Soy de la creencia—radical, para algunos—que el periódico está viviendo sus últimos días. Que, delante nuestro, viene una era distinta en lo que a la comunicación concierne y en cómo pensamos y nos relacionamos con los hechos. Es decir, y con toda franqueza, viviremos para ver la muerte del periódico. Quizá, incluso ya la hemos visto.
No siento lástima por su final. Si algo, siento que tenerla es un error enorme que cometen los medios al por mayor (sobre todo, los del mundo hispano). El periódico no tiene un espacio en el siglo XXI. La nostalgia no nos llevará a sitio alguno. Ese es mi argumento.
Lo propio es iniciar con definiciones. Me refiero con el periódico al objeto físico que se compra en un kiosco o se te envía a la casa; a ese armatoste de papel que supera en su alto dos veces el de una cabeza humana y, en su ancho, se aproxima a la longitud de un brazo. Me refiero, pues, al periódico y no a las empresas que hacen periódicos, aún si, estoy convencido, la muerte del periódico es, también, la muerte de sus negocios y el imperativo de adaptarse al hecho indiscutible de su colapso.
Porque sí, es un hecho. Basta con ver un par de datos. En la última encuesta de hábitos de lectura en México, en ningún grupo de edad—ni uno solo—se observó que más del 22% leyera periódicos. Entre los menores de 24, la cifra colapsa a 11%. Mientras tanto, el consumo digital sube a un 63% entre los jóvenes y hasta se mantiene en un 30% con los adultos de hasta 50 años. Así como estadísticas al por mayor. La gente no consume periódicos y, me parece, es una conclusión evidente e ineludible.
La teoría mía—y los argumentos que se vienen—no me parecen revolucionarios. Tampoco creo que esto sea tema de debate. Los tiempos han cambiado. Y, con ellos, la materialidad de las noticias que pasaron de darse de voz a oreja, a darse de papel y tinta al ojo. Ese monopolio del papel duró desde la llegada de la imprenta de tipos móviles en el siglo XVI y lo mantuvo, más que bien, hasta la masificación de la radio y la invención de la televisión en el siglo XX.
El papel fue, en definitiva, el mejor método para propagar información y, también, un gran limitante. Era relativamente barato y fácil de hacer; con la imprenta de tipos móviles, era sencillo reproducirlo. También implicaba paciencia. Tenían que imprimir los periódicos; tenían que empaquetarse y llevarlos a distintos puntos. Por siglos, debido a este modelo, el consumo de noticias se hacía con un sutil retraso. Se esperaba al periódico matutino y luego al vespertino. De ser imperativo, se hacían ediciones expeditas. Pero eso era raro.
La radio lo cambió primero. Luego la televisión. El consumo ya no tenía que darse en horas contadas. Podía ser en todo momento si se prendía un aparato en la comodidad del hogar o, incluso—eventualmente—al manejar. La llegada del internet fue, en la época de las computadoras de escritorio, un sustituto más; en la época del smartphone, implicó un cambio brutal. Ya no hay, siquiera, que prender la radio o la televisión. El flujo de información es tan constante e inmediato que llega al pulso de una notificación. Lo que es más, se traspasa a la arena pública y se entreteje en publicaciones de cualquier red social.
El papel creó un modelo de periodistas que tenían tiempo de reportar; que esperaban a la mañana y la tarde para contar sus historias. Ese modelo no funciona más. La radio y la televisión le hicieron un jaque; el smartphone, el mate.
En un mundo donde ya se puede consumir datos al instante, no hay espacio para el periódico como un objeto físico. Llega tarde y se compra poco por lo mismo. Para las nueve de la mañana, cuando se llega a la oficina, ya se sabe todo lo acontecido. Tampoco, hay que reconocerlo, hay espacio para la noticia de último minuto como diferenciador. Si antes un periódico podía tener un hecho antes que los demás y sorprenderlos en la portada, en la era digital, donde todo puede compartirse en un foro virtual, es muy difícil ganar en la primicia.
