Soy de las montañas de Heredia. Aquí decimos que son marañosas. Tienen mucha densidad. El sonido metálico del jilguero inunda el espacio. La Oreothlypis gutturalis salta en el dosel y, como esas piedras del suelo marino que se convierten en pequeños destellos ante la luz solar y el devenir de las olas, su garganta de fuego resplandece. Los robles, con sus parásitas que parecen anémonas rojas, producen una oquedad absorbente. Al adentrarse en ellas se pierde toda idea de eje o de centro.
Son frecuentes, más de lo que deberían, las noticias de personas que, buscando un cerro o una especie vista en redes sociales—en su mayoría pajareras—se pierden y tienen que ser rescatadas. Se adentran con sus cámaras, sus pantalones tácticos, sus zapatos burros y sus chalecos multifuncionales. En ocasiones, incluso, llevan parlantes para emular el sonido de las aves. Buscan tomar fotografías. Han modificado las rutas, el ecosistema y el paisaje natural.
En Costa Rica es algo diario. Hace algunos años, cerca de Cerro Dantas, un bus abandonado se convirtió en una escenografía viral. Grupos de personas llegaban a tomarse fotos. Era común encontrarlas en Instagram acompañadas por frases de Alexander Supertramp. Tuvo que intervenir el SINAC —Sistema Nacional de Áreas de Conservación—, ya que se estaba generando una presión ambiental muy importante cerca del refugio. El caso, que no es un fenómeno aislado, se puede googlear como «El bus místico de Heredia». Otro ejemplo es el llamado Cañón de Mordor. Se lo presenta como un paisaje sacado de la meseta de Gorgoroth. De la misma manera, se generó un desequilibrio en el ecosistema que implicó la intervención de la institucionalidad pública.
Todas estas dinámicas, además, se intensifican por los procesos de gentrificación. Las ciudades y sus lógicas económicas y culturales son modificadas por la llegada de capitales turísticos, la estetización del tejido urbano para el consumo, así como la expulsión progresiva de comunidades locales. En Costa Rica hemos visto cómo las zonas costeras se convierten en centros urbanísticos, hubs de yoga y escuelas de wellness: Nosara, Tamagringo, Santa Teresa.
El nomadismo digital y la dolarización reconfiguran las dinámicas de exclusión y pertenencia en el territorio. La representación sobre el espacio se modifica. La tourist gaze, como la llamó John Urry, es la mirada que moldea las ciudades contemporáneas y determina lo que debe ser visto y lo que no.
Esto es un fenómeno común en las sociedades globalizadas.
Hace algún tiempo, se volvieron virales videos de calles japonesas invadidas por turistas: geishas corriendo, otakus; residentes cerrando rutas y haciendo piquetes; visitantes tomándose selfies; trenes repletos y comerciantes colocando carteles pidiendo respeto por las normas locales. Ciudades como Dubrovnik, en Croacia y Reikiavik, en Islandia, han vivido procesos similares, impulsados por narrativas mediáticas, series como Juego de Tronos y el deseo globalizado de autenticidad escenificada. En todos estos casos, el turismo masivo transformó el espacio urbano en artificio y la experiencia en simulacro.
Además, viajar y hacer turismo son una especie de mandato. Las redes sociales se inundan de fotos, en las cenas familiares no falta la tía contando hasta el último detalle del viaje a Praga, el abuelo hablando de la sobrina que vive en Berlín o el primo que vio un video en TikTok sobre las auroras boreales.
Se ha convertido en una narrativa omnipresente que no estaba en generaciones anteriores, a pesar de que en muchos países el poder adquisitivo era mayor. El viaje turístico masivo e internacional no constituía un imperativo ni una necesidad identitaria de la misma manera que en la actualidad. Obviamente, una de las principales razones fue el surgimiento de las aerolíneas low-cost y el abaratamiento de los pasajes.
