No sé si nosotros, modernos, pensamos tan distinto a los antiguos como para justificar nuestras brechas tan grandes en la escritura. Si es que, por años, escribíamos para otros, haciendo esfuerzos sobrehumanos por apaciguar a un público que, contra toda expectativa, pensaba igual como nosotros. Si, al giro del siglo veinte, con guerras en puerta y crisis abundantes, tomamos el coraje necesario para vernos de adentro y escribir cómo pensábamos, sin miedo a lo que otros dirían. O si tiene que ver con cómo evolucionan los idiomas o cómo las sociedades se abren para incluir más gente en sus diálogos.
Desconozco los motivos—seguro gente más lista los tendrá claros—. Sé, solamente, que, si existe una marcha de la literatura, es una hacia lo personal; hacia escribir para uno y no para otros. Dejar, atrás, la métrica de la Odisea y aceptar la desmedida de nuestras ideas.
Seguimos dando pasos en ese sendero. Ahora, el más reciente, es de Julia Sáenz Lorduy con su poemario, Espejismos. Aunque, reconozco, esa última oración causaría algo de descontento entre los sectores más establecidos—los que quieren, todavía, negar esa marcha y vivir, falazmente, en un mundo de mesura que no es el nuestro—. El trabajo de Sáenz es poesía en este siglo y no en otros.
Cuando abres el libro, no hay versos ni rimas—si los hay, son citas a otros—. En su lugar, encuentras párrafos comprimidos, enumerados del uno al doscientos cincuenta y ocho.
De haber nacido hace cien años, Espejismos sería catalogado como un diario; unos testimonios personales. Hace doscientos, habrían sido aforismos—fragmentos cortos que dicen algo de la vida—. ¿Quinientos? Sería un testimonio místico; de esos que escribían los monjes con reflexiones varias. ¿Mil? Filosofía, como la poca que nos queda de algunos griegos.
Pero no se escribió hace mil años. Ni hace quinientos ni cincuenta. Se escribió ahora, en este siglo; se escribió en tiempos donde, al fin, puede llamársele por lo que es: poesía. De esas que siguen el camino de las novelas y se liberan de la pretensión de la forma.
Sé que esto puede ser tema de debate y, por ello, quiero defenderlo—defender, pues, lo que ahora es poema y antes no lo fue—. Cuando pienso en poesía, pienso en tres cosas. Primero, claro, la poesía es el arte de la mesura. El de decir, en poco, lo que se piensa mucho. Si requiriera más palabras, se haría en ensayo o novela; en crónica quizá. Eso lo logra Sáenz; una mesura que limita ideas al espacio más limitado que conocen: el párrafo; a veces, la oración.
La poesía, también, es el vehículo puro de la emoción y la reflexión; es ese arte que evoca una reacción con usar palabras puntuales. La buena poesía, pues, es esa que evoca algo de su lector, como lo evoca, en mí, la diatriba de Sáenz con un amor distante o el hacerme pensar en mitos griegos traídos a lo moderno. Cuando leo del caos que es Los Ángeles, siento un deseo por alejármele, pero también una empatía grande por Sáenz que lo vive.
Pero, sobre todo, y por eso es que me atreví a escribir de este poemario y a invitar a Sáenz a Perpetuo; sobre todo, la poesía es sincera. La poesía es lo que dice; es, en fragmentos cortos, lo que todos pensamos pero no decimos. Es lo que nos une como humanos y, unos cuantos afortunados, que llamamos poetas, expresan al transformar sus propias experiencias en algo que todos leemos y decimos, sorprendidos: “carajo, eso es cierto” o lo que es más: “es que, justo así, es como me siento”.
Ahora que nos libramos de pretensiones intelectuales y del afán de satisfacer a otros, lo sincero es lo que pensamos. Son fragmentos que se acaban sin llegar a su fin, como a veces pasa con las ideas de Sáenz. A veces regresan, decenas de páginas después, como las ideas que se aferran a nuestra mente y esperan el momento justo para alzarse, de nuevo, entre las brumas.
A veces, también, no llegan. Vemos, en la calle, una persona que nos sonríe y nos preguntamos de su vida o qué será de ella. Desaparece al instante y no la volvemos a pensar. Las ideas van; a veces no vienen. Hay fragmentos que no encontramos de nuevo o, peor, como dice Sáenz, poemas que escribía en una época para no acabar.
Son fragmentos y son poesía; que me parece, incluso, representan mejor la vida que la métrica bien pensada y los versos rimados. Porque los días no pasan con planeación ni las ideas nos llegan en orden, Vienen en pedazos que hilvanamos, después, para expresarnos. Pero no como las damos, no fue cómo llegaron.
Y claro, la sinceridad es un amor que acaba y no dejamos. Como escribió otro gran poeta, Pedro Salinas, “un largo adiós que no termina”. Aunque lo batallemos, se nos presente una y otra vez hasta hacer las paces que nunca respetamos. Es ese “usted” misterioso al que Sáenz le escribe una y otra vez, como todos hacemos con los que queremos.
Es sincero, pues. Es emotivo y reflexivo. Es mesurado. Lo que hace Espejismos es poesía; solo, con un paso adelantado. Uno que sigue a la literatura en librarse de pretensiones y expresa lo que vivimos tal y como lo pensamos.
No sé ustedes. Yo siento en frases inconclusas y en cláusulas que abandono. Yo vivo como Sáenz vive en este poemario.
El poemario, Espejismos, está disponible para la venta en la Librería mil y un libros.
El texto es de J. L. Sabau
La ilustración es de Ernesto Testi




