Estas recomendaciones de películas son parte del volumen II de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Hay mucho que ver en el cine. Desde las comedias palomeras que nadie quiere admitir que les encantan, hasta el cine de alta gama en húngaro (ese que los expertos juran es increíble aunque la sala esté vacía). Sabemos el sentimiento. Quieres ir al cine, pero no quieres perder el tiempo con algo malo. Así que desplegamos a nuestros editores para ver las películas del momento.
Una vez al mes, les damos nuestras recomendaciones de las películas que ver y el porqué. Estas son las películas de julio.
(Nota: Dos de nuestros editores difirieron sobre la película del momento: La Odisea de Christopher Nolan; para hacerles justicia, les dimos espacio a ambos para escribir sus ideas al final de nuestras recomendaciones).
Romería
Romería es una historia de arqueología en su estructura más clásica: la reconstrucción de la vida, en este caso la del padre ausente, a base de piezas disformes, de rumores… Todo contado desde los lugares más recónditos de la memoria de Simón. El relato del huérfano o huérfana es harto conocido, pero Simón, entiende bien: una historia no es nunca como se recuerda; por el contrario, trata de una explosión: escenas alineadas de acuerdo a las arbitrarias estructuras de la mente humana. He ahí su arqueología.
El resultado es una narrativa que se rehúsa a seguir las convenciones de ese tipo de historias. Sobre todo, resultan muy interesantes las decisiones directorales de Simón, quien, cambiando de formato y de medio, escoge llevarnos por los traicioneros caminos de sus recuerdos, recordando que el cine es el arte más cercano a los sueños.
¿Por qué verla? So pena de spoilear un poco a nuestro lector –que estamos seguros dispensará–, a los tres cuartos de película Simón da la espalda a toda la trama y se adentra en un sueño psicomelancólico que la protagonista combate con la juventud de sus difuntos padres en una cova de las Cíes. El papel del arqueólogo recae entonces en el espectador, que se vuelve partícipe del entretejo.
Obsession
Ver Obsession es ver el género del thriller en su mejor forma en años, y también el presentimiento de que Curry Barker ha creado un subgénero de la nada. Un terror distintivamente milenarista, que mezcla el horror físico y el poder de sobresalto de la violencia con ese horror que las nuevas generaciones han hecho propio: la angustia social. Durante dos horas, Barker logra aterrorizar mientras obliga a cuestionar la soledad de la juventud moderna, la decadencia de la socialización entre los sexos y la dificultad de encontrar pareja en esta época de atomización.
Si todo esto no te parece suficiente, quizá el argumento económico te convenza: Curry Barker, director de 26 años, que dirige apenas su segundo largometraje, logra una película de una calidad de producción enorme con menos de 700 mil dólares, generando más de 443 millones en taquilla: un retorno de más del 630%. El sueño de cualquier productora.
Moscas
En los primeros minutos de Moscas, daba la impresión de que sería otra película de «arte»; otro filme de fotografía excesivamente cuidada en blanco y negro que insiste sobre la desgracia y el trauma sin interesarse en personajes ricos y complejos. Sin embargo, Fernando Eimbcke construye una historia en la que el sufrimiento funciona como el catalizador para la más grande ternura entre dos seres humanos, cada uno desde su propia vulnerabilidad ante el dolor.
¿Por qué verla? Porque Moscas es, en resumen, un trago muy amargo, pero muy dulce, y eso es lo que la termina distinguiendo de otras piezas de cine artístico contemporáneo que a veces pecan de convertir el sufrimiento en el centro del relato y dejan en un segundo plano la complejidad de quienes lo padecen.
The Invite
Olivia Wilde nos engañó a todos haciéndonos pensar que no podía dirigir tras Don’t Worry Darling. The Invite es una película divertida y con inesperada profundidad que provoca sonoras carcajadas con tu compañero de butaca o en el living de la casa. Hay que decirlo: esto se debe en gran parte al excelente guion de Sentimental (2020), la película de Cesc Gay que inspira esta versión. Rashida Jones y Will McCormack también ponen de su propia cosecha: momentos cómicos casi perfectos y un argumento que construye capas y capas antes de regalarte un gran desenlace.
