Este cuento fue escrito por Agustin Guillaumin para Perpetuo. Puedes leer más de él al final del cuento.
I.
La manera en que Bruno Sanger se enteró de la existencia de los escritos del General Villalobos—uno de los soldados más cercanos a Obregón y quien murió de forma misteriosa en el verano de 1924—fue de manera surrealista.
Estaba en una cantina tomando pulque en las afueras de la Ciudad de México, un día de primavera de 1925, cuando comenzó una pelea entre dos jóvenes soldados borrachos que no tendrían más de veinte años—como, entonces, sería el caso para el resto de la población—. Se empujaban y golpeaban con rabia; él los miraba divertido como el resto de la clientela de la taberna. Muchos de los hombres presentes les gritaban, incitándoles a que se agarraran a balazos. Si bien el escritor estaba también embriagado, no aceptaba esa propuesta, toda vez que le interesaba saber, primero, el origen de tal ridículo enfrentamiento.
Los dos hombres salieron de la cantina agarrando sus respectivas pistolas, era inevitable; uno de los dos iba a morir. En una escena absurda, Bruno Sanger corrió afuera y, parándose en medio de los dos jóvenes, gritó:
—¡Alto! Antes de que se maten, me gustaría saber por qué están peleando.
Para su sorpresa, no le dispararon. Se acercaron los dos en una pausa inaudita y, pausados—quizá, la única pausa que habían tomado desde el inicio del altercado— comenzaron a explicar los hechos desordenadamente.
Debido a los efectos del alcohol, no se entendía nada de lo que le decían; Bruno únicamente observaba sus rostros, a su parecer tristes, descuidados y con poca higiene, como la mayoría de los mexicanos tras las violentas batallas revolucionarias—rostros que no le tenían miedo a la muerte y que adquirían valor quitando vidas—.
—Amigos, no entiendo nada—les confesó en su frustración—¿Cómo se llaman?—.
Los dos revelaron su identidad de nombres largos. Seguía sin entender nada. Volteándose, primero, a ver a ese pistolero de su lado derecho, escuchó:
—Juan Artemio Francisco López Treviño—dijo un hombre moreno, alto a comparación de su compañero, delgado (o hambriento), con bigote y barba de piocha sin rasurar.
—¿Y tú?—dijo Sanger al otro; al izquierdo.
—José Anastasio Martínez Lozano—bronceado, de estatura media y gordo (pero también hambriento), sin barba y bigote.
—Bueno, ¿qué pasó?—inisistó Sanger, actuando como mediador. Algunos de los hombres de la cantina, también pasados en copas, observaban la escena a carcajadas.
Con rabia, sentenció Juan Artemio:
—Pepito quiere informar a nuestro Jefe que el General Villalobos escribía solito a solas.
—No es cierto tú, nomás iba a decir que alguna vez lo vi escribiendo sin nadie.
—Los muertitos hay que dejarlos en paz—contestó, llorando, Juan Artemio.
—Tengo hambre, necesito comer, patrón—respondió, enojado, Pepito.
—¿Y por qué saben eso ustedes?—preguntó el escritor.
Después de un silencio largo, Pepito confesó avergonzado:
—Nos pidieron vigilar a su mujer y a sus hijos. De que no hicieran nada malo pues.
—¿Qué le pasó al General?
—Ya se petateó oiga. Fue el año pasado, nadie sabe cómo fue, pero ya está muertito—dijo entristecido Juan.
—Sí, nos avisó el Jefazo que había muerto. Fuimos a la Misa, pero su señora no quiso aceptar nuestro pésame. Si se sintió gacho la verdad.
—Sí, él nos quería mucho. Nos daba clases de español y matemáticas. Muy listo el General.
—¿Y por qué andaban vigilando a su familia?—concluyó Bruno, entre borrachos; seguía confundido y mareado de la intensidad del olor a alcohol—.
II.
En esos días Bruno Sanger trabajaba publicando libros de México bajo su nombre o el seudónimo de William Brown—nombre con que el que había entrado ilegalmente a Estados Unidos hace tiempo—. El año anterior había escrito varios cuentos donde narraba el reparto agrario en la zona sur del país. Las Memorias del General Villalobos serían una gran contribución para su carrera y sus ingresos económicos.
Las ofrecería por partes bajo un nuevo seudónimo (pensaba en llamarse Miguel Morelos) a los periódicos Excelsior, El Universal o en El Demócrata. Por el momento, tenía una misión muy concreta: conseguir el material.
