«Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido...; desengáñate,
¡así... no te querrán!».- Gustavo Adolfo Bécquer, Rima LIII
Antes de partir a la universidad, pasé un par de días con mi abuela paterna en un rancho a las afueras de Toluca. De rancho tenía poco. Solo era un nombre que sobrevivía al tiempo, recordando las épocas en que un par de gallos y una yegua rondaban por el campo diminuto. Ahora, los establos se han vuelto en cuartos amueblados. Solo quedan un par de perros para hacer compañía y una guacamaya que llegó como regalo inoportuno. Por emprendimientos de antaño, un par de invernaderos para hortalizas que rompen la armonía de árboles viejos y arbustos mal formados. A sus alrededores, otras casas que han perdido su encanto campesino, haciendo, en su lugar, una privada con caminos empedrados. Las piedras gritan al presente que lo recuerde; en el viento tan frío de invierno, ruegan por un instante del pasado. Sus plegarias nos llegan; inadvertidamente las respetamos. A pesar de tanto cambio, es inimaginable hablar del hogar de mi abuela sin referírsele con el cariñoso nombre de «El rancho».
Su cuarto, mismo que ha tenido desde mis primeros destellos de conciencia, se encuentra en el ala oeste de la casa. Al entrar, se aprecian un par de sillones acomodados frente a la chimenea de antaño. Por dentro, sus paredes han quedado cubiertas de hollín. Se forma una noche oscura en tres lados con ligeros indicios de la roca grisácea. Algunos puntos diminutos, ignorados por las llamas, forman estrellas en el rectángulo calorífico. Una noche eterna que tirita en cercanía. Sobre de esta, una pintura del Madrid que tanto añora mi abuela. En tonos claroscuros cercanos al verdusco, imita la poca iluminación del cuarto donde cuelga. Se aprecia una tarde en el retiro; personas deambulando libremente; cielo despejado. Siempre he querido saber la historia que en sus trazos oculta. El artista que lo imaginó y el motivo de sus colores. Conocer con certeza la inspiración que trasciende las anécdotas compartidas. La perspectiva de mi abuela me es bien conocida. Reminiscencias de un pasado ahora distante, cuando España no era más que un sueño.
Como para romper la monotonía de las paredes, aparecen decenas de fotos familiares. Esquinas dedicadas a los hijos de sus hijos; el borde de la chimenea reservado para los ya muchos bisnietos. Fotos blanco y negro seguidas del color. Una historia de la fotografía y el vestir de varias décadas. Entre ellas, algunos de sus libros favoritos. Muchas novelas, poca poesía. Los poemas los lleva consigo; los lleva adentro. Pero me pierdo en el presente en lugar del cuarto. Regreso a los estantes que dan envidia a la biblioteca de Alejandría. Lo que el Viento se Llevó junto a Camilo José Cela. García Márquez colado entre ellos. La mayoría en pasta dura, forrados para dar una falsa impresión de harmonía. En esta colección, se ha reunido un canon superior al occidental y sus oponentes: el gusto de una mujer bien leída sin prejuicios literarios.
El cuarto entero huele a recuerdos, preservando con una cerradura los días que mi abuela ha vivido entre Guerras Mundiales, caídas de caudillos y colapsos soviéticos —eso sin contar los grandes eventos que le tocaron en México—. Todo se llena de historia como si tuvieran alma las cosas. Se siente uno en compañía no solo de la familia, sino del tiempo mismo, haciendo claro su inexorable andar a dondequiera que volteo.
Directamente en contra de las fotografías y los libros, se encuentra la cama de mi abuela. Una docena de ángeles de barro cuelgan a sus espaldas, acompañados de otras figuras religiosas. Con clavos y cordones, replican el vuelo divino con que fueron descritos en escritos sagrados. Varios los pintó mi misma abuela a manera de pasatiempo, haciendo con sus pinceles el paraíso que en esta tierra hemos perdido. La colcha fue tejida a mano, habito por excelencia de la vejez. Su monotonía rosa se quebranta con bordados blancos. Junto a algún sillón, las herramientas necesarias para la costura; una lista interminable de encargos. «Un gorrito para Maya»; «Unos guantes para Ángel»; «Un abrigo para Lucio». Como Amaranta Buendía en sus las páginas de nuestro querido Gabito, pasa sus últimos días haciendo belleza de lana y tela. Los nietos no han seguido en sus pasos; un arte que ha de morir con ella. Última costurera de su dinastía, se enfrenta a una carrera frenética por dejar un pedazo de sus labores.
Toda esta descripción para llegar a un solo lugar. El Ítaca de nuestra Odisea o la Troya de nuestra Ilíada —por meter metáforas insensatas que poco agregan—. Entre la cama y chimenea, a contra pared de la puerta, un pedazo de habitación que sobresale al jardín. Este rincón forma la mitad de un octágono de vidrio. A cada lado, largas ventanas dejan entrar las luces del patio. En medio, una mesa circular con dos sillones individuales. Un espacio privado para la lectura y la buena plática. Lugar donde ocurrieron nuestras charlas previas a mi eventual partida a Palo Alto.