También merece elogio la puesta en escena de Wilde; su precisión. La banda sonora, el tempo y la dinámica entre las cuatro estrellas –todos de gran actuación– hacen de esta película una coreografía exquisita… Mira, si aún no te convences, subrayo una cosa: hemos llegado hasta aquí sin hablar del candente sujeto de la película. Así que, si necesitas otra razón para verla, que sea por la excelente actuación de Seth Rogen, quien de pronto recuerda que sabe actuar y nos regala uno de los mejores momentos del año cuando Penélope Cruz intenta desvestirlo al ritmo de Sade.
La Odisea, lo bueno, lo malo y lo histórico: Una reseña a dos Manos
Por darle un espacio, también publicamos este debate como una publicación por su cuenta. Puedes leerlo a continuación, íntegro o en el siguiente enlace.
Un hombre sencillo
Lo que odié de la Odisea de Noland
de JL Sabau
Háblame, Nolan, de un hombre sencillo; sin vueltas. De un Odiseo que tiene el mundo en contra y solo quiere volver a casa. Un hombre que, siguiendo órdenes, se escondió en un caballo de madera, guió a los griegos por las calles de Troya, abrió las puertas al ejército vecino y vio cómo, en las horas siguientes, ardía la ciudad que, por años, había asediado. Cuéntame, Nolan, de ese pobre Odiseo que, en su retorno, fue víctima de monstruos y dioses; que lo tuvieron prisionero cuando todo lo que añoraba era el lecho con su esposa Penélope. ¿Cómo no quererlo?
Te pido, Nolan, que me cuentes de ese hombre y por qué lo creaste. ¿Por qué, teniendo una historia llena de ambigüedades morales y dificultades; teniendo a un héroe que le gusta ser villano, borraste sus complejidades y nos diste al Matt Damon de siempre? Por eso te pido que hables. Porque en Oppenheimer fuiste capaz de reconstruir a un hombre moderno con ese debate desgarrador. ¿Qué ha cambiado?
Cuando salí de la sala de cine, tras tres horas de Odisea, sentí dos emociones contrapuestas. A la maravilla técnica de la obra—a los escenarios ambiciosos y las bestias que se asemejaban a la realidad—se anteponía una lista larga de minucias que faltaban en la historia original. No entiendo cómo un diseño tan minucioso puede contraponerse a una narrativa tan simple. A eso segundo lo llamaré enojo; frustración.
No me parece relevante enlistar la astucia de Odiseo y su espíritu socarrón; ya son miles de años de contar su retorno a Ítaca y decenas de publicaciones en redes de otros ñoños que las enlistan. Basta con decir lo que está implícito en mis párrafos anteriores. Christopher Nolan, al adaptar la Odisea, tomó los aspectos queridos de Odiseo—su voluntad inquebrantable de volver, su deferencia a los dioses; su lealtad hacia el que tenga enfrente—y quitó los detestables—su arrogancia, violencia y susceptibilidad a las tentaciones—. No puedes salir de esa experiencia visual sin sentir dicha por Odiseo en su retorno. Me parece un error garrafal.
Por siglos—literalmente, siglos—la interpretación de Odiseo ha sido la del primer adjetivo del poema; el primero con el que nos hablan de ese héroe griego: polytropos (πολύτροπος); significa de muchas vueltas, astuto, complicado. Agregaría, en el español coloquial, un cabrón—aunque siendo sujeto en lugar de adjetivo, me rompe el poema y mis ambiciones contadas de ser traductor del griego antiguo—. Odiseo debe ser complicado y astuto; Matt Damon, en su entrega, es simple. El héroe que quiere volver a casa; el héroe leal que ve morir a sus hombres. El héroe que todos podemos querer y contarles a nuestras abuelas de cuán lindo fue ver su película.
¿Por qué hacerlo así? Me sorprende. Debe haber un motivo. La lectura de la Odisea no es ese reduccionismo. Hablen con cualquier catedrático universitario—o hablen con su nerd de cabecera—; todos adoran diatribar sobre la complejidad moral de Odiseo. Tampoco es que el director sea mezquino. Cuando Nolan hizo una película del inventor de la bomba atómica hace apenas unos años, se atrevió a mostrar sus complejidades y hacernos odiar a J. Robert Oppenheimer a la par de quererlo. ¿Qué pasó, en tres años, para que la narrativa se volviera tanto más sencilla que en Oppenheimer?
