La Universidad Central de Venezuela
de Edgardo Ibarra
A modo de prólogo
de Tomas Lemus
Recientemente, y por razones que vamos a obviar en este espacio merculino, Caracas, Venezuela está en pluma de todos. Hoy celebro que esta ciudad esté en la mía. Caracas, edén tropical, receptáculo de sueños y, a veces, plancha brutal que los entierra. Caracas es para América Latina, paradójicamente, eterna vanguardia dentro del retroceso.
Bajo riesgo de sonar completamente superficial, aquí mis pruebas:
Voy a Google Maps y despliego el plano de Caracas: hermoso, irregular y tambaleante, como mi natal poniente de la Ciudad de México, aunque guardado de otra manera: no en una planicie sino en una depresión tectónica, un valle quebradizo encajado en la Cordillera de la Costa y protegido al norte por el cerro del Ávila, gran muralla verde que separa la ciudad del mar Caribe. Tomo el muñequito amarillo y casi no lo puedo desplegar en ningún lado. Google ya no se pasea por Caracas. Donde lo hago, encuentro lo que ya se sabe: la ciudad está llena de edificios que en su momento impresionaron. Son edificios de mucha altura, en su mayoría residenciales, hechos para la clase media, para profesores, oficinistas, técnicos. Guardan aún el resplandor de una bonanza pasada, pero casi todos, al fin y al cabo, son edificios viejos.
Después abro el documento que me ha enviado Edgardo Ibarra, con fotografías de la imponente Ciudad Universitaria de Caracas, y me encuentro con una atemporalidad fascinante. Una arquitectura que continúa siendo novedosa, que demanda tu atención, que te grita: aquí se gesta una utopía, desde aquí se han empujado —y se empujan diariamente— los límites del espacio construido.
Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO desde el año 2000, la Ciudad Universitaria está entre las obras maestras del modernismo en Latinoamérica, y entre las más radicales del siglo XX en cualquier parte del mundo. Si, como dijo Goethe, la arquitectura es música congelada, la Ciudad Universitaria sería lo mejor del jazz de nuestro continente: ese momento atemporal en que The Girl from Ipanema funde el calor de João Gilberto con el lirismo del saxofón de Stan Getz.
Algo similar está en juego en esta obra. Su autor es Carlos Raúl Villanueva, venezolano formado en París que como tantos arquitectos americanos de la época, hereda y transforma el movimiento moderno. Todos dialogan con Le Corbusier y su visión de reinventar la ciudad: convertirla en una herramienta completamente funcional para que todo lo demás —la naturaleza, la psicología, las relaciones— puedan fluir libremente. Pero la Ciudad Universitaria es quizás uno de los pocos lugares donde esa visión permanece vigente, donde se siente que realmente, existe algo que fue formulado fuera de las lógicas del mercado y del tiempo.
Esto es así, sobre todo, porque los principios corbusier años siempre tuvieron más que decir en este continente. En el norte—y no olvido algunos ejemplos notorios en nuestra latitud—el funcionalismo colisionó con paisajes ya grises y saturados, con la pesadez del mundo industrial, y produjo con frecuencia distopías burocráticas. Aquí, rodeado de la exuberancia de la Cordillera de la Costa y empujado por la bonanza material e intelectual de la Venezuela de ese tiempo, ese mismo lenguaje hace justo lo contrario: dialogar. El concreto, más discreto entre el verdor, aún cuando se mira hoy hace imaginar el futuro. Hace pensar que quedan formas nuevas de habitar el espacio que no hemos explorado del todo, formas de construir relaciones dentro de él, de imaginar mundos nuevos. Que nuestra manera de manipular lo natural sigue conteniendo posibilidades.
Las fotografías son de Edgardo Ibarra.















