Este texto fue publicado en el volumen VI de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Hay mucho que ver en el cine. Desde las comedias palomeras que nadie quiere admitir que les encantan, hasta el cine de alta gama en húngaro —ese que los expertos juran que es increíble aunque la sala esté vacía—. Conocemos el sentimiento: quieres ir al cine, pero no quieres perder el tiempo con algo malo. Por ello, desplegamos a nuestros editores para ver las películas del momento…
Debemos confesar que, sin embargo, tantas películas no alcanzan para nuestros ojos, así que decidimos abrir un espacio para ti… ¿Tienes alguna novedad que compartir? Envía tu propuesta a tomas@perpetuo.global con el asunto «Reseña de cine».
Una vez al mes, publicamos nuestras recomendaciones de las películas que ver y por qué verlas. Sin más, pasemos a las de agosto.
Del equipo editorial de Perpetuo para ti…
Ancestral Visions of the Future
Ancestral Visions de Lemohang Jeremiah Mossesse habita un lugar original entre el documental, la autoficción y el cine experimental. Es una intensa crónica personal sobre la vida dentro y fuera de Lesoto, cuyo diálogo desarrolla una reflexión que trasciende la vida del autor y remite a las preguntas fundamentales que aquejan a Lesoto y otros países de África subsahariana: las trampas del desarrollo, la pertenencia y los lazos familiares; el coexistir con la corrupción y la peripecia, pero también con la tradición y la magia. Lo que destaca en esta película es la hechizante fotografía de Mossesse —que te costará olvidar muchos días después de verla—. Es, sin embargo, difícil disfrutar de lleno la magistral composición y narrativa visual de esta obra. Lo es por el monólogo que le acompaña: tropezado, artificioso y sensiblero.
¿Por qué verla? Cualquiera que disfrute de una propuesta visual novedosa quedará obsesionado con varias «ideas»; nos quedamos con la de los niños jugando en el río o la hipnotizante escena del títere.
Niu Lai
La sensación cinemática de los últimos días tenía que tener espacio aquí. Tus editores de confianza se subieron a este tren para que sepas qué onda con Niu Lai, de Xin Yumeng. Vale la pena hacer un recuento de la historia: la película fue animada a mano por una madre y su hija a lo largo de 5 años. Costó alrededor de $500 dólares hacerla y es la definición de una obra cinemática artesanal: incluso la música del final fue compuesta y cantada por la madre; mientras corren los créditos, los mismos dos nombres se repiten una y otra vez, provocando la carcajada del público.
La fascinante manualidad y el arduo esfuerzo de los creadores fue lo que atrajo a la gente a verla —ha recaudado más de $3 millones de dólares— en una época de creciente ansiedad por no poder determinar si una obra es humana, así como el desgaste de contenidos generados por inteligencia artificial. La pésima calidad de imagen en Niu Lai no deja dudas sobre su autoría.
¿Por qué verla? Hay que decirlo, es verdaderamente mala. Sin embargo, tiene sus destellos; impresiona el escenario de la película: un prado que se extiende al infinito y da una sensación de sublimidad. De vez en cuando sorprenden, también, las animaciones de los movimientos de cámara… ¿un guiño a Harmony Korine o David Lynch, quizás?
Mulholland Drive
Aprovechando el ciclo de cine especial dedicado a David Lynch y organizado por Cinépolis en México, nuestros editores se dieron una vuelta por la gran pantalla para vivir la experiencia de ver en ella uno de «Los sueños de Lynch». De ahí esta reseña a dos manos.
Es probable que Mulholland Drive sea la película definitiva de Hollywood. Contiene todas las caras de ese mundo en ella: la magia de la películas, la materia pura de la que están hechos los sueños de triunfar en aquella ciudad, el horror ante la oscura infraestructura que lo mueve y todo lo que hay en medio —intriga, crimen, romance, ambición y sexo—.
La escena en la cafetería Winkie’s me parece el momento definitivo de la obra Lynchiana. Lynch es enteramente consciente de la crítica brechtiana del cine y es el más exitoso enunciador de esta crítica, al tiempo que la desintegra. En Winkie’s, Lynch ambienta la clásica escena del «mito Hollywood» con una gramática perfecta: el dinner, la mesera que sirve el café de filtro, los detectives que discuten en el gabinete, con un plato de huevos fritos y tocino; pero algo fundamentalmente no está bien, la escena es defectuosa, como lo es la ilusión de Hollywood. Luego, el profundo horror que se esconde detrás de este mundo aparece. Lynch nos da la réplica brechtiana, el cine observa al espectador y expone lo roto de su fantasía, pero lo hace con profunda nostalgia y con una belleza singular que, no obstante, fortalece al mito.
David Lynch es de esos directores a los que me hubiera gustado leerle una novela, o quizás un cuento. Ambos detectivescos. Me pregunto por la descripción más libre de Lynch, sin pragmatismos de guión; me pregunto qué diría de Rita o de Betty que es también Diane, de su sensualidad traducida en palabras y el camino que corre para encontrarlas. Eso es Mulholland Drive: una búsqueda. ¿De qué? Del deseo, ese que no hallan las palabras, pero sí las imágenes. Por lo mismo, siempre hay algo que falta: un amor, la memoria, una vida. Y banda, tampoco hay banda…
Lynch y sus sueños, válgame. Dejar cabos sueltos es parte del juego onírico; corresponde a nosotros, el público, hilar los puntos en la pizarra. Ser los detectives que el misterio de la trama solicita.
