esto es algo que aprecia este lector, que tiene el amargo privilegio de vivir un mundo que ha sido ya desbordado de texto: tres palabras se convierten en cien y cien se pueden resumir en una gracias a inteligencias no-humanas.
Cuando Tocar el Agua brilla, lo hace por su precisión, pero no alcanza a llegar a esa claridad de francotirador. Hay páginas-estrofa donde se sospechan muchos tiros sin dar con el blanco, y da la impresión de que muchas palabras se le han caído del morral y han dado en la página por accidente. Si algo le pediría a Tamar es, quizás, paradójicamente, más higiene, más cuerpo y más geometría.
Tomas Lemus, escritor y cineasta de Ciudad de México. Estudió Filosofía, Política y Economía en IE University, Madrid. Es editor en perpetuo y cofundador de Doorhinge Productions, colectivo de cine cuyo catálogo ha sido proyectado en diversas instituciones europeas como el Instituto Sueco de Cine y la Casa de la Moneda de Segovia.





