Este ensayo fue escrito por Héctor Villa León. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
A las seis de la tarde, Sebastián Meza se sentó frente al televisor con su novia Nicole. Celebraban ese 7 de junio de 2026 dos años de relación. Estaban nerviosos.
“Según el conteo rápido, basado en una muestra de 1,037 actas con nivel de confianza del 95% y un margen de error de ±1.9 puntos porcentuales, Roberto Sánchez obtuvo el 50.3% de los votos válidos y Keiko Fujimori el 49.7%. La diferencia entre ambos candidatos es de apenas 0,6 puntos porcentuales”, se escuchó en el comunicado de esa hora.
La Asociación Civil Transparencia declaró formalmente un empate técnico y se abstuvo de proyectar un ganador.
Sebastián, tomado de la mano de su novia, se quedó sin decir una palabra. Sabía lo que este resultado significaba.
El día en Huacho, provincia de Lima, estuvo soleado. Sebastián se había preparado para pasar el día junto con su novia, pasear a su mascota, desayunar y compartir con su familia y finalmente ir a votar.
Su celebración se vio, en parte, opacada por la jornada electoral. Nicole hablaba y Sebastián respondía a su conversación mientras veía el televisor. Cuando sonó una notificación en su celular, soltó la mano de su novia para ver lo que decían los grupos de WhatsApp, para, desde el dispositivo que sostenía, medir cuál era el ánimo del Perú frente a la elección presidencial tras el flash electoral.
Por meses, el país se había sumido en el ritual democrático en medio de uno de los periodos más inestables de la política nacional. En los últimos diez años, el Perú ha pasado por ocho presidentes, cuatro de ellos fueron destituidos; uno se encuentra bajo arresto y todos investigados por corrupción.
La última vez que el país celebró comicios fue en 2021. En ese entonces, llegó al poder el izquierdista Pedro Castillo. Poco después, sería puesto bajo arresto tras un intento fallido de disolver el Congreso. Después de Castillo, su vicepresidenta Dina Boluarte tomaría las riendas del poder hasta perder las facultades de la presidencia tras un voto del Congreso. Su sucesor, José Jerí, terminaría en las mismas tras acusaciones de corrupción.
Cuatro presidentes; solo dos fueron electos popularmente.
Así llegó el 2026. Con una primera vuelta fragmentada entre 35 candidatos que, al final, se consolidaron en dos. Por la derecha, llegaba Keiko Fujimori en su cuarto intento por hacerse de la presidencia. La hija del dictador Alberto Fujimori, congresista de años y eterno segundo lugar. Por la izquierda, el exministro de Comercio Exterior y congresista Roberto Sánchez, afín al proyecto de Pedro Castillo y que tiene el objetivo de sacar al expresidente de la prisión. Las encuestas marcaban lo que ya se sabía en las calles: un país que sigue dividido en dos visiones opuestas.
Los hechos lo comprobaron.
Los primeros resultados que dio la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), tras procesar las actas reales, se inclinaban ligeramente hacia la izquierda. Pero era eso, una vertiente ligera.
Este panorama, incierto para Sebastián y millones de peruanos, tenía una carga de esperanza; de que llegara alguien al poder que se fijara en las comunidades que han estado olvidadas por años y se encontraban a la deriva; sin acceso a servicios básicos. A comunidades enteras que estaban heridas por la mala gestión gubernamental.
Y aunque el tiempo pasaba para Sebastián y Nicole, los resultados parecían moverse a otra velocidad… Una más lenta.
A 150 kilómetros de distancia de Huacho estaba acostada Pierina Masalías en el mueble ubicado en la sala de su casa. Tenía un antifaz que no le permitía ver y la protegía de la luz. Fue la recomendación que le dio el médico que la operó de la vista.
No podía mirar la pantalla con claridad, pero insistió en que su madre encendiera el televisor. Escuchó el conteo rápido como quien espera un diagnóstico médico.
La espera de un día
Se esperaba la confusión; también la pausa.
El día después de la segunda vuelta presidencial se vivió con normalidad. Ya han sido varios años de inestabilidad política en el Perú con un deterioro que ha ido in crescendo por la falta de confianza hacia el Estado y sus instituciones. Nadie pensó que los resultados llegarían rápido.
Pero tampoco creían que tardarían tanto.
Sebastián cumplió en Huacho su voto. Ya el lunes estaba de vuelta en Lima para trabajar. Todo lo que le rodeaba aún tenía el sabor de un proceso electoral incierto que se negaba a concluir.
El Metropolitano en Lima, es el sistema de transporte público de la capital y que traslada a 700 mil usuarios todos los días. Sebastián es una de estas personas que lo usa cada día para llegar hasta su trabajo. Alrededor suyo, la gente estaba pegada a sus teléfonos. Solo que ahora, en lugar de memes, notaba la política. Las miradas se fijaban en las pantallas diminutas, actualizando y viendo la página de la ONPE.
Todos querían saber; entender qué había pasado.
La tentación de sacar el teléfono hizo de las suyas. Sebastián no aguantó, lo tomó de su bolsillo y revisó, como todos, los resultados. Mientras actualizaba la pantalla de su celular, escuchaba cómo unos amigos sentados delante suyo discutían sobre quién debería ganar; la señora de vestido elegante hablaba por teléfono para contar los resultados a alguien más del otro lado del teléfono. Miradas fijas y alaridos de remontada se escuchaban de diferentes personas.
