Este cuento fue escrito por Jacinta Diaz-Corona para Perpetuo. Puedes leer más sobre la autora en la biografía que incluimos al final.
—¡Es por gracia divina que aún no haya muerto en un choque!
—Es más bien gracias a las habilidades de los demás.
—…
—Y a pesar de las tuyas.
—…
—Pero sobre todo de los demás.
—A ver, wey, no está fácil manejar en una ciudad nueva, ni le entiendo a los pinches letreros.
—No es tan difícil, cabrón: son nombres de calles; rojo paras, verde avanzas; y las flechitas te dicen el sentido.
—¡¿Quieres manejar tú?!
—…
El olor a pintura nueva, asfixiante, me sabe a hogar. Llegamos a duras penas a la casa, después de haber dado tres vueltas a la manzana sin encontrar el número. Lucía se estacionó con una llanta sobre la banqueta cuando dimos con el domicilio. Está prácticamente sin amueblar, pero nos funciona por ahora. Dos cuartos, dos camas, un escritorio, un sillón, una mesa, cuatro sillas. El sillón está cubierto de una tela, como disfraz de fantasma, para que sea fácil de lavar. Lo primero que hace Lucía al entrar es subirle la falda al sillón y quitarnos de misterios: es café.
—¿Pues qué? ¿Yo me quedo con el cuarto de arriba y tú con el de abajo?
—¡Ay, para qué me maten primero a mí o qué!
—Yo encontré el depa, yo escojo cuarto.
—No pues para eso lo buscaba yo.
—Además, tú eres más fuerte, tienes más chance de putearte a quien se meta.
—Va, pero yo me quedo con el bate.
—¿Y yo con qué me defiendo?
—…
—…
—¿La raqueta de tenis? Papá siempre dijo que tu revés es matador.
—Va pues, yo tengo la raqueta y el cuarto de arriba, tú el bate y el cuarto de abajo.
—Y la bocina, yo también tengo la bocina.
—Ta bien, pues. ¿Tienes hambre? Vi algo así como una tiendita de camino para acá.
—Nah, tengo más sueño que nada. Me quiero dormir.
—Ta bueno pues, vete a dormir. Acuérdate que mañana arrancas temprano.
—Sí, ya se. Oye, ¿en qué caja quedó el bate?
En cuanto Mariana sale, me pongo a buscar frenéticamente en las cajas hasta dar con un set de sábanas. Me rehúso a dormir en un colchón desnudo. Dejo un río de cartón con prendas que se desmayan hacia afuera, en la sala. Doy con una sábana rosa de flores que me caga—es de Mariana—. En la mañana tendré la energía para buscar la mía. Me contento con poner la sábana bajera y desplomarme, abrazando el bate. Llega Mariana al poco rato y me dice que estoy usando sus sábanas, así que me visto con ellas y subimos las dos al cuarto de arriba.
—DESPIÉRTATE, WEY; VAS TARDE.
—¿Qué?
—QUE VAS TARDE.
—¿Cómo?
—SON LAS NUEVE DE LA MAÑANA, YA DESPIÉRTATE.
—Estoy despierta, estoy despierta, estoy… ¿Ya hiciste café?
—Sí, ten.
—Gracias.
—...
—…
—Te dije que te ibas a quedar dormida.
—Pues ya desperté.
—¿Qué le vas a decir a tu nuevo jefe?
—Que mi hermana es una nazi.
—No chingues, wey; no puedes decir ese tipo de cosas en este país.
—Pues aparentemente ya se puede otra vez.
—Pues tú no puedes.
—…
—¡Ya cámbiate! No te puedes quedar aquí en el sillón.
—¿De quién fue la brillante idea de mudarnos un día antes de empezar a trabajar?
—Tuya.