Me inclino a creer que, en efecto, algo ha cambiado en el mundo en un espacio tan pequeño que hace que la Odisea de Nolan tenga un lugar en el cine; incluso, que merezca conversación. Hemos cambiado. En tres años hemos visto un giro global a un autoritarismo populista—que no sé bien cómo llamar y este no es el espacio para bautizarlo—acompañado de la erosión de normas congeniales. El discurso político se ha ido degradando; los enfrentamientos se hacen más y más polarizados. Dondequiera que veamos, las narrativas se simplifican. Cualquier elección pinta a ser la de dos candidatos opuestos a la muerte por un par de puntos llenos de minucias que, en el debate público, ignoran. Quizá la Odisea de Nolan es tan sencilla porque el mundo se ha vuelto tan sencillo; la narrativa que domina es la de los buenos contra los malos—ya quién es el bueno y quién es el malo, lo dejo al lector—.
Tal vez—y a esto me inclino más—, lo que importa de la Odisea no es que su personaje principal sea un cabrón, sino el nostos que lo mueve; ese deseo de volver a casa que obsesiona a los académicos. Nolan hizo carrera en un mundo donde la complejidad moral estaba permitida e, incluso, era deseada. Donde el debate estaba lleno de minucias y podíamos hacernos bolas a libertad con nuestras decisiones. Ese mismo giro a la simpleza en lo político nos deja con un deseo de volver a lo anterior; por eso el sentimiento que perdura es el nostos que, a mi parecer, sabe a frustración. Hasta el Odiseo de Nolan tiene un discurso inventado de cómo el mundo cambió; la película entera está plagada de referencias a los riesgos de una nueva era. Apesta a nostalgia de tiempos más sencillos. Nosotros, quizá, tenemos la misma y por eso Nolan así la escribió.
Algo en nosotros cambió. Algo que explica este giro y este resumen tan sencillo de los hechos. En la historia de ese hombre que ahora es simple—de Odiseo hecho Matt Damon—, está la historia de todos nosotros, bestias del siglo veintiuno.
Un destructor creativo
de Tomas Lemus
¿A poco Odiseo quería tanto a Penélope? Digo, si pasa tanto tiempo en altamar y muchos de esos años está chillaxing con bellas semidiosas, no debía extrañarla tanto, ¿no? También me quemaba entender por qué esta insistencia con la «Ley de Zeus» ¿De plano si eran tan incluyentes los griegos?
Y es que lo voy a admitir sin ambages, porque a muchos les está costando la vida decirlo: no he leído la Odisea en años y cuando lo hice, no recuerdo si la terminé o no. Así que cuando uno de los críticos que más respeto dijo que «Aquellos que no han leído a Homero son los más probables de disfrutar la Odisea», no pude evitar sentirme parcialmente identificado. Aunque, en mi defensa, señor Brody, llegué al filme con todos los hechos en orden, todas las paradas, los sucesos de Troya y la reconstrucción geográfica del trayecto bien cuadrada; podría decirse que he consumido la Odisea en su forma más pura, a través de la palabra hablada, una y otra vez, como los griegos. Pero no tengo el detalle de cuántas veces se dice «Ley de Zeus» en el poema—en la película son unas 30—.
La Odisea me gustó, pero no fue porque mi falta de erudición sobre el poema me impidiera reconocer la libertad creativa que había tomado Nolan. La cosecha del director británico se reconoce inmediatamente; también dedicaré unas palabras a sus desviaciones, pero prefiero empezar por los méritos de esta película.
Primero que nada: como Christopher Nolan no hay ninguno. Pocos directores se han acercado al éxito comercial que ha tenido este hombre—quizás Spielberg—y, a diferencia de otros, todo o casi todo lo ha logrado comprometido con una exigencia técnica enorme y una visión inimpugnable. Su determinación—y el éxito que la ha acompañado—han sido tales que también ha hecho las vueltas de inventor. Para Oppenheimer, trabajó con Panasonic; lo ayudaron a crear lentes macro especiales y desarrollar el primer carrete de IMAX en blanco y negro. Cuando Nolan se sale con la suya, el cine gana.
En esta película, Nolan fue más lejos. Decidió que la Odisea sería el primer largometraje documental en ser grabado enteramente en carrete IMAX de 70 milímetros. Esto también implicó reinventar lo que es una cámara IMAX 70 mm. Para la película IMAX creó cámaras nuevas capaces de lograr tomas mucho más largas (otras cámaras IMAX aguantan alrededor de 3 minutos de grabación), cajas especiales que aislaban más del 50% del sonido de las cámaras (que son famosamente ruidosas) y sistemas de espejo que permitieron grabar escenas de plano y contraplano con la enorme cámara obstruyendo la vista de los actores. Esto es, para mí, una de las esencias del cine: la creatividad pura aplicada a la resolución tecnológica de problemas.