La revisión de los resultados electorales se volvió una tarea más dentro de la rutina acelerada del peruano. Uno se despierta, se lava los dientes y ve los resultados. Se baña y voltea al celular. Con el desayuno, la televisión prendida; rumbo al trabajo, actualizarse de nuevo. Esta “nueva” rutina forjaba en Sebastián y en millones de peruanos una especie de sentimiento colectivo que parecía confirmar con solo subir al Metropolitano.
Para Pierina el sentimiento era más de intranquilidad y desconfianza. En los últimos años, vivió dos procesos electorales y, en el medio de uno y otro, vacancias, destituciones presidenciales, protestas, muertos. Así como tantos peruanos.
No sabía si esta vez, por fin, podría ser distinto, pese a que los candidatos que se enfrentaron en la segunda vuelta no eran diferentes a los anteriores. Aún no se recuperaba de la cirugía ocular así que, en lugar de mirar, escuchaba. Su oído estuvo muy atento a los resultados y la discusión colectiva que ocurría en las pantallas de televisión.
Pasó un día, luego otro. Luego otro más.
A las 5:30 de la tarde del lunes 15 de junio, una semana y un día después de la segunda vuelta electoral, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) declaró que la proclamación oficial de los resultados de la segunda vuelta de las Elecciones Generales 2026 se realizaría a mediados de julio.
Un mes más.
La decisión de participar en la segunda jornada electoral para Pierina fue muy distinta a los procesos anteriores. Ella, como suele hacer, revisó las propuestas de los candidatos para decidir. Su voto de primera vuelta fue para Jorge Nieto, uno de los treinta y tres candidatos que quedaron fuera de la contienda. En la segunda, pensó mucho para poder elegir, y aunque se niega a rendirse a votar por “el mal menor”, fue el camino que le tocó tomar, ya que ninguna de las dos opciones refleja su inclinación política.
Sebastián atravesó una situación similar, aunque él se decidió por la memoria, la decencia cívica y el voto sanitario. Recordó en 2021, cuando se enfrentaba Pedro Castillo con Keiko Fujimori y se preguntó cuál era el voto de las provincias, “de los poblados donde el Estado no existe (...)” y ahí encontró el voto más izquierdista dogmático y abrazó la causa del heredero del sombrero de Castillo.
La noche que (todavía) no termina
Han pasado 17 días desde la segunda vuelta presidencial en Perú al momento de escribir estas palabras. Pese a que algunos analistas ya dan por ganadora a la candidata Keiko Fujimori y marcan, con ello, el retorno de la derecha, el margen es estrecho. Quedan aún actas que no se han terminado de contabilizar y el proceso de impugnación y revisión, que sigue desarrollándose, y que debe cumplir el Jurado Electoral Especial (JEE).
Esto todavía no termina.
Pierina tenía 20 años cuando vio por televisión una de sus primeras crisis políticas. Después vinieron otras. Presidentes destituidos, protestas, muertos, elecciones. A veces le cuesta recordar cuántas exactamente. Por eso, cuando escucha que el resultado definitivo podría tardar un mes más, no se sorprende.
Solo suspira.
Ha pasado tanto tiempo que ya está bien de los ojos. La cirugía salió como se esperaba y ahora puede usar la vista de nuevo. Ya no tiene el antifaz que le impidió mirar los resultados; pero estos siguen sin llegar. Lo único que cambia es que ahora los ve, ya no los escucha.
Para ella, el resultado no es una victoria; es más una oportunidad, un momento para que el nuevo presidente haga introspección del país que se le viene. Por un lado, robustecer la confianza de quienes votaron por él (o ella) y ganarse la del otro 50%, sin que esto genere más heridas o más división que resquebraje el país.
Sebastián siente que es peor. Lo asume como un abismo donde “la heredera de una de las dictaduras más corruptas de la historia tomará las riendas del país y lo encaminará hacia la consolidación de una organización delictiva financiada por el gran empresariado y las economías ilegales”. Ya no ve a personas viendo sus teléfonos en el Metropolitano como las veía durante la primera semana. Ahora es menos frecuente.
El anuncio se ha hecho una realidad latente; una espera que pasa de días a semanas y ahora coquetea con hacerse de meses.
Para lidiar mejor con su ansiedad, Sebastián dice que cerró la pestaña de su navegador. Lo dice como quien abandona una discusión o renuncia a una esperanza. Pero no se resiste. A veces vuelve y escribe las mismas cuatro letras de siempre: O-N-P-E. Espera unos segundos a que cargue la página y revisa el conteo esperando que suceda el milagro… al menos, por una vez. El resultado apenas ha cambiado por unas décimas.
Él sonríe con resignación y un poco de preocupación. Decide cerrarla.
Han pasado dos semanas desde la elección y el país sigue haciendo exactamente lo mismo: mirar una pantalla y esperar.
Héctor Villa León (Lima, Perú) Periodista. Trabaja con AFP y MVS Noticias; director de Cápsula Migrante. Ha colaborado con DW, Inquire First, Ojo Público, Efecto Cocuyo, entre otros. Nació en Venezuela, pero vive en Lima.