Tenía dieciocho cuando ahí nos vimos, ya con un cariño íntimo por la costumbre del charlar. Claro que, como todos, quiero a mi abuela por el vínculo familiar y el peso de sus constantes enseñanzas —elementos típicos del parentesco—. Pero a ello anudo una serie casi infinita de llamadas telefónicas. Cada noche, con la precisión de un tren bien organizado, nos contamos el transcurrir de nuestros días. Antes de colgar, compartimos una pasión encontrada a pesar de las décadas que nos separan. Es nuestro ritual nocturno: nos leemos siempre un poema. A veces Sabines, otras Lorca; casi siempre nuestro adorado Neruda. Los de amor son los favoritos, con uno que otro verso sobre la belleza de la vida. La poesía se nos ha vuelto en regla. No era para menos. En estos recitales privados y constantes encuentro la compañera literaria que siempre quise.
Fue quizá por esta afición a la poesía y nuestra pretenciosa forma de hablar que, al llegar el tema de mi eventual partida, caímos presas de los versos. Me es imposible recordar con certeza cada detalle de esa plática. Habrá iniciado con los cariños de un abrazo y concluido con la desdicha de otro marcando el adiós. De por medio hablamos de California, donde pasaría los siguientes años. En eso me pregunta sobre Palo Alto, rompiendo mis descripciones de la universidad y las clases que tomaré al llegar el otoño. «¿Esa ciudad está cerca de San Luis Obispo?» me interrumpe sutilmente, alternando su mirada entre las botanas sobre la mesa, su cerveza del día y mi rostro confundido. No sabía, se lo dije. Supongo que estará cerca. Puedo buscarlo en el teléfono. «Es precioso San Luis Obispo», suspira. «Ya van muchos años que estuve ahí. Recuerdo sus costas y las golondrinas. Ay, ¡lo cubrían todo! Esas golondrinas de San Luis Obispo».
Desconozco si mi abuela visitó San Luis Obispo en algún momento o confunde otro lugar de sus constantes viajes por el mundo. Su vida siempre ha existido en mi pensar como esos poemas de Machado. Careciendo de camino, pero haciéndolo al andar. Pasando por Madrid, Sídney y Dublín, residencia temporal en Caracas y permanente en nuestro México. Es fácil pensar en una California por ahí colada.
Los pájaros de San Luis Obispo se me han vuelto una obsesión desde aquel entonces. No por la abundancia que describió mi abuela; todo lo contrario. Me he obsesionado con su naturaleza esquiva. Cada vez que busco esas golondrinas en internet o pregunto a otras personas, nunca llegan con hipérboles como las de mi abuela. Parece un mito que hubiesen tantas. Un mal recuerdo que surgió con la estima de una buena plática.
San Luis Obispo y sus golondrinas se han vuelto en el mayor enigma de mis días. Ni siquiera he visto cantidades tales de golondrinas en mi natal Cozumel, islita olvidada por mapas en todo el mundo, mas recordada con cariño por todo aquel que la visita. Una coincidencia me une con este poblado californiano y los recuerdos de mi abuela. Traduciendo el antiguo maya al español contemporáneo, Cozumel equivale a un término cercano a «la isla de las golondrinas». Aún con ello, me es difícil pensar en las parvadas que mi abuela describía con tan bellos recuerdos. Como si fuera solamente un intento de traer a California las aves de mi nacer.
Quizá la realidad sea un tanto más evidente. En el proceso de recordar, mi abuela embellece el ayer con aires de cuento. Esas golondrinas solo existirán en su memoria. Un intento por hacer ameno el inicio de mis andares propios. Pensando en las adversidades que le habrán llegado al dejar su tierra y temiendo, como todos, los muchos años que me tomará regresar. Con una simple frase, probablemente sin intensión mayor que expandir nuestra plática, me hizo sentir cariño por California. Como si la distancia que nos separa se rompiera con la migración de las golondrinas.
Existe también otro motivo más poético que recae en los primeros días de nuestras charlas telefónicas. Una noche hace ya varios años, ella inicio los recitales con su poema favorito. Fue accidentado; le nació del alma. Me leyó la Rima LIII de Bécquer y desde entonces no dejamos de compartir poesía. Los primeros versos de ese poema son tan justos para estos momentos que pareciera labor divina:
«Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán».
Con esa estrofa emprenderíamos nuestra propia ruta por la poesía que nos llevaría desde el «Ayer pasó el pasado» de Benedetti al «Cada rosa gentil» de Amado Nervo. Siempre regresando a estas rimas de Bécquer. Las repito constantemente en California, haciéndome sentir en casa con el recuerdo de mi abuela. Sueño con los lugares que sobrevolaron los pájaros poéticos en su eventual retorno. Imagino que habrán parado brevemente en california.
El mayor triunfo de esta rima es justo la derrota de Bécquer. Sus intenciones han sido subyugadas al peso del presente. Espero pueda perdonarme, pero el recuerdo hace más que cualquier pluma y cualquier verso. El poema de desamor me sabe a un cariño mayor. Pienso en esas golondrinas que tanto me han seguido. Pienso, como no puedo evitarlo, en las golondrinas de San Luis Obispo.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