Me siento en la computadora a contestar mensajes y no sé qué decir. ChatGPT me indicó que esto era el mensaje apropiado y solo copio y pego:
“Querido/a [Nombre]:
Muchas gracias por tus palabras y por tomarte el tiempo de acompañarnos en este momento tan difícil. La pérdida de nuestros padres ha sido profundamente dolorosa, pero gestos como el tuyo nos reconfortan y nos recuerdan que no estamos solas en el duelo.
Con gratitud,
Mariana y Lucía”
Limpio, genérico, cordial. Como a papá y mamá les hubiera gustado. Entra una llamada de la tía Lupe. Ignoro la llamada de la tía Lupe. Prendo un cigarro, así como lo haría tía Lupe. Llevo exactamente una semana fumando y ya dejé de toser. Supuse que, con mi nueva etiqueta de huérfana, me vienen bien nuevos hobbies autodestructivos. Decidí empezar a fumar después de revisar mis opciones cuidadosamente:
Alcohol: no, porque no me gusta como sabe y no me gusta estar borracha
Vape: no, porque vas al hospital en un par de años nada más—demasiado pronto—y ni modo que deje a mi hermana sola. Además, odio ese olor sintético y pegajoso.
Cigarro: es perfecto, porque iré a parar al hospital en unas buenas décadas y porque me dará un objetivo cuando decida dejar de fumar—si decido hacerlo—. Además, me veo cool.
Marihuana: ni de pedo, no soy de esas.
Así que aquí estamos. Desayunando Marlboro Gold dentro de un departamento recién pintado y técnicamente amueblado, esperando a que Lucía regrese de trabajar. Me meto a ver mi cuenta de banco. Todavía no nos han transferido los fondos. Sabía que tendríamos que haber esperado al juicio del testamento antes de mudarnos para acá, pero ya no podía pasar un segundo más en ese lugar de mierda. En esa ciudad en donde todo huele a aceite y prejuicios.
Miro de nuevo las cajas por desempacar y prendo otro cigarro.
—¿Cuándo vas a empezar a chambear?
—En cuanto tenga chance.
—¿Cómo así? Si ya tienes chance.
—No pues todavía hay mucho que hacer por aquí: hay que amueblar y desempacar y acomodar, y tú ni me ayudas.
—Pues yo estuve trabajando todo el día. Te dije que las jornadas laborales aquí son pesadas.
—Ya, bueno. Entonces tengo que hacerlo todo sola, ya entendí.
—¿Y por qué no hiciste nada en todo el día?
—Jet Lag.
—…
—…
—…
—¿A ti también te habló Lupe?
—Tres veces, ¿y a ti?
—Igual.
—…
—…
—¿Me pasas otro pedazo de pizza?
—Ya solo queda una, ¿micha y micha?
—Va.
—…
—…
—¿Sabes qué deberíamos hacer? Hay que turnarnos tu trabajo: tú un día y yo otro, ¡ni quién se dé cuenta!
—Sí se darían cuenta, Mariana…
—Nah, si los maestros apenas nos distinguían.
—Pues es que nos cambiamos de escuela cada año.
—Exacto. Hay que hacer lo mismo con la chamba.
—Mejor consíguete tu chamba y yo me quedo con la mía y ya.
—Uy, de cuándo acá tan recta y correcta tú. Como mi papá.
—Pues alguien tiene que serlo; ya no está papá.
—No tienes que ser tú.
—¿Entonces quién?
—Las dos.
—Ta bueno, pues. Pásame esa caja, vamos a desempacar.
Suena LA MUDANZA, de Bad Bunny, mientras desempacamos. Esta es la décima casa en la que vivimos, pero es nuestra primera vez solas. Dirigimos cada lámpara a su lugar, cada mesa rayada, cada sartén manchado con comida que preparó mamá. Entendemos cómo acomodar lo que aparentemente no tiene acomodo. Ya conocemos todas las configuraciones posibles. Decidimos, finalmente, que nadie dormirá abajo. Las dos dormiremos arriba; el cuarto de abajo será el de mamá y papá.
Jacinta Diaz-Corona. Escritora, costurera, nómada, escritora otra vez y un par de cosas más.





