En una jaula revestida de aluminio descansaba un pájaro: una golondrina diferente a las demás. Su plumaje era oscuro, las alas demasiado grandes y su pico parecía una daga de obsidiana. Saltaba de un lado a otro mientras Alyssa, su dueña, lo contemplaba.
Para Alyssa, Gambito no era una mascota. Significaba compañía. Un confidente; un amigo. Ella disfrutaba hablando con él hacia el atardecer, sentada en el sofá, mientras tocaba su protuberante panza en donde se gestaba un niño hacía ocho meses y medio.
El primer encuentro entre Alyssa y Gambito sucedió cuando ella regresaba de su trabajo como investigadora en el Museo de Antropología de la Ciudad de México. Alyssa, francamente, estaba teniendo un mal día. Encima, tenía dolor de cabeza y de espalda—que el embarazo potenciaba durante aquellos días—. Era como vivir la dosis del infortunio de dos personas en el cuerpo de una.
Al llegar a casa, se despojó de la cartera y se cambió al vestido de noche. Aunque apenas eran las seis de la tarde, salió al patio a respirar aire fresco.
Entonces apareció. Sentado en una rama del árbol más alto, mirándola con curiosdad a través de sus negros ojos, enclaustrados por un tenue delineado blanco. Ella mantuvo el contacto visual, maravillada.
Alyssa entró a la casa y, cuando estaba a punto de cerrar las puertas, el ave se coló en un instante a la habitación y revoloteó a su alrededor. Asustada, alzó los brazos y las pequeñas garras del animal dejaron un rasguño en uno de ellos. Finalmente, se cansó de volar y se encaramó encima del librero, mirándola con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. Ella quedó fascinada y no tardó en encontrarle una jaula al pequeño, su nuevo compañero de vivienda. El padre de Alyssa era un aficionado al ajedrez, así que el nombre Gambito le vino como un eco familiar. No pudo llegar en mejor momento.
El bebé que crecía cada día dentro de Alyssa había sido producto de una noche de copas y una interesante relación con Octavio, el arqueólogo primerizo que había irrumpido en el medio por su aptitud para el trabajo de campo. Aunque era un año menor que ella, siempre hubo una química especial entre ambos, como los polos de un imán. Él era extrovertido y ella adoraba la quietud, el calor, el frío; jugar, estudiar; la compañía, la soledad.
Se conocieron en Cancún, donde formaban parte de la misma expedición del INAH, invitados por un profesor de la maestría. Tomaban las mismas clases, pero apenas habían cruzado un par de palabras durante tres semestres. El proyecto iba mal. En tres semanas no habían encontrado más que basura y diminutos pedazos de barro; era probable que esos fueran sus últimos días antes de regresar a casa.
Alyssa estaba ansiosa, sentía la necesidad de hacer un descubrimiento que le diera ese empujón a la cima; algo que la pusiera bajo el reflector. Fue por ello que decidió salir del terreno delimitado, cruzar la cinta de seguridad amarilla y buscar cerca de una pendiente. La tierra le llegaba hasta debajo de las uñas, el sudor le cerraba los ojos, sus herramientas escarbaban incansables la tierra. Nada. O eso parecía, hasta que un pequeño orbe de piedra lisa se asomó por debajo del barro. Ella se sobresaltó, pero con agilidad y cuidado logró desenterrar la figura: precolombina, sin duda; antropomorfa, de hace unos 600 años: la figura de un niño.
Alyssa examinó la pieza, la limpió y la sostuvo entre sus manos. Entonces escuchó los gritos en la distancia: ¡Deja de cavar! ¡Deja de cavar!, decía Octavio. No obstante, el sonido de su voz fue opacado por un estruendo mucho mayor. Alyssa volteó hacia el cielo y lo que vió la dejó atónita: una bandada de pájaros negros caía en picada hacia ella, como una manta oscura que cubrió en su totalidad el cielo meridiano. Decenas de picos afilados se abalanzaron contra su piel, arrancándole pequeños pedazos de la epidermis. Unos iban tras los brazos; otros, hacia los tobillos; otros, hacia los ojos, la nariz, la lengua. No tuvo más opción que gritar, pero su voz fue ahogada por el fragor de doscientos aleteos. La sombra se hizo de ella, como si le tragara la tierra. Su cuerpo se hizo más y más pequeño, escudándose de los ataques. La cantidad fue tal que perdió el conocimiento.
Despertó en el hospital. Cuando recobró el sentido, Alyssa vio a Octavio sentado a su lado. Tenía cara de alarma y angustia. Él no esperó a saber si ella se encontraba bien y le empezó a contar una de las leyendas del lugar que databan de hacía cientos de años: Eso que encontraste no son muñecos de piedra, sino la práctica más cruel que los padres de aquél entonces hacían. Esas estatuas son ofrendas para Ixtab, la diosa maya. Las personas que anhelaban poder o que adolecían de mala cosecha, sacrificaban a sus recién nacidos a la diosa para así poder cumplir sus deseos. Mataban a sus hijos con tal de recibir algo a cambio. Era un pacto con la diosa y un pacto así jamás debe ser transgredido. Alyssa no le dió importancia al relato, pensaba que no era más que eso, un cuento de antaño para asustar a los niños. No imaginaba lo que vendría después.
Octavio se fue de la ciudad cuando Alyssa recién cumplía dos meses de embarazo. Tuvieron una gran discusión debido a que ella le ocultó una importante carta de la Universidad de Cambridge, a donde lo invitaban a formar parte de un comité de jóvenes dispuestos a seguir su profesión en Marruecos. Él se enteró por un e-mail urgente que le conminaba a viajar al día siguiente. Envidiosa, fue una de las muchas palabras que usó para describirla.
