El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En el pasado, hemos hablado de templos satánicos y osos en peligro de extinción.
Y si quieres más de Perpetuo, tenemos conversaciones cada semana con autores, líderes de opinión y todo aquel que esté definiendo las fronteras (sean del idioma, tecnología o demás).
La semana pasada:
En nuestro podcast, Perpetuidades hablamos con Claudia Braver sobre por qué México e sun país racista.
En Inferencia, conversamos con Manola Zabalza, Secretaria de Desarrollo Económico de la Ciudad de México, sobre la apuesta capitalina a la biotecnología.
Sin más, les dejamos la historia de la semana…
—La situación de un país se puede entender mirando a las putas.
Yo no hubiese llegado a esa conclusión por mi cuenta, pero Fernando es un hombre recorrido. Político, economista, activista, antiguo embajador y exmiembro del gabinete español. Con cincuenta y tantos años y este expediente, sus reflexiones son sagradas para mí.
—Ve a La Habana Vieja y dime dónde están las putas —continua—. Ve al Vedado, a Quinta Avenida. Ya no hay putas. Y claro que hay. Siempre van a estar, pero no están como un mercado organizado, como siempre las tuvo Cuba; y eso es reflejo directo de lo bajo que ha caído este país Fernando.
—Claro, al no haber turismo…
—Y no solo es que no hay turismo, sino que no hay nada. Las putas están cuando hay progreso, cuando hay dinero y cuando hay oportunidad. Las putas son un signo de progreso. Un país que no tiene putas en activo es un país que está próximo a morir…
Salgo de allí con un mal sabor de boca. ¿Quién se cree este español para hablar así de mi país? Últimamente todo el mundo desea tener la última palabra sobre mi Cuba…
Fernando es un pescado gordo, sí, okey, te lo acepto. Es tan gordo que se llama Fernando solo en este texto. No hay por qué identificarlo. Según cuenta, acaba de regresar de España, habiéndole negado a Pedro Sánchez la invitación a retomar la gobernación con un «si no me vas a poner de ministro, déjame en el lugar en donde estoy».
La charla con él me deja un mal sabor de boca. Un agridulce inexacto. No me hace gracia alguna que un españolito reacomodado en el turismo, que mira Latinoamérica desde la frialdad del estudioso, suelte sus parlamentos categóricos sobre la devastación del dolor como quién bota sobras de comida.
Es febrero y regreso a casa. Quizá me encuentre con mis amigos. Abro mi teléfono, busco una app. Pido una moto que me lleve solo para darme cuenta que las putas y las agencias de taxi hacen lo mismo, son lo mismo.
Una puta es una agencia de taxis y un taxista es una jinetera. Dependen de un cliente.
El cliente solicita exactamente lo que quiere: mulata, moto, culona, de tal lao a tal otro. Negra tortillera, carro moderno. Se lanza la oferta al mercado y la rapidez de la gestión depende de cuánta gente esté ofreciendo el servicio. El chofer acepta tu viaje. La mulata transa. El chofer cobra tanto. La mulata cobra tanto. Si en el viaje hay escalas o paradas, el precio sube. Mi amigo, si quieres que yo haga tortilla con mi amiguita entonces te tenemos que cobrar un poquito más; ¿confirma usted, señor, el viaje y la puta por ese precio?
Es febrero veinte; nueve y tanto de la noche y yo estoy en la Séptima Avenida en Playa solicitando una puta a una agencia de taxis. La operadora me dice que no hay casi nadie en activo.
Con el bloqueo total de combustible para Cuba, firmado por el pulso colérico del presidente Donald Trump, hay más apagones en toda La Habana que nunca antes en toda la historia de la revolución de Castro. Las declaraciones oficiales estiman hasta veintidós horas al día sin electricidad. Son las nueve de la noche y algunos sitios de la capital llevan más de doce horas sin fluido eléctrico.
Los taxistas que se asocian a agencias virtuales o apps como Uber no pueden trabajar porque sus teléfonos celulares no tienen carga. Los taxistas de motos eléctricas no pueden circular porque sus motos no tienen pila. Los taxistas de moto de gasolina no pueden trabajar porque no tienen gasolina. Los de petróleo, ídem.
Algunos taxistas no tienen carga en el teléfono, ni gasolina o petróleo en el tanque. Otros, o todos, no tienen ánimo en el alma para encender una moto o revisar una app en el teléfono. No hay putas en las agencias de taxis, Fernando, es cierto, no hay taxistas que hagan feliz a yuma alguno.
Este país está roto, le han derribado la penúltima pared con la resingueta del combustible.
La puta no quiere singar porque nadie paga lo que vale levantar de nuevo la pared caída. El taxista no puede manejar porque con mil quinientos pesos no se pueden comprar siquiera dos litros de petróleo. Ha tenido que venir un españolito ilustre, expediente honroso del activismo europeo ochentero de izquierda, a decirme que esta isla sucia y triste no tiene forma de ser reparada o embellecida, ni aunque venga el mismísimo Barack Obama a darle cuatro manos de pintura demócrata.
Y es que, en febrero de este 2026, se está viviendo en Cuba la mayor crisis económica de su historia, por encima aun del Período Especial de principios de los noventa. Hoy, los habitantes de la isla tenemos a mano únicamente la demolición total y la esperanza del resurgimiento. Esto, por suerte, no se lo oigo a un cincuentón hispano de bolsillo resuelto. Al decirlo un coterráneo como Carlos Manuel Álvarez —el mejor periodista cubano de los últimos quince años— se recibe cual regaño del tío preferido: «Todos los futuros de Cuba pasan a través de su exterminio».
A las diez de la noche de aquel veinte de febrero, solo me va quedando irme a pie hasta la casa o hacerme la paja con el porno abierto, que es lo mismo.