Su casual encuentro con los soldados había tenido muchos frutos. Conocía ahora la existencia y muerte sospechosa del General y sus presuntos escritos. Averiguando por su cuenta, sabía que la familia Villalobos estaba siendo investigada por problemas de antiguos pleitos del difunto militar con importantes rangos del Ejército, además de haber participado en actos de boicot en contra de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana del Patriarca Pérez.
No sabía si los textos serían de la Revolución o de su vida; solo sabía que existían. Debía actuar con cautela. El mayor de los hijos del General había seguido la carrera de su papá, muriendo en un combate en la rebelión delahuertista. Le seguían dos gemelos de entre diez y quince años y tres niñas pequeñas. No sabía si alguien más tenía acceso a los escritos.
La pelea entre los dos soldados no había tenido el resultado originalmente esperado; Juan Artemio y Pepito no se mataron entre sí, para tristeza y enojo del público desdichado de la cantina. Entre las sandeces e insensateces de los borrachos, lo único que Sanger logró descifrar, fue el paradero de la señora María de las Mercedes Morales, viuda de Villalobos—lo cual, dadas las circunstancias, era un gran hallazgo—. Se encontraba en el Puerto de Veracruz, lugar a donde se había dirigido en los últimos días para evitar la persecución de soldados y donde, además, tenía familia. Sanger no sabía más. No sabía el tiempo exacto en que había llegado al puerto y sí, en el inter, ya había abandonado el país. Otros soldados en la cantina—un tanto más sobrios, pero tampoco coherentes—la habían descrito como una señora alta, blanca, con rostro serio y elegante, cabellera negra, alrededor de los cuarenta años; tras la muerte de su esposo, vestía siempre de negro. Uno dijo, en un arranque de certeza, que la reconocería por tener “un rostro felino”.
Tras la noticia, se dedicó a terminar todos los pendientes de entregas literarias a su editor. Por otro lado, habló con su rentera, acordando no pagar los días del viaje que iba a emprender. Después de hacer una maleta con sus ropas más elegantes y cajas de puros, tomar suficiente dinero y cargar su pistola, el escritor se dirigió al ferrocarril para comprar un boleto para el siguiente viaje del expreso “Jarocho”.
III.
Durante el viaje, estuvo leyendo cuentos de Alfonso Reyes, siendo sus favoritos La Cena y La Silueta del Indio Jesús. Los empleados del ferrocarril no se dieron cuenta de que portaba una pistola.
La manera en que abordaría a la viuda de Villalobos, meditó entre ideas pasajeras, sería la siguiente: se haría pasar como diplomático o empresario estadounidense interesado en hacer memoria de su esposo, planteando un libro de su semblanza. En el supuesto más desesperado, donde se le negaran las entrevistas, se robaría los archivos. Primero debía conocer su rutina; de ahí, encontrar un espacio donde estuviera la casa a solas; finalmente, meterse en la primera oportunidad, tomar los manuscritos y tomar este mismo tren con dirección contraria. Sería tarea difícil, pero con resultado interesante. Desconocía la existencia y valor de la obra, pero en caso de ser cierto, valdría la pena averiguar su pensamiento y recuerdos. El velo de la muerte misteriosa le daba una atracción fatal.
Desde hacía tiempo quería conocer la zona del Golfo de México. En los ambientes intelectuales en los que se desarrollaba desde 1922 en la Ciudad de México, había escuchado rumores de dictaduras militares en Veracruz y Tabasco, teniendo como líderes a políticos callistas radicales. El nombre que más le sonaba era el de Tomás Garrido Canabal, gobernador de Tabasco. Ahora, se adentraba a los territorios de Adalberto Tejeda Olivares.
Por su aspecto físico—hombre muy alto y pálido, de pelo negro y ojos verdes—era evidente que no era mexicano. Una vez llegado a la estación, se informó de la ubicación del centro de la ciudad, y, convenciendo a una aparente familia de clase alta de que le dieran aventón—haciéndose pasar como empresario inglés—logró llegar a su objetivo.
El Puerto de Veracruz era completamente distinto a lo que había visto en Nueva York: estaba ante una ciudad alegre, con temperaturas muy altas (la humedad por el mar era particularmente sofocante). Serían las cinco de la tarde, y había poco movimiento en la zona.
Caminando en el Malecón de Veracruz se encontró a muchas parejas jarochas, todos con trajes blancos, de igual manera se le acercaban vendedores ambulantes que le ofrecían comida, bebidas y artesanías distintas, llamándole “güero” o “sir”. Consiguió un cuarto en el Hotel Oriente, pidió de cena un caldo de pollo y se durmió hasta el día siguiente.