¿Por qué verla? Ambos coincidimos: es Lynch.
La captura
En La captura, thriller inspirado en la detención de «El Chapo» Guzmán, el director Chava Cartas, —mente detrás de la trilogía «Mirreyes vs. Godínez»— intenta dar un giro a su carrera. La película es una mezcolanza sensacionalista basada parcialmente en las crónicas de Héctor de Mauleón —Veinte minutos a solas con “El Chapo”— publicadas en El Universal en 2016; también lo es en la creatividad del guionista que decidió cubrir agujeros narrativos con mera ficción.
Exigirle a una película ser una fiel representación histórica sería ingenuo e innecesario. Lo que sí es válido exigir es calidad técnica, un buen guion y actuaciones de calidad. La captura no consigue cubrir dos de esos tres parámetros: el audio es un caos; el guion, la edición y la elección y mezcla musical son telenovelescas. Con una producción del calibre de Netflix y la calidad actoral del elenco, es frustrante toparse con un resultado final tan mediocre.
¿Por qué verla? Hay que decirlo: por sus escenas de acción. Destacar también que no hace apología al narco. Si buscas una excusa para comer palomitas, igual y no te arrepientes de darle play.
Reseñas de nuestros lectores perpetuos…
Teenage Sex and Death at Camp Miasma
por Valentina Girón
Mi opinión sufre de un sesgo, porque Camp Miasma es exactamente el tipo de cine que me gusta ver: el tipo de cine que hizo que tres hombres fresas sentados atrás de mí se salieran del cine. Es el cine de la estética camp —teatral y exagerada—, con un guión contundente dentro de lo absurdo.
Este segundo largometraje de Jane Schoenbrun es una carta de amor al cine de terror que habita su mundo queer, donde una directora llamada Kris — Hannah Einbinder— se aventura a un pequeño pueblo estadounidense para reunirse con la primera last girl standing de la franquicia Camp Miasma —Gillian Anderson—, a quien intenta persuadir de protagonizar el último reboot.
¿Por qué verla? La película explora los hilos que unen al terror y el placer con una delicada metáfora de la experiencia queer y femenina. La gran pregunta es sobre el cuerpo: si no me pertenece, ¿a quién sí? El elemento que la responde es la violencia, misma que suelen contener los cuerpos femeninos, queer y trans. Un must en esta cartelera.
Pressure
por Francisco Delgado
Pressure de Anthony Maras nos trae una nueva perspectiva de la famosa invasión del D-Day, enfocándose en un factor que con frecuencia es olvidado en la retrospectiva a la histórica invasión: la compleja planeación del ataque y la profunda incertidumbre humana que la acompañó.
Aquí, la actuación de Andrew Scott como el meteorólogo James Stagg es lo más destacado de la película. Scott interpreta con profundidad a su personaje, reflejando cuán abatido y abrumado lo tenía la presión ejercida sobre él, aunque rehusandose a ignorar el deber y responsabilidad de su profesión. Sin embargo, otras actuaciones secundarias, así como el guión, dejaron que desear.
¿Por qué verla? Por la enriquecedora perspectiva que hace sobre uno de los grandes sucesos de la historia, cargada por emotivas actuaciones estelares de Scott y también de Brendan Fraser, quien interpreta a Dwight D. Eisenhower, por entonces en el ejército de los Estados Unidos.
Erupcja
Pete Ohs dirigió, fotografió y editó Erupcja, película que rodó cronológicamente y fue escribiendo las escenas con los actores conforme avanzaban. Se nota, para bien y para mal, que los personajes parecen enterarse de lo que están haciendo casi al mismo tiempo que nosotros. Hay ecos de Jean-Luc Godard, Joachim Trier y Mikhaë Hers.
La narración es lo bastante porosa como para admitir el accidente y conservar cierta espontaneidad, aunque esa misma libertad a ratos se queda peligrosamente cerca de no decir NADA. Bethany y Nel están construidas desde la diferencia: cambian en color, luz, ritmo y en la manera en que cada una atraviesa Varsovia. Rob llega como novio y tarda poco en convertirse en el tercero de una intimidad que claramente no empezó en este viaje. El Etna ya pertenece a la pequeña mitología de esa relación: cuando entra en erupción, Nel piensa en Bethany y Bethany piensa en Nel. Una superstición íntima con dimensiones geológicas. Ahí funciona. En cuanto lo explica, lo aplana.
¿Por que verla? Jamás pagaría por verla en el cine, pero si ya tienes MUBI y no tienes nada que hacer, 70 minutos tampoco exigen demasiada fe. Visualmente tiene bastante más que decir que su historia y quizá por eso termina interesándome el experimento de Ohs. Y sí, Charli XCX puede actuar. Parece ser lo único en lo que todo el mundo se ha puesto de acuerdo.



