Yo a veces viajo. No es mi actividad favorita. Los aeropuertos no me gustan. Sin embargo, probablemente lo he hecho más que mi abuelo. Él era un ermitaño al que nunca le pasó por la cabeza convertirse en turista. Le decían El Feriado: no creía mucho en la idea del trabajo asalariado y los horarios. Pasaba sus días tocando en la filarmonía de la comunidad y haciendo queso palmito; su atención estaba en las corcheas y en el anidamiento de las hebras lácteas. Se detenía. Reflexionaba. Sus cuadernos se convertían en sonidos de tuba, mientras que con sus manos enrollaba el queso.
He viajado más, pero probablemente él tenía más profundidad. Sabía esperar. Su temporalidad se extendía de manera diferente.
Viajar es una alegría y un privilegio; el deseo de hacerlo no tiene por qué ser «malo». Hay también formas de viaje basadas en la horizontalidad y el intercambio cultural genuino que escapan a las narrativas del turismo masificado y a las lógicas gubernamentales.
Mi abuelo no vivió en el tiempo de TikTok. No escuchó sobre el capitalismo de la vigilancia de Zuboff. No conoció el brainrot. No experimentó la gentrificación. Posiblemente no entendería la necesidad de tomarse fotos para redes sociales. No le gustaría viajar en un avión durante nueve horas… ¿Por qué su subjetividad era tan distinta? ¿Cómo se detenía tardes completas en un trazo buscando la nota adecuada? ¿Cómo convertía el proceso lento de la fermentación en una experiencia estética?
Se han construido una serie de narrativas basadas en el rendimiento, así como en la construcción de una identidad optimizada para la competencia. Es la idea foucaultiana de volverse una persona empresaria de su propio cuerpo: el sujeto se transforma en una empresa viviente que invierte en sí misma, gestiona su corporalidad, optimiza su tiempo como capital humano y se autogobierna bajo lógicas de competencia y eficiencia. Internaliza la lógica de mercado como principio vital.
Bad Bunny canta en el Super Bowl. En el trabajo nos hablan de autorrealización y crecimiento personal. Recibimos cursos de habilidades blandas para evitar las «emociones negativas». Nos hablan de pensamiento crítico para resolver problemas y producir eficiencia. Se nos dice que cumpliendo las metas de la organización «florecemos» y nos desarrollamos. Al final lo que queda es el burnout y una plusvalía creciente.
El turismo y el viaje funcionan de forma muy similar, ya que se intentan enmarcar bajo las ideas de autenticidad, profundidad e, incluso, pensamiento crítico. Viajar se convierte en una narrativa de transformación personal, una inversión simbólica que promete sentido, renovación y capital emocional. Es una idea que se ha vuelto popular por películas como La vida secreta de Walter Mitty, Alma Salvaje y Comer, rezar y amar.
Los viajes se pueden entender como una forma de posicionarse en un determinado campo social. No es lo mismo subir una foto con una torta en la Plaza de la Constitución que una con la Torre Eiffel detrás. Simbólicamente, debido a las narrativas coloniales, una tiene diferentes implicaciones que la otra. El imaginario social otorga más valor a recorrer las aguas sucias de Venecia que un río de las montañas de Heredia en Costa Rica.
Es representativa la distinción entre la estética new money y old money. La segunda, referida a la burguesía, se asume a sí misma como una que no tiene nada que demostrar, por lo que su estilo es sobrio y, en ocasiones, minimalista. La new money, por otra parte, ligada a las clases medias aspiracionales, se caracteriza por la necesidad de demostrar que se está alcanzando la movilidad social: ropa de ciertas marcas, automóviles, mensualidades en clubes recreativos y viajes a Europa. Cada estética intenta expresar su posición material en las relaciones de producción. Los cuerpos se convierten así en el soporte donde esa jerarquía se vuelve visible, legible y, sobre todo, deseable.
Los lugares físicos también se ven afectados. Los reels de Mykonos con hashtags sobre vivir más lento que vemos al scrollear en TikTok tienen un correlato claro: las comunidades locales están siendo desplazadas.
