Por cada periodo histórico, han existido revoluciones para dar y regalar. Basta con regresar la mirada a la Francia del siglo XVIII, la Cuba de los años 50s, o nuestro mismo México hace poco más de un siglo. Muchos dirán que esos espacios sirven solo para brutales guerras y violencia innecesaria. Que solo los rebeldes y hambrientos de sangre deciden apoyar los movimientos revolucionarios por siempre presentes en la historia de la humanidad. Sin embargo, detrás de esta fachada de cañones y escopetas se encuentra una batalla constante, perdida entre las imágenes de los medios y las anécdotas que generaciones pasadas nos han pintado. Una guerra donde las ideas son balas y las palabras son tanques. Donde hay pensamientos de diferentes tiempos en la misma changa, contra reloj, peleando; donde solo una generación quedará en los libros de historia mientras la otra será su reemplazo indefinido. Esta, es la revolución de las ideas.
Hoy en día, vivimos en tiempos de una revolución reinventada. Una que no toma lugar en terrenos al final de aduanas, sino que se desenvuelve en las mentes de sus habitantes. Las generaciones de ahora se han percatado que una revolución no tiene porque ser violenta. Al contrario, puede triunfar siendo pacífica. La batalla del presente es distinta a las guerras del ayer. Es una revolución donde se deconstruyen las enseñanzas que una y otra vez nos han taladrado en el subconsciente. Valores sexistas que marcan a las mujeres con un tatuaje de compórtate como señorita; y para los niños tristes, una singular lágrima sabor compórtate como hombre. El pan de cada día servido con un sueldo desigual, o un trato diferente resultado de una preferencia sexual. Las faldas cortas se vuelven en una invitación certera a ser manoseada y su uso es meramente para provocar, o incitar a algo más que una conversación gentil. De lo más alarmante, hasta lo más ridículo, cómo dejarte el sombrero al entrar a una casa. Estos son simples ejemplos de lo que día a día se llegó a martillar en nuestras cabezas.
El mundo en que vivimos busca crear, muy a su imagen, personas crueles e hipócritas. Durante los primeros años de educación nos incitan a compartir, unirnos, trabajar en equipo, pensar, hablar y ser creativos; solo para que después, al desarrollarnos como adultos, nos impongan el individualismo, trabajar para uno mismo, de una manera fija y organizada. Nos prometen cooperación, ayuda, individualismo, solo para después despojarnos de ellos y tornarnos en simples animales para el matadero. Ante un modelo como este, existen solamente dos alternativas: una violenta revuelta que cambie nuestra estructura, o una transición de ideas más sutil. Curiosamente, estamos viviendo tiempos donde se empalman los dos.
La Generación Z, vive desafiando constantemente las normas sociales impuestas por aquellos denominados Boomers. Similarmente, ellos pasaron por esta guerra contra sus padres y sus padres con la generación anterior en un ciclo tan antiguo como la humanidad misma. Solo que, después de haber ganado, no recuerdan la revolución. Como una vez dijo Hannah Arendt “El revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la revolución.”
Ahora, la Generación Z camina en un sendero pavimentado por los Boomers. Por nuestros padres. Nuestros abuelos. No falta mucho para nuestra batalla, para que ganemos la guerra, y que, con el pasar de los años, seamos retados por nuestros propios hijos. Un sin fin de revoluciones que reescriben la historia y la sociedad que la hace. Las creencias retrogradas del ayer se juntan con un sentimiento de cambio derivado del derecho a fomentar nuestras propias prácticas sociales.
Es aquí donde decimos basta, y dejamos atrás lo discos rallados que llamamos enseñanzas, órdenes y tradiciones. Es cuando dejamos de rezar y las capillas empiezan a arder. Es cuando decidimos que es hora de arrancarnos la carne. Poco a poco, nos despojamos de lo que una vez nos dijeron que era correcto, y empezaremos a construir un nuevo propio sendero. A vestirnos en nuestras ropas. A dar vida a nuestra visión del estatus quo.
Nos hemos liberado de los pensamientos de antaño en donde existe una sola familia, tradicional y correcta, acompañada de una manera única de hacer las cosas. Hemos entrado en tiempos donde se desgarran lentamente las pieles de nuestros ancestros. Formando y forjando nuestras identidades en colores de ropa más vivos; en tatuajes, en cortes de pelo extraños y poco comunes; en aspiraciones a corto plazo; y un pensamiento individualista que, aún así́, se percata del bienestar comunal.
Existimos en un momento histórico donde transitamos de una mentalidad a otra. Quizás no de una manera tan brusca, como lo hizo el humanismo en Europa, sino una más tranquila. Ya no se trata de dagas y cuchillos; existimos en una revolución digital. Donde ninguna discusión tiene solución — ¡y esto es maravilloso! Donde antes reinaba la intolerancia, ahora gobierna el respeto a todo pensamiento ajeno, siempre y cuando, también respete la existencia de los demás.
Pasamos de una represa a un río libre. Dejando fluir los pensamientos, pescando aquellas ideas que creemos importantes. En vez de retener las aguas del cambio en un lugar recóndito de nuestras mentes, ahora las liberamos en praderas de creatividad y en valles de compañerismo.
La revolución es un proceso pacífico, pero a su vez desgastante. Debemos usar todas las herramientas que podamos conseguir. No solo imitando los valores que aprendimos en casa, sino mejorándolos y haciéndolos nuestros. Porque como almas modernas, hemos visto los errores de nuestros antecesores. Vivimos sus problemas, batallas, masacres y tratados de paz. Hemos buscado nuestras batallas, y ha llegado la hora de tomarlas. La pelea es una es del ahora, no del ayer. Es la revolución que siempre soñamos. a que la generación pasada plantó y nosotros cultivaremos.
Este ensayo fue escrito por María Díaz para Perpetuo.