IV.
La tarea de encontrar a la señora mostraba un nivel mayor del esperado por Sanger pero previsible para cualquier ajeno. No conocía el Puerto de Veracruz, tampoco sabía si ella seguía ahí, o si todo había sido una mentira de los soldados Juan Artemio y Pepito en la cantina. Perseguía unos escritos fantasmas.
Su razonamiento funcionaba de la siguiente manera: los soldados, en su borrachera, le habían contado que la viuda de Villalobos había estado en contra de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, lo que significaba que era católica romana—como casi todos los mexicanos— y, por tanto, lo lógico sería buscarla en las Iglesias.
En su interior sentía un disgusto muy grande de entrar a los ritos católicos. Él era anarquista; estaba en contra de la religión institucional. Por otro lado, su familia en el extinto Imperio Alemán, era de origen judío—lo cual solo aumentaba la incomodidad—.
A pesar del conflicto interno, se decidió finalmente por asistir y localizar a María de las Mercedes. Recordaba bien la descripción que le habían dado de ella, especialmente que siempre vestía de negro y que tenía rasgos felinos. La descripción no le sirvió de mucho dentro de la Misa; desconocía que las mujeres usaban velo y que había más de una viuda vestida de negro en el rito. Asistió dos días seguidos a distintas misas, a las cinco y siete de la mañana, tratando de localizarla, pero todo resultó en vano. Le llamó la atención que la Misa fuese en latín; nunca había pensado que ese fuera el caso, a pesar de la fuerte presencia católica en su región de origen, Breslavia, ahora Polonia.
Estuvo en varias ocasiones paseando por la ciudad y sus alrededores, tratando de encontrarla a ella, todo sin éxito. En ese caminar estuvo escribiendo varios textos y poemas de su impresión de la Veracruz, lugar que, a pesar de su desilusión al no encontrar a la viuda, le había gustado mucho: la comida, el clima, la gente, la música, los colores. En sus adentros se decía que, si hubiera nacido ahí, en vez de en Europa, sería un pescador sencillo pero feliz de tener una vida tranquila. Recordaba los horrores de la Gran Guerra y de la Peste Española y sentía una puñalada en su corazón. Pensaba en sus padres, en sus hermanos muertos en la guerra, su ciudad devastada; la pobreza.
Si bien reconocía que el mexicano era una persona alegre por su noción de familia, los veracruzanos tenían un carisma natural. Aquellos días fueron de constante introspección. Meditaba por qué había ido ahí, en una esperanza vacía de solucionar su situación económica para futuros proyectos literarios.
Tomando café en el Centro Histórico, decidido en regresarse a la Ciudad de México derrotado y con mucha melancolía de su proyecto de vida, logró distinguirla en la entrada del recinto.
V.
Le sorprendió que la descripción de los soldados era muy precisa: no solo era seria y elegante, sino que verdaderamente tenía un rostro felino. Sus cejas eran arqueadas, tenía los ojos grandes y castaños, imponiendo a la vista. Tenía mucha dignidad y vitalidad.
Aparentaba menor edad de la mencionada—si tenía poco más de cuarenta, lucía de treinta—; vestía de negro. La escena fue la siguiente. Sanger, en su frustración, estaba escribiendo alguna nota sobre el bochorno jarocho en una servilleta en el café, cuando, a su lado, escuchó que una pareja de ancianos saludaba a una mujer llamándola María Mercedes, a lo que una voz fina corregía “de las Mercedes”.
La conversación trataba de actos de caridad que estaban realizando un grupo de señoras, se mencionaba constantemente el Rerum novarum; en ningún momento se habló de su fallecido esposo ni algo relacionado con escritos. Viendo que terminaban de comer sus postres, pagó su café y salió del recinto para observar desde fuera los movimientos de aquella mujer y buscar, a como diera lugar, la manera de interceptarla. Estuvo esperando durante unos cinco minutos, hasta que ella se separó de los ancianos y se desplazó por las calles del Puerto de Veracruz. Acto seguido, comenzó a caminar detrás de ella.
—Excuse me, señorita—dijo Sanger acercándose a ella fingiendo acento texano—I believe we have met before.
La mirada de ella era dominante. Dos grandes ojos castaños lo miraban atentamente, analizándolo. Lo ignoró y siguió caminando.
—Déjeme presentarme, por favor—su español era el propio de un extranjero.
Ella lo seguía analizando, con rostro frío.
—I am Zachary Grant, from the States, estoy buscando a una señorita llamada María de los Mercedes Morales.