Incluso iría tan lejos como para decir que, en un mundo de inteligencias artificiales capaces de encontrar miles de fuentes en internet y contrastarlas entre sí; capaces de leer todo comunicado del gobierno o seguir las declaraciones de algún famoso; en este mundo donde vivimos, pronto serán robots los que cuenten la noticia y pasará de ser una guerra por contar en segundos a hacerlo en milésimas.
No hay espacio, en el siglo XXI, para que un periódico dedicado solamente a reportar los hechos. De eso estoy convencido. Implica que, una parte considerable del periódico como objeto es innecesaria. Y si el modelo es vender muchos periódicos y tener más páginas para tener más anuncios, lentamente se fractura con ventas anémicas y falta de espacios.
Si ha sobrevivido hasta ahora, será por un par de razones que me parecen la raíz del futuro. La una, es la reputación de antaño de los medios; el hecho que, a la fecha, muchos recuerden a un periódico como una fuente confiable de los hechos. La otra, ligada a la anterior, será por una apuesta clara a la investigación y la perpetuación de opiniones. Es decir, no solo a reportar noticias sino a generarlas. Encontrar un amorío a un presidente o una estafa en el béisbol. Cosas que se difunden gracias a periodistas. Y una última, igual de importante, es por la tenacidad de ancianos aferrados a formas arcaicas que, como sus periódicos, algún día han de morir.
De lo último no diré mucho. Los viejos morirán. Así está el destino. Los primeros dos me parecen esenciales.
Del primero, de la reputación, me preocupa lo que pasa en un mundo polarizado. Es difícil pensar en periódicos modernos donde la ideología no juegue un papel importante. Es difícil pensar que el mundo entero podría confiar en una sola fuente. (De nuevo, tengo esperanzas que una inteligencia artificial bien medida pueda restaurar esa confianza). La reputación ha mantenido periódicos a flote; no sé si eso perdure en las siguientes generaciones polarizadas.
De lo segundo, de la investigación, creo que es la clave. Hoy día—con la noticia de último minuto ya saturada—, el valor que puede perseguir un periódico está en dos fuentes únicas: la opinión y la investigación. Coincidentemente, en cualquier periódico que se compre hoy día, suelen ser las secciones que destacan en la portada y las primeras páginas: columnas y trabajos propios. Son, también, las partes más tardadas y costosas. El periodista promedio ha de poder escribir cinco artículos noticiosos en un día. El periodista de investigación, si bien le va, sacará uno a la semana. Ahí comienzan a darse los números. Lo que da valor en el siglo de pantallas es distinto al del siglo del papel. Es, también, mucho más caro y no propicio a la publicidad de antaño.
Si ya no mueve la noticia y lo que mueve es la investigación; si ya no importan los hechos y lo que llama es la opinión; el periódico no funciona como modelo. No funciona por llegar tarde y haber perdido la primicia. Ahí pierde ventas. Pero aún si se quitaran las noticias y se dejaran solo las investigaciones, se pierde un porcentaje enorme del espacio físico y la posibilidad de poner anuncios. Se vuelve, así, poco rentable a menos que se aumente considerablemente la plantilla de investigación y opinión; con ello, los costos. Nada me hace creer que el periódico perdurará.
El futuro, entonces, no es la noticia que pronto hará un robot. El futuro es lo que puede hacer el humano: investigar y comunicar. El futuro son las columnas de opinión y la creación de noticias. El futuro es comunicarlas a una nueva audiencia que no consume el papel y que vive de la pantalla. Eso cambia por completo el modelo de negocios y cambia, también, el método de distribución.
No me parece sensato seguir imprimiendo periódicos con todas las limitaciones anteriores. No sé a quién le parezca. No se lo parece a los jóvenes que no los compran; tampoco a los adultos, que están en internet. No le ha de parecer a los periodistas que ven su trabajo reemplazado por IA; tampoco a los empresarios que ven sus números caer. Los tiempos han cambiado, no hay nada que hacer.
El periódico va a morir. Mi más sincero pésame.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