Un mes más tarde, Alyssa tuvo una alucinación. Trabajaba en su cafetería habitual, en la Ciudad de México. Le gustaba ir por el enorme ventanal con vista ininterrumpida hacia Reforma. Disfrutaba ver a la gente, cientos de personas inmersas en sus mundos, hostigadas por la urbe. Esa mañana sintió un dolor constante en la sien derecha. La fatiga no le dejaba concentrarse en su escrito.
Distrajo la mirada a la calle y, en la acera opuesta, vislumbró a un niño vestido de forma peculiar: no usaba playera, andaba descalzo y de su cadera colgaba una falda que parecía estar hecha de paja. Alyssa no le quitó los ojos de encima; de igual forma, el niño parecía verla. Sosteniéndole la mirada, el infante dió un paso hacia la avenida… El sonido del motor del coche que pasó a toda velocidad arrebató a Alyssa de su estado de shock: gritó y salió corriendo de la cafetería, frenética, deteniendo a los coches a la mitad de la calle, acercándose al lugar del accidente, y cuando llegó… Nada. No había nada: ni un sólo rastro del niño. Nada. Alyssa se tiró al piso; un punzante dolor en el vientre la hizo doblarse en sí.
A la alucinación sucedió un inexplicable episodio durante la jornada de trabajo en el Museo de Antropología. El vientre de Alyssa crecía con cada semana que pasaba y ahora, con seis meses de embarazo, la criatura en su interior se hacía notar. Aún entonces, pasaba más tiempo rodeada de aquellas paredes del museo que de las de su propio departamento.
Fue mientras caminaba con pesar por la sala de etnias. Alyssa estaba cansada, de mal humor, ensimismada. Ya era tarde y el recinto estaba próximo a cerrar, por lo que había poca gente dentro del lugar: algunos visitantes y, sobre todo, empleados. Pero algo raro estaba sucediendo. Las sombras se pronunciaban en el mármol del museo. Alyssa notó que las personas que se cruzaban en el camino la miraban con espanto. ¿Qué le pasa a esta gente?, pensó ella, maldiciendo por no tener un momento de paz, como si ver a una embarazada fuera algo extraordinario. Lo que ella no sabía era que las personas no la miraban con extrañeza por su protuberante panza, sino porque, a sus espaldas, dos enormes alas emplumadas de color negro parecían crecer y aletear hacia enfrente, como un cuervo gigante que disuade a sus enemigos con fuertes zancadas precautorias.
Semanas después, todo parecía quedar en el pasado. Uno lejano. Pero algo acongojaba a Alyssa. Hacía un tiempo que su ave, Gambito, se desvanecía. Lo observaba mientras reposaba en la parte inferior de la jaula. No tenía fuerzas ni para abrir las alas, ni para escalar con sus garras los flacos barrotes de metal. Una parte de ella se desvanecía con él. Los ojos de Gambito se fueron cerrando lentamente, su cuerpo se achicó y sus alas envolvieron su pecho en un abrazo.
Tuvo entonces Alyssa un estremecimiento: salió de sus pensamientos acompañada por una extraña sensación que se hizo camino por entre sus piernas y terminó mojando su bata de noche. La fuente. Se le había roto la fuente. Es tiempo, pensó, e intentó llegar a la cama. No pudo: el dolor de las contracciones la alcanzaron al segundo. El dolor fue tal que prefirió acostarse ahí mismo, en medio de la sala, frente a la jaula. Sentía cómo su interior se removía. La criatura estaba lista para salir, para ser recibida por este mundo, por unos brazos de madre. Pero Alyssa estaba deshecha: miraba a Gambito con ojos de anhelo y tristeza.
Apretaba los dientes. Sus uñas se metían por entre las divisiones del piso; sus pies pateaban con fuerza descomunal, hasta que pujó por última vez y dejó salir un chirrido ensordecedor. El lloriqueo del bebé recién nacido era algo nuevo para sus oídos. El súbito pensar que, después de nueve meses de tenerlo dentro, la criatura incorpórea por fin se manifestaba delante de ella como una persona. Sintió sorpresa, júbilo: ¡presenciaba vida!; esta vida… no era suya para celebrar. Era una vida prestada, arrebatada, robada… Un pacto transgredido. Así lo sentía.
Débil y ensangrentada, Alyssa encontró las fuerzas para cortar el cordón umbilical con las manos, alzó al bebé y lo llevó fuera, al patio. Lo colocó en la suave y húmeda tierra de una de las jardineras y regresó al interior de la casa a por una de sus herramientas de trabajo: la pala. Lentamente, removió la tierra para hacer un agujero e introdujo a su retoño.
Los lloriqueos fueron cesando poco a poco, mitigados por los montones de tierra que le caían encima. Se hizo el silencio.
Alyssa se levantó, sacudió la tierra del camisón, abrió la jaula y sacó el cuerpo inmóvil de Gambito. Lo sostuvo entre sus manos con sumo cuidado. Dió un par de pasos y se dejó caer en la silla que daba al patio, alzó la mirada y cerró los ojos. Se dejó acariciar por el viento y el olor de la lluvia venidera. Entonces, dentro de sus manos, sintió un suave aleteo.
José Luis Vidales Peña, nacido en la Ciudad de México, licenciado en Comunicación especializado en cine. Su pasión por contar historias lo ha llevado a participar en diversos cortometrajes de ficción y problemáticas sociales como guionista, director, fotógrafo y compositor; co-autor del poemario Delirios de Corazón y autor del cuento La Ofrenda, ambos publicados en formato físico.