—No la conozco. Con permiso.
Dicho esto, se le quitó de encima y siguió con su camino. El escritor no supo qué hacer durante algunos segundos, volvió a acercarse a ella y tomándola del brazo le dijo abruptamente:
—Madame, I want to talk about General Villalobos.
—Señor, déjeme en paz. Hay mucha gente observando. ¿Quiere que hable a la policía?
—Tengo información que miembros del ejército de su difunto esposo la quieren matar.
Ella enmudeció al escuchar las palabras del escritor.
—Permítame ayudarla Madame. I would love to hear la historia de su esposo.
Le sorprendió mucho la naturalidad con la que le había planteado las cosas.
—Nos vemos mañana en el restaurante del hotel a las 7 horas. All right?
Ella se fue sin dar respuesta.
VI.
Durante la primera etapa de la noche, estuvo pensando, acostado en su cama, en el rostro de María. Recordaba el romance que había tenido con Janina Szalas en su juventud y cómo sus conflictos ideológicos habían arruinado su relación. Después de haber terminado su amorío, no había sabido nada de ella, únicamente que se había ido a vivir a Berlín.
No pudiendo dormir, salió a caminar por las calles del centro, escuchando el ruido suave del viento y observando la belleza de la luna reflejada en el mar. Embarcaciones de pescadores se alejaban del puerto, muchos de ellos con familias de padres y sus hijos, preparándose para navegar y tratar de conseguir alimento.
En aquella noche cálida, en una mezcla entre lo onírico y sus recuerdos, Sanger escribió el siguiente texto:
NOCHE DE VERACRUZ
En Veracruz, tierra llena de vida y color,
y donde el mar canta canciones de amor,
me descubro como un ser lleno de dolor,
que envidia a la gente humilde y servicial,
y se pregunta si la vida no es solo oscuridad.
En Veracruz, tierra de comida exquisita y música negra,
se despierta mi espíritu y grita que no es digno ser esclavo de la tristeza,
que la única radicalidad es saber bailar y sonreír, por alguien soñar,
todo lo contrario, es muerte y soledad.
Regresó a su habitación alrededor de las cuatro de la mañana, cansado y con muchas preguntas. Sabía que, si se dormía, no se despertaría a las siete, por lo que continuó la noche leyendo poemas de Salvador Díaz Mirón, poeta de la ciudad y de quien había conseguido algunos ejemplares aquellos días de estancia en el Puerto.
VII.
A las seis cincuenta de la mañana se presentó arreglado al restaurante. A las siete en punto apareció María de las Mercedes, vestida de negro como de costumbre. Él le invitó un café.
—¿Cómo supiste de la historia de mi esposo? ¿Cómo llegaste a México?
El escritor presentó una historia adulterada de su vida. Decía verdades y mentiras entrelazadas, procurando no dar información de más. En parte, veía el diálogo como un momento de descanso. Si lo mataban al menos alguien sabría fragmentos aleatorios de su historia. Le narró toda su travesía desde su lugar de origen hasta Nueva York en un barco traficante de droga; le habló de su travesía a Monterrey, y después a Ciudad de México. También le contó la experiencia en la cantina y toda la conversación posterior entre él y los soldados Pepito y Juan Artemio. Por otro lado, inventaba su nombre, labor y éxitos, así como su situación actual en México. En su imaginación era una celebridad.
Ella lo escuchaba atentamente. Sanger se refirió igualmente a la intención de publicar los escritos de su esposo, si es que existían. La conversación fue en su mayoría, sincera y coherente, la mirada de ella le daba tranquilidad.
—Sí existen, muchas personas los están buscando. Debo decirte que el Ejército de Obregón matará a cualquier persona que los posea. ¿Por qué dártelos a ti, Sir?
—No hay ninguna razón. Eso sí, no tengo nada que perder.
Ella le contó la historia de cómo había conocido a su esposo, en un baile en Hermosillo. Se habían casado ya grandes para su época, él de veintidós y ella de dieciocho. Su esposo era originalmente maestro, por eso enseñaba a sus soldados español y matemáticas.
Contrario a la dictadura porfirista, se había unido al Ejército del Noroeste. Debido a sus méritos de liderazgo, había ascendido rápidamente de puesto. Originalmente era cercano a Obregón y Calles, radicales jacobinos, después de la muerte de su hijo mayor en batalla, así como presenciar masacres en contra de civiles y la venta de armas nocivas por parte de Estados Unidos, se había distanciado de la cúpula militar.
—Mi esposo fue asesinado—dijo con la seriedad a la que estaba acostumbrada.
