A Tata y a Chichí, protagonistas de este texto
He pensado mucho en la resurrección. No en la de Jesucristo, que de esa se ha hablado mucho; pienso, más bien, en una epifanía sierva del azar. Hay algo hermoso en la contemplación del camino por el cual regresa el momento perdido a casa. Si le entendí bien al discurso de cierto decano en la ceremonia de graduación de mi hermana en cierta universidad del noreste de Estados Unidos, podemos entender la resurrección desde múltiples perspectivas; me gustan dos: que los años que faltan son los que sobran; que los que vienen, aunque distintos, ya han pasado. Importa cómo los enfrentamos.
Volver de entre los muertos no sugiere únicamente la reactivación de los pulmones: se necesita compromiso. Comprometerse con la vida nuestra en los demás y con la de los demás en la nuestra. Citaba para bien Michel de Montaigne, plurisecular progenitor del ensayo, a Virgilio, bimilenario poeta: La disposición del alma cambia constantemente; cuando una pasión la agita, la mutación del viento hará que otra la arrastre. Estos días, con el viaje reciente y la sonrisa intacta, los vientos me han llevado lejos: avivaron la noción de mi espíritu y con la mirada dispuesta rocé la plenitud. Pero sólo lo hice gracias a otros: en su ternura habita el compromiso de la resurrección.
La ternura es la capacidad de ponernos fuera de nosotros mismos, afirma Luna Miguel; A veces la ternura es reír junto a quien amas, dice también. Me atrevo a añadir una palabra: conmoción. Conmoverse ante el otro —más aún ante el otro que uno ama—, promueve un nuevo respiro, un reemplazo al estertor por el hálito sereno. Conmoverse implica reconocer la ternura en la inhalación y exhalación ajena. El trayecto es conmovedor: el paso del aire por el sistema, la cría de pato que sigue a su madre al cruzar el río, el trazo del balón al ángulo de la portería, la expedición al mercado en busca de ingredientes para la cena. O quizás algo más agresivo, como el paso del tiempo.
El jueves que mi hermana recibió su diploma pensé mucho en ello: en su trayecto, en la resurrección, en el tiempo. En la conmoción y lo que supone conmoverse. Lo pensé en desorden, buscando nudos que no estoy seguro de haber atado. Estoy seguro, eso sí, de haber sentido cada concepto: el llanto alegre en mi pecho, la conmoción; la ternura latiendo desde el primer suspiro del día frente a la hoja en blanco, meditando las palabras que escribí a manera de carta para mi hermana; y en algún momento vacilé: ¿tendrían peso en la pila de oraciones y párrafos repletos de cumplidos y deseos enviados desde muchos otros pechos que igual la adoran? Fue una inseguridad absurda, y por ello es que fue efímera: hermandad y admiración conforman un dueto implacable.
Horas después vino el discurso y con su muerte el entusiasmo, la nostalgia, la gratitud. Un nuevo amanecer. Las decenas de graduados subieron a la tarima por sus diplomas, personas de distintos programas y de distintas naciones a los que mi abuela octagenaria aplaudió sin excepción y regaló la alegría por su nieta, fiel al lema que practica con devoción: Donde come uno, comen todos.
En el recuerdo de la abuela fulgura todavía la emoción de quien concluye y reconoce el camino que se ha marchado. Ella no estudió, pero encuentra pasión por quienes sí lo hicieron; el orgullo por su nieta es el orgullo por los títulos que nunca obtuvo. Durante años, aprendiendo del otro, cultivó la ternura por medio de la compersión: esa alegría por la alegría del otro. La abuela supo leer la ceremonia como una celebración de muchas fiestas; ¿por qué no habría de compartir sus aplausos? Eso, también, es una forma de resurrección.
Esperen a finalizar con el listado para la ovación; no los repartan individualmente, se le escuchó decir a la locutora encargada de nombrar, uno por uno, a los graduados. Nadie hizo caso, mucho menos el grupo de tres familias mexicanas —cerca de cuarenta personas— que confabulamos para tomar los mejores asientos, utilizando para ello una estrategia digna de legiones romanas frente a un escenario de purga cercano al de un Costco en pandemia. Quizá nuestro escándalo no resultó muy elegante para nuestros vecinos, sentados en un bloque central y miembros de la extraña sociedad de las realezas modernas. A quienes sin duda pareció simpático fue a una pareja de japoneses, únicos animadores de su hija en el evento: maravillados por la emoción y la fiesta, nos pidieron prestado el alboroto. La resurrección comprometida no ha de llegar en silencio.
Terminó la ceremonia, comenzaron más festejos. Familia, amigos; nuevas familias, nuevos amigos. Sonreí tanto hacia la izquierda que entumecí un hoyuelo. Reímos mucho sin olvidar el llanto; lágrimas hicieron simbiosis con la carcajada y encontraron refugio en el abrazo —quizá una consecuencia inevitable, un efecto en cadena, dos imanes buscando el encuentro—. Cuando la felicidad es un incendio, resulta muy difícil escapar de las quemaduras.
Días después, de vuelta en la Ciudad de México, vivo el proceso de una nueva resurrección: la que sucede a la muerte tras una sobredosis de aventura. George Simmel escribe que ésta —la aventura— puede percibirse como si de alguna manera toda la vida se resumiese y se agotase en ella. Nos agotamos, nos colmamos; la respiración es un vilo constante; cómo y con quiénes afrontamos la aventura dirá si valió la pena morir tantas veces.
Leo el último post de mi hermana en Instagram. A las fotos acompañan párrafos de los que retomó una oración: La suerte es, por naturaleza, arbitraria. Estoy de acuerdo, sin embargo refuto por naturaleza de hermano menor: la suerte puede ser también selectiva. Lo mismo con la resurrección. Al menos acompaña a quienes reconocen su fortuna. A quienes, por naturaleza, reconocen su aventura en los otros.
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata; terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.




