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Los anteojos

La niebla después del látigo

de Aníbal Terrero

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nov 04, 2026
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Tras el látigo, se expande el ardor de la carne al hueso, la rabia, la fatiga. La visión se nubla. La niebla cerca al esclavo y al capataz, a la víctima y al verdugo. Siglos después una voz —blanca o incluso negra, poco importa— declara, al ver un acto de vandalismo: «yo no soy racista, pero tenía que ser un negro».


María Karla González Linares es una mujer negra, una joven que reside en la capital cubana y estudia Filosofía en la Universidad de La Habana. A inicios de año, como muchos otros jóvenes universitarios, decidió que necesitaba un ingreso adicional y así comenzó a trabajar en una tienda de ropa. No en cualquiera: una de alto perfil, donde se confeccionan y venden artículos a precios inalcanzables para el cubano común.

El diseño, una de las pasiones de María Karla, la llevó a entregarse por completo a su nuevo empleo. Pronto se convirtió en una de las mayores vendedoras del lugar. Por las mañanas, el café compartido entre los empleados de la tienda era parte de la rutina. La conversación también.

—¿Qué creen que hubieran sido cuando la esclavitud? —cuestionó una de las vendedoras.

No todos tenían elección. La actitud de sus compañeros sacudió a María Karla. Se jactaban de terratenientes, de capataces, claro, todos eran afrodescendientes, pero ninguno negro. La estudiante se mantuvo aparte del delirio y comenzó su inventario.

—Pero el negro nació para trabajar, ¿no? —alcanzó a escuchar la muchacha.

Se detuvo en seco y volteó la cabeza. Los demás la miraban. La joven se confiesa incapaz de olvidarlo: «por mis abuelas, por mis ancestros azotados, marginados y despreciados, a causa del mayor crimen cometido por la humanidad».

Cecilia Benítez Carracedo, comunicadora social, también ha sido testigo de la discriminación que permanece. «Hay que casarse con un blanco para adelantar la raza», es una de las muchas frases que recuerda haber escuchado durante su niñez. Le tomó años identificar la silueta del racismo en esas palabras. La repetición constante de tales dichos lo normaliza, y la normalización lo oculta, lo difumina, asegura la comunicadora.

El racismo en Cuba no posee solo voces. Maneja un complejo tejido de estructuras y prácticas simbólicas que le han permitido persistir a través de décadas de esfuerzos, medidas y políticas en vías de eliminarlo. La narrativa cubana —prematura— de una nación libre de discriminación racial jugó a favor de él.

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