El escritor la miró. Sospechaba que eso había sucedido, debido al testimonio de Pepito y Juan Artemio, pero hasta ahora se confirmaba lo intuido.
—Murió envenenado—agregó.—Habló conmigo Martita, la señora del aseo. Encontró una mancha profunda de algún tóxico en el despacho de mi esposo, cerca de su mezcal. Pude confirmarlo. Lo mataron por no estar de acuerdo con varias medidas que tomará Calles.
—¿Medidas de qué?
Ella lo miraba con rostro triste.
—Se aproxima otra guerra, Bruno, y será una muy violenta.
—No entiendo.
—Me iré con mis hijos a un lugar más seguro. Ya comenzó en Tabasco y acá en Veracruz, regresan los tiempos de la Reforma. ¿O es que nunca se fueron?
—Discúlpeme Madame, pero no entiendo a qué se refiere.
—Viene una persecución religiosa, Sir.
VIII.
María de los Mercedes mira seriamente a Bruno.
—Muchos te querrán matar si publicas esto.
—Entonces eso significa que son valiosos.—contestó sonriendo el escritor.
—Deberías conocer Xalapa, es un lugar precioso. Las calles inclinadas, el clima fresco, el café y los colores. Es bellísimo.
—Primero tengo que ir a la capital, después conoceré Xalapa. Las memorias de tu esposo deben ser conocidas.
—Me temo que los recuerdos de tu tierra volverán, y no habrá lugar en la tierra donde haya paz. Si hay ya miseria, en los siguientes años será peor. Pero no perdamos la esperanza.
Bruno Sanger meditaba las palabras de la mujer.
—Muchas veces me pregunté porqué me casé con él. Fue hasta el gobierno de Obregón que realmente lo descubrí: me habían enamorado sus valores firmes. Odiaba la injusticia, creía en que es posible salir de la miseria, amaba profundamente a su tierra y paisanos, detestaba a los tiranos… por eso mismo se distanció de Obregón y Calles.
—Hoy a las seis de la tarde te verá mi hijo Manuel en el Malecón. Él te reconocerá. Te dará un maletín, ahí encontrarás lo que buscas.
—Gracias. – alcanzó a decir Bruno.
Ella, dando una vuelta, se marchó.
Como habían quedado, a las seis un niño de unos catorce años se le acercó y dio un maletín de cuero. Manuel era de estatura media, delgado, con el cabello corto y negro, con una mirada alegre.
—Gracias, niño.
—De nada, señor.
—Dale esto a tu mamá—le dijo Sanger, alzándole un sobre.
—Sí. También me dijo que le diera esto: es un libro que le gustaba mucho a mi papá.
Bruno observó la portada: era una edición en inglés del Padre Brown de Chesterton.
—Lo voy a leer, muchas gracias.
Dicho esto, Manuel se fue corriendo. Ya nunca más lo volvió a ver; tampoco a su madre. En el sobre, Sanger le había escrito una carta agradeciéndole, acompañada por una cifra suficiente de dólares para el viaje al que se emprendía e incluía una dirección de su editor en la capital, para dar seguimiento por cartas a la publicación de la obra.
María de los Mercedes Morales partió con sus hijos de Veracruz a Monterrey en otoño de 1925, donde había contactado a un viejo amigo de la familia que trabajaba en la Cervecería Cuauhtémoc y quien le había conseguido asilo en Estados Unidos. Esto no lo supo Bruno Sanger sino hasta marzo de 1927, tras recibir una carta de ella donde le narraba los hechos.
Al día siguiente regresó a Ciudad de México.
Durante el trayecto, Sanger estuvo muy nervioso, atento de que no se acercará ninguna persona sospechosa a querer quitarle el maletín; finalmente pudo llegar bien al departamento que rentaba. Después de comprar comida y avisarle a su arrendadora de su regreso, se sentó en su pequeño escritorio y abrió el maletín. en él se encontraban muchas hojas y un cuaderno de cuero. Las hojas eran documentos del gobierno. En la primera página del cuaderno se podía leer a puño letra “MEMORIAS” seguido por una firma que decía “General Adolfo Villalobos Lizárraga”.
Prendió un puro y comenzó a fumarlo. ¿Qué secretos encontraría en las Memorias del General Villalobos? Dando la vuelta a la página, comenzó a leer: “Escribo todo esto, con la convicción que me quedan pocas semanas de vida…”.
Agustín Guillaumin. Profesor Universitario. Humanidades. Heredero del Cardenal Richelieu.