Lauren Berlant, autora estadounidense, acuñó la categoría de optimismo cruel, según la cual, las aspiraciones interiorizadas, así como las dimensiones afectivas sobre lo que es una buena vida son, en realidad, impedimentos para el bienestar. El mérito se apropia del discurso y mira el lado contrario a la desigualdad estructural. Las personas que impulsan «la buena vida» ven en la familia nuclear, los viajes y la vestimenta un acercamiento a la cultura y valores de la burguesía, a esa «felicidad» que, muchas veces, se queda en promesas.
En América Latina estas nociones sobre el viaje son ideas recurrentes. «Hay que cruzar el charco, así se conoce el mundo, ahí está la cultura». Algo así me decía un tío.
Otro caso: hace unos días estaba viendo un noticiero en el que entrevistaron a una influencer sobre el impacto de un viaje en su manera de ver el mundo; al ser cuestionada sobre cómo esto modificó su perspectiva, dijo: «soy una persona nueva, entiendo todo diferente ahora. Italia fue lo que esperaba y más. Como dicen allá: il dolce far niente».
Es ineludible que en el contexto de las sociedades del espectáculo, las representaciones se vuelven más importantes que la experiencia en sí. Las imágenes y reels en Instagram o TikTok sobre diferentes lugares turísticos hablan de una realidad virtual, por lo que, en gran cantidad de ocasiones, las personas que asisten a estos lugares mediatizados sienten un gran desencanto. La representación en redes sociales precede al lugar mismo.
Incluso, antes de ir a esos lugares ya tenemos la publicación en mente. La frase de Facundo Cabral lista: «no soy de aquí ni soy de allá»… ¿De dónde somos entonces?
Hace algunos días leí The Living Mountain de Nan Shepherd. La autora, que prácticamente nunca salió de los Cairngorms. Tiene una de las miradas más profundas y complejas que se puedan construir sobre la naturaleza. La textura aterciopelada de un liquen no es sólo algo perceptible mediante el tacto. Es un signo de las complejas redes de la vida que lentamente construyen el paisaje visible. La garganta de fuego en el dosel, anémonas rojas que cuelgan de los árboles y sonidos metálicos en la oquedad del bosque. Es un elogio a la atención y al detenimiento. No es il dolce far niente de TikTok.
En Heredia es común ver, en los corredores floridos, a las Oncidium sphacelatum, orquídeas que caen como cascada amarilla. El nombre científico alude a la idea de un tejido gangrenado. En inglés la suelen llamar kandyan dancer por su parecido con una danza de Sri Lanka; en algunos mercados centroamericanos lluvia dorada, chorizo con huevo o dama bailarina. Es una planta que habla de quienes somos. En ella hay puertas: bailes asiáticos, comidas y miedos heredados.
Esa complejidad no viaja bien. No cabe en un reel, no genera engagement. Lo que el turismo aspiracional necesita no es una orquídea con cinco nombres y una historia de tejido gangrenado; demanda una imagen legible, un fondo para la foto, un signo de distinción que pueda circular. La profundidad, como el liquen de Shepherd o los sonidos de la tuba de El Feriado, requiere detenimiento; y el detenimiento, en la lógica de la movilidad permanente, es un lujo o un fracaso.
La paradoja, por tanto, es que una narrativa fabricada alrededor de la autenticidad y la construcción de una identidad singular termina siendo una escenificación que reproduce el optimismo cruel, el imperativo de felicidad, la fluidez de la globalización, la búsqueda de capital simbólico de las clases medias aspiracionales y las lógicas de rendimiento propias del neoliberalismo. En América Latina, atravesada por discursos coloniales y epistemicidios, el turismo instala una estética del deseo jerarquizado, donde el viaje no emancipa, sino que convierte al sujeto en un occidental de segunda mano.
Los turistas aspiracionales no escapan del sistema: lo encarnan, lo exhiben y lo perpetúan. Lo que Shepherd encontró en los Cairngorms, el brillo de las gargantas de fuego en el dosel, la belleza de los nudos del queso palmito y lo que la Oncidium nombra, no son cosas producto de la rapidez y el vértigo. Nacieron de la demora, la atención y la quietud.
Roberto Zárate Sánchez es docente e investigador en Costa Rica.



