Este cuento fue publicado en el volumen III de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Acostada en mi cama, escucho el zumbido de una mosca que entró por la ventana del jardín y está tratando de salir. En mis manos tengo un libro: portada azul, caligrafía negra. Mientras leo, me cuesta enfocarme en las palabras; mi atención está concentrada en lo que las yemas de mis dedos están tocando. Mientras leo, me es inevitable pensar en esto que ahora escribo. Mientras leo, me imagino que el sonido de las teclas rascan mi cerebro.
El zumbido de la mosca es demasiado. Cierro el libro y me dedico un par de minutos a guiarle el camino. Después de varios intentos lo logré... o más bien, la maté. No lo sé. Regreso a mi lectura. Ahora, me cuesta concentrarme porque me quito los calcetines y pienso: «¿Sexo con ellos o sin ellos?». Creo que no hay un momento preciso dedicado para pararte en una pierna y, de manera atractiva, quitártelos. Creo que sexo con calcetines puestos.
Regreso a mi lectura. El estilo de la escritora involucra saltos espacio-tiempo, por lo que tengo que subir la mirada y retomar las palabras. Habla de escritores, artistas, muertos y textos que siguen vivos. Pienso que tal vez debería leer más para escribir mejor.
El reloj marca las 15:34. Una nueva mosca, pero ahora en el ventanal de la sala. La logro ver volar detrás de las persianas. No hay zumbido. Se escucha la tenue música clásica que sale del estudio de mi papá. Me recuerda a la que sonaba en la estación 94.5 cuando me llevaba a la primaria. No sé si me tranquiliza o me exalta.
Saboreo los restos de chocolate que me acabo de comer. Es inevitable no querer algo dulce después del almuerzo. Mi mamá viene caminando a lo lejos y me pregunta lo que no me preguntó en la mesa: «¿Qué tal tu evento en Casa Lamm? ¿Es lindo, no?». Le contesto que sí. Pregunta por Majo, que estudia ahí. «No la vi», respondo, y es verdad —estudia por las tardes—, como también es verdad que quiero estar sola.
15:37. Mi plan es dormir la siesta, pero a las 16:00 tengo que levantarme y en lo que me quedo dormida sonará mi alarma. Mejor me pongo a escribir. Mejor me pongo a escribir esto. Porque si me duermo, no me voy a acordar del sueño. Pero si me pongo a escribir, aunque sean estos momentos insignificantes, cada segundo de mi vida tendrá un poco más de sentido.
Empieza a llover. Mi mamá mete las toallas que se estaban oreando en el patio. Siguen húmedas. De hecho, están empapadas. ¿Se acuerdan del chocolate? Mi perro, más grande de lo que cree ser, intenta robarme la envoltura. No lo logra: le pego en las patas y alejo el objetivo de sus fauces.
15:51. Suena el cucú de mi papá. Tiene una colección de nueve relojes de pared. Cuando mis hermanos vivían en casa y mi cuarto estaba en el piso de abajo —ahora estudio, ahora espacio de música clásica—, no podía irme a dormir hasta escuchar el sonido de los relojes.
Ya son las 16:00. Tengo que levantarme. No dormí la siesta. Ya es el cumpleaños de Paula —mi amiga en Croacia— y me lleva ocho horas de ventaja. Me pregunto qué pensaría si supiera que la evoco en un cuento que pone a una mosca como protagonista. Eso me divierte: su reacción se levanta como el final abierto a un argumento impreciso que buscaba, inconscientemente, al escribir esto… ¿Qué es la siesta sino la interrupción del sueño, una trama inconclusa? Sin embargo, también me pregunto: ¿dónde me deja parada ni siquiera haber soñado?
Sorprendentemente, se me espanta el cansancio. Dejo de prestar atención a la envoltura y mi perro aprovecha a robársela. Ya no encuentro ni escucho ninguna mosca. Me pongo los calcetines. Una breve calentura recorre mi cuerpo… Quizás hoy sea mi día de suerte.
María José Hernández Elías (Ciudad de México, México). Comunicóloga. Amante de la moda, las revistas y la sobremesa.