Y esa creatividad de Nolan brilló también en la puesta en escena. Debe recibir más crédito por la complejidad de las escenas que construyó, como siempre, tratando de depender lo mínimo posible de efectos a computadora y haciendo el mayor gasto de recursos para recrear análogamente elementos como los monstruos marinos, Polifemo el cíclope o el viaje al inframundo.
En cuanto a la imagen, lo primero que noté de esta película fue el ritmo acelerado del montaje, que es especialmente evidente al principio, cuando es necesaria la exposición. Pero aunque me resistí en su comienzo, con el tiempo empecé a disfrutar mucho esos cortes. Algunos son fabulosos narrativamente y enfatizan esa distancia entre los protagonistas y ese sentimiento de nostos que empuja a Odiseo. La secuencia de los hombres, hacinados en silencio dentro del caballo de Troya mientras es arrastrado hacia la ciudad es una genialidad. Se puede decir lo mismo de la escena en la que Circe convierte a los tripulantes en puercos, o de la clase maestra de Hoyte van Hoytema al alumbrar el palacio de Ítaca o la isla de Calipso, todo esto tanto más glorioso por estar en 70 milímetros. A esto le agregaré la banda sonora de Ludwig Göransson, que se apoya principalmente en la lira para dar un sonido que es a la vez autóctono y épico.
Pero la música es de las pocas cosas «autóctonas» y aquí surgen, para mí, las críticas. Críticas que, quiero dejar claro, deben ir enfocadas a la versión de Nolan y no a la fidelidad de su adaptación. Primero, porque vivo con la convicción de que, para ver en la pantalla una historia completamente fiel a un libro, mejor leer el libro y se acabó. Segundo, porque me parece ingenuo creer—como muchos hacen—que hemos leído el poema más veces o mejor que Nolan. Nolan, que es famoso por el empeño que pone en la preparación de cualquier película.
La primera crítica es que la película tiene ineludiblemente una marca anglosajona. Desde los acentos de los personajes, hasta el ritmo de la película o la dinámica de las interacciones. Antes, había una tradición de procurar que las películas históricas se asemejaran lo más posible a su tiempo y me entristece perder eso. También en esa «inclusión» que muchos han criticado, noto tintes distinguidamente norteamericanos. Todos son actores anglosajones, que simplemente representan diferentes etnias, pero notablemente, la película omite actores mediterráneos. Ni siquiera se siente incluyente. Creo que incluso una mujer novata en actuación pero sacada de Sicilia hubiera hecho un mejor papel como Penélope que Anne Hathaway—me remito a las pruebas de Pier Paolo Pasolini, quien cuenta con la mejor adaptación bíblica en la historia—.
E ineludiblemente, esta marca fría—y, digamos, atlántica—permea también el guion y la puesta en imagen. Por eso todos han hecho notar que contra la astucia mediterránea de Odiseo recibimos a un Odiseo atormentado y contemplativo. Ante su deferencia a las diosas, —y su picardía—recibimos el puritanismo de su relación con Penélope. Por eso también, esta inclusión forzosa, que sigue la línea de lo que Nolan ha descrito como su gran lección de la novela, el concepto de Xenia, una lección a la que necesariamente llega desde un punto de vista atlántico. Es bastante evidente cómo la policrisis social y política que marca nuestros tiempos—con su epicentro en el mundo anglosajón que pretende liderarnos—se cuela a esta interpretación, de la cual uno de los elementos definitivos es la xenofobia.
Cerraré diciendo que el retorno a la guerra de Troya y la interpretación que Odiseo hace de ella—que es la de Nolan—es excelente. Odiseo, como Oppenheimer, encuentra en la comisión de su objetivo su destrucción total, y la de su civilización. Con Troya, se logra el control de todos los mares, pero Odiseo advierte que conlleva la decadencia total de la civilización que lo buscaba. Toda conquista total trae su propia condena. Esta es una reflexión sobre nuestros tiempos sí me puedo fumar.













