Perpetuo

Perpetuo

Las siete vidas de El Mencho

de Chris Dalby

Avatar de Perpetuo
Avatar de Chris Dalby
Perpetuo y Chris Dalby
mar 23, 2026
∙ De pago
Actualizar a la versión de pago para reproducir el mensaje de voz.

Esta crónica fue escrita por Chris Dalby. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.

Perpetuo
Creando la mejor revista en español

La siguiente crónica cuenta la vida de Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como El Mencho. Su vida, como la de muchos narcotraficantes, está plagada de misterios. En los espacios donde se conocía pocos detalles, el autor optó por reconstruir lo que, muy probablemente, fue la vida de El Mencho tras investigaciones minuciosas y aproximaciones a las vidas de otros tantos en sus mismas situaciones.


I. El hijo de la Sierra

El niño se sentó al borde del campo mirando el camino.

Había nacido en un México que prometía arreglar lugares como este. La Comisión del Tepalcatepec invertía dinero e ingenieros en los valles de tierras bajas, construía represas y canales de riego en un esfuerzo por llevar a Tierra Caliente—como le llaman a la cuenca del Río Balsas entre los estados de Michoacán, Guerrero y el Estado de México—; que prometía llevarla a la modernidad.

Nada de eso llegó a Culotitlán.

Incrustado en los pliegues michoacanos de la Sierra Madre del Sur, el pueblo donde Nemesio Rubén Oseguera Cervantes vino al mundo en 1966 era accesible únicamente por un camino de terracería que se convertía en lodazal cuatro meses al año.

No había electricidad. No había agua que llegara por tuberías. Las casas eran de adobe —tierra apisonada con paja y fibra de agave— y los únicos edificios cercanos construidos de otro material eran la iglesia y el palacio municipal más al sur, en Aguililla.

Rubén creció en esa casa de adobe con cinco hermanos: Juan, Miguel, Antonio, Marín y Abraham. Los mayores trabajaban. Los menores observaban a los mayores y entendían lo que se esperaba de ellos. Su padre, mientras tanto, trabajaba en los huertos de la familia Valencia, lo que implicaba que la supervivencia de la familia dependía, como la de casi todos en la zona, de la buena voluntad de ese clan.

En el vacío que dejaba el Estado mexicano, la familia Valencia había crecido como lo hacen los mismos árboles de aguacate que plantaban: arraigándose en lo profundo; omnipresentes y dueños absolutos de lo que producía la tierra. En la década de los sesenta, el patriarca era José Valencia, ya un proveedor confiable de mariguana y amapola para grupos de traficantes más grandes al norte, en Sinaloa.

Para cuando Rubén entraba en la adolescencia, una generación más joven consolidaba ese poder. Armando Valencia Cornelio, quien sería conocido más tarde como “Maradona”, formalizaba la operación familiar en algo más estructurado, más ambicioso y considerablemente más peligroso.

Los Valencia no eran criminales en el sentido que esa palabra implica desorden. Ellos eran el orden. Empleaban a la mitad del municipio en sus huertas y plantas empacadoras. Cuando un campesino necesitaba dinero para la siembra y el banco se los negaba, los Valencia generalmente lo brindaban. Cuando un conflicto necesitaba resolverse, los Valencia lo resolvían.

El Estado visitaba Aguililla como la lluvia visita las tierras áridas: esporádicamente, sin aviso y sin quedarse. Los Valencia nunca se iban.

Rubén dejó la escuela en quinto grado y se fue a trabajar a las huertas de aguacates. Eso era lo normal para un chico de la zona. La cosecha era un trabajo agotador. La herramienta del jornalero era el gancho, una larga vara de bambú con un garfio de metal y una pequeña canasta de tela en la punta. Los árboles de aguacates sangraban una savia lechosa cuando se arrancaba el fruto; esa savia se ennegrecía en el aire dejando una resina viscosa que manchaba todo lo que tocaba. Los hijos de Aguililla volvían a casa todas las tardes con las manos y la ropa ennegrecidas, la marca del campo grabada en sus pieles.

En lugar del colegio, a Rubén lo educó el palenque. El verdadero programa de estudios de Aguililla se desarrollaba los sábados por la tarde en la gallera. Ahí aprendían quién tenía dinero y quién no, quién imponía silencio al entrar y quién se apartaba a su paso. Los Valencia gobernaban ahí. Cualquier muchacho que pusiera atención podía aprenderse la arquitectura social del narcopueblo en una sola tarde entre el polvo y el bullicio del palenque. Rubén prestaba atención.

Para 1980, los Valencia necesitaban algo más que jornaleros. El Ejército Mexicano había comenzado a realizar operaciones de búsqueda y destrucción a lo largo de la Sierra, buscando plantíos de mariguana que habían crecido en silencio junto a los aguacatales.

La solución de los Valencia fue simple y antigua: poner a los hijos de los trabajadores de confianza en los cerros sobre los cultivos para vigilar los caminos.

El puesto, cuando le tocó a Rubén, no fue ofrecido como una opción. Era un ascenso: de la clase jornalera a algo con un estatus diferente y un peligro distinto. Le dieron un arma y le indicaron dónde sentarse. La mariguana crecía en campos más abajo, oculta bajo la sombra de los árboles de aguacate.

En el camino que se veía a lo lejos, nada se movía.

Rubén miraba de todas formas.

Las mejores crónicas están en Perpetuo, ¡suscríbete!

Avatar de User

Continúa leyendo este Post gratis, cortesía de Perpetuo.

O compra una suscripción de pago.
Avatar de Chris Dalby
Una publicación invitada por
Chris Dalby
Criminal consultancy with decade of experience covering organized crime and political corruption in Latin America, Asia and Europe. worldofcrime.net
Suscríbete a Chris
© 2026 Perpetuo · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura