Este cuento es de Andrea Ceballos Jaime. Puedes leer más de la autora en la biografía al final del texto.
Era primavera. Jacinta seguía caliente después de la ducha de veinte minutos que acababa de tomar. Los sábados eran el único día que podía darse el lujo de dejarse acariciar por la inagotable cascada que caía de la regadera. Esperaba con emoción ese momento durante toda la semana. En los últimos años podía confirmar que ser adulta era hacer, de cosas ordinarias, lujos ambiciosos, porque el tiempo se come todo, hasta a sí mismo. Con la piel caliente como bolillo recién horneado, se untó crema que se derritió cual mantequilla. Mientras observaba con distracción las prendas que adornaban su closet, pensaba que la comida en casa de sus padres todos los sábados hurtaba las migajas de tiempo libre que sus responsabilidades le regalaban. Añoraba con melancolía la temporada en la que ser mala hija se le podía atribuir al océano que divide.
Se decidió por una blusa blanca de olanes bordada de inocencia. La combinó con los jeans más baggies para hacer balance con la indomabilidad. Jacinta siempre hallaba detalles que afianzaran su manifiesto de oveja negra. Ya no sabía si le gustaba ser pastora de ese rebaño o si sus decisiones fuera de la norma le comenzaban a pesar. La responsabilidad de demostrar que había senderos distintos al de casarse, tener hijos y establecerse, le había costado mucha soledad. El conservadurismo de la sociedad mexicana le daba la espalda, al mismo tiempo que la miraba con envidia.
Llegó a casa de sus padres con sabor a amargura. Intentaría curarla con el postre que, religiosamente, llevaba a cada comida. Su última misión fue encontrar el mejor pastel de zanahoria de la Ciudad de México. Cruzó la caótica metrópoli con tal de acercarse a su meta. Recordaba con júbilo los domingos de su infancia en los que su familia se consagró a encontrar el tiramisú más parecido al de su abuela italiana: recorrieron todas las pastelerías en Coyoacán, el centro de la ciudad, Tlalpan y San Ángel. En el ranking, su padre y ella (casi) siempre coincidían. Ese recuerdo la hacía sonreír. Después de que se hubo roto la tradición, no era capaz de recordar en qué otra cosa su viejo y ella habían convenido.
Jacinta siempre había pensado que los blancos y altos techos de la casa de sus padres contrastaban con la inmensa carencia que había sentido al crecer. En la búsqueda de palabras atoradas en la tráquea de su hogar, se había vuelto escritora. Usaba a personajes con nombres excéntricos y les escupía su dolor. Los embarraba con su mierda y lo justificaba bajo la palabra imaginación. Entrar a casa de sus padres era una mezcla de amor y miedo. El diagnóstico de su psicóloga era “Trastorno de estrés postraumático”, pero ella creía que la desesperada obsesión en la actualidad por nombrarlo todo le hacía identificarse más con la herida y no con la sanación. Así, al escalofrío que sentía al cruzar la enorme puerta de parota le pedía perdón y le juraba que estarían bien.
Después de saludar con la misma monotonía de cada sábado a sus hermanos, cuñadas, sobrinos, papá y mamá, se sentó en el sillón original Eames Miller mientras servía una kombucha de jengibre. Jacinta había dejado de tomar alcohol hacía unos años como acto de repulsión hacía su padre y la herencia de alcoholismo del árbol genealógico. Sus hábitos adultos eran un chingaquedito. A su padre le encantaba la carne; ella era vegana. Su padre no hacía ejercicio; ella era maestra de yoga. Su padre nunca había ido a terapia; ella invertía la mayoría de su dinero en psicólogas y retiros espirituales. En lo único que se parecían era en que ambos usaban a las mujeres en la cama como analgésicos ante el peso irremediable de la vida.
Jacinta y su padre sabían que la presencia del otro les incomodaba. Eran una especie de espejos inversos, de vomitadas para dentro, de mundos paralelos, de cirugía a corazón abierto. En los últimos años su relación había mejorado, pero los dos sabían que eso era resultado de la distancia kilométrica que había hecho casa entre ambos cuerpos. La no mirada paría la convivencia pacífica entre su teatral familia.
La tarde estaba envuelta en la palabra superficialidad. Como siempre, Jacinta hizo un resumen de la semana saltándose las tres veces que lloró, los dos días que no logró conciliar el sueño y el ataque de ansiedad que la derrotó en el baño de la oficina. Jacinta pidió la salsa verde para bañar la quesadilla con queso vegano. Su padre se la acercó, esquivando la mirada. Había tanto dolor guardado en las cuatro pupilas de su relación que hacía falta un segundo para romperlo todo. Sus ojos eran imanes repeliéndose, definición de desencuentro, olor a roto, gritos murmurados, lágrimas secas.
La mirada de Jacinta se hipnotizó ante las manos de su padre y, de repente, era agua. Los nudillos de su viejo eran corteza de un árbol. Piel muerta y arrugada. Trincheras que se devoraban desde dentro. Escenario de guerras, victorias y derrotas. Cuero seco de tanta y tan poca vida. Prueba viva del paso del tiempo. Manecillas, noche y día, estaciones y años nuevos, desamores, caricias a medias, ampollas explotadas de tanto usarlas. Cementerios grises, bautizos mojados de agua bendita, saludos y hasta luegos perennes. Esas manos eran viejas y eso significaba que su padre también lo era.
Una lágrima desobediente hizo tacto con su piel y la ahogó en una angustiante melancolía azul turquesa. En las comidas familiares de los sábados se había desgastado el tiempo. La rutina había saqueado la inminente mortalidad a la que todos nos dirigimos. Hacía años que no veía a su padre, no así, no con detenimiento, no de verdad. De hecho, tal vez nunca lo había visto, no así, no con detenimiento, no de verdad.
Súbitamente deseó, como quien de eso depende, que todos los días fueran sábado. Quería saberse de memoria cada arruga en las cordilleras de esas manos. Repasar cada línea y leerle su suerte. Recorrer con el dedo índice cada resbaladilla entre los dedos. Descubrir juntos cuál era la forma más cómoda de embonar ese material impropio. Si la suya iba por arriba o la de él. Quería saber si sudaban y cuándo y bajo qué circunstancias. Anheló sentir la temperatura de esas extremidades gordas. Saber si estaban calientes o frías o a temperatura ambiente. Analizar su movimiento. Estudiar su temblor. Preguntarles por sus pasiones. Hacerle una dactiloscopia a cada yema. Preguntarle por cada marca y cuidar a cada una de ellas. Ansió ser libro, cigarro y copa para ser sostenida. Deseó besar la puntita de cada dedo y hacerle piojito en la palma. Medir con su mano la circunferencia de su muñeca. Tronar cada uno de sus dedos para liberarlas del miedo. Deseó haberlas descubierto y conquistado antes. Volverse colonizadora de ese territorio y sostenerlas tan fuerte que parieran de ellas una nueva relación.
Tomó la salsa verde sosteniendo la mirada en esos diez dedos mientras se quitaba las lágrimas con sus manos anhelando que fueran las de su padre.
Andrea Ceballos Jaime es escritora, pensadora infinita, soñadora de profesión, nómada innata. Navegó entre mundos, pero el que siempre me sostiene es el de las palabras.





