La trampa
de Aldo Yahuaca
Un pedazo de queso. Perfecto. Delicioso…
Me acerco solo para verlo mejor. Es de esos quesos que exigen cuchillo: firme, pero cremoso; cortado en un círculo exacto, casi geométrico. El resto de la casa es miseria: paredes húmedas, olor a moho, agua estancada. En medio, el queso. Una promesa amarilla. Absurda.
Doy un paso. Estiro la mano. Estoy a punto de tomarlo…
Entonces algo se adelanta a mis dedos y toma el queso con desesperación. Ni siquiera lo huele. Lo muerde directo, con los ojos cerrados.
Un segundo antes del golpe, sentí que la casa también estaba mirando. Primero el chasquido metálico. Luego el impacto. Una viga cae y le aplasta el cuello de un solo golpe, dejándolo colgado de su propio peso.
Me congelo, con la mano a medio camino. El aire se parte. Escucho un quejido. Otro. Uno más largo: no está muerto. No puede salir, pero no está muerto.
Solo entonces veo que no es un hombre. No, es un niño. Ocho, nueve años. Tenis de superhéroe, sudadera de fútbol, lentes torcidos colgando de una oreja. La viga le cruza la espalda y lo clava contra la tabla del queso. Los brazos le cuelgan, como alas rotas. El queso está en el piso, con una marca de dientes pequeña.
—Ayuda… —dice. La palabra sale torcida.
—No te muevas —digo por decir algo.
—No puedo —responde con una risa que se vuelve tos.
Me acerco solo para ver. La estructura es simple: vigas, poleas, cuerdas tensas. El queso era el detonador. El niño ahora es parte del mecanismo.
—Ve por mis papás —dice—. Diles que me caí.
—¿Cómo te llamas?
—Bruno —dice. Y llora. Lágrimas. Saliva. Sangre. La viga lo mantiene despierto —. No me quiero morir —susurra.
Doy un paso. El suelo cruje. La estructura responde con un gemido. Puedo imaginar el resto: un segundo disparo, un nuevo cuerpo. No es una trampa de un solo movimiento. Está esperando otro peso.
Y lo veo claro. Ya lo he visto antes.
—Por favor —suplica—. Mírame.
Lo miro. No hay maldad ni inocencia.
—Tengo dinero. Toda mi alcancía. Todos mis domingos—llora porque creyó que el queso era un premio—. Si quieres… te doy mi alma.
Yo siento los ojos arder, pero no dejo caer nada.
—No me dejes aquí —alcanza a decir. Cada palabra le cuesta aire.
Miro alrededor. Solo él. Solo yo. Podría correr, buscar ayuda, gritar. Si corro, se desangra. Si me acerco, me reclama.
—Te lo ruego —ruega—. No quiero quedarme solo.
Tomo aire. Doy un paso atrás. El suelo rechina; la estructura se aquieta. Siento un tirón en el pecho, el instinto de héroe intentando frenarme.
—¿A dónde vas? —ya no suena a súplica, sino a reclamo.
No respondo. Lo miro desde esa distancia nueva: el cuerpo atrapado, el queso mordido, la trampa esperando.
Y lo entiendo. No a él: a mí.
Doy otro paso atrás. El niño grita, insulta, ruega, promete. Me ofrece su alcancía, su silencio, su alma. Retrocedo.
Una lágrima. Otra. Presión en el pecho. Una parte de mí quisiera quedarse con él.
Me doy la vuelta y camino hacia la salida. Cada paso hace crujir el piso. Ese sonido va a seguirme.
Afuera todo es ofensivamente normal: un perro ladra, un coche pasa, alguien regaña a un niño. Todo sigue. Yo también. Camino sin voltear a ver.
Mientras me alejo siento algo: como si, en algún punto del mecanismo, una mano invisible hubiera tomado nota. Yo ya había sido el niño. O alguien fue el niño conmigo.
No sé cuánto tarda en apagarse la voz de Bruno. Minutos. Años.
La trampa no me atrapó.
Aldo Yahuaca (México) escribe cuentos y textos breves donde la tensión, la observación y la trampa funcionan como estructura. Le interesa el momento en que un gesto mínimo revela un conflicto mayor y cuando el cuerpo entiende antes que el pensamiento. Trabaja con la idea del sistema, el engaño y la resistencia. La trampa forma parte de un libro de cuentos en proceso.






